El instinto del lenguaje

La premisa de la que parte este interesante libro es la siguiente: existe un instinto en la especie humana que le hace desarrollar un lenguaje oral diferenciado de todas las formas de comunicación animal, y, como instinto, es innato y está codificado en nuestros genes.
A diferencia de casi todas las grandes corrientes de la lingüística, que siempre han catalogado las lenguas como algo puramente cultural, es decir, algo que ha sido creado como podía no haberlo sido, la tesis del libro es que la facultad de hablar una lengua no solo es algo para lo que nacemos preparados, sino que tiene un órgano físico dedicado a ello (más bien, parte de un órgano: el cerebro), igual que tenemos órganos para la digestión y para la circulación sanguínea.
Hasta hace poco, las teorías que negaban la existencia del lenguaje como un instinto se basaban, sobre todo, en dos cosas: primero, que no tenemos (al menos aparentemente) un órgano dedicado a la facultad de hablar, sino pequeñas modificaciones en partes de nuestro cuerpo, como la lengua, el paladar, la laringe, etc.; y segundo, que la especie humana ha creado miles de lenguas distintas entre sí.
Algunos de los descubrimientos del siglo XX parecen, al menos, poner en duda tal teoría, por ejemplo:
- Absolutamente todas las civilizaciones conocidas, incluso algunas que han vivido aisladas del resto del mundo desde la Edad de Piedra, han desarrollado una lengua más o menos sofisticada que sirve exactamente a los mismos propósitos en cada una de ellas. Además, hay evidencias históricas de que nuestros antecesores en la cadena evolutiva (los distintos homo que nos han precedido) también utilizaban el lenguaje, como el desarrollo de hechos culturales que precisan de técnicas difícilmente transmisibles sin él: la ropa, las armas, las viviendas, y demás.
- Hay hechos que se repiten en absolutamente todas las lenguas: son los conocidos como universales lingüísticos (aquí tenéis un artículo en formato PDF sobre el particular). Por ejemplo, todas las lenguas conocidas, vivas o muertas, distinguen las clases de sustantivo y verbo, y tienen consonantes nasales (como nuestras m, n y ñ). Este tipo de universales, que se dan en todas las lenguas, son llamados universales absolutos. Pero también hay universales relativos o implicacionales, que establecen que en todas las lenguas donde se produce X también se produce Y, sin excepción. Por ejemplo, no todas las lenguas conocen el número dual (el castellano sólo conoce los números singular y plural). Pero todas las lenguas que conocen el número dual, como el griego clásico, también conocen el número plural (el cual no es un universal). Estos hechos son difícilmente comprensibles si no asumimos alguna estructura lingüística cerebral e innata que produzca estas coincidencias.
- A pesar de que no existe, como entidad autónoma, un órgano del lenguaje, al parecer sí que hay varias regiones del cerebro, como el área de Broca, que están destinadas desde nuestra concepción a determinadas funciones lingüísticas concretas1.
- Aunque no tenemos, fuera de las áreas mencionadas, un órgano específico del lenguaje, sí que hay algunas partes de nuestro cuerpo que han sido modificadas exclusivamente para este cometido. Por ejemplo, la razón por la que las personas sufrimos frecuentemente atragantamientos es que la estructura de nuestro aparato fonador está diseñado para que podamos producir un número rico de fonemas (sonidos, o, para entendernos, letras), y el precio que pagamos a cambio es un sistema de nariz, boca y garganta más vulnerable a lo que conocemos como “se me ha ido la comida por el otro lado”. Este problema no se produce en nuestros parientes simios más cercanos, y no tiene sentido que nuestra especie lo haya desarrollado si no es para el lenguaje, dado que no sirve para nada más.
- Existen enfermedades y lesiones cerebrales que únicamente afectan a la capacidad de hablar, sin afectar en nada a la inteligencia (se conocen como afasias). Existen, por ejemplo, personas con inteligencia normal, o incluso personas superdotadas, que son incapaces de hilvanar un enunciado coherente. Al mismo tiempo, existen personas con un cociente intelectual por debajo de lo normal (menos de 80) que pueden emitir largos discursos con gran coherencia gramatical. Esto se enfrenta a la idea de que el lenguaje es un invento cultural fruto de nuestra impresionante capacidad intelectual general, como lo pueden ser los televisores de cristal líquido o los cohetes que pueden viajar a la luna. Esto es: la humanidad podría existir, y lo ha hecho durante miles de años, sin fabricar televisores ni cohetes, porque no es algo innato ni necesario para nuestra supervivencia, aunque nuestro cerebro sea capaz de inventarlos. El lenguaje, sin embargo, es algo necesario en nuestra especie. No es ningún invento.
Es un libro bastante largo que echa por tierra bastantes tópicos, como el tan manido de que los esquimales tienen no sé cuántas palabras para el significado de “nieve”, y se enfrenta valientemente con algunas verdades centenarias y casi inmutables de la lingüística, como la que afirma que las palabras que designan los colores en los distintos idiomas son algo meramente cultural, y no fruto de nuestra naturaleza (aparentemente, aunque la gama de colores sea un continuum de frecuencias sin un salto detectable entre el rojo y el rosa, por ejemplo, nuestro ojo sí está preparado fisiológicamente para discriminar determinados colores). Aparte de todo esto, en sus trece largos capítulos se nos cuentan infinidad de curiosidades sobre el lenguaje y muchas de las distintas lenguas que en el mundo se han hablado y se hablan, todo dirigido a convencernos de su teoría sobre lo instintiva que es nuestra principal forma de comunicación. Y en general, al menos conmigo, está cerca de conseguirlo.
El libro se opone a las tesis de los idealistas, para los cuales el mundo lo vemos como lo vemos porque cada lengua concreta lo estanca en distintas realidades que se corresponden con las palabras, y afirma -y argumentos no le faltan- que hay realidades que existen independientemente de nuestra concepción del mundo, como los animales, los árboles, el mar, y otras muchas.
Hay un par de alegatos sobre la necesidad de preservar las lenguas minoritarias, y también en contra de los que él llama «coleccionistas de palabras», profesionales que se dedican al «buen hablar» (como lo habría sido el difunto Fernando Lázaro-Carreter con sus dardos), y también un capítulo dedicado a enfrentarse con ciertos convencionalismos académicos del inglés. Aquí es donde flojea un poco el libro, y se nota que Steven Pinker es, sin duda, un gran conocedor de la psicología, pero algo superficial en cuestiones gramaticales puras. Sin embargo, todas las posturas que defiende están respaldadas por argumentos razonados.
Creo que la extensión del libro y la importancia del tema tratado (nada de lo que nos hace humanos podría existir sin el lenguaje, y tampoco el estudio y la transmisión de las distintas ciencias) lo hacen comparable a mi otro libro de divulgación preferido de este año: Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Es tan amplio el tema que aborda, y lo hace tan documentadamente, que creo que es una obra imprescindible para cualquier persona culta que quiera conocer el porqué de nuestro lenguaje, de los distintos idiomas, de por qué estoy escribiendo y vosotros estáis leyendo. Aunque para los legos los pasajes sobre ciertos temas específicos (como la gramática transformacional de Noam Chomsky) pueden ser algo difíciles, y en mi opinión pueden saltárselos sin problemas, todo el que tenga curiosidad sobre las grandes cuestiones de nuestra especie debería tener este libro en su mesita de noche.
Otras opiniones sobre el libro:
En La Lengua:
- Diferencias entre el lenguaje humano y las formas de comunicación animal (y un par de cosas más sobre los monos)
- ¿Por qué no pueden hablar los monos?
(1) Es curioso que, aunque muchos experimentos han constatado que la emisión de determinados mensajes lingüísticos provocan reacciones químico eléctricas en esta área y otras, en un porcentaje mínimo de personas el área que reacciona a los mismos estímulos es otra. Esto parece estar también diseñado desde nuestro genoma. Durante el nacimiento, y dada la enorme cabeza de los bebés humanos y el estrecho conducto vaginal por el que tienen que salir, es frecuente que se produzcan pequeños infartos cerebrales, que o bien se compensan al poco tiempo, o bien no son lo suficientemente graves como para constituir un problema a los individuos adultos. Parece ser que en estos casos el cerebro es capaz de destinar alguna otra zona de propósito general para que desempeñe las funciones previstas originalmente para la zona dañada.

4 de Diciembre de 2007 a las 11:33
Y, ¿para qué vamos a querer leernos estos interesantes libros si tú los reseñas tan bien?
Algo tiene que ver con el tema: tengo una alumna marroquí que pronuncia perfectamente el castellano, sin rastro de su lengua materna al expresarse oralmente. Sin embargo, cuando lee, es incapaz de pronunciar correctamente en nuestra lengua y evitar las interferencias fonéticas de su lengua. ¿No “regula” la lectura el Área de broca?, ¿y la adquisición de una lengua?
Por otra parte, nos vendría bien un botón de “imprimir” en tus artículos. Algunos, por su extensión, no puedo leerlos en la pantalla y busco otro momento más adecuado en el día. Y no hablo de esos momentos. El de los monos me lo leí en una guardia rodeada de orangutanes y mandriles.
4 de Diciembre de 2007 a las 20:45
Para que luego digas que no te cuido.
4 de Diciembre de 2007 a las 20:48
[…] única con la confianza y falta de tacto suficientes para decírmelo ha sido Priscila, que me ha sugerido que incluya una opción en los posts que permita imprimirlos, para que así […]
8 de Febrero de 2008 a las 23:11
[…] es tratado de forma muy extensa por Steven Pinker en su magnífico libro El instinto del lenguaje, reseñado en La Lengua hace unos meses, y lo de los universales lingüísticos tiene a su principal valedor en el […]
22 de Agosto de 2008 a las 19:43
Tenía el libro, y había leido algunos capitulos sueltos. El otro día me lo lleve a la playa y mientras me daba un baño alguien me sustrajo el bolso, y con el se llevó el libro, que, de una vez me había propuesto leer de principio a fin.
Me gustan los idiomas y últimamente he mejorado mucho el inglés a base de ver la tele y sobretodo de escuchar la radio. También he empezado a estudiar Alemán.
Estudié con textos de Lázaro Carreter en el instituto la lengua española, e inglés con mucha gramática e ideas de los profesores contrarias a lo del mentalés, de Pinker.
¿Cómo crees que pueden contribuir las ideas de Pinker a las metodologías de enseñanza de idiomas?
Saludos