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Ars longa, vita brevis

¿Cómo que venimos del latín? I – Las lenguas se acortan

11 de February de 2008

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En la imagen, Cicerón.

Desde el colegio, al menos cuando yo era pequeño, nos enseñan que el castellano viene del latín. ¿Pero qué es eso de que viene del latín? ¿Es que el latín es un sitio o algo así? Vamos a ver si aclaramos unos cuantos conceptos.

Las lenguas cambian. Antes se decía que degeneraban, y ahora que evolucionan. Yo no estoy totalmente de acuerdo con ninguno de los dos conceptos, pero creo que la realidad se aproxima más a lo segundo: las lenguas cambian porque cambian las necesidades de los hablantes, y estas necesidades provocan los cambios. Por ejemplo, un cambio universal que se da en todas las lenguas es que se van acortando con el tiempo. Verbigracia, el inglés es más antiguo que el castellano, y esto se ve en que sus palabras son, de media, más cortas. Al mismo tiempo, sabemos que el chino es anterior al inglés, por la misma razón. Y para explicar esto tenemos que echar mano de la teoría de la información y otros avances en el campo de la lingüística.

Las lenguas se rigen, generalmente, por el principio de economía. Esto tiene que ver, como casi todo, con la conservación de la energía: la energía disponible para el cuerpo es limitada y difícil de conseguir, y por lo tanto es lógico que los organismos tiendan a ser rácanos en cuanto a su uso. Podemos ver ejemplos claros en dos lenguas que todos conoceréis: el castellano y el inglés. En el castellano, por ejemplo, el sujeto de la oración casi nunca se dice, a no ser que queramos destacarlo por algún motivo. No decimos: «Deme usted un paquete de tabaco», ni «Yo voy a comprarme un coche nuevo», a menos que exista confusión sobre quién debe darme el tabaco o quién va a comprarse un coche. En nuestro idioma, los verbos ya tienen incluido el morfema de persona, y por lo tanto volver a decirlo con un pronombre sería totalmente redundante y un derroche de energía. Sin embargo, en inglés es obligatorio… ¿por qué? Pues porque los verbos, en inglés (excepto en la tercera persona del singular), no incluyen el morfema de persona en su conjugación, y por lo tanto si dijéramos «Will buy a new car» nos sería imposible saber quién va a adquirir el nuevo auto.

No obstante, hay veces en que descubrimos que los idiomas sí son redundantes, y a veces hasta límites desquiciados. Por ejemplo, en la oración «Dale a tu hermana un vaso de agua» tenemos dos expresiones que quieren decir lo mismo: «le» y «a tu hermana». Estos casos se suelen explicar por la presencia de ruido en la comunicación. El ruido es cualquier elemento que distorsione el mensaje haciendo peligrar su objetivo informativo, y no tiene por qué ser un fenómeno acústico: puede ser, por ejemplo, la falta de atención del oyente, la pronunciación defectuosa del hablante o un interlocutor que no domine totalmente nuestro idioma. Por definición el ruido es incontrolable, y es por ello que todas las lenguas naturales poseen elementos que repiten informaciones. A este fenómeno se le llama redundancia. Los sistemas de comunicación artificiales, en general, suelen prescindir de la redundancia para hacerse más económicos (sirva de ejemplo la notación de las matemáticas). Sin embargo, cuando la información es tan importante que puede poner en riesgo o a salvo una vida, los lenguajes artificiales también usan de ella: el color rojo del semáforo sería suficiente para que entendiéramos que debemos detener nuestro coche. Pero hay ciertas personas que sufren de un ruido especial: la enfermedad del daltonismo, que puede hacerles confundir el color rojo con el verde. Por eso en los semáforos se utiliza la redundancia: la luz roja significa «parar»; la luz en la posición de arriba significa «parar». Por eso los semáforos tienen tres bombillas, y no una bombilla que cambie de color. El mensaje es redundante a cosa hecha para asegurar que el ruido no afecte al éxito de la comunicación.

Así que las lenguas se van acortando. En general, los hablantes suelen elegir términos más cortos para decir lo mismo, aunque hay excepciones. Algunas personas, para que sus mensajes suenen más grandilocuentes y así parecer más cultos y arañar algo de prestigio social, eligen decir términos más largos para distinguirse del vulgo parlante. A veces alargan de manera ilógica las palabras con morfemas vacíos de contenido («influenciar» por «influir»); a veces utilizan términos incorrectos, y lo gracioso es que lo hacen para parecer más cultos («deflagración» por «explosión», «escuchar» por «oír»); a veces introducen barbarismos («orfelinato» por «orfanato»). Sí, en gran medida estos defectos los exhiben algunos periodistas, esos que en teoría son profesionales de la palabra. Pero, aparte estos y otros hipercultismos, el caso es que la gente normal, que es la que crea la lengua en mayor medida, suele elegir palabras cortas antes que las largas (y acortar las existentes, y sirvan los ejemplos «boli», «profe», «insti» y otros ya totalmente asentados, como «cine» de «cinematógrafo», «metro» de «metropolitano» y «moto» de «motocicleta»).

Y los acortamientos no son sólo mutilaciones de parte de la palabra, sino que abundan los acortamientos fonéticos. En andaluz, por ejemplo, no suele decirse la -s final de los plurales. ¿Pero siguen distinguiendo los plurales de los singulares? Por supuesto, abriendo más la vocal final en el plural (esto se nota mucho, por ejemplo, en el andaluz de Almería). Otra pérdida frecuente es el de la -d- intervocálica, especialmente en los participios (echao, cansao, leío). En este caso la -d- no necesita ser sustituida por otro procedimiento, puesto que era un elemento redundante y aunque no la pronunciemos, no hay posibilidad de confundir el participio con otra unidad, como sí la había de confundir el singular con el plural en el caso de la pérdida de la -s.

En el caso que nos ocupa, el del latín, el primer cambio que inició la larga caminata hacia nuestro idioma fue la pérdida de la -M final en los acusativos. El castellano «rosa» viene del acusativo latino ROSAM; el castellano «puerto» viene del acusativo latino PORTVM. Dicen los entendidos que esa -M ya no se pronunciaba en el período clásico más que por gente afectada, pero los hablantes cultos la seguían escribiendo, igual que los andaluces cultos siguen escribiendo la -s de los plurales, aunque no la pronuncien.

A menudo, a la pérdida de la -M final le seguía la pérdida de la vocal anterior, siempre que la consonante precedente pudiese ir al final de la palabra en el sistema lingüístico correspondiente. Por ejemplo, en el latín CAESPITEM primero cayó la -M y luego la -T- se convirtió en -D- (lo que trataré en un artículo posterior); como el castellano admite la -d al final de palabra, la -E acabó cayendo y dando el español «césped». Sin embargo, en nuestro idioma la *-ch no puede ser final de palabra, y por eso «noche» (de NOCTE) se ha quedado así y no *noch, aunque esto pasó en algunos dialectos peninsulares, como el mozárabe.

También era frecuente la pérdida de la vocal que sucediese a la que llevaba el acento, sobre todo en palabras largas. Es lo que sucedió con SPATVLA, con acento en la primera A. La V (en este caso no es consonante, sino la vocal «u») átona acabó cayendo y dando spadla. Como nuestro sistema consonántico aborrece el grupo -dl-, estas consonantes cambiaron sus lugares en un proceso llamado metátesis y dieron el castellano «espalda».

(Dos cuestiones sobre nuestra espalda: 1. Si decimos que las lenguas se acortan, ¿por qué hemos añadido una e- al principio? Pues porque en el sistema fonológico del castellano no existe el grupo sp- al inicio de palabra (al contrario que en inglés: spider), y entonces la lengua añade un sonido. Es lo que se llama técnicamente prótesis. Sucede en multitud de términos como «espada» (del latín SPATHA, que a su vez viene del griego) o «espina» (de SPINA). 2. Hay otra palabra castellana que viene de SPATVLA: sí, es «espátula». En este caso el único cambio ha sido la prótesis de la e-. En casos como estos, en que tenemos un término que ha evolucionado fonéticamente del latín y otro que hemos adoptado prácticamente sin cambios en época más reciente, hablamos de dobletes lingüísticos. Otros ejemplos son «cátedra» y «cadera» (de CATHEDRA), «minuto» y «menudo» (de MINVTVM), «auscultar» y «escuchar» (AVSCVLTARE), etc.)

La pérdida de la primera vocal de una palabra, si iba seguida de consonante, era un hecho rarísimo, aunque está documentado en vocablos como «bodega» (de APOTHECA, término latino prestado del griego) y un pequeño puñado más.

Y como el post me está quedando muy largo, y estos señores querrán acostarse, otro día seguiremos con las curiosas transformaciones que han hecho que el latín moderno que hablamos ahora difiera tanto del latín antiguo que se hablaba en el imperio y del latín moderno que se habla hoy en Cataluña, Brasil, Rumanía o Italia. En el siguiente episodio nos ocuparemos de las vocales. ¿Por qué COVA ha dado «cueva»? ¿Por qué PONTE, «puente»? ¿TAVRV «toro» y NIVE «nieve»? Pues ya lo veréis.

En La Lengua:

Diez cosas que [probablemente] no sabías sobre el latín, post mítico que fue meneado y que lleva hasta la fecha la nada lucrativa cantidad de 52 comentarios.

Bibliografía:

Diccionario de la lengua española (RAE), vigésima segunda edición. Espasa, 2001.
José Manuel Fradejas Rueda, Prácticas de Historia de la lengua española, 2ª edición corregida y aumentada, UNED, Madrid, 1998.

7 comentarios en “¿Cómo que venimos del latín? I – Las lenguas se acortan”

  • # ale dice:
    12 de February de 2008 a las 9:18

    Buenos días Elías,

    Creo que usar escuchar por oír es en ocasiones correcto. Este uso implica una diferencia, la de prestar atención a lo que oímos. O acaso no preferimos que nos escuchen a que nos oigan? No siempre, claro!

    Un saludo.

  • # Hala dice:
    12 de February de 2008 a las 10:10

    Buen artículo. Como te veo muy puesto en latín, mira este enlace, a ver que opinas.
    Saludos.
    http://www.librodenotas.com/article/13025/el-latin-lengua-machista

  • # Raúl Ritchie dice:
    12 de February de 2008 a las 14:10

    Hola

    Aprovecho la ocasión para contaros que el día 14 de febrero (o con un poco de suerte ya mismo) estará en las librerías el nuevo libro de Lucía Etxebarría, “Lo que los hombres no saben”.

    Se trata de una antología de cuentos eróticos que han sido escritos por mujeres.

    Os animo a leer el libro, realmente interesante y que abrirá las mentes a muchos y muchas. Para muestra, un extracto en http://algo-nuevo.blogspot.com/2008/02/lo-que-los-hombre-no-saben.html

  • # Nimbusaeta dice:
    12 de February de 2008 a las 15:01

    De hecho un profesor mío defiende que el castellano, el francés, etc. no “vienen” del latín sino que “son” latín, que ha tenido diferentes variaciones según la zona geográfica.

    Bueno esperamos ansiosos el segundo post de la serie 😛

  • # Elías dice:
    12 de February de 2008 a las 16:22

    Gracias por vuestros comentarios. Miraré el artículo ese, Hala, a ver qué tal (aunque espero lo que me voy a encontrar).

    Ale: con lo de “términos incorrectos” tal vez me expresé mal, quería decir “términos utilizados incorrectamente”. Efectivamente, “escuchar” existe en castellano, y también “deflagración”, pero no con el significado con que suelen usarse. En las noticias podemos oír: “Se ha escuchado una explosión” cuando nadie está prestando atención, sino que el hecho de percibir ese sonido con los oídos es fortuito: por lo tanto, ahí, lo correcto es “oír”.

  • # ale dice:
    12 de February de 2008 a las 17:31

    Estamos de acuerdo Elías.

    Y ya veo el doble punto al saludar, iniciar una carta, etc. Creo que a mi, aún a sabiendas de ello, la influencia anglosajona de la coma me puede.

    Saludos.

  • # meneame.net dice:
    30 de July de 2008 a las 21:13

    ¿Cómo que venimos del latín? Las lenguas se acortan…

    [c&p] Las lenguas cambian. Antes se decía que degeneraban, y ahora que evolucionan. Yo no estoy totalmente de acuerdo con ninguno de los dos conceptos, pero creo que la realidad se aproxima más a lo segundo: las lenguas cambian porque cambian las…

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