La Lengua

Dura lex, sed lex

1/15/2005

Memoria de mis putas tristes

Una banda publicitaria de papel que rodea la portada de este libro (no sé qué nombre tiene la dichosa banda) reza: "La primera novela de García Márquez en 10 años. Lanzamiento mundial en lengua española. 1.000.000 de ejemplares"

No es para menos: creo que mucha gente, y no sólo yo, esperaba más palabras de quien sabe escribirlas como nadie. Creo que ha decepcionado a muchos lectores de estas putas. A mí me ha dejado frío, lo que bien pensado, no sé si es peor.

Es un libro muy cortito -ciento nueve páginas- y está escrito con la agilidad que tiene Gabo para que uno, sin darse cuenta, se pase las horas leyendo. La edición es agradable: tapa dura y letras gigantescas, aunque se agradecería que el papel hubiese sido algo más suave. La apariencia es similar a la que está usando la misma editorial -Mondadori- para su colección de las obras de García Márquez. Yo había comprado de dicha colección Vivir para contarla y Crónica de una muerte anunciada, y el nuevo ejemplar queda muy mono al lado de los otros:

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(Haz clic en la imagen para verla más grande)

Pues aunque -como ya he dicho- el libro me ha dejado un poco frío, el mago siempre logra subir la temperatura de vez en cuando. Y eso es algo que no puede hacer todo el mundo.
-¡Puta! -grité.
Pues el diablo me sopló en el oído un pensamiento siniestro. Y fue así: la noche del crimen Rosa Cabarcas no debió tener tiempo ni serenidad para prevenir a la niña, y la policía la encontró en el cuarto, sola, menor de edad y sin coartada. Nadie igual a Rosa Cabarcas para una situación como aquélla: le vendió la virginidad de la niña a alguno de sus grandes cacaos a cambio de que a ella la sacaran limpia del crimen. Lo primero, claro, fue desaparecer mientras se aplacaba el escándalo. ¡Qué maravilla! Una luna de miel para tres, ellos dos en la cama, y Rosa Cabarcas en una terraza de lujo disfrutando de su impunidad feliz. Ciego de una furia insensata, fui reventando contra las paredes cada cosa del cuarto: las lámparas, el radio, el ventilador, los espejos, las jarras, los vasos. Lo hice sin prisa, pero sin pausas, con un grande estropicio y una embriaguez metódica que me salvó la vida. La niña dio un salto al primer estallido, pero no me miró sino que se enroscó de espaldas a mí, y así permaneció con espasmos entrecortados hasta que cesó el estropicio. Las gallinas en el patio y los perros de la madrugada aumentaron el escándalo. Con la cegadora lucidez de la cólera tuve la inspiración final de prenderle fuego a la casa, cuando apareció en la puerta la figura impasible de Rosa Cabarcas en camisa de dormir. No dijo nada. Hizo con la vista el inventario del desastre, y comprobó que la niña estaba enroscada sobre sí misma como un caracol y con la cabeza escondida entre los brazos: aterrada pero intacta.
-¡Dios mío! -exclamó Rosa Cabarcas-. ¡Qué no hubiera dado yo por un amor como éste!


* * *

Próximamente: La verdad sobre el caso Savolta y El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

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