Ars longa, vita brevis

Habla bien, niño

17 de April de 2008

Existen, grosso modo, dos concepciones de gramática: la descriptiva y la prescriptiva. La prescriptiva, es decir, la que intenta enseñar a la gente cómo hay que hablar, es la que tiene más historia: desde la Poética de Aristóteles hasta el reciente Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia, la historia ha contemplado más de 2.000 años de golpes en la mano con la regla, de tirones de pelo, de orejas de burro y de niños crucificados con pilas de libros cara a la pared. La gramática descriptiva, por contra, es, como su nombre indica, un simple inventario de hechos de la lengua: informa sobre cómo habla la gente, sin entrar en cómo debería hablar la gente.

La tendencia prescriptiva ha sido general durante casi toda la historia del análisis lingüístico, y solo desde los arranques iluminadores de finales del siglo XVII y del XVIII se empezó a concebir el estudio de las lenguas como una ciencia de verdad, de recopilación de datos para su estudio, su comparación, y su abstracción de fenómenos para explicar por qué pasa esto o lo otro, huyendo de las prescripciones de las poéticas tradicionales que en realidad son, más que nada, tratados de buenas maneras.

Por eso, entre otras razones, aún no se ve la Lingüística como una ciencia; por eso muchos memos cortos de miras desprecian el estudio de algo sin lo que no podríamos pensar como lo hacemos, sin lo que no habríamos llegado a la luna y sin lo que nos sería imposible el estudio de las ciencias «de verdad».

No quiero insinuar que las gramáticas prescriptivas no puedan tener su utilidad. La principal de ellas, y tal vez la única evidente, es el intento por mantener unas normas fijas de expresión en una comunidad lingüística en expansión. Un idioma hablado por un par de cientos de indios en un paraje recóndito del Amazonas no necesita una gramática, ya que seguramente todos sus miembros pueden comunicarse entre ellos a la perfección sin necesidad de que un maestro los atosigue en la escuela. Pero cuando tenemos un idioma hablado por trescientos o cuatrocientos millones de personas, cada una en su casa, en su barrio, en su continente, con sus diferentes preocupaciones, giros expresivos y léxicos vernáculos, la carencia de una gramática que diga que se dice «se me ha caído» y no «me se ha caído» provocaría una fragmentación de la lengua en varios dialectos que rápidamente se harían incomprensibles para el resto de los hablantes.

Pero yo creo que la utilidad de las gramáticas tradicionales acaba ahí.

Lo demás es una batalla perdida contra la constante evolución del lenguaje. Las lenguas cambian, y contra eso no podemos ganar, podemos únicamente retrasar la derrota. Si el chat se queda entre nosotros, la Real Academia tardará más o menos, pero acabará aceptando el uso del término. Y si no lo hace, peor para ella. En el DPD se considera un «anglicismo asentado y admisible», y nos informa de que «se han propuesto sustitutos como cibercharla o ciberplática», a cuál más rimbombante, ridículo y antisistema. Porque no es lógico, ni ha sido nunca norma lingüística, que un idioma (o mejor dicho, tres o cuatro señores bienhablados) invente palabras nunca oídas y largas para sustituir un término corto, efectivo y ampliamente usado por el sector social que lo emplea, en este caso los jóvenes.

Y es que, como en muchas otras cosas, la gramática prescriptiva no es más que un intento reaccionario de imponer un código perfectamente válido usado por los mayores sobre otro código tan válido como este usado por los jóvenes. Que sí, que sí, que lograré que los chicos me escriban en un examen «desde mi punto de vista» y no «bajo mi punto de vista», so amenaza de suspenso, y además es muy probable que logremos erradicar este regalito envenenado de nuestros amigos los –malos– periodistas. Pero hay cosas contra las que no merece la pena luchar. Contra las que no tiene sentido luchar.

Una gramática prescriptiva es como una Agencia para la protección del flamenco, o como una política de inmersión lingüística, o como obligar a los alumnos a que canten el himno nacional (o autonómico) en las escuelas o que recen el padrenuestro. Si al final la humanidad va a tirar por su camino, y es bueno que lo haga. Los idiomas impuestos, las gramáticas impuestas, los trajes regionales y las banderas no son sino otra maniobra de los que viven de todo esto para que los de abajo nos adaptemos a sus normas. Con el orden establecido les va muy bien, así que hacen lo posible por conservarlo. Pero aquí viene una mala noticia para ellos: no pueden conservarlo eternamente. Ya se intentó mediante castigos, prisiones y aislamiento social que siguiéramos rigiendo nuestras sociedades por un sistema teocrático o monárquico absoluto, que las mujeres no enseñaran los pechos en la playa y que no trabajaran, que hablásemos a nuestros padres de usted y que ejércitos e iglesias siguieran teniendo la voz cantante sobre lo que podemos o nos está vetado hacer. En vano: la gente sigue a lo suyo. Lentamente, y para eso los poderes cuentan con la inestimable ayuda de la idiocia de la especie humana, pero avanza. Las tías trabajan once meses y luego enseñan las tetas en Benidorm, las iglesias ya no saben dónde buscar adeptos, los generales se tienen que cuadrar delante de una señora –seguramente inepta, como el común de los ministros, pero señora al fin y al cabo– y esto no hay quien lo pare.

Y quizás haya un día, aunque esto no es seguro, en que nos demos cuenta de que no tenemos que rendir pleitesía a banderas, ídolos, coronas, metralletas o normas del buen hablar. De que todo eso debería usarse para preservar nuestro bienestar, y no al contrario. Pero esto hasta que no dejemos de ser idiotas seguirá siendo una utopía. En fin, un hombre puede soñar.

1 comentario en “Habla bien, niño”

  • # John Constantine dice:
    18 de April de 2008 a las 7:31

    Bueno, tampoco puedes esperar mucho de una institución que, en su momento, metió juntitos a Ansón y Cebrián como miembros para que no protestaran ni izquierdas ni derechas. Vamos, que en realidad es como casi todas las instituciones de este país, un chalaneo político. Con el agravante de caer muchas veces en ridículo con casos como los que tú has citado o coon otros como “cederrón” o “guisqui”

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