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Actualización: Menea, menea…
Hace unos años, viendo un documental sobre la vida del sorprendente artista Robert Crumb, me llamó la atención entre muchas otras cosas la siguiente afirmación que soltó, entristecido, viendo a unos jóvenes: «La gente hoy en día va por la calle como anuncios andantes».
Esto me hizo pensar y alcanzar la luz, como tantas veces me ocurre (estoy últimamente de un mesiánico insoportable, soy consciente y os pido perdón por ello). Resulta que como en tantas otras cosas, en el tema de las marcas empresariales vivimos totalmente hipnotizados. Somos estúpidos. Y hay bastante gente haciéndose rica a costa de nuestra estupidez. ¡Y esto ya está durando demasiado!
Hoy les he dicho a mis alumnos –no recuerdo a cuento de qué– lo siguiente: «Voy a abrir una tienda de galletas. La llamaré ‘Galletas de Elías’. Entonces voy a imprimir unas camisetas donde se lea bien grande ‘Galletas de Elías’, me dais dinero y os las doy para que me vayáis haciendo publicidad por ahí. ¿Hace?»
Me han mirado como a un loco y me han dicho que una eme, que si quiero que me hagan publicidad, que les pague yo a ellos. ¡Qué descaro! «¿Y entonces esa camiseta con el felino rampante te la ha regalado la marca Puma y te ha dado dinero por llevarla?»
(Ya recuerdo a cuento de qué venía: el alumno en cuestión me estaba enseñando su flamante camiseta Puma nueva.)
Ya, ya sé que la lógica del asunto no es la misma. Llevar una camiseta con un puma gigante en medio denota riqueza, ya que esas camisetas son caras. Igual que las zapatillas deportivas con el símbolo de Nike, los suéteres con un enorme Dolce & Gabbana en medio o los ordenadores con una estúpida manzana en la carcasa, y reconozco que tengo un MacBook, y se me ha colgado varias veces, incluida una ocasión en que me frió el disco duro y perdí toda la información almacenada en él. Cuando ostentamos una marca en una prenda de ropa, en un ordenador, en la estrellita de nuestro coche, lo que estamos diciendo es que nos podemos permitir lujos que no todo el mundo puede pagar. Estamos tan vacíos que lo mejor que podemos decir de nosotros mismos es que nuestras cuentas corrientes están saneadas.
Lo peor es que esto, encima, no suele ser así. La gente ahorra durante meses y se priva de muchas cosas para comprarse la camiseta con el logo más grande que pueda encontrar. Cuanto más pobre sea uno, más quiere que se vea: la prueba está en los mercadillos donde compran –compramos– los pobres, donde las prendas de más éxito son las que falsifican el enorme símbolo de la marca tal o cual. Cuanto más grande sea el símbolo, más se vende. No buscamos la calidad, ni siquiera la imitación de la calidad, sino la imitación de la ostentación. Preferimos unas gafas Ray Ban falsas de veinte euros que unas gafas de veinte euros que de verdad nos protejan de los rayos malignos del astro soberano. A mayor pobreza, mayor ostentación. Pero mira los zapatos de un rico: no verás, seguramente, ninguna marca diferenciable en ellos, pero cuestan lo que tu sueldo de un mes.
Los ricos no son tontos. Pueden ser despreciablemente inmorales, pero de tontos no tienen un pelo. De lo contrario, no serían ricos. Los tontos somos los que les compramos sus productos sobrepreciados queriendo inútilmente parecernos a ellos. No queremos vivir como ellos, sino que la gente lo piense. Para lograrlo aumentamos aún más nuestra pobreza gastando el dinero en su basura.
Queridos lectores: si Nike quiere utilizarme como un anuncio ambulante, que me pague. Si Steve Jobs quiere que coloque en mi coche las pegatinas de la manzana que venían con mi MacBook, que me llame –preferentemente por las tardes– y convendremos un precio.
Llevad vuestra pobreza con dignidad, y no os convirtáis en una patética y paleta imitación de nuevo rico haciéndoles propaganda gratis a los que de verdad lo son.






