Senderos de gloria

Ayer hablaba con un amigo sobre este libro y me hizo una pregunta algo comprometida: "¿Está mejor que la película?" No es una pregunta nada fácil de responder, dado que no solamente Stanley Kubrick es mi director de cine favorito, sino que considero esta película bélica la mejor en su género.
Se suele decir que tanto libro como película -ya que comparten exactamente el mismo espíritu- son antibélicas en lugar de bélicas; yo considero que no. Cuando se describe la miseria, la crueldad, el sacrificio de vidas humanas a precio de saldo, las inconfesables motivaciones de los altos oficiales del ejército, el sinsentido de empeñar un país entero en destruir la vida en lugar de conservarla, lo que se está haciendo es un documental sobre guerra. La guerra es lo que es: una absurda situación donde unos hijos de puta desde sus despachos envían a un montón de personas normales a matar a otro montón de personas normales por no se sabe bien qué motivo ineludible.
El argumento del libro, para quien no lo conozca (sáltate este párrafo si no sabes cómo acaba la historia): dos generales del ejército francés durante la Primera Guerra Mundial planean un ataque sobre una posición alemana conocida como El Hormiguero, famosa por ser inexpugnable. Si logran concluir con éxito esta misión suicida podrán repartirse alguna que otra medalla o distinción militar. Interrumpen un permiso del Regimiento 181º, mandado por el coronel Dax, para que emprenda la toma de El Hormiguero, que no es otra cosa que un gran nido de ametralladoras a menos de 500 metros del cual es imposible acercarse sin ser pasto de las balas. A sabiendas de que es imposible, el 181º se lanza al ataque a las 7 de la mañana del día indicado. La mitad de los hombres cae en el intento sin siquiera llegar a las alambradas alemanas. 45 minutos después de iniciarse el ataque, se da por finalizado sin haber podido lograr el objetivo de la misión. El general Assolant, conocido como El Tiburón, ciego de rabia por ver que se le escapa otro pin para su chaqueta de gala, ordena que se seleccione a diez hombres de cada compañía y se les fusile por cobardía ante el enemigo. El coronel Dax logra rebajar la inhumana petición del general a un hombre por compañía. Al final se selecciona a tres hombres (uno al azar, otro porque tiene problemas personales con su sargento mayor y otro... por no ser judío) y mediante una farsa ridícula de consejo de guerra se les condena a morir fusilados.
Humphrey Cobb sirvió en la 1ª GM en el ejército británico, y supo que esta situación se había producido varias veces en las filas francesas. Por algo tanto libro como película estuvieron prohibidos en Francia hasta los años 70 (en España hasta 1980 no se pudo ver el filme, supongo que a Franco y su censura le molestaba que mostrasen el ejército como lo que es). Toda la novela es de un realismo cristalino. Los hombres, ante la muerte, no piensan en idioteces de banderas ni himnos, ni siquiera en la trascendencia de sus naciones; piensan en dónde dolerá más si les hieren: si en los genitales, en los ojos o en los pies. Se preguntan si el compañero con el que están hablando les podrá dar conversación al día siguiente. Se lamentan por la injusticia de que una cucaracha tenga más expectativa de vida que ellos.
Esperaba encontrar una buena historia y he encontrado un buen libro. Cobb ni siquiera cae en el tópico de soñar un futuro sin la sinrazón de la guerra. Probablemente piensa -o sabe- que está en nuestra naturaleza destruirnos mutuamente (como dijo el T-800 en Terminator 2, de James Cameron). No ve la tragedia bélica como algo colectivo, sino individual. Con ello logra que veamos que en realidad las naciones nunca pierden o ganan: lo que se pierde en las guerras son personas. El resultado es invariable, el proceso es una carnicería.
Me resulta difícil no llorar cuando veo el final de la película. Algo muy parecido me ha pasado con el libro. Como no quiero que lloréis vosotros, cándidas almas de primavera-verano, os copio un pasaje del libro que es más divertido que trágico:
-Esa frase es otra de las que me pone enfermo -anunció Langlois, contento de poder expresar sus ideas sobre el tema-, como la de "instinto de conservación". ¡Menudo instinto de conservación el que lleva a la gente a seguir viviendo bajo un volcán o en zonas de terremotos y tifones! Y puede que a salir con una mujer lo llamen instinto de reproducción, cuando no es más que el instinto de salir con una mujer. ¿O es que cada vez que te tiras a una tía quieres tener un niño? Claro que no, y bien que se cuida uno de no tenerlo. Es el mejor deporte tanto al aire libre como en pista cubierta que existe y no hay que inventarse ninguna excusa. ¿Por qué la gente tiene que marear la perdiz tratando de darle una aureola de nobleza y diciendo que están multiplicando la especie cuando lo único que hacen es pasárselo bien?
Me costó 12,30 euros en Fnac. Y le doy cuatro lenguas de cinco.





2 comentarios:
A las 7/25/2005 10:16:00 PM ,
Jose Antonio del Valle ha dicho...
¿Has leído "Una Fábula" de Faulkner? La historia es muy parecida al principio, supongo que como Faulkner también estuvo en la guerra oiría hablar del tema. Yo pensaba que la película estaba inspirada en parte en el libro de Faulkner.
A las 7/26/2005 09:44:00 AM ,
Elías ha dicho...
Pues no, no lo he leído. Me lo apunto.
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