Ars longa, vita brevis

Diferencias entre el lenguaje humano y las formas de comunicación animal (y un par de cosas más sobre los monos)

30 de November de 2007

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Solo puedo calificar el presente post de una forma: este es mi blog y escribo lo que quiero. Dudo que le resulte interesante a alguien, aparte de a mí mismo. De todas maneras, si quieres arriesgarte, asegúrate de tener un buen rato disponible para leer: es larguísimo.

El post anterior sobre por qué los simios no pueden aprender a hablar ha tenido bastante éxito (incluso ha salido en Menéame), de lo cual me siento muy pagado, pero algunos comentaristas (en este sitio y en el otro) me han criticado de una manera que me hace sospechar que no han llegado a captar una idea fundamental.

En el citado post yo defendía la idea de que los monos no pueden utilizar el lenguaje. Algunos han entendido (o así lo creo) que yo he negado la capacidad comunicativa de los chimpancés, cosa muy alejada de mi intención. Los chimpancés, como el resto de los animales (yo diría que todos), se comunican. Lo que no pueden es sintetizar y utilizar un lenguaje como el humano. Pero, entonces, ¿hay alguna diferencia cualitativa insalvable entre el lenguaje de las personas y las formas de comunicación animal, aparte de una mayor complejidad cuantitativa? Pues sí que la hay.
(more…)

¿Por qué no pueden hablar los monos?

28 de November de 2007

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Notas (el artículo en sí comienza después de estas notas en bastardilla): en este artículo no se ponen en duda las capacidades comunicativas de los simios. Los simios se comunican, como casi todas, o todas, las especies animales, y de hecho lo hacen con un sistema de comunicación bastante eficiente, uno de los más desarrollados de entre los de todas las especies. Lo que se cuestiona es su capacidad para usar un lenguaje, esto es, un sistema combinatorio discreto capaz de unir sus unidades en otras mayores de extensión variable y virtualmente infinita para inventar y comprender mensajes nunca percibidos con anterioridad. Los simios, los delfines, las aves, incluso las abejas, tienen complejos sistemas de comunicación perfectamente eficientes para sus respectivas especies, pero ninguno de ellos parece tener la capacidad de usar un lenguaje como el humano, tan diferenciado de todos los restantes sistemas de comunicación animal. Ni siquiera otras formas de comunicación humana, como los gestos, la ropa, las señales de tráfico, etc. poseen la capacidad inventiva e innovadora del lenguaje verbal, con la posible excepción del lenguaje matemático y algún otro lenguaje científico altamente desarrollado.

A menudo utilizo en este artículo el vocablo mono como sinónimo de simio, cuando esto no es científicamente correcto. Los gorilas, los chimpancés y los orangutanes son monos, pero además son simios, al contrario que mandriles y macacos, por ejemplo, que, siendo monos, de simios no tienen nada. Soy consciente de que en el lenguaje científico este uso no es correcto, pero los utilizo como sinónimos para evitar repetir el término. Siempre que me refiero a los “monos” en el artículo me refiero en realidad solamente a los grandes monos, o simios, que son las especies citadas.

Ya sé que no hay carrera por la evolución. Es un argumento que utilizo para rebatirlo a continuación, por si hay algún despistado que toma dicho argumento como válido. Creo que se entiende perfectamente si se sigue leyendo el párrafo citado, pero por si acaso, aquí queda dicho.

Antes de nada, quiero aclarar dos cosas:

1. Cuando hablo de “monos” me refiero a individuos de las diversas especies de simios superiores (gorilas, chimpancés y orangutanes), y no a los numerosos individuos de nuestra especie que frecuentemente se comportan como tales o incluso peor.

2. Cuando hablo de “hablar”, no me refiero al acto sonoro de imitar los sonidos que hacemos las personas cuando usamos el lenguaje, como hacen los loros, sino a usar la lengua como un sistema estructurado de comunicación que permite elaborar y comprender un número infinito de mensajes1. Cuando un loro imita, a veces con una perfección asombrosa, el habla de las personas, no está utilizando nuestro lenguaje, sino imitando un sonido, al igual que puede imitar el sonido del timbre del teléfono o el de la sirena de una ambulancia. Por cierto, los loros no son las únicas aves con esa sorprendente capacidad. También pueden hacerlo los periquitos, los cuervos, y si no recuerdo mal, incluso algunos canarios.

Vamos allá.

Desde hace bastantes años, muchos científicos han intentado enseñar a hablar a los chimpancés, que parecen ser los simios más inteligentes. No solo eso, sino que además comparten con nosotros un porcentaje genético cercano al 99% (no sé si eso debe hacernos avergonzarnos a nosotros o a ellos). Por supuesto, el aparato fonador de estos animales no es comparable al humano por sus características fisiológicas, así que no podemos esperar que imiten nuestra habla en su vertiente fonética: es decir, les falta lo que tienen los loros. Sin embargo, podría ser posible, tal vez, enseñarles un lenguaje signado similar a alguno de los que usan los sordomudos, que constituyen de facto una lengua con las mismas posibilidades de expresión que las lenguas naturales habladas, excepto las derivadas del sonido, claro está. Sin embargo, aspectos expresivos que las personas oyentes usamos empleando la entonación, como el enfado, la interrogación, etc. pueden ser suplidos fácilmente por otras formas de expresión, como gestos con las manos, posición de las extremidades, la expresión facial, etc.

Si fuese posible enseñar a los chimpancés un lenguaje como el de los sordomudos, sería tarea fácil acoplarles un traductor que interpretase sus signos y emitiese el sonido correspondiente a la palabra oral, como aparece en la película Congo. En esas condiciones, podríamos tener un mono que hablase prácticamente como nosotros, con todas las implicaciones que semejante descubrimiento entrañaría.

Sin embargo, todos los intentos de enseñar una lengua humana a los simios han resultado ser infructuosos. Los chimpancés son muy inteligentes (quiero decir, para no ser personas), y son capaces de aprender muy rápidamente. Si somos capaces de enseñar a nuestro perro que nos dé la pata, que traiga el periódico y que ladre cuánto son dos más dos, ¿no podemos utilizar la misma enseñanza condicionada con los monos obteniendo mejores resultados? Por supuesto que sí. Hay monos que han aprendido a relacionar determinados gestos con diversos significados, y han entablado, de esa manera, comunicación con los investigadores que los cuidaban.

Pero eso no es hablar. Mi perro entiende ciertos gestos, y se hace entender con otros. Cuando quiere calle, se pone a mi lado y empieza a llorar, mirándome con cara de pena. Y yo lo entiendo. Y cuando ve que agarro su correa, se vuelve como loco, porque sabe que va a salir.

Ya, esto no es más que un reflejo condicionado. El perro ha aprendido que al hecho de coger la correa su dueño sigue el hecho de salir a la calle, y relaciona el estímulo con su consecuencia. Pero es que enseñar a un mono es algo parecido, porque es imposible que haga lo que queremos sin la promesa de un premio. No dejan de ser animales: todo lo que hacen en su vida va orientado a su utilidad.

Lo más que se ha logrado conseguir con los chimpancés es que unan dos o tres de esos gestos que simbolizan cosas, y de una forma desordenada, mucho menos eficiente que como lo hace cualquier niño de dos años sin más entrenamiento que el de oír a los adultos a su alrededor.

Pero ¿por qué? Siendo tan inteligentes, y compartiendo el 99% de nuestro código genético genoma, ¿por qué es tan difícil para un mono hablar?

Pues la respuesta es múltiple, pero sencilla. Por un lado, un 1% de diferencia genética puede parecernos despreciable, pero no lo es tanto. Fijémonos en la cantidad de órganos y procesos del cuerpo humano que están determinados por los genes: el crecimiento, la cantidad y el color del cabello (y su forma: rizado, ondulado, liso), el color y la forma de los ojos, el hecho de tener dos extremidades superiores y dos inferiores, el hígado, los pulmones, el corazón, las uñas, la digestión… Todo ello está dictado por nuestro código genético nuestros genes. Y en gran parte de todo ello somos indistinguibles de los chimpancés, si nos fijamos en la estructura, y no en el aspecto superficial: somos animales con cuatro extremidades, dos ojos dispuestos hacia delante, vello por todo el cuerpo, un corazón (que incluso podemos trasplantar de una especie a otra), una misma forma de digestión, de circulación sanguínea, de respiración; uñas, dientes, orejas, y demás. Un mono y una persona desnudos, para un observador científico extraterrestre, podrían pasar, en un reconocimiento rápido, por dos animales de especies hermanas, o incluso por dos individuos de una misma especie (habida cuenta de que hay gatos de angora y gatos totalmente lampiños, por ejemplo, que son de la misma especie: Felis Catus; y teniendo en cuenta también que hay seres humanos extraordinariamente peludos).

Pero es que, además, una diferencia del 1% del código genético genoma no tiene por qué significar que un 1% de nuestros genes sea distinto al de los chimpancés. Puede significar que cada uno de nuestros genes es un 1% distinto de todos los genes de nuestros queridos animales. Ahí es donde nos damos cuenta de que la diferencia puede ser abismal.

Nuestra capacidad para usar un lenguaje, según los últimos estudios, depende fundamentalmente de dos cosas: un aparato fonador adaptado para ello (tráquea, laringe, faringe, dientes, paladar, etc.) y ciertas regiones del cerebro que parecen estar destinadas al lenguaje, como el área de Broca. Todo parece indicar que un 1% de nuestro código genético nuestros genes podría ser suficiente para crear estas dos diferencias.

Un segundo error consiste en una apreciación falsa de la evolución de las especies. Si un chimpancé es tan parecido, y si va justo por detrás de nosotros en la carrera por la superioridad de las especies animales, ¿no sería lógico que los chimpancés pudiesen desarrollar un lenguaje, aunque fuese uno tosco y rudimentario? ¿Es que nuestro antepasado más inmediato no podía hablar, y de repente nosotros podemos? ¿No se supone que las funciones y los órganos van mejorándose con el tiempo y el devenir de las especies, y que no aparecen de la noche a la mañana? Esto es: ¿no es cierto que no hubo una única mutación que consistiese en el ojo humano, y tampoco pudo haber otra que consistiese en la capacidad del lenguaje totalmente formada, como la conocemos? Pues sí.

Pero el caso es que la cosa no es así. Los humanos no descienden de los chimpancés. Los humanos descienden de diversas especies de animales cuasi humanos que nos precedieron en la historia de la tierra, como el australopithecus, el homo erectus o el homo habilis. Los caminos de la especie humana y del chimpancé se separaron hace millones de años, así que compartimos un antepasado común… pero estos simpáticos monos no son nuestros antepasados. Nuestros antepasados más inmediatos, casi con total seguridad, conocieron el lenguaje, al igual que la religión y la fabricación de armas2. Pero, al igual que pasa con la religión y con las armas, probablemente su capacidad lingüística era menos refinada que la del homo sapiens. Es casi seguro que la capacidad del lenguaje comenzó a desarrollarse cuando el antepasado común que chimpancés y personas compartimos ya había dividido el camino hacia ambas especies. Así que es tan lógico que nuestros antepasados tuvieran unos rudimentos lingüísticos, como que los actuales chimpancés carezcan por completo de ellos.

Esto se puede entender mejor si recurrimos a una hipérbole. ¿Por qué las personas no pueden volar, ni siquiera mal, y las aves sí, si descendemos de un antepasado común, como todos los vertebrados? Pues por la misma razón. La capacidad de volar de las aves comenzó en algunas especies de dinosaurios que ya estaban separadas genéticamente de otras especies de dinosaurios la rama de especies que dieron lugar a los mamíferos, y después a nosotros (Nota: los mamíferos no proceden de los dinosaurios, sino de una rama distinta anterior a ellos que dio origen tanto a los dinosaurios, como a nuestros antecesores. ¡Gracias, Paleofreak!). Así, es lógico que muchos de los antepasados de las aves pudieran volar, y que ninguno de nuestros antepasados lo haya hecho nunca.

Por todo ello, los chimpancés no pueden hablar, ni podrán hacerlo nunca, al igual que nosotros no podremos volar nunca sin servirnos de artilugios mecánicos fabricados por nosotros.

Pero, si no nos cargamos el planeta y las especies siguen evolucionando, ¿es posible que los descendientes de los chimpancés desarrollen un lenguaje (o que los de los hombres puedan volar)? Pues la respuesta, como algo posible, es sí.

Las capacidades genéticas no son únicas, sino que pueden desarrollarse en tiempos distintos o simultáneamente en varias especies. Se estima que un órgano como el ojo, por ejemplo, ha sido creado por la evolución al menos cuarenta veces. Este proceso se llama convergencia evolutiva. Las mismas necesidades generan órganos análogos. Los mosquitos y las aves pueden volar, aunque el antepasado común que tuvieron hace millones de años no lo hacía. Sin embargo, insectos y aves han desarrollado órganos análogos, que aunque genéticamente no están emparentados, sirven para el mismo propósito. Por ello, es posible que en un futuro muy lejano los descendientes de los chimpancés puedan terminar desarrollando un lenguaje.

Pero eso, en todo caso, es ciencia-ficción.

Nota: Gracias a los que han promovido la noticia en Menéame. Gracias a todos los que visiten el artículo y comenten. Se admiten, por supuesto, las correcciones necesarias. Gracias dobladas y multiplicadas al Paleofreak, que a petición mía ha tenido a bien revisar el artículo y ajustar unos remaches en las cuestiones sobre genética y evolución. Y si hay algún simio leyendo el artículo y no está de acuerdo con lo que en él se dice, ¡los comentarios están abiertos!

Este artículo está inspirado (y en gran parte basado) en algunos capítulos del interesantísimo libro El instinto del lenguaje, de Steven Pinker, del que ya os he hablado y del que pienso seguir hablándoos en varios posts.

(1) En esto, las lenguas naturales humanas difieren por completo de las formas de comunicación de los animales. Las lenguas naturales poseen un número limitado de unidades (sonidos, aunque para que nos entendamos, diremos que nos referimos a las “letras”), que combinándose entre sí pueden formar cientos de miles de palabras, que combinándose a su vez pueden formar un número infinito de mensajes. Por el contrario, los animales poseen un número limitado de señales, cada una con su significado (existencia de una fuente de alimento, presencia de un peligro, disponibilidad para aparearse, etc.), y que no pueden combinarse entre sí para formar otros significados.

(2) Por supuesto, ni la religión ni las armas forman parte de nuestro código genético genoma, aunque sí las capacidades intelectuales y mecánicas (dedos prensiles, etc.) que premiten su desarrollo. Pero creo que la analogía se entiende, que es lo que pretendo.

Waltzing Matilda

27 de November de 2007

Enlace al vídeo en YouTube

Waltzing Matilda, Waltzing Matilda
“You’ll come a-Waltzing Matilda, with me”

Nadie canta Waltzing Matilda como Tom Waits.

Aunque bien pensado… nadie canta como Tom Waits.

No

26 de November de 2007

No creerá que me he hecho millonario firmando cheques, ¿verdad?

Bill Gates en Los Simpsons.

Amigos: Bill Gates no le va a dar a nadie 245 euros, ni 243, ni 241 por enviar un mensaje de correo electrónico.

Dejad de enviarme el mensaje.

Historia de los griegos

24 de November de 2007

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Como dice el autor Indro Montanelli, no llamó a este libro Historia de Grecia (como sus historias de Roma o de la Edad Media) porque es imposible hablar de la historia de las ciudades helénicas sin detenerse pormenorizadamente en sus personajes. Es cierto que no puedes hablar de la historia del imperio romano sin nombrar a César, Marco Antonio, Caracalla o Constantino, pero la expansión y caída Roma se puede explicar perfectamente sin aludir a las personalidades de sus protagonistas. Pero ¿cómo explicar la historia de la antigua Grecia sin nombrar a Minos, a Homero, a Pericles, a Sócrates, a Arquímedes, a Esquilo, o a tantos otros? Sería una tarea imposible.

Esta Historia de los griegos tiene todas las virtudes y todos los defectos que se pueden encontrar en cualquier obra de divulgación historiográfica de Montanelli. Virtudes: su estilo es llano, llamativo y divertidísimo. Cuando tienes entre las manos un libro suyo, sigues leyéndolo, aunque solo sea por ver con qué nueva ocurrencia sale la próxima vez. Varias veces he soltado una carcajada mientras lo leía, al tiempo que mi novia, que lee cosas más serias (A sangre fría de Truman Capote) me miraba con cara de bibliotecaria solterona. Leer historia con Montanelli no sólo es divertido, es hilarante.

El defecto es que su estilo es tan bueno que te hace dudar de su exactitud. A veces se pregunta uno si, siendo tan divertido, el texto tendrá todo el rigor exigible a cualquier obra sobre historia. Además, de vez en cuando inserta apreciaciones subjetivas sobre este o aquel aspecto, relacionándolos con la historia contemporánea (entiéndase, la historia contemporánea al libro, que se editó en Italia en 1959). Esto acerca el libro al ensayo y lo aleja un poco de la historiografía. Pero sigue siendo una lectura apasionante.

La Historia de los griegos es precisamente lo que promete. Ni siquiera se detiene mucho en las ideas políticas de sus gobernantes, ni en las filosofías de sus pensadores: te habla de sus vidas. Es un libro plagado de anécdotas sacadas de fuentes clásicas, que el autor seguramente conocía al dedillo. Y, como ya se ha dicho, no es una historia de Grecia (que en la antigüedad nunca tuvo conciencia de ser una nación, y casi siempre las polis andaban a palos unas contra las otras), sino de los hombres que la vivieron y que vivieron en ella.

Y, como dice Indro Montanelli en el Epílogo, todo lo que en la vida de la Humanidad evoluciona es de origen griego. Ahí es nada.

(Sobre Hesíodo) Según él, fue una mujer quien trajo todos los males a los hombres, que hasta aquel momento habían gozado de paz, salud y prosperidad: Pandora. Y entre líneas da a entender que, rascando un poco, se encuentra una Pandora en cada mujer. De esto muchos críticos han deducido que debió de haber sido soltero. Nosotros creemos, en cambio, que cosas semejantes sólo pueden escribirlas los casados.

[…]

(Sobre Safo, la poetisa de Lesbos) [en Sicilia] casó con un industrial rico, como sucede a las «divas» de todos los tiempos, que eligen por marido a un caballero millonario. Y tuvo una niña: «que no cambiaría -escribió- por toda la Lidia y ni siquiera por la adorable Lesbos». El industrial, después de habérsela dado, cumplió también con el postrero de sus deberes de buen marido: la dejó viuda y dueña de toda su hacienda.

¿Cuál es el idioma más hablado del mundo?

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Como todos estaréis sospechando, es el chino (aproximadamente mil millones de hablantes). Pero la cuestión tiene más interés cuando nos fijamos en la lucha por las medallas de plata y bronce y por el cuarto puesto.

Según esta página, el segundo puesto está ocupado, para una fuente, por el castellano, para otra por el inglés y para otra por el hindi (lengua mayoritaria en La India). Estamos hablando de hablantes nativos, no de los que tienen al idioma como segunda o tercera lengua, y en todos los casos los hablantes son alrededor de trescientos millones (como el título del antiguo programa de televisión). De cualquier manera, el español no baja del tercer puesto.

Si contamos los que hablan cada idioma, aunque no sea de forma nativa, después del chino van el inglés, el castellano y el ruso (es curioso pensar que hay 20, ¡veinte! millones de personas que hablan el chino sin ser su lengua materna… ya sabéis quién decidirá los destinos económicos del mundo de aquí a nada, y los tiburones de los negocios ya se están poniendo las pilas).

Por número de países, el podio lo ocupa el inglés (115 países), seguido del francés (35), el árabe (24) y el castellano (20).

(Most Widely Spoken Languages)

Listening for the Weather

23 de November de 2007

Enlace al vídeo en YouTube

I’ve been doing what I’m told,
I’ve been busy growing old,
and the days are getting cold
but that’s alright with me.

¿A por la parejita?

22 de November de 2007

Hoy, en El diario de Patricia, han llevado a una mujer de unos sesenta años para que contara que, en los últimos 19 años, su pareja solo le ha dado alegría al cuerpo tres veces -que ella recuerde-, por lo que ha decidido decirle ante todos los telespectadores que lo abandona. Y, de paso, ha declarado que busca un nuevo amigo.

Ante lo cual no he podido más que preguntarme si en el tristemente famoso programa están buscando un segundo touch down.

Una breve cuestión léxica

Leo esta noticia en Menéame: A una chica le han removido un bezoar […] de 5 kg. Inmediatamente me voy al formulario de comentarios, para protestar por el uso de “remover” con el significado de “quitar, extraer”. Veo que alguien se me ha adelantado. Pero, acto seguido, otro comentarista le corrige, aludiendo a la entrada del DRAE correspondiente, en la que, como tercera acepción, tenemos el significado de “Quitar, apartar u obviar un inconveniente.”.

En el tercer comentario, el autor del primero admite su error y enlaza a un artículo de Ricardo Galli donde, citando al Diccionario panhispánico de dudas, encontramos usos de la palabra “remover” con el significado de “quitar” en fecha tan remota como 1325, amén de otros de fechas más próximas. Y aquí es donde intervengo yo a llevar la contraria para quien haga falta.

Antes de nada, si el diccionario de la Real Academia dice que el significado es correcto para ese significante, no es reprochable, en principio, que un hispanohablante lo use. Pertenece a la riqueza léxica de los idiomas la existencia de varios significados para un solo significante (polisemia), tanto como la de varios significantes para un significado (sinonimia). De hecho, y a falta de consultar algún estudio estadístico, me atrevería a decir que en castellano, como en cualquier idioma, hay tantas palabras polisémicas (hoja, carro, levantar) como monosémicas (altavoz), o incluso más. Nótese que las palabras monosémicas (esto es, con un solo significado) suelen serlo únicamente en los vocabularios técnicos, donde es importante que cada palabra signifique una sola cosa para evitar las ambigüedades (sutura, cigüeñal, vector, morfema).

Sin embargo, si somos francos, al menos en el español de España, yo (que he nacido en 1975) no me había encontrado jamás con la palabra “remover” con el significado de “retirar, quitar” hasta que los malos estudiantes han empezado a comprarse cursos de Home English, coincidiendo con el momento en que la industria informática, monopolizada por la lengua inglesa, empezó a dominarlo absolutamente todo.

Se conoce en inglés con el nombre de false friends a las palabras que, en un idioma, guardan un parecido formal con palabras de otro idioma distinto, pero cuyos significados difieren. Entre el castellano y el inglés tenemos varios ejemplos: casualtie, que significa “baja”, referido a las bajas en una guerra (casualties of war, que he oído en varias películas traducido como “casualidades de guerra”, con lo absurdo que eso suena); actual, que significa “real, verdadero” y no “actual”; billion, que significa “millardo, mil millones”, y no billón (que es un millón de millones), etc. Aquí tenéis una breve lista de algunos de esos false friends.

Así que cuando una víctima de los estudios de inglés en España se encuentra con una palabra inglesa que se parece a otra castellana, piensa en ahorrarse trabajo y hace una traducción chapucera del texto, con lo que podemos encontrarnos con textos en presunto español bastante absurdos. Imaginad, por ejemplo, que alguien tradujera “It is actually almost impossible that casualties of war will reach one billion within the present century” (perdón si el inglés es también chapucero, pero es que no es mi especialidad) como “Actualmente es casi imposible que las casualidades de guerra lleguen a un billón en el presente siglo”. Es difícil imaginar una traducción más delirante.

No es realista esperar que alguien que traduce del inglés al español consulte el diccionario para cada palabra que se encuentra, por si significa algo que no parece obvio; sin embargo, es deseable que los que ganan su sueldo traduciendo entre ambos idiomas conocieran un poco mejor su oficio. El mal de este país ha sido siempre la falta de profesionalidad (por mucho que, según los telediarios, cada semana descubramos dos o tres vacunas contra el cáncer y otras tantas contra el sida). Cada vez que en las noticias de la tele oís que la población mundial ha rebasado los seis billones, ¿no os da rabia que alguien haya cobrado por esa traducción?

Pero volvamos al vocablo que nos ocupa. Si la RAE dice que “remover” puede significar “quitar”, yo no soy nadie para quitarle autoridad, aceptando que alguna vez la haya tenido. Pero creo que es demostrable que el uso que se le da ahora en algunos contextos es totalmente forzado, artificial y fruto de un desconocimiento de ambos idiomas, el propio y el inglés.

Porque sí, he oído a mucha gente decir “ahora hay que remover el disco”; “remueve la tarjeta gráfica”; etc. Pero, fuera del ámbito informático, ¿alguien usa esa palabra con ese significado? ¿Alguien dice, en su casa, “remueve el jarrón de ahí delante que no veo la tele”? ¿Alguien “remueve el coche de ahí porque es zona prohibida”? ¿Alguien se ha “removido” un quiste de grasa de alguna zona de su humano cuerpo? ¿A alguien, alguna vez, su profesor de la facultad le ha “removido” temas para el examen cuatrimestral? Estoy seguro de que no.

Por lo tanto, el uso de “remover” como “quitar”, no existe realmente en el habla de España, al menos en mi corta experiencia como oyente y hablante. Y el habla es lo que crea la lengua, y la lengua es la que va al diccionario. Cuando alguien usa esa palabra con ese significado, no le podemos decir que atenta contra el diccionario de la Real Academia, pero no olvidemos que dicho diccionario no es más que eso, un libro. Y ya está. Pero sí le podemos decir que está contaminando su idioma actual aceptando como propias normas que son ajenas a él, por el imperialismo del inglés en todos los órdenes de la vida.

Y luego nos podemos poner a hablar sobre si tiene mayor o menor importancia que, dado que los cambios en la lengua son constantes e inevitables, la nuestra cambie por influjo de la lengua universal, con ayuda de los hablantes que no conocen su propio idioma. Pero eso ya sería tema para otro post.

Poetas

21 de November de 2007

Otra vez [Dionisio de Siracusa] condenó a trabajos forzados en las minas al poeta Filoxeno, que había criticado sus versos. Luego se arrepintió, le llamó y ofreció en su honor un gran banquete al final del cual leyó otros versos e invitó a Filoxeno a juzgarlos. Filoxeno se levantó y, haciendo un signo a la guardia, dijo: «Llevadme a la mina.»

Historia de los griegos, de Indro Montanelli.

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