Educación española

Hoy, dando una clase de Lengua Castellana, ha venido a cuento hablar de la antigua Roma y de los acueductos. Y de cómo la ingeniería romana republicana e imperial les permitía realizar obras impresionantes hace 2.000 años. «Y no sólo hace 2.000 años -he continuado-, sino incluso hace más».
La mayoría de mis alumnos, de entre trece y quince años, me ha mirado con los ojos como platos. Finalmente, uno se ha atrevido a preguntar: «¿Hace más de 2.000 años?»
Siempre dispuesto a escucharme a mí mismo, me he puesto a soltarles el rollo de que el mundo tiene muchísimos más de 2.007 años, concretamente unos 4.600 millones de años, y de por qué contamos nuestros años a partir del año 5 ó 6 antes de Jesucristo; y de cómo contaban los antiguos romanos los años antes de adoptar el cristianismo; y de por qué en las sociedades islámicas están en el año mil trescientos y pico y los judíos dicen que estamos casi en el año 6000. Cualquiera de estas fechas -he seguido- es convencional, la ciencia y los estudiosos nos dicen que la edad de la tierra es de varios miles de millones de años, y la de los seres humanos, como mucho de unos cientos de miles.
Me han mirado con desconfianza, sin acabar de creérselo, supongo. Yo he continuado con la explicación de Lengua, un poco resignado, pero no he podido dejar de reflexionar sobre ello.
Quiero decir sobre el hecho de que unos adolescentes, unas personas que dentro de apenas un lustro van a ser capaces de decidir mediante su voto los destinos del país, no sepan a estas alturas nada sobre algo tan importante como el tiempo. Supongo que les pasa a casi todos, o al menos a muchos: creen que el tiempo dura 2.000 años, y que la parte realmente importante del tiempo son un par de decenas, a lo sumo; lo único que importa es el aquí y el ahora, y la inmensidad del tiempo y el espacio son detalles insignificantes.
Una persona que cree que el tiempo dura 2.007 años (en lugar de 4.600 millones, y eso sin contar la existencia del universo pre-tierra) es como una persona que cree que el mundo es su barrio. Y quien cree que el mundo es su barrio, que el tiempo es su vida, que el pensamiento es su pensamiento, tiene muchas opciones para convertirse en un fanático. Sólo existe su mundo, su tiempo, su religión, su opinión. Las demás opiniones no existen, y si hacen amago de existir, las elimina. A bombas, a tiros, a base de radicalismo.
Eso es lo que empezamos a tener con la generación más preparada de la Historia de España (sic), fórmula boba repetida hasta la saciedad por gentes de uno y otro bando: la leo y escucho en los medios de derechas, como arma para atacar a este Gobierno por su presunta incapacidad para ofrecer más que trabajos mileuristas a nuestros analfabetos licenciados; la leo y la escucho en medios de izquierdas, para defender esta gloriosa LOGSE socialista, que so pretexto de educar a ciudadanos más tolerantes, feministas y pacifistas, está consiguiendo la sociedad más radicalizada, machista y violenta que hemos padecido en muchos años.
Nuestra parte de responsabilidad tenemos los profesores, entre los que es cierto que hay mucho inútil y mucho vago, pero conozco el gremio desde dentro y puedo decir que la mayoría de ellos está preparada y, aunque parezca mentira, motivada. Es muy difícil repartir la culpa, y supongo que todos la tenemos: profesores, padres, legisladores, el resto de la sociedad.
Incluso los propios alumnos, aunque pienso que ellos son los más inocentes: los hemos acostumbrado a que nada es culpa suya, a que no deben esforzarse, a que cualquier cosa que hagan y en cualquier grado está bien. Los alumnos de los que hablo en este post han escuchado mis explicaciones de esta mañana con una envidiable atención. En contra de lo que muchos pedagogos parecen sugerir, a los alumnos el conocimiento, los datos, les sientan bien y les interesan. Me he detenido un par de veces esta mañana para recriminar a un alumno que se estaba distrayendo, y los demás me han pedido por favor que continuase.
A los alumnos de la dictadura franquista les enseñaron que no hubo cosa más grande que el Imperio Español bajo el mando de los Reyes Católicos; en las madrasas islámicas se enseña que no hay más dios que Alá y que Mahoma es su profeta; en muchas de nuestras comunidades autónomas se empeñan en reducir la enseñanza a los tópicos locales, al idioma endémico, a los mitos tribales. No quiero comparar unas instituciones democráticas como son las consejerías autonómicas de educación con el pseudofascismo franquista ni con el fanatismo islamista, pero tienen puntos en común. Especialmente, la obsesión por la endohistoria, la endosociología, y todo eso reducido a una palabra: el ombliguismo.
No estoy criticando en este post la educación que se da en las comunidades autónomas, ni siquiera la que se imparte en las comunidades históricas, con gobiernos nacionalistas: estoy criticando una forma de afrontar la educación de nuestros jóvenes que es más que otra cosa una fábrica de fanáticos que no ven más allá de sus anteojeras.
¡Ay! Es lo que tenemos cuando el sistema educativo de todo un país está supeditado a los delirios de los políticos, al miedo a ofender a quien lo ofende (las religiones), y a las estúpidas modas pasajeras.











