La Lengua

Dura lex, sed lex

8/24/2005

¡Racismo! (2) El caso de Melilla.

Yo vivo en una ciudad española muy peculiar: Melilla, en la costa norteafricana. Muchas ciudades españolas están descubriendo lo que significa la coexistencia -que no convivencia- de varias etnias y razas en un mismo sitio. Otras ciudades europeas de Francia, Alemania, Bélgica, etc. lo descubrieron hace unas pocas décadas. En mi ciudad se sabe desde hace cientos de años.

Habréis visto que he distinguido entre "convivencia" y "coexistencia" por un lado, y entre "raza" y "etnia" por otro.

La distinción no es banal: raza define a un grupo que tiene ciertas afinidades biológicas, mientras que un grupo étnico puede estar definido, además, por otros aspectos, sobre todo culturales1. Por ejemplo, un chino de Pekín es de raza asiática, y pertenece a la etnia china. Si yo adopto a un bebé chino y me lo traigo a España, cuando crezca seguirá siendo de raza asiática, pero su etnia será la misma que la mía (aunque compartirá un rasgo étnico con los chinos de China: la raza). Es un ejemplo bastante simplista e impreciso, pero creo que para que se entienda la diferencia sirve.

Por otro lado tenemos la diferencia entre coexistencia y convivencia. Se suele aceptar que la convivencia implica más de unos y de otros, un esfuerzo suplementario al de la propia existencia para ceder un poco, que el otro ceda también y así hacer la vida más llevadera. Por el contrario, para coexistir sólo hace falta existir al mismo tiempo que otra persona y en el mismo lugar. Si mañana me voy a vivir a un poblado africano de masáis, desde el primer momento estaré coexistiendo. Convivir me llevará algún tiempo.

Bien: en Melilla, desde hace cientos de años, han vivido tres o cuatro grupos étnicos pertenecientes a la misma raza: caucásicos semitas, europeos, bereberes e indios. Varios son los rasgos étnicos que los diferencian: el color de la piel, la religión, las fiestas, el modo de celebrar las bodas, etc. Aunque determinados grupos de opinión han intentado que todo se viera desde el prisma de las diferencias religiosas, esta visión es simplista e inexacta. Por ejemplo: yo soy un caucásico europeo occidental, de familia católica, agnóstico, mi nombre es hebreo y mi plato preferido -los pinchitos morunos- es bereber. Pero lo peor de todo no es que sea una visión inexacta, sino que es una visión peligrosa: nadie se da ni una bofetada por ver qué se come hoy, pero en nombre de la religión sí que se asesina, se amputa, se tortura y se secuestra.

Para no andarnos con mucho lío, me referiré a las discriminaciones étnicas como racismo, aunque en algunos sitios -como Melilla- , el racismo es prácticamente imposible, dado que las etnias que forman la práctica totalidad de la población pertenecen a la misma raza.

A los melillenses siempre se nos ha acusado de racistas. En la ciudad se recuerda cuando hace años, en el programa de Pepe Navarro, un breve reportaje mostraba cómo los europeos disfrutábamos bebiendo gin tonic en nuestras mansiones, servidos por nuestros esclavos bereberes después de su agotadora jornada de trabajo en las plantaciones de algodón de los europeos. No se hablaba de los judíos, probablemente el grupo con mayor poder adquisitivo de la ciudad, porque ya se sabe que meterse con los hebreos no es políticamente correcto en televisión (al menos no lo era por aquellos tiempos). También se hablaba de coches de lujo. Sin mencionar el detalle, claro, de que la mayoría de estos eran conducidos por ciudadanos bereberes. Qué más da: lo que importa no es la verdad, sino la noticia morbosa. El guión del reportaje estaba escrito de antemano: lo único que faltaba era filmar el storyboard, y eso hicieron.

Al hacer eso se convirtieron en lo que pretendían denunciar: en unos racistas. Me explico. Ayer decíamos que
el racismo consiste en suponer a ciertas personas por el color de su piel unas características que sólo tienen que ver con elementos externos, es decir, [...] el "ambiente"

O sea: que los periodistas asumieron que los bereberes melillenses vivían como perros. Y lo suponían con sólo mirar el color de su piel. Veían un BMW, pero no a quien conducía: no hacía falta, un bereber no puede conducir un coche caro. Eso es racismo. Yo -europeo de familia católica- tenía según ellos una mansión en la que explotaba a los pobres bereberes. No hace falta investigar mi cuenta corriente, mi nómina o mi lugar de trabajo: como el color de mi piel es claro, soy un terrateniente. Eso es racismo.

(1) Una tontería de moda en los últimos tiempos: hablar de música, de ropa, de comida, de cine "étnicos". Quien habla de ese modo olvida que lo que come, lo que lleva puesto, la música que escucha todos los días es étnica. Sólo que de su propia etnia. Un ejemplo más de que intentar huir del etnocentrismo a toda costa le convierte a uno en el más etnocentrista del mundo: lo mío es lo normal, lo demás es "étnico".

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Vínculos a esta entrada:

Crear un vínculo

<< Página principal