Vamos a sembrar un poco de polémica, que os noto como dormidos.
Cada vez que oigo a una mujer decir que se siente realizada en su trabajo –y me sucede bastante a menudo–, no puedo evitar sentir una mezcla de lástima e indignación.
Las mujeres, y el resto de los sexos, sean cuantos sean, para qué nos vamos a engañar, siguen agachando la cabeza y haciendo lo que se les dice. Hoy se les dice que, en lugar de cuidar de los hijos de un hombre (que casualmente también son suyos), deben trabajar. Así que obedecen. Pero como al ser humano no le gusta sentirse estúpido –aunque sí le gusta serlo–, se convencen de que lo hacen por voluntad propia, como un acto de liberación del yugo masculino. Y en realidad es otro acto de esclavitud, solo que cambiamos el amo: antes era el marido, ahora lo es la empresa.
(Llegados a este punto, debo añadir un paréntesis, aun a riesgo de perjudicar la polémica. No me parece mal –ni bien– que las mujeres trabajen. Sobre todo no me parece mal que trabajen siendo mujeres. Lo que me parece absurdo es que uno se sienta «realizado» dedicando la parte más preciosa del día a confeccionar zapatos, conseguir que unos pardillos firmen una hipoteca o, citando el caso que mejor conozco, adoctrinando a unos jóvenes y desprevenidos estudiantes. Comprendo, no obstante, que el trabajo femenino es un logro importante para que una mujer pueda dejar a su hombre cuando le dé la gana, que, dicho sin tapujos, es lo mejor y la única razón válida para que una mujer trabaje fuera de casa y no dentro.)
De hecho, siempre desconfío de la gente a la que le gusta trabajar. Trabajar es un castigo, y Dios lo dejó bien claro en el Génesis. ¡No nos tiene que gustar! Lo hacemos porque hemos sido malos y merecemos una represalia, porque tenemos hambre, por lo que sea, pero no es concebible (al menos en mi cabeza actualmente dopada de Coronitas) que uno asuma su trabajo como un fin, y no como un medio para conseguir otros fines como comida, alojamiento, drogas o en lo que se gaste cada uno su salario mensual.
Pero sigamos con el trabajo femenino. Ese «logro» que las hace sentirse tan «realizadas» tiene su origen, principalmente, en las necesidades de los hombres que guerreaban durante la Segunda Guerra Mundial. Dado el carácter de «guerra total» que rápidamente adquirió la contienda, Europa vio pronto que debía emplear todos sus esfuerzos si quería sobrevivir al fascismo. Por esta razón las mujeres se incorporaron a las cadenas de montaje, ya que los hombres que decidían los destinos del mundo necesitaban uniformes, enfermeras, balas y los demás tipos de juguetes, y la mayoría de los hombres válidos estaban muriendo en el frente, por lo que las féminas debieron ponerse manos a la obra.
Después de la victoria de los aliados en 1945, a muchas les había gustado la experiencia, y se pusieron a reivindicar su autonomía laboral.
Los ejes del mal –gobiernos y empresas de todo tipo– vieron rápidamente el beneficio que esto traería. El eje se alimenta fundamentalmente de dos cosas: dinero y miedo.
Aprovechando el 50% (aproximadamente) del capital esclavo que hasta entonces había estado desaprovechado podían hacer más grandes y poderosas a las empresas, además de aumentar los beneficios de los impuestos, que suelen repercutir de nuevo en las empresas (véase el plan actual del Gobierno de España para que todos los curritos les paguemos a los constructores los plazos del yate).
Y no acababan ahí las ventajas. Para facilitar que ambos cónyuges aportaran su granito de arena a la gran maquinaria esclava, se instauró la educación, no ya gratuita, sino obligatoria, para todos los jóvenes. No solamente se elimina la función educativa que han tenido las mujeres durante miles de años en el mundo entero; además se sustituye por la función adoctrinadora de zombies consumistas (y, por supuesto, trabajadores y trabajadoras «realizados» y «realizadas») necesaria para que el engranaje siga funcionando, engrasado con nuestra sangre y nuestro sudor.
Hasta ahora todo les ha salido de perlas. Hay algún pequeño inconveniente. Cuando las mujeres educaban a los niños, a estos no se les ocurría quemar vivo entre cuatro o cinco a un pordiosero para grabarlo con el móvil y subirlo a YouTube. Pero, ante todo, estas pequeñas muestras de psicopatía producida por la falta de educación humana y su sustitución por un adoctrinamiento en serie son algo con lo que el eje del mal puede vivir. La máquina sigue funcionando, y el engranaje gira cada vez con más suavidad.
(Algunos argumentarán que antes los chicos no pegaban palizas a los pordioseros para grabarlas con el móvil y subirlas a YouTube porque no existían ni los móviles ni YouTube. Solo tengo una palabra que argumentar: «ya».)
He dicho que la segunda razón era el miedo. El miedo, junto con el dolor, son dos de las herramientas evolutivas más características de los seres evolucionados (y aceptamos al hombre como «ser evolucionado» porque el Scattergories es mío).
Con el miedo los gobiernos consiguen muchas cosas. Lo consiguen todo. Con el miedo a los terroristas se inicia una guerra que ya ha segado la vida de unos cien mil civiles en Irak. Con el miedo a los pedófilos aceptamos que violen nuestra privacidad en la red. Con el miedo a la pérdida de derechos sociales se logra que se vote al PSOE. Con el miedo a los catalanes se consigue que se vote al PP.
Y, por encima de todo, con el miedo a perder el trabajo se consigue lo que sea. El miedo es la herramienta perfecta para el eje del mal (recordemos: gobiernos y empresas, que son una especie de Santísima Dualidad). Antes, en una familia, había una persona con miedo a quedarse sin trabajo. Ahora hay dos. Dos personas que tienen miedo (nótese cómo el avance en los «logros» laborales femeninos ha ido parejo al retroceso en derechos laborales). Dos personas que votarán lo que sea y que tragarán lo que sea con tal de no perder su trabajo.
La herramienta perfecta para la dominación: no requiere fusiles, tanques, templos ni cualquier otra clase de parafernalia. Como la espada de Damocles, es simplemente un trozo de hierro oscilando sobre la cabeza para mantenerla siempre agachada. Vuestras opiniones, en los comentarios. Que sé que vuestros cerebros, a diferencia del mío, no están de vacaciones.
Mañana, por cierto, es posible que haya notición.