Esclavitud
Volvamos a nuestro amigo de aquí arriba [uno de los esclavos sublevados contra Roma, crucificado]. Fueron necesarios cuatro días para que muriera y habría durado mucho más si no le hubieran abierto una vena y sangrado un poco. Claro que ustedes no tienen por qué saberlo, pero eso hay que hacerlo cuando se los pone en la cruz. O se los sangra o se hinchan como una vejiga. Y si se los sangra debidamente entonces se secan y pueden estar colgados allí arriba hasta un mes sin otro agravio que un poquito de mal olor. Lo mismo que curar un trozo de carne, y hace falta mucho sol para lograrlo. Bien; éste era feroz, en verdad; desafiante, orgulloso… pero perdió. El primer día, colgado allí arriba, insultaba a cualquier decente ciudadano que viniera a mirarlo. Lenguaje obsceno, espantoso. A nadie le habría gustado que hubiera por aquí damas que oyeran tal lenguaje. Falta de modales. Un esclavo es un esclavo, pero no le guardo rencor. Aquí estaba yo y allí estaba él, y de vez en cuando yo le decía: “Tu desgracia es mi fortuna y si bien la tuya no será la manera más confortable de morir, la mía no es en modo alguno la forma más confortable de vivir. Y bien, poco voy a percibir si sigues hablando de ese modo”. No parecía enternecerse mucho, sea como fuere, pero hacia el atardecer del segundo día enmudeció. Se encerró en sí mismo como una ostra. ¿Saben qué fue lo último que dijo?
-¿Qué? -susurró Claudia.
-”Volveré y seré millones.” Eso es lo que dijo.
Espartaco, de Howard Fast.