La foto que ilustra este post, de la agencia EFE, también sirve para colorear un artículo de no sé qué cargo de la Junta de Andalucía, presumo que puesto a dedo, intitulado «Forzar a los jóvenes a leer clásicos es un error para promover la lectura» (vía Docencia). Comprenderéis que, leído el título, haya prescindido de la lectura del artículo completo. Pero el título mismo es lo suficientemente sugerente como para inspirarme un post lleno de bilis.
1. Empecemos por la foto. ¿Qué es lo que falla? Yo os lo diré: falta algún elemento plagado de colores, con vistosos gráficos en el envoltorio, y promocionado por algún famoso. En pocas palabras: falta un producto «nuevo». Lo que se ven son un montón de libros viejos. Y lo viejo es malo. Ma-lo. Ma. Lo.
Pero parece olvidarse algo fundamental, y es que «clásico» no significa «antiguo»; significa algo que es tan bueno que es digno de imitación. Aunque su étimo es el latino classicus, estoy seguro que este abuelo viene de classis, «clase». Un clásico es algo tan bueno que es capaz de inspirar toda una clase de obras que lo imitan. Algo capaz de crear un género. Lo único que tiene que ver con la edad es que normalmente hace falta algo de tiempo para darse cuenta de que una obra es realmente clásica.
2. Llevo en esto de la enseñanza relativamente poco tiempo (cuatro cursos), y si me salen las cosas medio bien tampoco estaré demasiado tiempo más. Pero os juro que nunca he visto a un profesor sugerir que un alumno de 1.º de la ESO debe leer el Quijote. A nadie se le ocurre. Es una de las fantasías que se crea la gente que ha odiado a sus profesores de instituto, y que una vez creada viene de perlas para atacar a los profesores actuales.
Pero es una idea falsa. A nadie se le ocurre poner a un alumno de 12 años a leer una obra de hace 400. No; empiezan con cosas como Manolito Gafotas o El Principito, y a fe mía que los disfrutan.
3. Porque el Quijote y otros clásicos, no lo olvidemos, no son libros escritos para adolescentes. Son libros para adultos. No adultos en el sentido de que salgan tetas y eso, sino libros escritos por personas crecidas para personas crecidas.
4. Porque, además, para leer determinadas obras no basta siquiera con ser adulto o tener cierta sensibilidad artística. Son necesarias ciertas habilidades históricas: hace falta un extenso conocimiento del contexto de la obra para disfrutarlas como se debe. Cervantes murió hace 400 años. Aunque el idioma en que escribía ya se considera castellano, el mismo que hablamos nosotros, ciertamente en cuatro siglos ha tenido tiempo de cambiar. Así que hace falta aprender parte del vocabulario y ciertos giros sintácticos del Siglo de Oro.
Y no solo eso: hace falta saber lo que era una bacía. Este peculiar recipiente tenía la finalidad de remojar la barba de los clientes de las barberías cuando iban a afeitarse, para que, ablandándola, su peladura resultase más fácil.
Pero no creo que nadie que esté vivo y leyendo este post ahora mismo haya visto una bacía en su vida. La vemos en la cabeza del bueno de Alonso Quijano y a nosotros también nos parece un elegante yelmo (la triste figura se ha convertido, también, en un clásico, y el mismo personaje de Charlot, con su inadecuada vestimenta, no es sino un homenaje al ridículo caballero andante). Es necesario saber que el efecto que producía, hace cuatrocientos años, un anciano que se colocase una bacía por casco, era aproximadamente el mismo que produciría hoy un viejo que se fabricase un traje de Supermán y llevase una toalla de playa por capa.
5. Pero nuestro ilustre articulista, como buen español –que desprecia cuanto ignora, Machado dixit y pixit– usa con desprecio el término «clásico», obviando un hecho fundamental: no se han escrito obras mejores en toda la historia de nuestra Literatura. No hay mejor manera de incitar a los niños a la lectura que con los clásicos. Solo es necesario contárselos en su idioma.
Hace unos 530 años escribía Jorge Manrique:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
[...]
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
dispuestos a se acabar
y consumir.
Allí los ríos caudales,
allí los otros medianos,
y más chicos,
pues llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
No sabía que medio milenio después un humilde profesor en Melilla iba a explicarles estas simples estrofas a sus alumnos de 12 años para ilustrarlos sobre la metáfora. Y no imaginaba, probablemente, que los alumnos iban a atender con expectación, y que después de comprender todo ese rollo de los ríos y el mar se iban a quedar en silencio durante casi un minuto, impresionados con la forma de expresar lo que decía.
Porque Jorge Manrique es un clásico dado que usaba de una calidad no superada quinientos años después, y que cuando hayan pasado otros quinientos años y nadie se acuerde de Manolito Gafotas (libro que, por otra parte, encuentro muy divertido) aún seguirá emocionando a chavales de doce años, porque habla de temas de siempre, y los cuenta como nunca.
También ignorará nuestro cargo andaluz, seguro, que después de contar la historia de la manzana de la discordia, que provocó que tantas almas de valerosos héroes se precipitasen al Hades y fuesen presa de los perros y pasto de las aves (cumplíase la voluntad de Zeus) en la dolorosa guerra de Troya, a los mismos chicos, ellos iban a buscar por internet motu proprio las historias de Aquiles, Paris, Helena y Héctor, Andrómaca, Odiseo, Menelao y Príamo, Briseida, Agamenón, Penélope y Telémaco, para enseñarle a su profe lo que habían encontrado en la Wikipedia y en otros sitios.
Porque la épica, como la lírica de Manrique, es algo que estoy convencido de que llevamos en los genes.
Hace una semana una alumna me pidió que le escribiese el título del libro de Julio Cortázar donde aparecen las Instrucciones para subir unas escaleras, después de haberles leído dichas instrucciones un servidor (y después de haberse descojonado, con perdón, la entera clase de chicos de 12 y 13 años que muchos lumbreras consideran incapaces de disfrutar con las buenas letras). Y esta misma semana, después de contar vuestro humilde blogger (que algo tiene de bufón y juglar, es necesario confesarlo) la terrible historia de Edipo, su padre y la madre que lo parió, el pastor que lo crió y la esfinge que lo desafió, mi asombrada audiencia me asaltó para pedirme que escribiese el título de la obra en la pizarra, ¡y el nombre de Sófocles!
Es verdad: aunque quiera dejarlo lo antes posible,… tengo el mejor trabajo del mundo.
6. Epílogo.
No es por presumir, pero mis alumnos –la mayoría de cuyos profesores no se cansan de decirme que no saben nada, que no sirven para nada y que no tienen buena materia prima– lo pasan pipa con Homero y Hamlet. Los han visto en Los Simpsons y les han intrigado las historias.
¿Qué hace que lo que cantaba un ciego hace 2.800 años sea capaz, hoy en día, con todas las PSP y las OT del mundo, de tener a toda una clase de chavales embobada mirando a un profesor que ya ha visto sus mejores días? ¿Qué es lo que hace que 2.800 años después sea motivo para un capítulo de la mejor serie de dibujos animados de la historia?
Yo os lo diré: llevamos a Homero en los genes. Homero es el hombre: la belleza de Helena, la inconsciencia de Paris, la gravedad y sumisión al destino de Príamo y la bravuconería de Aquiles; la astucia de Odiseo (latino Ulises) y la estratagema del caballo de marras. Lo que impresionaba entonces, y lo que sigue impresionando ahora, que cincuenta mil hombres pasasen diez años asediando una ciudad inexpugnable por rescatar a una tía buena. Esas epopeyas aún nos dejan sin aliento. Son el hombre, son Europa (y también la mujer y Europo, claro).
Y todos llegamos a un momento de nuestras vidas antes o después en que hablamos con la calavera en el cementerio, y le preguntamos dó están agora aquellos claros ojos que llevaban tras sí, como colgada, mi alma doquier que ellos se volvían, cuando la muerte y la vejez se convierten en algo real.
¿Cómo que no se puede emocionar a los jóvenes con los clásicos? No hay nada en el mundo que pueda emocionar más a los jóvenes que los clásicos. Aunque entiendo, lo admito, que la Junta de Andalucía, la Generalitat de Catalunya, el Gobierno de España y el de la Cochinchina prefieran que los jóvenes crean que lloran con las estúpidas canciones que les ponen en la tele. No necesitamos hombres. Necesitamos cachos de carne que gasten dinero.
A tomar por viento todo. Me voy a la cama con Gracián.