
La decadencia de este blog, unida inevitablemente a la de mi ingenio, me obliga una vez más a echar mano de anécdotas del trabajo para tener algo que escribir.
Clase de literatura. Se comenta un texto de Leandro Fernández de Moratín. En él, dos caballeros decimonónicos discuten sobre cómo debe ser la educación de las mujeres casadas. Si han de estar en casa con la pata quebrada, si deben estar todo el día de visita si les apetece, y cuestiones parecidas. Para que los alumnos (una clase de 2º de la ESO, con edades entre trece y quince años) lleguen a comprender el texto, les explico cómo se establecían los matrimonios en la España de aquel entonces, y el papel de objeto de trueque que se destinaba a las jóvenes casaderas.
Empieza el debate. Pregunto: “¿Creéis que los hombres solteros pueden hacer lo que quieran?” Respuesta, por supuesto general, “Sí”. (Llegados a este punto creo que conviene aclarar que la práctica totalidad del alumnado es de religión musulmana) Pregunto de nuevo: “¿Y una mujer soltera?” Respuesta al unísono: “Sí”, pero esta vez noto que algunos dudan o, simplemente, mienten.
Entonces pregunto sobre si hombres y mujeres casados pueden hacer lo que les plazca con total libertad, y prácticamente todos dicen que de eso ni hablar (aunque sigo notando cierta preferencia por la libertad del hombre frente a la de la mujer).
Por supuesto, unos jóvenes de catorce años no tienen aún plenamente formado su sentido ético, ya que para eso se nos paga, ay, a los profesores, que antes debíamos simplemente enseñar, puesto que a los alumnos se los educaba en casa. Sin embargo, creo que su respuesta es bastante representativa de la que ganaría en una encuesta a nivel nacional.
¿Puede un hombre casado hacer lo que quiera? ¿Y una mujer? Hay quien diría: “Sí, siempre que el cónyuge no se entere, porque ojos que no ven…”, que es una respuesta que siempre me ha pateado las tripas. Basar la diversión en la traición a una confianza, añadiendo además la burla, es una actitud que me parece despreciable. No obstante, creo que la respuesta mayoritaria sería: “No, no pueden hacer lo que quieran, ya que al darse mutuamente como esposos o parejas renuncian a parte de su libertad.”
Y así, creo que casi todas las personas entienden el matrimonio (o la pareja estable, que me da lo mismo) como una vuelta a la infancia. Cuando eres menor de edad, tus padres te dicen lo que debes hacer y lo que te está prohibido. Si llegas a los dieciocho sin echarte novia -o novio-, puedes disfrutar de unos momentos de libertad plena hasta que te emparejes; una vez con tu media naranja, vuelves a ser una especie de infante, ya que tienes que pedir permiso para hacer ciertas cosas, y si haces algo que “no debes”, permaneces con el temor de ser “descubierto” y “castigado”.
Conozco incluso gente que abronca a sus parejas, o que se deja abroncar por ellas. Me parece asombroso. ¿Pero esto qué es? ¿Quién se ha creído nadie que es para echar la bronca a una persona adulta? ¿Nos hemos vuelto locos?
Yo supongo que soy muy moderno (en el peor sentido de la palabra), pero entiendo que una relación de pareja es, principalmente, una relación de confianza y de libertad. Oiga usted, para ser menos libre yo no tengo pareja, la tengo precisamente para ser más libre. Si estoy con una persona en relación exclusiva (o, como decía Fernando Savater, en contrato de “arrendamiento mutuo de los genitales del otro”), es decir, si somos “novios”, lo soy porque me da la gana. Cuando se te plantea un dilema “moral” de pareja (y que conste que hablo en general, no estoy pensando en mi situación, ni mucho menos) creo que debes dar una respuesta adulta, si te consideras adulto. Soy mayor de dieciocho años y soy así. Si te gusta como soy, y a mí me gusta como eres, montémonoslo, tengamos crías, lo que sea. Y si no, pues oye, a vernos de vez en cuando o a no vernos nunca. Pero me disgusta tremendamente la absurda costumbre de echarse una pareja para estar actuando al mismo tiempo como policía y como delincuente huido de la justicia. No me siento cómodo en ninguno de los dos papeles.
Bueno, pues ya está evacuada toda la porquería mental acumulada (o casi toda, no quiero ensuciar La Lengua escribiendo lo que pienso sobre los políticos en estos días). Ahora es vuestro turno: ¿qué opináis? ¿Cuando uno se casa o ennovia pasa de ser un adulto a una persona que ha de pedir permiso para hacer cosas? ¿Eres un policía que ha de estar vigilando y castigando a tu novia /o? ¿Somos adultos o seguimos siendo niños? ¿Por qué resulta tan cómodo para tanta gente volver a la niñez, que te quiten responsabilidades y te digan lo que tienes que hacer? ¿Estamos locos o qué? Vuestras opiniones, en los comentarios.