La Lengua

Dura lex, sed lex

8/30/2005

Ludopatía

Pese a su pasión por el juego, Chico era un buen muchacho y prometió a su madre que, como ahora estaba bien empleado, nunca más se apartaría del recto camino. Agregó que las repetidas palizas administradas por mi padre habían ayudado a enfriar su ardor por las apuestas y el juego. Prometió solemnemente que cada sábado por la noche depositaría fielmente su salario en el regazo de mi madre, como contribución al presupuesto familiar.

Durante las dos primeras semanas, cumplió con su promesa. Mi padre se sentía tan feliz ante la aparente reforma de Chico que dijo:

-Chico, sigue así unas pocas semanas más y te haré un traje nuevo.

Chico quedó tan afectado por esta amenaza que casi sintió deseos de volver a ser un sinvergüenza.

-Por favor, papi -contestó-, no te preocupes en hacerme un traje. Dame diez dólares y ya compraré yo uno en los almacenes de Bloomigdale.

[...] Chico empezó a buscar aventuras. Las encontró durante la tercera semana, en los sótanos del almacén de secantes. Allí tenía lugar una animada partida de dados entre tres, que, en el tiempo que un muchacho necesita para pasar de una posición erguida a otra arrodillada, pasaron a ser cuatro.

[...]Llegó a nuestro apartamento, cargado con una enorme caja de cartón. Cuando abrió la puerta, mi padre se adelantó para saludarle con una sonrisa.

-Hola, Chico, ¿qué tal has trabajado hoy? Dale a mami tu salario.

-Papi, no lo traigo.

La sonrisa de mi padre desapareció.
-¿Que no tienes tu salario? ¿Dónde está?

Chico señaló la caja que tenía a sus pies.

-Bueno, voy a explicártelo, papi. El almacén celebraba hoy una venta de secantes, pero sólo para sus empleados. Yo tengo la fortuna de ser uno de ellos, de modo que he cogido mis cuatro dólares y os he comprado a ti y a mamá cuatro mil secantes.

Mientras decía esto, empezó a retroceder.

No había nada que Chico hubiese podido traer a casa que fuera de menos utilidad que los secantes. Si hubiese traído estiércol puro, hubiésemos podido venderlo a un granjero, como fertilizante. Si hubiese traído ratones, hubiésemos podido venderlos a algún gato transeúnte. ¡Pero secantes! ¡Nada menos que cuatro mil! Lo suficiente para tener bien provisto el edificio de Correos de Nueva York durante un año. Nosotros no éramos una familia literaria, y lo poco que se escribía en nuestro hogar se hacía utilizando un lápiz. Un secante hubiese durado toda la vida en nuestra casa.

Mi madre consiguió apartar a mi padre de Chico justo cuando estaba a punto de estrangularlo. Luego mami se echó a llorar. Chico, tan despierto, le entregó un secante y dijo:

-¿Ves lo útiles que son estas cosas, mami? Siempre que sientas ganas de llorar, coge uno de estos secantes. Son mejores que los pañuelos y reducirán a la mitad la cuenta del lavadero.

Groucho Marx, Groucho y yo, Ed. Tusquets. Próximamente en La Lengua.

1 Comments:

  • At 8/30/2005 04:54:00 PM , Blogger Juan Miguel said...

    Es un honor para mí recibir la bienvenida de todo un veterano en estos lares.

    Por lo que he podido curiosear, tenemos varias cosas en común, y no esperaba encontrarme con un flamante poseedor de un pack VIP de Nintendo DS.

    En fin, la de cosas curiosas que depara la vida... ;)

     

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