Acuario
Si los horóscopos de los periódicos fuesen así, los leería.

Pese a su pasión por el juego, Chico era un buen muchacho y prometió a su madre que, como ahora estaba bien empleado, nunca más se apartaría del recto camino. Agregó que las repetidas palizas administradas por mi padre habían ayudado a enfriar su ardor por las apuestas y el juego. Prometió solemnemente que cada sábado por la noche depositaría fielmente su salario en el regazo de mi madre, como contribución al presupuesto familiar.
Durante las dos primeras semanas, cumplió con su promesa. Mi padre se sentía tan feliz ante la aparente reforma de Chico que dijo:
-Chico, sigue así unas pocas semanas más y te haré un traje nuevo.
Chico quedó tan afectado por esta amenaza que casi sintió deseos de volver a ser un sinvergüenza.
-Por favor, papi -contestó-, no te preocupes en hacerme un traje. Dame diez dólares y ya compraré yo uno en los almacenes de Bloomigdale.
[...] Chico empezó a buscar aventuras. Las encontró durante la tercera semana, en los sótanos del almacén de secantes. Allí tenía lugar una animada partida de dados entre tres, que, en el tiempo que un muchacho necesita para pasar de una posición erguida a otra arrodillada, pasaron a ser cuatro.
[...]Llegó a nuestro apartamento, cargado con una enorme caja de cartón. Cuando abrió la puerta, mi padre se adelantó para saludarle con una sonrisa.
-Hola, Chico, ¿qué tal has trabajado hoy? Dale a mami tu salario.
-Papi, no lo traigo.
La sonrisa de mi padre desapareció.
-¿Que no tienes tu salario? ¿Dónde está?
Chico señaló la caja que tenía a sus pies.
-Bueno, voy a explicártelo, papi. El almacén celebraba hoy una venta de secantes, pero sólo para sus empleados. Yo tengo la fortuna de ser uno de ellos, de modo que he cogido mis cuatro dólares y os he comprado a ti y a mamá cuatro mil secantes.
Mientras decía esto, empezó a retroceder.
No había nada que Chico hubiese podido traer a casa que fuera de menos utilidad que los secantes. Si hubiese traído estiércol puro, hubiésemos podido venderlo a un granjero, como fertilizante. Si hubiese traído ratones, hubiésemos podido venderlos a algún gato transeúnte. ¡Pero secantes! ¡Nada menos que cuatro mil! Lo suficiente para tener bien provisto el edificio de Correos de Nueva York durante un año. Nosotros no éramos una familia literaria, y lo poco que se escribía en nuestro hogar se hacía utilizando un lápiz. Un secante hubiese durado toda la vida en nuestra casa.
Mi madre consiguió apartar a mi padre de Chico justo cuando estaba a punto de estrangularlo. Luego mami se echó a llorar. Chico, tan despierto, le entregó un secante y dijo:
-¿Ves lo útiles que son estas cosas, mami? Siempre que sientas ganas de llorar, coge uno de estos secantes. Son mejores que los pañuelos y reducirán a la mitad la cuenta del lavadero.

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas en el cielo de Orión. Brillar Rayos C en la oscuridad, cerca de la Puerta de Van Hauser. Todos esos instantes se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
Es hora de morir.

Philip Banks: ¿Qué quieres ser cuando seas mayor, hijo mío?
Carlton Banks: ¡Presidente de los Estados Unidos!
Philip Banks (con emoción contenida): ¡Qué orgulloso estoy! Mi hijo será el primer presidente negro de los Estados Unidos.
Carlton Banks: ¿¿¿Soy negro???
Sí creo -y en eso supongo coincido contigo- que los seres humanos tendemos a emparejarnos con otros que comparten similitudes con nosotros, pero no creo que la etnia o raza sea el factor principal. En mi opinión, el nivel de inteligencia, la clase socioeconómica, la educación son factores que pesan más.
Mi amo y sus amigos siguieron en la playa casi hasta perderme de vista, y yo oía con frecuencia al potro alazán, quien siempre sintió gran cariño por mí, que gritaba «Xnuy illa nyha majah yahoo» (¡Cuídate mucho, noble yahoo!)
"¡Qué raro que Óscar ya no haga caso a los dibujos animados!", pensaba su abuelo Rodolfo durante las navidades pasadas. Entonces, él no lo sabía, pero la tragedia no había hecho más que comenzar.
Cada día que pasaba el comportamiento de Óscar era más incomprensible: "una vez se le cayó un tenedor al suelo y no lo encontraba. Otra, se tropezó con un banco enorme y en una ocasión se hizo una brecha con una verja que era imposible no ver", recuerda Rodolfo.
"La alarma se disparó un día que el niño estaba en la puerta de su colegio y se fue en sentido contrario, totalmente desorientado y con una cara de pavor increible", cuenta el abuelo.

El gen racista.
Imagen tomada de la Wikipedia.
¿Queréis que os diga una cosa? Los españoles somos racistas, en general1. Como el resto de los europeos. Como los polacos, los finlandeses y los bielorrusos. Y los mongoles, los iraquíes, los chilenos, los etíopes y los koreanos. El ser humano lo es. Ignoro si lo llevamos codificado en los genes o en una especie de pancultura global, pero todo el mundo se siente más a gusto con gente de su etnia. Los demás son pintorescos, bonitos, qué sé yo; son una curiosidad, pero no son como yo.
Imagino que esto nos viene de los tiempos en que la lucha por la supervivencia era más encarnizada, y el individualismo no salía a la luz debido a la importancia de proteger al clan. Probablemente uno se sentía parte del clan, y al decir parte, quiero decir parte indivisible. Es decir, que uno no tenía existencia fuera de él. Por eso, tal vez, una de las penas más duras aplicadas en la antigüedad era el destierro. En el Génesis, Dios destierra a Adán y a Eva por desobedientes. Más tarde, elige la misma condena al descubrir que Caín ha cometido el primer homicidio:
Vagabundo y errante serás en la tierra.
También es posible que llevemos impreso en el código genético una rutina que nos haga alegrarnos cuando reconocemos una cara familiar y rechazar lo desconocido. Esto seguramente también tiene su importancia en la supervivencia, como pasa en la sabana: los cachorritos de león que no reconocen el olor de su madre, mueren de hambre. Peor lo pasan las gacelitas que no desconfían del olor a guepardo. Nos sentimos bien cuando vamos a una ciudad por primera vez y reconocemos un monumento que hemos visto por televisión: casi todo el mundo, la primera vez que va a Londres y ve el Big Ben (o la Torre Eiffel en París) no podrá evitar esbozar una sonrisa casi refleja. Sin embargo, si aprovechando que estamos de viaje nuestra pareja pinta la casa, al principio nos causará cierta incomodidad ver el flamante color en las paredes. Estábamos acostumbrados al otro, al viejo, con sus manchas y desconchones. Para quien esté interesado en averiguar qué conductas llevamos en el código genético como instintos y cuáles son aprendidas, recomiendo vivamente el estupendo libro El mono desnudo, de Desmond Morris.
Un alto porcentaje de la población mundial (¿El 90%? ¿El 98%?) ha elegido para su matrimonio a gente de su raza y etnia. Y no hablo sólo de la gente de una isla perdida donde sólo habiten maoríes, sino de ciudades eternamente pluriétnicas como Londres, Nueva York o Melilla. Tampoco hablo solamente de la gente normal y corriente, sino también de la que integra los grupos activistas anti racismo. Piensan que todos nos merecemos los mismos derechos -yo también- , pero se casan con una persona lo más parecida posible a ellos. Independientemente de lo que hayan leído, lo que hayan hecho y de donde hayan militado, algún instinto o algún tabú muy arraigado les orienta el gusto. ¿Tenemos algo que se podría llamar un gen racista? Yo creo que es posible.
¡Qué le vamos a hacer! Y es que la realidad tiene una mala costumbre: suele ser como es, y no como nos gustaría que fuese. Que se lo digan a Freud y a Darwin, que por un siglo de nada se libraron de morir en la hoguera.
(1) Recordemos que al decir racismo, me vengo refiriendo a cualquier tipo de discriminación por razones étnicas y no solo raciales.
Artículos anteriores sobre el racismo:
el racismo consiste en suponer a ciertas personas por el color de su piel unas características que sólo tienen que ver con elementos externos, es decir, [...] el "ambiente"
Las mujeres son tan válidas, si no más, que los hombres en la universidad.
Puta tu abuela, puta tu madre, puta tu tía, cómo no vas a estar en la putería.


Como siempre que se le presentaba la ocasión, Joe dirigió una larga y penetrante mirada a la mujer que, de haber sido capaz, habría hecho su amante o, mejor aún, su esposa. Le parecía imposible que Wendy Wright hubiera nacido de un útero, como todo el mundo. En su proximidad, se sentía como un crío sucio, maleducado y grasiento al que le hacía ruido el estómago y le silbaba la nariz. Cerca de ella cobraba una clara conciencia de los mecanismos físicos que le mantenían vivo: sentía en su interior todo un complejo de tubos, válvulas, compresores y correas de ventilador, obligado a traquetear en pos de una meta que de antemano estaba condenado a no alcanzar, enfrascado en una tarea destinada al fracaso. Viendo el rostro de ella, descubría el suyo como una máscara pintarrajeada; contemplar su cuerpo le hacía sentirse un juguete de cuerda barato. Todo en Wendy tenía una coloración sutil, una luminosidad atenuada. Sus ojos, dos gemas verdes, lo miraban todo con impasibilidad: nunca había visto miedo en ellos, ni desprecio ni aversión. Aceptaba lo que veía. Solía aparentar calma, pero, más que eso, a Joe le admiraba su estabilidad, su frialdad, su ausencia de conflictos interiores. Parecía no conocer la tensión, la fatiga, la enfermedad o el desgaste físico. Tendría veinticinco o veintiséis años, pero no lograba imaginarla más joven y por supuesto nunca llegaría a parecer mayor: tenía demasiado dominio de sí misma y de la realidad externa.

La canción es la ola
que me eleva y me hunde,
que me fragua lo mismo que me funde.
La canción, compañera,
virginal y ramera, la canción.
Mi novia: No sé cómo Mengana se ha podido enamorar de Fulano, con lo bajito y lo feo que es.
Yo: Nena, es que los feos bajitos también tenemos derecho.
Abuela de mi novia: Tú no eres bajito.

El juez norteamericano sentaba el principio de que los estadistas deberían ser juzgados por las guerras que provocasen. No dijo, sin embargo, que las responsabilidades alcanzarían solo a los que las perdieran, pero lo cierto es que jamás ha sido juzgado el vencedor. Núremberg, partiendo, por supuesto, de las terribles responsabilidades nazis, fue un proceso de vencedores contra vencidos. Por ejemplo, la defensa no pudo hacer valer el acuerdo germano-soviético de 19391 a la hora de juzgar las responsabilidades por la invasión de Polonia. Más ejemplos: se acusó a muchos marinos alemanes de que sus submarinos no habían recogido a los supervivientes de sus hundimientos y a muchos pilotos de disparar sobre los tripulantes de los aviones derribados que se lanzaban en paracaídas... justo lo mismo que habían hecho numerosos submarinos y pilotos aliados.
Los dirigentes nazis fueron acusados de cometer estragos contra la población civil, pero a nadie se juzgó por la destrucción sistemática de las ciudades alemanas ni por los bombardeos casi exclusivamente dirigidos contra los civiles, como en el caso de Dresde; ni los soviéticos se sentaron en el banquillo por la matanza de Katin, en Polonia, o por su bárbara ocupación del este de Alemania; ni los checos comparecieron por el genocidio cometido contra los sudetes o contra los soldados y civiles alemanes capturados tras la retirada de la Wehrmacht; ni Tito por las represalias contra los civiles de Croacia y Eslovenia...



















A consecuencia de que Miramax, distribuidora de la película, fue adquirida por Walt Disney, "Pulp Fiction" fue la primera película Disney en la que aparecieron escenas de sexo anal.
La ideología [...] se dejó sentir profundamente también en el contenido didáctico de todos los niveles de la enseñanza. Fueron tergiversadas la Historia, la Literatura y la Lengua. [...] No menos drástico fue el ataque sufrido por el profesorado poco adepto [...]: de los 7.700 profesores que componían las plantillas de la Universidad, más de 1.100 debieron dejar las aulas...
La ideología nazi se dejó sentir profundamente también en el contenido didáctico de todos los niveles de la enseñanza. Fueron tergiversadas la Historia, la Literatura y la Lengua alemanas. [...] No menos drástico fue el ataque sufrido por el profesorado poco adepto o de origen semita: de los 7.700 profesores que componían las plantillas de la Universidad, más de 1.100 debieron dejar las aulas...