En un último punto sigue siendo [Leonard] Bloomfield muy actual, y quizá, incluso, se adelantara a nuestro tiempo. [...] El [último] capítulo trata del purismo gramatical, con una severidad sólidamente fundada en el enraizamiento de éste en la discriminación sociológica; trata de la enseñanza de la gramática en la escuela; de la ortografía inglesa y su ruinoso coste intelectual; de la enseñanza de las lenguas vivas; de las estenografías; de la posibilidad de una lengua universal auxiliar.
Georges Mounin, La lingüística del siglo XX, Madrid, Gredos, 1ª edición (1977).
(La negrita es mía.) Esta reflexión es realmente profunda, aunque a veces no nos demos cuenta. Si os fijáis, y si damos por sentado que la lengua es una especie de combinación entre principio instintivo y creación social, es llamativo que la lengua modelo, o estándar, se centre siempre en un uso minoritario que de ella hacen determinadas clases culturales, que suelen coincidir con clases sociales altas. Puede que esta sea la razón de que a los alumnos les cueste tanto sacar buenas notas en Lengua. La lengua que les enseñamos es el español de Mario Vargas Llosa, de Gabriel García Márquez o de Eduardo Mendoza. Sin duda, son unos profesionales absolutamente brillantes en el uso del idioma, pero es que es posible que el idioma que ellos hablan sea, en realidad, un idioma distinto del que usan los chavales. Sin embargo, es tal vez indudable que, si no existiera la escuela, nadie les estaría diciendo continuamente a los jóvenes que el idioma que hablan no es el correcto, y no obstante no tendrían ninguna dificultad en expresarse y comprender a sus iguales. Esto no va en perjuicio, por supuesto, de que admitamos sin reservas -no hay más remedio- que el idioma de los profesionales del lenguaje es más rico en vocabulario y más complejo en su sintaxis superficial¹ o expresión perceptible.
Esta discriminación social del lenguaje puede verse muy claramente en la jerga judicial. Es absolutamente incomprensible, y, aunque quieran hacernos creer que es para evitar la ambigüedad y ser muy claro y conciso, esta no es la verdadera razón. La razón es que, desde siempre (excepto el último período histórico, que es cronológicamente despreciable, pero es el que nos ha tocado vivir), la justicia ha estado en manos de las clases altas. Los jueces, ya sea dedicados plenamente a esa actividad profesional, ya compatibilizando, como ha sido y es costumbre, este trabajo con otros como el de rey o el de jefe religioso, se han sentido muy por encima de la inmunda ralea que formamos los sufridos currantes. Valiéndose de sus sentencias, con sus otrosí digo, sus quien fuere convicto de tal, sus debo condenar y condeno, se aseguraban de que el despreciable vulgo quedase a cuadros ante la lectura de sus sentencias, y no tuviese más remedio que achantarse y pagar lo estipulado por su señoría. La utilidad de la jerga jurídica no es su concisión, sino su ininteligibilidad: mientras el matado de turno iba a la cárcel por robar los pollos, su abogado y el juez se iban juntos a tomar unos chatos después de haber conversado delante del cliente en un idioma que, para él, es más o menos chino.
Sobre el segundo punto destacado de la cita (la ortografía), no se le escapa a nadie que la escritura de cualquier idioma no es solo muy costosa intelectualmente, sino que las más de las veces es simplemente incoherente. Es por eso que un chico de dieciocho años que se expresa con total corrección confunde continuamente las bes con las uves y es inmune a la existencia de nuestra silenciosa hache. El chaval habla bien el castellano. Lo que sucede es que, cuando tiene que transcribirlo, se le obliga a escribir en un código distinto, es decir, en otro idioma. Un idioma en el que dos sonidos iguales se escriben de forma distinta, caprichosamente, en virtud de normas históricas de las que no participa ni comprende.
Sobre esto último hablábamos el gran Satch, su encantadora novia y yo el otro día en los madriles. Sobre que es curioso que, en general -o esa impresión tengo-, los chicos españoles tengan menos faltas de ortografía escribiendo en inglés que en castellano. La razón, creo, está clara. Un niño español primero aprende a hablar, de forma natural (todo indica que su cerebro está destinado y diseñado para ello). Luego debe aprender unas reglas ortográficas que contradicen lo que oye con sus oídos y lo que pronuncia con su boca. Es decir, que primero aprende español, y muchos años más tarde aprende a escribir español. El inglés, sin embargo, como se estudia al mismo tiempo que se aprende, se lee desde el primer momento, y en ese instante los chicos no llevan años hablando inglés sin escribirlo, sino que la primera vez que se han topado con una palabra lo han hecho en su forma escrita. Por eso, me parece a mí, en la enseñanza del inglés pasa exactamente lo contrario que con la enseñanza del castellano: un chico puede aprender a redactar perfectamente en inglés, pero luego viaja a Londres y descubre que no entiende a nadie y que no lo entiende ni Dios. En este caso, al contrario que con el castellano, el código que ha aprendido es el inglés escrito, y luego tiene, a trancas y barrancas, que aprender sonidos para esas palabras que ya sabe.
En cualquier caso, a la enseñanza en este país no la salva ni un milagro. Bueno, sí que puede salvarse: con voluntad de hacerlo y con mucho dinero. De lo uno no hay, y lo otro prefieren gastarlo en cualquier chorrada antes que en la educación. Sí, un círculo vicioso, lo llaman.
(1) Aquí, superficial no es un adjetivo peyorativo; se refiere a la estructura superficial en la gramática generativa. Según esta corriente, una misma estructura profunda (esto es, y simplificando mucho, un mismo significado o un mismo esquema lógico mental), puede expresarse de formas distintas en la estructura superficial. Por ejemplo, una misma estructura profunda podría expresarse en castellano con varias estructuras superficiales distintas, que podrían ser: «Alguien llama a la puerta»; «Están llamando a la puerta»; «Hay alguien llamando»; etc.