Hace un par de días que he terminado este libro del gran Liev (o León) Tolstói. He tenido una sensación parecida a la que solo me han dado unas pocas novelas, como la Odisea, el Quijote, Madame Bovary o Cien años de soledad. En otras palabras, es uno de los libros que definitivamente me llevaría a una isla desierta. Es más, seguramente, si estuviese en una isla desierta enfrascado en su lectura y apareciera Jueves con un teléfono tribanda y un localizador GPS, le pediría que se diese una vueltecita de tres o cuatro días. Bien, ya habréis captado la idea.
Como os dije hace unos días, he recopilado un buen número de citas geniales para escribirlas en La Lengua, me ha sucedido casi como con El árbol de la ciencia de Baroja: casi todo el libro era ciertamente subrayable. Hay capítulos que he marcado enteros, como el XI de la primera parte, cuando Levin se encuentra con su pretendida Kitty, o el XXIX de la segunda, cuando Ana confiesa a su marido la infidelidad tras el dramático accidente de la yegua de Wronsky. Después tengo otras tres docenas de citas desperdigadas por las 640 páginas del volumen, que iré escribiendo en el blog durante unos cuantos días. La proximidad de mis exámenes de oposiciones hacen que no pueda dedicar demasiado tiempo a otros menesteres -aparte de mi trabajo- y, por otra parte, veréis que una simple cita de esta novela puede constituir por sí sola un artículo interesante. Mañana empezaremos, Dios mediante.
Mientras tanto, unas impresiones sobre este libro. En primer lugar me ha llamado la atención la agilidad narrativa de Ana Karenina. La novela realista no suele destacarse por su ligereza, frecuentemente es parsimoniosa y detallista en las descripciones, cuya minuciosidad convierte la lectura en una carrera de caracoles. Tolstói, sin embargo, gasta mucho más tiempo en la descripción psicológica de los personajes (a menudo usando el monólogo interior indirecto), porque en realidad son ellos quienes condicionan la trama, y son precisamente ellos quienes conforman casi todo el paisaje, el asfixiante paisaje burgués que causa la caída y la posterior perdición de la protagonista (en un caso muy parecido al de La Regenta de Clarín).
También me ha parecido que unos cuantos personajes no son redondos del todo, o al menos, en comparación con otros, no son demasiado realistas. Por ejemplo, una persona tan buena gente como Konstantino Levin no puede existir en el mundo real. Y menos en la Rusia del XIX. ¡Y menos ser rico! Parece que este personaje, aparte de servir de contrapunto a Alexis Wronsky, es el medio a través del cual el autor expresa su teoría sobre cómo arreglar el mundo. Tampoco Karenin, el marido de Ana, parece demasiado de carne y hueso. Por muy alto funcionario que sea, y muchos rublos que gane, es impensable que un hombre tan pusilánime y desangelado haya podido estar casado con una de las mujeres más bellas de la gran Rusia y no tener la cabeza coronada por un par de relucientes astas, cuanto menos. Creo que su función, como la del marido de Emma en Madame Bovary o la del de Ana Ozores en La Regenta, es explicar la infidelidad de la esposa: el machismo imperante en una sociedad de hace doscientos años tal vez no podía concebir que una mujer simplemente le ponga los cuernos al marido porque le apetezca; han de presentarnos a un hombre totalmente desprovisto de atractivo, como diciendo: “Mirad a este tipejo, ¿es que vosotros /as le seríais fieles?”
Pero aun con estas y algunas otras grietas, las docenas y docenas de personajes de Ana Karenina están todos vivos. León Tolstói era un conocedor tan perfecto del alma humana, que sabe por qué resquicio van a respirar los presos de la sociedad aristocrática decimonónica, sabe de qué manera van a seguir siendo humanos en un mundo lleno de normas que chocan con sus apetitos. Los movimientos, las respuestas de los personajes, no son lógicos, son humanos. Tal vez por ello, o quién sabe por qué, el personaje que mejor me ha caído es Stiva Oblonsky, el hermano de Ana, casado con una mujer de familia más pudiente que la suya, que ocupa su solemne cargo público con una frivolidad envidiable, y dedica su tiempo libre en perseguir jovencitas por las frías noches de Moscú. Pero luego, presentado en sociedad, es el perfecto caballero. Parece decir: vale, juego a lo que decís, pero voy a modificar un poco las reglas.
Si tuviese que ponerle nota a este espejo del espíritu le daría, yo qué sé, un doce o catorce sobre diez. Pero sería una grosería, es una Obra de Arte con mayúscula. Así que fuera la nota, y leedlo, y ya veréis como no digo más que verdades.
Por cierto, podéis leerla en línea en esta web.
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Para quien haya llegado hasta aquí, un acertijo: ¿Cuál es la relación entre la novela de la que trata este artículo y el mayor éxito del checo Milan Kundera? Quien acierte aparecerá en el Cuadro de Honor.
Mañana, como he dicho, comenzamos con las citas. Sed buenos, que es viernes.