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La Lengua » El camino

Ars longa, vita brevis

El camino

12 de November de 2007

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A Daniel, el Mochuelo, lo van a enviar a la ciudad para estudiar el Bachillerato, hecho ineludible que lo separará de su querido valle vasco y de todos los recuerdos de su niñez. Ante la inevitabilidad de la partida y la imposibilidad de dormir, comienza a recordar en flashbacks los pasos más importantes de su camino vital, camino que da título a la novela y que su padre, el quesero, trunca cuando decide que debe estudiar para progresar y llegar más lejos que él.

La estructura de esta novela, sin ser un prodigio de originalidad, es desarrollada por Miguel Delibes de forma absolutamente magistral. El primer capítulo comienza cuando el Mochuelo se va a la cama y descubre que no puede dormir y se pone a recordar. El último, cuando el día comienza a clarear y el pobre chico lo ve como un condenado a muerte vería amanecer el último día desde su celda. En medio de estos dos capítulos se hincha como un globo toda la historia del valle, de sus habitantes, sus costumbres, su forma de hablar y de vivir y sus complejas relaciones sociales.

El estilo de esta novela es el que ha hecho de Delibes el escritor más castellano, si me permitís que lo diga así. Sus novelas, a menudo o casi siempre, parece que nos las está contando un paisano, en lugar de estar nosotros leyéndolas en soledad. Domina el léxico como pocos, sobre todo las palabras pueblerinas, y es capaz de escribir una obra maestra con giros populares que, como digo, a veces nos hacen olvidar que estamos leyendo. Las repeticiones, los anacolutos, los giros sintácticos imposibles, que son una marca de la casa, logran, como ya he dicho, que parezca que realmente hay un hombre rememorando su niñez y recuperando para ello el habla infantil y desenfadada, en lugar de haber miles de horas de trabajo y reflexión para la consecución de un estilo perfecto.

Los personajes de la novela están realmente vivos. Es la segunda vez que digo esto, con otras palabras, después de comentar Tokio Blues, de Haruki Murakami. Aunque a veces salen caricaturizados e incluso a menudo me recuerdan a los animalescos personajes de Cela, todos están tan llenos de virtudes y defectos como cualquier persona real, sin héroes ni villanos, y con unos pocos personajes hiperbolizados que tal vez sirven como puntos de guía para que nos demos cuenta de lo normales que son todos: hablo de Roque, el Moñigo, hijo del herrero, tan fuerte que con 13 años le dio una paliza a un joven de 20; o de su padre, tan bestia que saca una imagen de procesión a hombros él solo, y que me recuerda en su fuerza a Arcadio Buendía, de Cien años de soledad (aunque la novela de García Márquez se publicaría más de diez años después). Todos los demás personajes podrían ser perfectamente nuestros vecinos, si viviésemos en un valle perdido del norte de España durante la posguerra.

No recomiendo a nadie que tarde treinta y dos años en leerla, como he hecho yo, porque es sin duda una de las cimas de la novela española del siglo pasado. Y siempre sienta bien poder leer a un escritor que se apaga mientras aún está vivo. Supongo que a estas alturas, y teniendo unos lectores tan cultivados como los tengo yo, ya habrá pasado por vuestras manos hace tiempo. Si no es así, o si pensáis releerla, un consejo: leed lentamente el capítulo XVII, porque creo que es uno de los mejores fragmentos que se han escrito nunca en español. Y en el español de Delibes, ahí es nada.

La Guindilla mayor descendió a la tienda. Dio media vuelta a la llave y entró Catalina, la Lepórida. Ésta, al igual que sus hermanas, tenía el labio superior plegado como los conejos y su naricita se fruncía y distendía incesantemente como si incesantemente olisquease. Las llamaban, por eso, las Lepóridas. También las apodaban las Cacas, porque se llamaban Catalina, Carmen, Camila, Caridad y Casilda y el padre había sido tartamudo.

[…]

–Pongamos la luz en la sala y censuremos duramente las películas –arguyó la Guindilla mayor.

A la vuelta de muchas discusiones se aprobó la sugerencia de la Guindilla. La comisión de censura quedó integrada por don José, el cura, la Guindilla mayor y Trino, el sacristán. Los tres se reunían los sábados en la cuadra de Pancho y pasaban la película que se proyectaría al día siguiente.

Una tarde detuvieron la prueba en una escena dudosa.

–A mi entender esa marrana enseña demasiado las piernas, don José –dijo la Guindilla.

–Eso me estaba pareciendo a mí –dijo don José. Y volviendo el rostro hacia Trino, el sacristán, que miraba la imagen de la mujer sin pestañear y boquiabierto, le conminó–: Trino, o dejas de mirar así o te excluyo de la comisión de censura.

4 comentarios en “El camino”

  • # www.literaturame.net dice:
    13 de November de 2007 a las 8:00

    El camino (de Miguel Delibes)…

    A Daniel, el Mochuelo, lo van a enviar a la ciudad para estudiar el Bachillerato, hecho ineludible que lo separará de su querido valle vasco y de todos los recuerdos de su niñez. Ante la inevitabilidad de la partida y la imposibilidad de dormir, comi…

  • # Manuel dice:
    13 de November de 2007 a las 17:28

    La leí estando aún en el colegio… creo que en el año 87…

    Y ya entonces me encantó, precisamente por sus personajes… me pareció una historia preciosa y muy cercana…

  • # John Constantine dice:
    14 de November de 2007 a las 11:55

    Pues manda cojones que servidor es vallisoletano y practicamente no he leído nada de Delibes. Pero es que su universo no me seduce.

  • # elisa dice:
    20 de November de 2011 a las 19:36

    quien son las leporidas? por favor tengo que hacer un trabajo y no lo se..:(

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