A kind of magic
Se acabaron las vacaciones, y con ellas la sequía que ha invadido este blog durante varias semanas.
Espero que lo comprendáis. Este es el primer verano en quince (15) años que paso sin preocupaciones: desde que empecé la carrera, siempre he tenido algo que estudiar para septiembre, y desde que terminé, una de dos: o no tenía trabajo, o tenía miedo de perderlo. Como sabéis los que seguís el blog, en julio finalmente obtuve una plaza en propiedad de profesor de secundaria, con lo cual este mes de agosto ha transcurrido con la tranquilidad de que no voy a volver a estar desempleado jamás (aunque hay que matizar que en la vida no hay nada seguro salvo la muerte, la Ley de Murphy, los impuestos y el canon digital).
La mayor parte del tiempo la he pasado en Málaga y algunos de sus pueblos, o mejor dicho, en algunas de sus playas, tostándome un poquito, visitando amigos, comprando, yendo al cine y haciendo ese tipo de cosas. Algunas de las impresiones del verano las plasmaré en otros posts.
Fui también un día a Tarifa, en concreto a Punta Paloma, y me quedé maravillado con sus playas. Ya me he bañado en los tres mares que rodean la Península, tras haber probado las gélidas aguas del océano Atlántico.
(Ya, ya sé que en realidad no están tan frías, y que además el Cantábrico está aún más frío, pero tened en cuenta que uno está acostumbrado al Mediterráneo, que se parece más a una sopa que a un mar.)
Aparte del frío, me resultó curiosa y agradable la sensación que deja el Atlántico en los labios. El Mediterráneo, al ser un mar cerrado, está mucho –pero que mucho– más salado que el océano. Si tragas agua por error, te acordarás durante un buen rato. Comparado con eso, el Atlántico me dio la sensación de que podía beberme todo un vaso si llegara a terciarse.
Y para que no todo fuera bueno, y ahora que, teniendo trabajo fijo, estaba volviéndome conservador y menos revolucionario exaltado, acabé las vacaciones con una experiencia no demasiado agradable.
El miércoles por la mañana aterricé en el aeropuerto de Melilla, después de un vuelo que por momentos dio bastante miedo por el viento (ha sido la única vez que he pasado miedo en un avión). La pista de aterrizaje del aeropuerto de Melilla, a pesar de haber sido ampliada hace poco, es bastante corta, y solo pueden aterrizar aviones pequeños, de esos que llevan hélices en lugar de turbinas. Eso hace que a veces el avión se desestabilice y te pegue algún sobresalto, especialmente si sopla fuerte viento de levante (TM).
Ya con los pies en el suelo, y tras dar las gracias al Monstruo Espagueti Volador por haberme depositado en tierra sano y salvo, me dirigí a la terminal para esperar las maletas. Entonces se me acerca una agente de la Guardia Civil y me pregunta si la puedo acompañar un momento.
Como había consumido todas las drogas antes de embarcar, no tenía miedo de que encontraran nada (además, iba yo solo con mi persona, ya que aún no tenía mi maleta… además, nadie se trae drogas a Melilla desde Málaga, sino más bien al contrario). Antes de desaparecer en el cuartito, la agente de la Ley le dice a mi novia: «En seguida te lo devuelvo». Vale.
La señora me pide el DNI y me dice que va a proceder a identificarme, a lo que accedo más por educación que por sumisión (o por su misión, «su» de ella). Me dice que puedo sentarme. No lo hago, tengo ganas de llegar a casa lo antes posible y echar unas partiditas a Civilization Revolution con Bosco.
Entonces observo que está anotando en una hoja todos mis datos. Y empiezo a mosquearme. Le pregunto:
–¿Por qué está apuntando mis datos?
–Tengo que identificarle.
–Ah…
–¿Es que le molesta?
–… No, no es que moleste, es que no sé por qué tienen que apuntar mis datos. Además, ya me han identificado en el aeropuerto de Málaga.
–¿Ah, sí? ¿Ya le ha identificado allí la Guardia Civil?
–No, la Guardia Civil no, el personal del aeropuerto, antes de subir al avión.
La cosa finaliza sin mayores incidentes. Volvemos fuera y un amigo de mi novia, que trabaja en el aeropuerto, le dice «Le habrás tratado bien, que es amigo mío». Ella se ríe y yo no.
A uno siempre se le ocurre qué decir cuando ha pasado la oportunidad. Cuando me preguntó si me molestaba tendría que haber respondido:
–¡SÍ! ¡ME MOLESTA!
Me molesta que, por las buenas, me puedan llevar a un cuarto apartado a identificarme, sin haber hecho nada, y que alguien apunte mis datos –me da igual que ese alguien lleve un uniforme–, y sobre todo me molesta porque durante todo el proceso no me dan explicaciones, y solo me dicen lo que están haciendo cuando yo lo pregunto, y eso después de una respuesta sarcástica.
Me molesta que todos hayamos aceptado que en cualquier momento a una persona libre y adulta le puedan robar un par de minutos de su tiempo, sin darle explicaciones, sin haber hecho nada, y que pensemos que es normal y que tenemos esa obligación.
El amigo de mi novia dice que la agente tiene órdenes de identificar a un pasajero de cada avión elegido aleatoriamente. Mi media naranja dice que me eligió a mí por guapo, aunque yo, después de tantas fiestas y tanto susto me sentía, más que guapo, algo desenfocado, y con los ojos inyectados en revolucionaria y roja ira:

Se ha pagado a Clark Gable el correspondiente canon por la copia de sus orejas.
Al terminar el proceso salimos, y mi novia y su amigo se estaban riendo. Yo espeté un tímido «Me han torturado», pero nadie me creyó.
Y aquí estamos otra vez. Aunque regresé hace cuatro días, he dedicado veinte horas diarias a jugar a la consola (sí, solo veinte, pues hay que comer y dormir). Mañana empiezan las clases, y con ellas, mi obligación y mis ganas de escribir para escapar de mi obligación. Os hablaré de la última película de Batman y de otras cosillas. Espero que hayáis sido indulgentes con mi falta de atención al blog y a vosotros. Y que el verano también haya sido bueno por allí, donde quiera que estéis.
Os leo en los comentarios.





