Ars longa, vita brevis

¿Aún escribes cartas?

28 de Octubre de 2005

Estaba comiendo con un amigo (A.) y no sé a cuento de qué hemos comenzado a hablar de la antigua costumbre de escribir cartas. Me pregunto si alguien lo hace aún. El tema nos ha llevado a un montón de teorías y ninguna conclusión, todas igual de (poco) interesantes.

Pero antes de ponernos a reflexionar sobre el asunto, digamos un par de cosas que no son una carta:

  • Una carta no es un correo electrónico o email.
  • Una carta no es cualquier cosa que te llega al buzón de tu portal en un sobre.

Si tuviera que definir una carta -de forma nada profesional, claro- diría que es un documento personal escrito a mano que envías a una persona con la que tienes, o vas a tener, cierta relación personal.

La extensión es sumamente variable (desde una a varias decenas de hojas, o más) y puede incluir dibujos o gráficos, hechos a mano, por supuesto. No se escribe con lápiz. Dentro del mismo sobre pueden viajar fotografías, si bien estas no son consideradas parte de la carta.

En una carta puedes decir cosas que no te atreverías a decir en persona o por teléfono. Millones de personas han declarado su amor o su odio usando este canal. Es, probablemente, la forma de comunicación más personal: cuando hablamos con alguien cara a cara, tendemos a suavizar nuestras posturas en favor de la conversación. Lo normal es que no queramos hacernos desagradables al interlocutor y limemos nuestras esquinas. Las opiniones del ser humano que tenemos enfrente pueden influir en las nuestras, e incluso cambiarlas. Pero cuando escribimos una carta estamos solos y nada influye en nosotros más que nuestros propios pensamientos.

La carta tiene una característica que la hace única por su utilidad: cuando la recibes, normalmente contestar es una opción, no una obligación. Por eso muchas personas declaran su amor imposible mediante carta: si el receptor la lee y se siente abrumado o incómodo por esos sentimientos, simplemente puede no contestar. Al escritor de la carta le quedará la duda de si su carta ha llegado, o de si ha sido respondida y la respuesta se ha perdido, o en cualquier caso puede que nunca reciba un “no”, lo que en determinadas circunstancias puede resultar un inmejorable placebo psicológico. ¿Estará pensando en mí?

También es un buen medio para comunicar malas noticias. Alguien ha muerto, o decidimos acabar una relación amorosa, o tu empresa se ha ido a pique, tanto da. ¿Hay alguna imagen más elegante que la de una persona leyendo la carta, con el resto de las hojas y el sobre en la mano, cuya cara se va descomponiendo a medida que los ojos caen y que acaba en un sollozo? Yo no puedo imaginármelo. Por mucho que el cine haya abusado de ella, la imagen de un teléfono colgando y una mujer desmayándose cuando acaba de oír una desgraciada noticia siempre me ha parecido un tanto prosaica, con perdón.

La ilusión que nos produce -en estos tiempos de facturas y spam- abrir el buzón de correos y encontrar una letra irregular en color azul y un sobre con una esquina despegada y la solapa ondulada por la saliva del emisor es indescriptible. ¡Sí, saliva! Alguien nos envía un trozo de ADN. Qué diferencia con un robot que encola y pega 5.000 sobres por minuto. ¿O no?

Al contrario que una llamada de teléfono o ese horrible pitido del Messenger, la carta siempre se lee en el momento oportuno. La recibimos hoy, y si queremos la abriremos dentro de una semana, sin recibir cada día una pequeña cartita preguntando: “¿Estás?”, ¿”Estás?”. Podemos empezar a leerla cuando sea, y si nos ponemos de mal humor la dejamos para otro momento (es su mayor conexión con los libros). Somos dueños de nuestro propio silencio y el remitente está a nuestra merced.

Los tiempos han cambiado muchísimo en veinte años, que realmente no son nada. Hace dos décadas, si te ibas de vacaciones o de campamento a algún sitio, conocías a personas interesantes. Quizás te echabas alguna novia. Cuando te despedías, entre lágrimas, siempre te preguntabas si volverías a ver a la otra persona. Recibir una carta suya era todo un acontecimiento. Ahora vivimos en la época de la videollamada: el chico está en su autobús camino de Ronda y la chica en el coche de sus papás de vuelta al chalé en la sierra. Se siguen viendo las caras, antes de poder echarse de menos.

El avance de la tecnología, al mismo tiempo que ha eliminado las distancias, ha borrado de un plumazo (si me permitís la ironía) el placer masoquista de sufrir por ellas. No es posible echar de menos a nadie. Nunca estás demasiado lejos. Ya no es necesario escribir cartas. ¿A que jode?

(Acabo de terminar este artículo y pido ayuda a Google para encontrar una buena imagen para acompañarlo. Las dos primeras que me devuelve son de una circular de Microsoft y otra de un orfanato o algo así. Ambas escritas a golpe de procesador de textos, claro. Así de triste.)

1 comentario en “¿Aún escribes cartas?”

  • Reset Reboot dice:
    29 de Octubre de 2005 a las 20:48

    El arte de escribir cartas, un arte en desuso. Aun recuerdo la ilusion de recibir una. Y todavia guardo esas misivas y postales. Por cierto, tu web se ve muy bien en la tv con imagenio aunque escribir desde el mando a distancia cuesta lo suyo.

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