
Notas (el artículo en sí comienza después de estas notas en bastardilla): en este artículo no se ponen en duda las capacidades comunicativas de los simios. Los simios se comunican, como casi todas, o todas, las especies animales, y de hecho lo hacen con un sistema de comunicación bastante eficiente, uno de los más desarrollados de entre los de todas las especies. Lo que se cuestiona es su capacidad para usar un lenguaje, esto es, un sistema combinatorio discreto capaz de unir sus unidades en otras mayores de extensión variable y virtualmente infinita para inventar y comprender mensajes nunca percibidos con anterioridad. Los simios, los delfines, las aves, incluso las abejas, tienen complejos sistemas de comunicación perfectamente eficientes para sus respectivas especies, pero ninguno de ellos parece tener la capacidad de usar un lenguaje como el humano, tan diferenciado de todos los restantes sistemas de comunicación animal. Ni siquiera otras formas de comunicación humana, como los gestos, la ropa, las señales de tráfico, etc. poseen la capacidad inventiva e innovadora del lenguaje verbal, con la posible excepción del lenguaje matemático y algún otro lenguaje científico altamente desarrollado.
A menudo utilizo en este artículo el vocablo mono como sinónimo de simio, cuando esto no es científicamente correcto. Los gorilas, los chimpancés y los orangutanes son monos, pero además son simios, al contrario que mandriles y macacos, por ejemplo, que, siendo monos, de simios no tienen nada. Soy consciente de que en el lenguaje científico este uso no es correcto, pero los utilizo como sinónimos para evitar repetir el término. Siempre que me refiero a los “monos” en el artículo me refiero en realidad solamente a los grandes monos, o simios, que son las especies citadas.
Ya sé que no hay carrera por la evolución. Es un argumento que utilizo para rebatirlo a continuación, por si hay algún despistado que toma dicho argumento como válido. Creo que se entiende perfectamente si se sigue leyendo el párrafo citado, pero por si acaso, aquí queda dicho.
Antes de nada, quiero aclarar dos cosas:
1. Cuando hablo de “monos” me refiero a individuos de las diversas especies de simios superiores (gorilas, chimpancés y orangutanes), y no a los numerosos individuos de nuestra especie que frecuentemente se comportan como tales o incluso peor.
2. Cuando hablo de “hablar”, no me refiero al acto sonoro de imitar los sonidos que hacemos las personas cuando usamos el lenguaje, como hacen los loros, sino a usar la lengua como un sistema estructurado de comunicación que permite elaborar y comprender un número infinito de mensajes1. Cuando un loro imita, a veces con una perfección asombrosa, el habla de las personas, no está utilizando nuestro lenguaje, sino imitando un sonido, al igual que puede imitar el sonido del timbre del teléfono o el de la sirena de una ambulancia. Por cierto, los loros no son las únicas aves con esa sorprendente capacidad. También pueden hacerlo los periquitos, los cuervos, y si no recuerdo mal, incluso algunos canarios.
Vamos allá.
Desde hace bastantes años, muchos científicos han intentado enseñar a hablar a los chimpancés, que parecen ser los simios más inteligentes. No solo eso, sino que además comparten con nosotros un porcentaje genético cercano al 99% (no sé si eso debe hacernos avergonzarnos a nosotros o a ellos). Por supuesto, el aparato fonador de estos animales no es comparable al humano por sus características fisiológicas, así que no podemos esperar que imiten nuestra habla en su vertiente fonética: es decir, les falta lo que tienen los loros. Sin embargo, podría ser posible, tal vez, enseñarles un lenguaje signado similar a alguno de los que usan los sordomudos, que constituyen de facto una lengua con las mismas posibilidades de expresión que las lenguas naturales habladas, excepto las derivadas del sonido, claro está. Sin embargo, aspectos expresivos que las personas oyentes usamos empleando la entonación, como el enfado, la interrogación, etc. pueden ser suplidos fácilmente por otras formas de expresión, como gestos con las manos, posición de las extremidades, la expresión facial, etc.
Si fuese posible enseñar a los chimpancés un lenguaje como el de los sordomudos, sería tarea fácil acoplarles un traductor que interpretase sus signos y emitiese el sonido correspondiente a la palabra oral, como aparece en la película Congo. En esas condiciones, podríamos tener un mono que hablase prácticamente como nosotros, con todas las implicaciones que semejante descubrimiento entrañaría.
Sin embargo, todos los intentos de enseñar una lengua humana a los simios han resultado ser infructuosos. Los chimpancés son muy inteligentes (quiero decir, para no ser personas), y son capaces de aprender muy rápidamente. Si somos capaces de enseñar a nuestro perro que nos dé la pata, que traiga el periódico y que ladre cuánto son dos más dos, ¿no podemos utilizar la misma enseñanza condicionada con los monos obteniendo mejores resultados? Por supuesto que sí. Hay monos que han aprendido a relacionar determinados gestos con diversos significados, y han entablado, de esa manera, comunicación con los investigadores que los cuidaban.
Pero eso no es hablar. Mi perro entiende ciertos gestos, y se hace entender con otros. Cuando quiere calle, se pone a mi lado y empieza a llorar, mirándome con cara de pena. Y yo lo entiendo. Y cuando ve que agarro su correa, se vuelve como loco, porque sabe que va a salir.
Ya, esto no es más que un reflejo condicionado. El perro ha aprendido que al hecho de coger la correa su dueño sigue el hecho de salir a la calle, y relaciona el estímulo con su consecuencia. Pero es que enseñar a un mono es algo parecido, porque es imposible que haga lo que queremos sin la promesa de un premio. No dejan de ser animales: todo lo que hacen en su vida va orientado a su utilidad.
Lo más que se ha logrado conseguir con los chimpancés es que unan dos o tres de esos gestos que simbolizan cosas, y de una forma desordenada, mucho menos eficiente que como lo hace cualquier niño de dos años sin más entrenamiento que el de oír a los adultos a su alrededor.
Pero ¿por qué? Siendo tan inteligentes, y compartiendo el 99% de nuestro código genético genoma, ¿por qué es tan difícil para un mono hablar?
Pues la respuesta es múltiple, pero sencilla. Por un lado, un 1% de diferencia genética puede parecernos despreciable, pero no lo es tanto. Fijémonos en la cantidad de órganos y procesos del cuerpo humano que están determinados por los genes: el crecimiento, la cantidad y el color del cabello (y su forma: rizado, ondulado, liso), el color y la forma de los ojos, el hecho de tener dos extremidades superiores y dos inferiores, el hígado, los pulmones, el corazón, las uñas, la digestión… Todo ello está dictado por nuestro código genético nuestros genes. Y en gran parte de todo ello somos indistinguibles de los chimpancés, si nos fijamos en la estructura, y no en el aspecto superficial: somos animales con cuatro extremidades, dos ojos dispuestos hacia delante, vello por todo el cuerpo, un corazón (que incluso podemos trasplantar de una especie a otra), una misma forma de digestión, de circulación sanguínea, de respiración; uñas, dientes, orejas, y demás. Un mono y una persona desnudos, para un observador científico extraterrestre, podrían pasar, en un reconocimiento rápido, por dos animales de especies hermanas, o incluso por dos individuos de una misma especie (habida cuenta de que hay gatos de angora y gatos totalmente lampiños, por ejemplo, que son de la misma especie: Felis Catus; y teniendo en cuenta también que hay seres humanos extraordinariamente peludos).
Pero es que, además, una diferencia del 1% del código genético genoma no tiene por qué significar que un 1% de nuestros genes sea distinto al de los chimpancés. Puede significar que cada uno de nuestros genes es un 1% distinto de todos los genes de nuestros queridos animales. Ahí es donde nos damos cuenta de que la diferencia puede ser abismal.
Nuestra capacidad para usar un lenguaje, según los últimos estudios, depende fundamentalmente de dos cosas: un aparato fonador adaptado para ello (tráquea, laringe, faringe, dientes, paladar, etc.) y ciertas regiones del cerebro que parecen estar destinadas al lenguaje, como el área de Broca. Todo parece indicar que un 1% de nuestro código genético nuestros genes podría ser suficiente para crear estas dos diferencias.
Un segundo error consiste en una apreciación falsa de la evolución de las especies. Si un chimpancé es tan parecido, y si va justo por detrás de nosotros en la carrera por la superioridad de las especies animales, ¿no sería lógico que los chimpancés pudiesen desarrollar un lenguaje, aunque fuese uno tosco y rudimentario? ¿Es que nuestro antepasado más inmediato no podía hablar, y de repente nosotros podemos? ¿No se supone que las funciones y los órganos van mejorándose con el tiempo y el devenir de las especies, y que no aparecen de la noche a la mañana? Esto es: ¿no es cierto que no hubo una única mutación que consistiese en el ojo humano, y tampoco pudo haber otra que consistiese en la capacidad del lenguaje totalmente formada, como la conocemos? Pues sí.
Pero el caso es que la cosa no es así. Los humanos no descienden de los chimpancés. Los humanos descienden de diversas especies de animales cuasi humanos que nos precedieron en la historia de la tierra, como el australopithecus, el homo erectus o el homo habilis. Los caminos de la especie humana y del chimpancé se separaron hace millones de años, así que compartimos un antepasado común… pero estos simpáticos monos no son nuestros antepasados. Nuestros antepasados más inmediatos, casi con total seguridad, conocieron el lenguaje, al igual que la religión y la fabricación de armas2. Pero, al igual que pasa con la religión y con las armas, probablemente su capacidad lingüística era menos refinada que la del homo sapiens. Es casi seguro que la capacidad del lenguaje comenzó a desarrollarse cuando el antepasado común que chimpancés y personas compartimos ya había dividido el camino hacia ambas especies. Así que es tan lógico que nuestros antepasados tuvieran unos rudimentos lingüísticos, como que los actuales chimpancés carezcan por completo de ellos.
Esto se puede entender mejor si recurrimos a una hipérbole. ¿Por qué las personas no pueden volar, ni siquiera mal, y las aves sí, si descendemos de un antepasado común, como todos los vertebrados? Pues por la misma razón. La capacidad de volar de las aves comenzó en algunas especies de dinosaurios que ya estaban separadas genéticamente de otras especies de dinosaurios la rama de especies que dieron lugar a los mamíferos, y después a nosotros (Nota: los mamíferos no proceden de los dinosaurios, sino de una rama distinta anterior a ellos que dio origen tanto a los dinosaurios, como a nuestros antecesores. ¡Gracias, Paleofreak!). Así, es lógico que muchos de los antepasados de las aves pudieran volar, y que ninguno de nuestros antepasados lo haya hecho nunca.
Por todo ello, los chimpancés no pueden hablar, ni podrán hacerlo nunca, al igual que nosotros no podremos volar nunca sin servirnos de artilugios mecánicos fabricados por nosotros.
Pero, si no nos cargamos el planeta y las especies siguen evolucionando, ¿es posible que los descendientes de los chimpancés desarrollen un lenguaje (o que los de los hombres puedan volar)? Pues la respuesta, como algo posible, es sí.
Las capacidades genéticas no son únicas, sino que pueden desarrollarse en tiempos distintos o simultáneamente en varias especies. Se estima que un órgano como el ojo, por ejemplo, ha sido creado por la evolución al menos cuarenta veces. Este proceso se llama convergencia evolutiva. Las mismas necesidades generan órganos análogos. Los mosquitos y las aves pueden volar, aunque el antepasado común que tuvieron hace millones de años no lo hacía. Sin embargo, insectos y aves han desarrollado órganos análogos, que aunque genéticamente no están emparentados, sirven para el mismo propósito. Por ello, es posible que en un futuro muy lejano los descendientes de los chimpancés puedan terminar desarrollando un lenguaje.
Pero eso, en todo caso, es ciencia-ficción.
Nota: Gracias a los que han promovido la noticia en Menéame. Gracias a todos los que visiten el artículo y comenten. Se admiten, por supuesto, las correcciones necesarias. Gracias dobladas y multiplicadas al Paleofreak, que a petición mía ha tenido a bien revisar el artículo y ajustar unos remaches en las cuestiones sobre genética y evolución. Y si hay algún simio leyendo el artículo y no está de acuerdo con lo que en él se dice, ¡los comentarios están abiertos!
Este artículo está inspirado (y en gran parte basado) en algunos capítulos del interesantísimo libro El instinto del lenguaje, de Steven Pinker, del que ya os he hablado y del que pienso seguir hablándoos en varios posts.
(1) En esto, las lenguas naturales humanas difieren por completo de las formas de comunicación de los animales. Las lenguas naturales poseen un número limitado de unidades (sonidos, aunque para que nos entendamos, diremos que nos referimos a las “letras”), que combinándose entre sí pueden formar cientos de miles de palabras, que combinándose a su vez pueden formar un número infinito de mensajes. Por el contrario, los animales poseen un número limitado de señales, cada una con su significado (existencia de una fuente de alimento, presencia de un peligro, disponibilidad para aparearse, etc.), y que no pueden combinarse entre sí para formar otros significados.
(2) Por supuesto, ni la religión ni las armas forman parte de nuestro código genético genoma, aunque sí las capacidades intelectuales y mecánicas (dedos prensiles, etc.) que premiten su desarrollo. Pero creo que la analogía se entiende, que es lo que pretendo.