Aviso: este artículo es largo, pero muy interesante. Tómate la molestia de leerlo, y si al final no te parece tan bueno, te devolvemos el dinero.Hoy es portada en
El Mundo una noticia que podéis consultar en
otras fuentes:
Salima Abdeslam, diputada de la Asamblea de Melilla, ha
jurado su cargo con un pañuelo islámico en la cabeza. Es una noticia peculiar, y además, dado que el Islam está de moda, a buen seguro muchos lectores comprarán el periódico viendo la noticia en primera plana. No en vano cuando
Mustafa Aberchan se convirtió en el
primer presidente musulmán de una autonomía, el revuelo no fue pequeño, como si en nuestro presuntamente aconfesional Estado importara demasiado qué superstición cree cada cual en su fuero interno.
Habrá gente que piense que eso es un avance en el entendimiento
intercivilizacional; quien piense que es el
fin de occidente tal y como lo conocemos; quien lo vea como algo
súper mega cool de la muerte y quien piense que
con Franco estas cosas no pasaban.
Yo intento ver el hecho como lo que es: un atraso en la igualdad entre hombres y mujeres. Pero déjenme que me explique, y luego me insultan.
En España, hasta muy entrado el siglo XX (es decir, hace menos de cincuenta años), las mujeres debían entrar a misa con la cabeza tapada. Me refiero a las misas católicas, claro, las únicas permitidas por el infausto
Generalísimo. De hecho, hoy en día, el uniforme de las religiosas católicas sigue observando esa discriminación respecto de los religiosos varones: siempre llevan la cabeza cubierta con un velo. La razón es la misma que la del velo del Islam, dado que las tres religiones monoteístas principales (Cristianismo, Islam y Judaísmo) vienen del mismo tronco. La mujer es el pecado. La mujer es débil. La mujer nos lleva a la perdición. La mujer nos muestra la fruta prohibida y nos arrastra al infierno. Solución: tapemos a la hembra, ese objeto de pecado.
Casi todo el mundo considera un avance el hecho de que la mujer en nuestro país ya pueda entrar en misa mostrando el pelo, como el varón, que para eso somos iguales, ¿no? Sin embargo, a gran parte de la gente que piensa esto, lo del pañuelito islámico le hace una tremenda gracia. Pañuelo que, después de todo, no es más que un
burka de primavera-verano: llamemos a las cosas por su nombre.
¿Por qué está bien que las cristianas en España se libren del pañuelo, pero las mujeres musulmanas deben conservarlo? Hay quien pone como excusa
la tradición, argumento que cae por su propio peso, dado que el pañuelo cristiano también era tradicional, y hemos considerado un avance su pérdida.
Hay quien dice que las mujeres que llevan el
mini burka lo llevan por su propia voluntad, porque así lo han decidido. Bien, lo llevan por su propia voluntad,
fruto de una educación religiosa. Igual que
las mujeres católicas que, víctimas de infidelidades y a veces malos tratos,
sienten que siguen debiendo adoración a sus maridos, dado que su educación católica lo dicta, y
lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre, etc.
Sólo puedo entender la postura de defensa del
mini burka desde dos puntos de vista. El primero es el
esnobismo de querer parecer
alternativo. Esta palabra, según la
RAE, quiere decir
que se contrapone a los modelos oficiales comúnmente aceptados.
Se puso de moda a principios de los noventa, sobre todo en la música. Hubo una especie de
boom de la música
dura, y la gente empezó a escuchar grupos como
Nirvana,
Soundgarden,
Alice in Chains, etc. Cuando estos grupos ganaban millones de dólares y sonaban absolutamente en todas las emisoras, seguían llamándolos
alternativos. Y ser alternativo siempre ha vendido mucho en el campo de la imagen personal. Es como entrar en una casa y ver el incienso quemando. Ya, lo tiene todo el mundo, pero es muy
alternativo. Y defender el mini burka es muy alternativo, porque se supone que la gente
normal va a estar en contra automáticamente.
El segundo punto de vista es el del
racismo. El del racismo de quien piensa que occidente es la cúspide de la civilización (aun cuando para sí mismo cree que piensa lo contrario). Es como cuando
Juan Luis Cebrián defendía, en su libro
El fundamentalismo democrático, que no hay que
exportar la democracia a base de bombas y guerras, porque después de todo puede que en ciertas partes del mundo
la democracia no funcione tan bien como aquí. En el primer punto puedo estar de acuerdo, pero ¿y en el segundo? Pues no. ¿Por qué no puede haber una democracia en un país de oriente medio? ¿Es que no son personas? ¿Son simios, o trogloditas? ¿O personas inferiores? Comprendo que lo que pretendía hacer Cebrián era oposición a
Aznar, lo que es totalmente legítimo, pero no me parece bien dudar de la capacidad de ciertas poblaciones del mundo para gobernarse a sí mismas. ¿O es que
España en 1975 era un vergel de intelectuales respetuosos de los derechos humanos? No, era simplemente otro país subdesarrolado que nunca había conocido la verdadera libertad.
Sólo hay una manera, señor Cebrián, de ser democrático: siendo
fundamentalista democrático. Todos las personas tienen derecho a gobernarse mediante los votos. Sí, sean negros, blancos, amarillos o verdes.
Le guste o no a Cebrián.
Y todas las mujeres del mundo tienen derecho a ser tratadas y respetadas de la misma forma que los hombres. Si nos parece bien que las mujeres católicas puedan llevar la cabeza descubierta y al mismo tiempo nos parece bien que las mujeres musulmanas lleven el mini burka,
somos unos racistas (o unos esnobs). Lo que vale para unos vale para otros. ¿O no es así?
Artículos anteriores sobre el racismo:
- ¡Racismo! (1)
- ¡Racismo! (2) El caso de Melilla.
- ¡Racismo! (3) La realidad tiene una mala costumbre.
- ¡Racismo! (4) Gulliver y los houyhnhnms.
Actualización, 28/9: Daniel Tercero y
Pato comentan en sus respectivas bitácoras este artículo. Pato, en concreto, dice entre otras cosas muy interesantes:
I have no idea about what meaning this particular woman attaches to covering her head. It is paternalistic -and inherently condescending- to deprive her of individuality and make assumptions that obliterate her voice. To do so is to put yourself in an elevated plane in relation to her, to presume to know something that she does not yet or is not willing to face. To truly respect somebody is to give them the chance to create their own meaning, to fully exist in their own terms without our "assistance," our "permission," or our certainty that our meaning-making is the only standard by which to exist.