El efecto McGurk

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A menudo os quejáis en los comentarios de que La Lengua está muy bien, es un blog interesante escrito por un hombre joven de aspecto atractivo, pero… no os proporciona ninguna oportunidad para sorprender a vuestros amigos y quedaros con ellos. Pues bien, hoy eso va a cambiar.

Primero subid el volumen de vuestros altavoces. Ahora mirad y escuchad el siguiente vídeo (es importante que lo miréis al tiempo que lo escucháis). No sigáis leyendo hasta que lo hayáis visto una o dos veces:


Enlace al vídeo en YouTube

Bien. Un hippie diciendo «da, da, da», seguramente puesto de ácido hasta las cejas. Hasta aquí todo correcto, ¿verdad?

Ahora reproducid el vídeo por segunda vez. Pero esta vez, sin mirarlo. ¡Ahí va! ¿Ahora dice «ba, ba, ba»? ¿Qué es lo que ha pasado?

Lo que habéis experimentado es el efecto McGurk, según la Wikipedia «un fenómeno perceptivo que demuestra la interacción entre vista y oído en la percepción del habla. […] Su efecto es muy poderoso, funciona incluso cuando el oyente conoce la existencia del efecto». Podéis hacer la prueba si queréis.

No he investigado demasiado, pero creo que en este caso concreto esta explicación es posible: los fonemas (sonidos lingüísticos mínimos) /b/, /d/ y /g/ solamente se diferencian entre sí en un rasgo: el lugar de articulación. La /b/ es bilabial (haced la prueba), la /d/ es interdental y la /g/ es velar. La abertura de la boca en la /b/ es mínima, o inexistente; en la /d/ es media, y en la /g/ es máxima (esto no es correcto siendo lingüísticamente quisquillosos, pero para que lo entendáis es suficiente). Nuestra percepción del habla no se basa solamente en el oído, sino también en la vista, aunque, para ser franco, yo me acabo de enterar. Si nuestro oído oye la /b/, con su abertura mínima, pero nuestros ojos ven la /g/, parece ser que nuestro cerebro opta por un término medio y nos hace oír el fonema /d/. Podéis comprobarlo: si miráis el vídeo sin sonido, está claro que el hippie no está pronunciando ni la /b/ ni la /d/, sino muy probablemente la /g/.

Seguramente esto está relacionado con las probabilidades de éxito perceptivo en situaciones no idóneas de comunicación. Nuestro cerebro intenta buscar una solución intermedia, la más probable, aunque no sea la más apropiada para algún caso concreto, pero que en muchos casos puede funcionar. Me parece un ejemplo adaptativo interesantísimo.

Esto tiene que ver con la teoría de la comunicación. En todo acto de comunicación, además de un hablante, un oyente, un mensaje, un código (por ejemplo, un idioma), un canal por el que viaja el mensaje y una situación, también existe el ruido, que es un fenómeno que no siempre tiene que ser acústico (un manchurrón en un texto escrito es ruido, hablando en términos de lingüística). El lenguaje tiene diversos procedimientos para minimizar el efecto que el ruido tiene en las comunicaciones. En castellano, por ejemplo, el género y el número no los muestra solo el sustantivo, sino también los artículos, determinantes y adjetivos¹ («los perros negros»); esto no sucede en todas las lenguas, porque cada una tiene sus propios procedimientos (véase el inglés the black dogs, donde el número solamente viene expresado por el sustantivo).

Hay otros formas en que nuestro cerebro nos intenta engañar, como en el caso de los estereotipos y los prejuicios. Por ejemplo, si sufrimos tres robos a manos de extranjeros, es muy probable que nuestro cerebro forme la idea de que todos los extranjeros son posibles ladrones. Esto es un prejuicio, no es justo, y por supuesto no es real, puesto que el que me hayan robado tres extranjeros no convierte a todos los extranjeros en ladrones… pero nuestro cerebro, sin que nosotros tengamos participación en ello, piensa que nuestra supervivencia o bienestar están más protegidos si nos engaña con el prejuicio, y allá que se va. Por eso, supongo, es tan difícil deshacernos de nuestros prejuicios: la razón nos dicta una cosa, pero ciertos mecanismos inconscientes en nuestro cerebro irracional nos arrastran a su terreno. Y lo irracional aún sigue siendo un poderoso motor en el mundo de este siglo; si no fuera así, no estarían buenas todas las secretarias, sino que serían todas muy eficientes.

Creo que se puede relacionar este efecto con una corriente lingüística bastante extendida en los últimos años, la pragmalingüística. Esta escuela pone de relieve la importancia del contexto lingüístico y del extralingüístico en la comunicación, llegando a proclamar, con gran parte de razón, que la mayoría de los mensajes son incomprensibles si atendemos solo a su forma puramente lingüística. Y ejemplos se pueden poner a puñados:

Una oración como «Ve por ahí» no puede ser totalmente interpretada sin conocer el lugar (que está en la realidad, fuera del lenguaje) indicado por el deíctico «ahí». En este caso, lo importante es la situación espacial en que se produce el acto de comunicación.

La oración «Dame eso» puede ser interpretada de varias formas distintas. Si se la dice un chaval a su hermano, es simplemente una petición para que le acerque algo, sin mayores implicaciones. Pero si es pronunciada por un ciudadano a un funcionario con el que no tiene ninguna confianza, refiriéndose a algún papel, connota un cierto cabreo en el hablante, y una desconfianza en la pericia del oyente. Lo que entra en juego aquí es la relación entre los interlocutores y el marco lingüístico, que es una serie de relaciones y circunstancias estereotipadas que se dan en determinadas situaciones.

El análisis y la comprensión del lenguaje, como si fuera algo totalmente aislado, y puramente auditivo (o puramente visual, en el caso de la palabra escrita) pertenece al pasado, y hoy en día casi nadie se plantea su estudio como un ente totalmente autónomo e independiente de otros cientos de factores. Estudiar la comunicación lingüística como algo pleno en sí mismo sería como estudiar el funcionamiento del corazón de un ser vivo, sin tener en cuenta las arterias y venas que parten de él o lo alcanzan, la función que tiene en un organismo superior o las operaciones que el resto del cuerpo tiene que realizar para que cumpla con su utilidad.

Por lo demás, ahí tenéis el vídeo, si le hacéis el truco a alguien en el trabajo, seguro que seréis los más populares en la oficina hoy. Me debéis una. Vía Menéame.

(1) Esto es conocido como redundancia lingüística, un fenómeno que va en contra de la economía de las lenguas naturales, pero que tiene la necesaria utilidad de reducir la entropía o incertidumbre causada por el ruido.

5 comentarios en “El efecto McGurk”

  1. motagirl2 dice:

    pues yo no oigo ni ga, ni da, ni ba. Solo algo no indentificado, mire o no mire al tipo :/

  2. Kialaya dice:

    Muy curioso, sí señor ;-) Por cierto, veo que escribiste dos posts en Twitter y luego no se supo más de ti. Piensas alguna vez volver a escribir algo? Es por si seguirte o quitarte.

  3. Camilo dice:

    Si, lo noté, pero no sé si fue por la previsión que intentaste evitar. Igual, mi comentario se dirige a preguntarte por qué pusiste la etiqueta de ‘político’ en este artículo?

  4. Elías dice:

    Kialaya: bienvenida por aquí. Quedas respondida en el siguiente post… puedes borrarme.

    Camilo: por el tema de los estereotipos y los prejuicios.

  5. Rodolfo dice:

    Impresionante.

    Es lo que sucede con los socialistas: ven que algunos extranjeros han venido a trabajar y consideran que todos los que han venido son trozos de pan bendito, sin que por su mente pueda pasar la idea de que decenas de miles de ellos delinquen en España a diario.

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