Neandertal

Imagen: Wikipedia.
Hoy aparece en El País Semanal un interesante artículo sobre los últimos descubrimientos en torno al hombre de Neandertal, una especie primitiva que convivió con nuestros antepasados directos y que un buen día se extinguió, sin que estén del todo claras las causas.
El reportaje habla de interesantes temas, como la probable causa de su extinción, la naturaleza de su lenguaje, la posibilidad de que los hombres de Cromañón se hayan cruzado con ellos –lo que haría que nosotros tuviésemos sangre de neandertal corriendo por nuestras venas–, su dieta, y otros muchos.
Una de las probables causas apuntadas en el artículo para la supremacía de nosotros sobre ellos me ha parecido muy interesante, y es de tipo parcialmente lingüístico: los símbolos. Aunque parece estar demostrado que los hombres de Neandertal conocían el lenguaje (tienen, por ejemplo, partes del aparato fonador adaptado de la misma forma que el nuestro, a diferencia de los chimpancés, nuestros familiares más cercanos), parece ser que su pequeño cerebro les impedía un desarrollo del simbolismo, o al menos un desarrollo tan complejo como el nuestro.
Recordemos lo que es un símbolo: una cosa que se esgrime en lugar de otra. Una cosa que significa otra sin que se le parezca. Una bandera que significa un país, un grupo de sonidos (palabra) que significa una realidad externa («árbol»).
Apuntan en el artículo que el avanzado simbolismo cromañón propició la existencia de grupos más grandes y, por lo tanto, más eficaces en la propia protección y en la búsqueda de alimento. Al tener una bandera (utilizan esa palabra concreta) como representante del grupo, muchos hombres externos al clan familiar podían unirse y aglutinarse bajo el mismo trapo, sin que fuese necesario un parentesco genético, lo que además tuvo la feliz consecuencia de que nuestro genoma se hizo más variado. En el estudio aluden de pasada a la consanguinidad como otra de las causas de la desaparición de los neandertales, y todo el mundo sabe que la excesiva consanguinidad tiene consecuencias funestas para las especies (que se lo digan a algunos de nuestros reyes, como Carlos II).
Pero luego, no sé si el periodista o el investigador, no parece entender la bondad de los símbolos que agrupan a la gente en vez de separarla, y te suelta una perla como la que viene a continuación:
[...] en el fondo, ellos [los hombres de Neandertal], que podían ser rubios o pelirrojos y de piel clara, se parecían más físicamente al hombre actual que nuestros antepasados los cromañones. “Éstos, hacía poco que habían salido de África y tenían una pigmentación más oscura”.
Lo que al parecer está bastante claro: en opinión del investigador, o del periodista, el hombre actual es el caucásico, de piel clara y pelo rubio, y la gente de piel más oscura no puede ser considerada como humanos totalmente evolucionados. Así es como lo entiendo yo, al menos. En lugar de llegar a una conclusión que yo veo mucho más lógica, que es que el maldito color de la piel no tiene nada que ver con el grado de evolución alcanzado, siguen insistiendo en la idea de que hay un tipo de ser humano: el blanco, y luego están los medio simios de nuestros congéneres de piel oscura. El hombre del presente, el del futuro, tendrá los ojos azules, el pelo rubio y la piel sana, como en el anuncio aquel del champú (quien tenga veinticinco años o más se acordará de lo que hablo).
Hitler, como Franco, sigue ganando batallas después de muerto, y lo más curioso es que quienes les conceden las victorias modernas son siempre los que presumen de ser sus más acérrimos detractores.