Ars longa, vita brevis

Ain’t Got No… I Got Life

30 de May de 2008


Enlace al vídeo en YouTube

I got my hair, I got my head
I got my brains, I got my ears
I got my eyes, I got my nose
I got my mouth, I got my smile
I got my tongue, I got my chin
I got my neck, I got my boobs

I got my heart, I got my soul
I got my back, I got my sex
I got my arms, I got my hands
I got my fingers, Got my legs
I got my feet, I got my toes
I got my liver, Got my blood

Una bonita tonada de la gran dama Nina Simone. La canción de hoy ha sido propuesta por Primo. Disfrutad.

Felicidad

29 de May de 2008

No tengo ni dinero ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, pensaba que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros por escribir, gracias a Dios. Entonces, ¿esto? Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro, en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al hombre, al destino, al tiempo, al amor, a la belleza… a lo que os parezca. Voy a cantar para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero voy a cantar. Cantaré mientras la diñáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver…

Para cantar, primero hay que abrir la boca. Hay que tener dos pulmones y saber un poco de música. No es necesario tener acordeón ni guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así, pues, esto es una canción. Estoy cantando.

Uno de los párrafos iniciales de Trópico de Cáncer, del escritor estadounidense Henry Miller. Lo publicó en Francia en 1934, y le acarreó un proceso judicial por obscenidad en su país. No pudo leerse legalmente en los Estados Unidos hasta la década de los 60.

Los de siempre no quieren que leáis, nunca han querido.

No se lo pongáis tan fácil. Mañana, música.

Jo dic ‘no’ al iPhone

28 de May de 2008

¿Y por qué digo que no al iPhone, cuando es tan chulo? ¿Y cuando, además, dije hace unos meses que casi seguro que me lo iba a comprar?

En primer lugar, he experimentado una especie de maceración maduración. Ya no siento un impulso de comprar algo porque sea una relativa novedad tecnológica. Tampoco siento ya la atracción que sentí brevemente por los productos de Apple (estoy pensando incluso en vender el MacBook, cuando encuentre un ordenador algo más potente, que se lleve bien con Ubuntu y que no sea demasiado feo).

Tampoco siento esa fiebre que suelen pasar todos los bloggers que disponen de cierto dinero, fiebre que consiste en comprarse iPods, iMacs, iPhones, y diversos muñequitos y chorradas para luego contarlo en el blog y presumir de pertenecer a esa extraña nueva clase social denominada frikismo.

(Yo conocí la época de los freaks de verdad, y aunque compartía varias de sus aficiones, nunca llegué a ser uno. Me gusta La guerra de las galaxias, por ejemplo, pero no me siento atraído por Star Trek. Pero ¿a quién no le gusta La guerra de las galaxias? Eso no es friki, eso es simplemente que te gusta el buen cine, por Dios. Los freaks de verdad, que yo conocí antes de que se extinguieran, descargaban datos con unos enormes y ruidosos modems cuando la palabra «internet» aún no existía, pero sí la palabra «baudio». Jugaban a los aburridísimos juegos de rol, cuando la gente ni siquiera sabía que un niñato lo iba a poner como excusa para cometer un asesinato. Programaban sus propios procesadores de texto en un Amstrad CPC. Y, por supuesto, eran los únicos de su clase que tenían un ordenador. Casi nadie les hablaba. Nada que ver con los que han oído por ahí que ser «friqui» mola, y que han decidido serlo, y que el mes pasado fueron góticos y el que viene serán ecologistas.)

He pensado en comprar uno en eBay, dado que puedes obtener un iPhone liberado (para usarlo con la compañía que quieras) por menos de 400 euros, cuando seguro que aquí lo sacan por lo menos por 600 y atado a un contrato de permanencia. Pero entonces corres el riesgo de que la compañía Lobo con piel de cordero, Inc. (léase Apple Computer) te obligue a actualizar el teléfono mediante iTunes y te escacharre el invento. Cosa que sucederá, con seguridad, cuando vendan el teléfono en España, para obligar a la gente a pagar precios de consumidores irreflexivos y estúpidos (españoles, en una palabra).

Pero hay una razón que sobrepasa a todas las anteriores para no comprar el iPhone. Tengo un teléfono que, por ahora, considero que es mejor: el Nokia N91. Es el teléfono que tengo desde hace más de dos años, y creo que aún no han sacado ninguno que lo pueda igualar (con excepción del N95, que es superior en algunos aspectos, aunque tiene un defecto en mi opinión: no tiene disco duro y tienes que comprarle una tarjeta de memoria para almacenar los datos).

El N91, que me costó 665 euros (leer el análisis que escribí para Gizmodo), tiene casi todo lo que tiene el iPhone: cámara de 2 megapíxeles, 4 gigabytes de memoria (en un microdisco duro), conectividad Wifi y Bluetooth, y grandes capacidades multimedia. Y tiene además algunas cosas de las que el iPhone carece: cámara de vídeo (¡a estas alturas, hombre!), es 3G, y puedes conectarlo directamente mediante un cable USB a tu ordenador (con Windows, Mac OS o Linux) para intercambiar datos entre los dos dispositivos (en un iPhone tienes que hacerlo mediante el programa iTunes, lo que además impide que puedas usarlo si tu sistema operativo es Linux). Por otra parte, al N91 le puedes agregar todos los programas que quieras y sean compatibles con su sistema operativo Symbian, cosa que, parece ser, no puedes hacer con el bebé de Steve Jobs sin arriesgarte a fundirlo.

Sin embargo, hay un par de cosas que envidio del teléfono de Apple, no lo niego. Una es la pantalla, aunque lo cierto es que casi nunca consumo contenidos visuales en pantallas menores de 20 pulgadas, a no ser que sean videojuegos (ni siquiera veo podcasts de vídeo en mi iPod Nano, los veo en el ordenador). También creo que el sistema táctil de la interfaz del teléfono es una gozada, aunque lo he podido probar sólo brevemente en un iPod Touch. Lo que más me corroe, esta vez sí, es que el iPhone es finito como sílfide, mientras mi N91 es grande y pesado como un ladrillo.

Por lo demás, creo que seguiré tirando de mi Nokia, mientras siga siendo tan fiable como lo ha sido durante este medio lustro, a no ser que Movistar me haga una oferta que no pueda rechazar. Que tendría que ser entregarme un iPhone liberado (sin contratos draconianos con la compañía) por unos 150 euros como mucho… pero creo que antes criarán las ranas pelo.

Ergo, Jobs, te lo metes por donde te quepa, con perdón.

Paradigma y sintagma: una alegoría

26 de May de 2008

Ferdinand de Saussure, en su celebérrimo Curso de lingüística general¹, fue capaz de ver un montón de cosas que, aunque hoy nos parezcan tan evidentes, nadie había percibido antes. Entre estas cosas se encuentra una pareja de opuestos (dicotomías, las llamó) que nombró paradigma y sintagma.

El sintagma es un grupo de palabras que se producen conjuntamente. Por ejemplo, la oración que hay justo antes del punto anterior («El sintagma es…»). Las relaciones que se establecen entre una palabra y las que aparecen en su sintagma (p. ej., entre «grupo» y «El», «sintagma», «es», etc. en el ejemplo anterior) se llaman relaciones sintagmáticas.

El paradigma es el conjunto formado por una palabra y todas las que pueden aparecer en su lugar en un contexto (sintagma) determinado. Por ejemplo, en la oración «El león es un animal», «león» forma un paradigma junto con un numeroso grupo de palabras, como «cocodrilo», «mosquito», «perro», etc. Las relaciones entre las palabras de un paradigma se llaman relaciones paradigmáticas.

Vamos a hablar de política, como habréis adivinado. Para representar visualmente la dicotomía sintagma/paradigma se suele recurrir a los ejes vertical y horizontal:

En el ejemplo se percibe con toda claridad, modestia aparte: el eje verde es el sintagmático, y todas las palabras de ese color están en relación sintagmática con la abeja; por su parte, el eje fucsia es el paradigmático, y todas esas palabras, intercambiables entre ellas y por la abeja, forman un paradigma.

El bienestar futuro de la humanidad depende de que aprehendamos estos dos conceptos.

Los grupos de poder económico y político procuran que andemos siempre peleados con los elementos de nuestro sintagma, esto es: con los trabajadores que tenemos al lado de nuestros hombros. Aparentemente, la abeja y el «se» no se parecen en nada, puesto que uno es un sustantivo y el otro un pronombre; no obstante, aunque no se parecen, funcionan de maravilla juntos. Nuestro paradigma son los currantes, amigos míos: la gente que se levanta temprano para enriquecer a los bancos y a los partidos políticos.

El paradigma son los que tenemos arriba y debajo, pero sobre todo arriba: la alondra y la mosca. Se parecen a la abeja, pero solo en el color: en realidad, guardan mucha más relación con las palabras de otros posibles sintagmas: «La alondra se comió todo el grano»; «La mosca vive de la muerte y la miseria de los demás.»

La alondra y la mosca quieren que nos fijemos en el color, la religión, la lengua, la nacionalidad. Quieren pelearnos con las palabras verdes, para ir haciendo su agosto mientras nosotros empleamos nuestro escaso tiempo libre en odiarnos.

Lo llevan consiguiendo mucho tiempo, es verdad. Pero no es imposible que algún día cambiemos el cuento y echemos a andar la oración.

(La alondra y la mosca son las grandes empresas, los bancos, los políticos. No sé si hacía falta decirlo, pero en fin, por si acaso, dicho queda.)

(1) En realidad, Saussure nunca escribió su Curso. Hoy podemos disfrutar de él, una de las cimas de la humanística del siglo XX, gracias a las notas que dos de sus alumnos tomaron en las varias conferencias que el lingüista suizo impartió en la Universidad de Ginebra.

Edipo rey

25 de May de 2008

Minientrada de domingo, y ya sabéis que es probable que la cosa vaya a menos en el próximo mes.

Os comenté en el post anterior que mis alumnos de 2.º de ESO se mostraron muy intrigados por la desgraciada historia de Edipo, tanto que me pidieron información para curiosear en su historia (el morbo adolescente es una poderosa herramienta para los profesores).

Así que como soy tan buena persona, he aprovechado un rato tonto de este domingo para releerme la obra maestra de Sófocles, y les he preparado un breve trabajo voluntario que realizarán, si quieren, después de que representemos un fragmento en clase. No os preocupéis, que no soy un profesor moderno ni progre; sus notas dependen de otros trabajos y de exámenes obligatorios (aunque delante de ellos los llamo pruebas escritas para no traumatizarlos). Por eso este trabajo es voluntario, por si alguien quiere subir nota, que falta les hará.

Aquí tenéis el trabajito por si algún profe lector le halla alguna utilidad: en formato Open Document (se abre con el programa OpenOffice, o NeoOffice si usas Mac OS) y en PDF. Está en licencia no sé cuántos, podéis hacer con él lo que os plazca: leerlo, reescribirlo, modificarlo, hacer un cucurucho con él o lo que queráis. Si lo distribuís o utilizáis de algún modo, no hace falta que reconozcáis al autor, aunque sería ciertamente un detalle.

De obviedades, tonterías y Edipo rey

23 de May de 2008

La foto que ilustra este post, de la agencia EFE, también sirve para colorear un artículo de no sé qué cargo de la Junta de Andalucía, presumo que puesto a dedo, intitulado «Forzar a los jóvenes a leer clásicos es un error para promover la lectura» (vía Docencia). Comprenderéis que, leído el título, haya prescindido de la lectura del artículo completo. Pero el título mismo es lo suficientemente sugerente como para inspirarme un post lleno de bilis.

1. Empecemos por la foto. ¿Qué es lo que falla? Yo os lo diré: falta algún elemento plagado de colores, con vistosos gráficos en el envoltorio, y promocionado por algún famoso. En pocas palabras: falta un producto «nuevo». Lo que se ven son un montón de libros viejos. Y lo viejo es malo. Ma-lo. Ma. Lo.

Pero parece olvidarse algo fundamental, y es que «clásico» no significa «antiguo»; significa algo que es tan bueno que es digno de imitación. Aunque su étimo es el latino classicus, estoy seguro que este abuelo viene de classis, «clase». Un clásico es algo tan bueno que es capaz de inspirar toda una clase de obras que lo imitan. Algo capaz de crear un género. Lo único que tiene que ver con la edad es que normalmente hace falta algo de tiempo para darse cuenta de que una obra es realmente clásica.

2. Llevo en esto de la enseñanza relativamente poco tiempo (cuatro cursos), y si me salen las cosas medio bien tampoco estaré demasiado tiempo más. Pero os juro que nunca he visto a un profesor sugerir que un alumno de 1.º de la ESO debe leer el Quijote. A nadie se le ocurre. Es una de las fantasías que se crea la gente que ha odiado a sus profesores de instituto, y que una vez creada viene de perlas para atacar a los profesores actuales.

Pero es una idea falsa. A nadie se le ocurre poner a un alumno de 12 años a leer una obra de hace 400. No; empiezan con cosas como Manolito Gafotas o El Principito, y a fe mía que los disfrutan.

3. Porque el Quijote y otros clásicos, no lo olvidemos, no son libros escritos para adolescentes. Son libros para adultos. No adultos en el sentido de que salgan tetas y eso, sino libros escritos por personas crecidas para personas crecidas.

4. Porque, además, para leer determinadas obras no basta siquiera con ser adulto o tener cierta sensibilidad artística. Son necesarias ciertas habilidades históricas: hace falta un extenso conocimiento del contexto de la obra para disfrutarlas como se debe. Cervantes murió hace 400 años. Aunque el idioma en que escribía ya se considera castellano, el mismo que hablamos nosotros, ciertamente en cuatro siglos ha tenido tiempo de cambiar. Así que hace falta aprender parte del vocabulario y ciertos giros sintácticos del Siglo de Oro.

Y no solo eso: hace falta saber lo que era una bacía. Este peculiar recipiente tenía la finalidad de remojar la barba de los clientes de las barberías cuando iban a afeitarse, para que, ablandándola, su peladura resultase más fácil.

Pero no creo que nadie que esté vivo y leyendo este post ahora mismo haya visto una bacía en su vida. La vemos en la cabeza del bueno de Alonso Quijano y a nosotros también nos parece un elegante yelmo (la triste figura se ha convertido, también, en un clásico, y el mismo personaje de Charlot, con su inadecuada vestimenta, no es sino un homenaje al ridículo caballero andante). Es necesario saber que el efecto que producía, hace cuatrocientos años, un anciano que se colocase una bacía por casco, era aproximadamente el mismo que produciría hoy un viejo que se fabricase un traje de Supermán y llevase una toalla de playa por capa.

5. Pero nuestro ilustre articulista, como buen español –que desprecia cuanto ignora, Machado dixit y pixit– usa con desprecio el término «clásico», obviando un hecho fundamental: no se han escrito obras mejores en toda la historia de nuestra Literatura. No hay mejor manera de incitar a los niños a la lectura que con los clásicos. Solo es necesario contárselos en su idioma.

Hace unos 530 años escribía Jorge Manrique:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,

cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
[…]
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
dispuestos a se acabar
y consumir.

Allí los ríos caudales,
allí los otros medianos,
y más chicos,
pues llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

No sabía que medio milenio después un humilde profesor en Melilla iba a explicarles estas simples estrofas a sus alumnos de 12 años para ilustrarlos sobre la metáfora. Y no imaginaba, probablemente, que los alumnos iban a atender con expectación, y que después de comprender todo ese rollo de los ríos y el mar se iban a quedar en silencio durante casi un minuto, impresionados con la forma de expresar lo que decía.

Porque Jorge Manrique es un clásico dado que usaba de una calidad no superada quinientos años después, y que cuando hayan pasado otros quinientos años y nadie se acuerde de Manolito Gafotas (libro que, por otra parte, encuentro muy divertido) aún seguirá emocionando a chavales de doce años, porque habla de temas de siempre, y los cuenta como nunca.

También ignorará nuestro cargo andaluz, seguro, que después de contar la historia de la manzana de la discordia, que provocó que tantas almas de valerosos héroes se precipitasen al Hades y fuesen presa de los perros y pasto de las aves (cumplíase la voluntad de Zeus) en la dolorosa guerra de Troya, a los mismos chicos, ellos iban a buscar por internet motu proprio las historias de Aquiles, Paris, Helena y Héctor, Andrómaca, Odiseo, Menelao y Príamo, Briseida, Agamenón, Penélope y Telémaco, para enseñarle a su profe lo que habían encontrado en la Wikipedia y en otros sitios.

Porque la épica, como la lírica de Manrique, es algo que estoy convencido de que llevamos en los genes.

Hace una semana una alumna me pidió que le escribiese el título del libro de Julio Cortázar donde aparecen las Instrucciones para subir unas escaleras, después de haberles leído dichas instrucciones un servidor (y después de haberse descojonado, con perdón, la entera clase de chicos de 12 y 13 años que muchos lumbreras consideran incapaces de disfrutar con las buenas letras). Y esta misma semana, después de contar vuestro humilde blogger (que algo tiene de bufón y juglar, es necesario confesarlo) la terrible historia de Edipo, su padre y la madre que lo parió, el pastor que lo crió y la esfinge que lo desafió, mi asombrada audiencia me asaltó para pedirme que escribiese el título de la obra en la pizarra, ¡y el nombre de Sófocles!

Es verdad: aunque quiera dejarlo lo antes posible,… tengo el mejor trabajo del mundo.

6. Epílogo.

No es por presumir, pero mis alumnos –la mayoría de cuyos profesores no se cansan de decirme que no saben nada, que no sirven para nada y que no tienen buena materia prima– lo pasan pipa con Homero y Hamlet. Los han visto en Los Simpsons y les han intrigado las historias.

¿Qué hace que lo que cantaba un ciego hace 2.800 años sea capaz, hoy en día, con todas las PSP y las OT del mundo, de tener a toda una clase de chavales embobada mirando a un profesor que ya ha visto sus mejores días? ¿Qué es lo que hace que 2.800 años después sea motivo para un capítulo de la mejor serie de dibujos animados de la historia?

Yo os lo diré: llevamos a Homero en los genes. Homero es el hombre: la belleza de Helena, la inconsciencia de Paris, la gravedad y sumisión al destino de Príamo y la bravuconería de Aquiles; la astucia de Odiseo (latino Ulises) y la estratagema del caballo de marras. Lo que impresionaba entonces, y lo que sigue impresionando ahora, que cincuenta mil hombres pasasen diez años asediando una ciudad inexpugnable por rescatar a una tía buena. Esas epopeyas aún nos dejan sin aliento. Son el hombre, son Europa (y también la mujer y Europo, claro).

Y todos llegamos a un momento de nuestras vidas antes o después en que hablamos con la calavera en el cementerio, y le preguntamos dó están agora aquellos claros ojos que llevaban tras sí, como colgada, mi alma doquier que ellos se volvían, cuando la muerte y la vejez se convierten en algo real.

¿Cómo que no se puede emocionar a los jóvenes con los clásicos? No hay nada en el mundo que pueda emocionar más a los jóvenes que los clásicos. Aunque entiendo, lo admito, que la Junta de Andalucía, la Generalitat de Catalunya, el Gobierno de España y el de la Cochinchina prefieran que los jóvenes crean que lloran con las estúpidas canciones que les ponen en la tele. No necesitamos hombres. Necesitamos cachos de carne que gasten dinero.

A tomar por viento todo. Me voy a la cama con Gracián.

Lili Marleen


Enlace al vídeo en YouTube

Vor der Kaserne
Vor dem großen Tor
Stand eine Laterne
Und steht sie noch davor
So woll’n wir uns da wieder seh’n
Bei der Laterne wollen wir steh’n
Wie einst Lili Marleen.
[…]
Aus dem stillen Raume,
Aus der Erde Grund
Hebt mich wie im Traume
Dein verliebter Mund
Wenn sich die späten Nebel drehn
Werd’ ich bei der Laterne steh’n
Wie einst Lili Marleen.

(Debajo de una farola
que había junto a la puerta de los cuarteles,
recuerdo, mi amor, cómo solías esperar.
Fue allí donde tú, tiernamente, me susurrabas
que me querías,
mi Lili bajo la luz de la farola,
mi Lili Marleen.
[…]
Descansando en los catres,
frente a las líneas enemigas,
y aunque estemos separados,
tus labios están junto a los míos.
Tú sigues esperando donde la farola
tiembla suavemente,
y tu dulce cara parece
atormentarme en todos mis sueños,
mi Lili bajo la luz de la farola,
mi Lili Marleen.)

La canción que pudo superar la férrea censura del mismo Josef Goebbels, ministro de propaganda del III Reich, tan alegremente citado (y tan eficientemente emulado) en los últimos tiempos por periodistas-propagandistas de una y otra cuerda.

Fue adoptada como himno tanto por los soldados nazis como por los aliados. Mientras medio mundo moría bajo las bombas o en los campos de exterminio, una canción alemana sonaba en todos los idiomas como símbolo de la esperanza de regresar pronto a casa y abrazar a la novia.

La Lengua, por supuesto, se opone al nazismo (y al alcoholismo juvenil) en todas sus formas. Y adopta una postura de elegante neutralidad sobre las novias. Pasad un feliz viernes.

Todopoderosa llorica

22 de May de 2008

Daba sustento a un pajarillo un día
Lucinda, y por los hierros del portillo
fuésele de la jaula el pajarillo
al libre viento en que vivir solía.

Con un suspiro a la ocasión tardía
tendió la mano, y no pudiendo asillo¹,
dijo (y de las mejillas amarillo
volvió el clavel que entre su nieve ardía):

«¿Adónde vas por despreciar el nido,
al peligro de ligas y de balas,
y el dueño huyes que tu pico adora?».

Oyóla el pajarillo enternecido,
y a la antigua prisión volvió las alas,
que tanto puede una mujer que llora.
(1) asillo: «asirlo».

Lope de Vega.

Tipografías

20 de May de 2008

El tema que me viene obsesionando últimamente es la eficiencia en la comunicación. En realidad, la principal herramienta de un profesor, aunque sea de Lengua, como yo, no es la lengua, sino la comunicación. Y gran parte del éxito que un profesor obtiene en su trabajo –y cualquier persona en cualquier ámbito de la vida– depende de lo buena o mala que sea su capacidad comunicativa.

Y esto va desde la selección de la vestimenta adecuada, hasta el uso apropiado del léxico, pasando por elementos que si uno no los piensa pasan desapercibidos, como la entonación, el volumen de la voz, los gestos, la mirada, y el resto de herramientas corporales y materiales que uno utiliza cuando quiere decir algo.

Ya hablamos aquí sobre cómo unos simples consejos acerca de cómo elaborar una buena presentación informática pueden marcar la diferencia entre una sesión aburrida donde la gente se duerme y no se entera de nada, y una agradable velada que acaba en aplausos y donde el objetivo comunicativo se cumple.

Y creo que en los blogs también es importante la competencia comunicativa. El hecho de escribir cosas que a la gente le interesen es solo uno de los elementos en juego, y yo diría que el menos importante. Es importante cómo escribes (ortografía, estilo ampuloso o sencillo, correcta puntuación, abuso de paréntesis, que es uno de los defectos que estoy intentando pulir, etc.). Pero tampoco creo que sea lo más importante; es otro más de los factores. La abundancia o carencia de imágenes, su correcto uso, la cantidad de columnas, lo destacada que esté la información principal y el adecuado uso de colores son otros de los factores que debemos cuidar para tener un blog, o, en general, una web, que a la gente le resulte agradable de visitar. Y cada uno de ellos tiene su ciencia, y casi para cada uno de ellos podéis encontrar decenas de webs centradas en el asunto.

Yo, como sabéis, tengo la cabeza centradísima en mis oposiciones, pero una de las primeras cosas que pretendo hacer cuando esto acabe es rediseñar por completo la plantilla de La Lengua. Lo más probable –lo llevo pensando unos meses– es que convoque una especie de concurso, con un iPod de premio o algo así, con el objetivo de que los que quieran participar se esfuercen y además promocionar a algún diseñador novel que lo merezca (aparecería en la página principal del blog el nombre del diseñador, y el enlace a su web, si la tiene). De momento es solo una idea, no tengo tiempo ahora de desarrollarla, pero al menos ya sabéis que el tema existe.

Uno de los factores que más me apasionan es la tipografía o tipo de letra empleada. Supongo que se debe a una deformación aficionado-profesional: me encanta leer, y además debo hacerlo muchísimo por motivos profesionales. Hay libros que me cuesta mucho leer, aunque sean interesantes, porque aborrrezco su tipo de letra (en general, todos los de la editorial Gredos, que además utilizan un papel horrible, y eso que las grandes obras de la lingüística en español las publica casi exclusivamente esta editorial) y otros que me meto entre pecho y espalda de un tirón porque su letra y su papel me parecen tremendamente atractivos (por ejemplo, los de la colección Fábula de la editorial Tusquets).

En los tres grandes sistemas operativos empleados en los ordenadores personales (ya, en realidad, grande solo hay uno) también puede apreciarse una enorme diferencia en los tipos de letra que usan.

Yo, como casi todo el mundo, estaba hecho a Windows, y me parecía un sistema operativo decente, ni muy bueno ni muy malo, tal vez porque era el único que había usado masivamente en ordenadores modernos. También he probado Ubuntu Linux, aunque desde hace un par de años utilizo casi exclusivamente Mac OS X.

Lo primero que me llamó la atención cuando puse mis zarpas sobre el Mac OS fue que los tipos de letra resultaban agradabilísimos a la vista. No importaba lo que estuvieras leyendo, te resultaba totalmente placentero. Apple utiliza unos tipos de letra muy bellos y bien proporcionados, y creo sin temor a equivocarme que esta es una de las razones principales por las que quien prueba un ordenador Mac muy raramente vuelve al sistema operativo de Microsoft.

Ubuntu Linux, en mi opinión, es el sistema operativo de propósito general más avanzado que existe en la actualidad. Con él puedes hacer cualquier cosa que hagas con los otros dos grandes sistemas, y las carencias en soporte de hardware no son achacables al sistema en sí, y además van solucionándose poco a poco. Lo más probable es que a partir de ahora los ordenadores que me compre funcionen con ese sistema operativo.

Solo tiene un handicap. El tipo de letra empleado por el sistema Ubuntu es un horror salido de la peor pesadilla de la peor cena tardía de la historia. Si hubiera que adjetivarlo con una palabra, sería «feísimo». Tienes la impresión de estar manejando un sistema programado por y para niños de 10 años en 1994, no un sistema puntero en tecnología informática.

Y, aunque no lo creáis, yo sí creo que ese es uno de los factores que impiden su definitivo despegue. Que es horroroso. Aunque sientas deseos de evangelizar a alguien para que use software libre, si la gente no entiende demasiado de informática (y están en su derecho) lo que va a ver cuando le instales Ubuntu será una especie de copia de Windows desarrollada mientras el diseñador gráfico estaba de vacaciones. O drogado, en el mejor de los casos. Da la impresión de que hay un fallo en la tarjeta gráfica o algo así (ver ejemplo). Todo ello unido al color elegido por la distribución principal (por Dios… ¿no había un color que no fuese precisamente el marrón?) me tira para atrás de tal manera que sé que cuando abandone Mac OS por Ubuntu, estaré echando de menos el primero, aunque solo sea por el estúpido tipo de letra.

(No me intimidan demasiado las posibles respuestas de los fanáticos del soft mal llamado «libre», ya que, que yo sepa, entre los lectores fieles a La Lengua solo tengo a Reset, y es una persona extremadamente razonable y educada, y apuesto mi brazo derecho a que me dará la razón, aunque sea entre dientes.)

La imagen que ilustra este post sirve de perfecto ejemplo para el tema del que hablamos. El primer ejemplo muestra el nombre de HAL 9000, el superordenador que se vuelve loco en la película 2001: Una odisea del espacio. El tipo de letra es futurista, y le viene como anillo al dedo; el segundo se nos antoja algo inapropiado. En el segundo ejemplo, se nos escribe «Hobbit», la raza de medianos que protagoniza la saga más famosa de la literatura moderna (El señor de los anillos). En este caso pasa lo contrario: el primer tipo utilizado resulta extraño, y como dice la leyenda que acompaña a la imagen, socava el significado, actúa en contra de él. El segundo tipo, sin embargo, lo refuerza.

Es un pequeño detalle, pero este pequeño detalle unido a otras docenas de pequeños detalles pueden hacer que el mismo contenido sea el protagonista de una comunicación exitosa o de un fiasco comunicativo total.

La imagen y la idea para el post, por cierto, las he sacado de la recién renacida Webmonkey.

En dos palabras

19 de May de 2008

«No hay tutía.» La palabra tutía es una deformación de atutía, que viene del árabe hispánico attutíyya, y esta del árabe clásico t?tiy?(‘), que a su vez procede del sánscrito tuttha. La atutía era el óxido de cinc que se quedaba adherido a las paredes interiores de las chimeneas, y que tratado con ciertas sustancias era vendido como remedio para diversos males. La expresión del principio quiere decir que no hay remedio (esto es, «atutía» o «tutía») para algún mal que se padece, o bien no hay posibilidad de conseguir algo que se desea (fuente). La expresión está en proceso de sufrir una nueva deformación y convertirse en «no hay tu tía», debido a que los hablantes han perdido el vínculo conceptual con el significado de la palabra original y la identifican, erróneamente, con dos palabras distintas que sí conocen. Ha pasado siempre y seguirá pasando, no hay por qué alarmarse. En lingüística estas deformaciones incultas se conocen como «etimología popular».

«Te voy a dar una somanta de palos.» Somanta («tunda, zurra») es una palabra compuesta de la preposición «so» (que antes se estudiaba en la escuela: «… según, sin, so, sobre y tras», pero que en muchos de los libros de texto actuales ya solo se cita como arcaísmo, si es que se hace) y de «manta». So significa «debajo de» y viene de la preposición latina sub, que en castellano actual se usa como prefijo («submarino», «subcontratar»). No debe confundirse con el «so» de «so tonto», que procede de «señor» (latín senior, más viejo). La expresión proviene, probablemente, de la acción de cubrir a alguien con una manta (esto es, ponerlo so la manta) y darle la paliza de su vida, costumbre muy arraigada en nuestra península, como otras en que un número indeterminado de personas abusa físicamente de otra o de un animal para regocijo general.

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