2 0 0 5
Si nada lo impide, y contando con el permiso de
la autoridad competente, 2004 acabará pronto. Creo que para una gran parte del planeta ha sido un
annus horribilis (al menos para mí lo ha sido).
Como todo es susceptible de empeorar, no desearé otra cosa que esto: que os leáis
esta entrada de Alvy (
Microsiervos), que es una preciosidad, y que acto seguido veáis si podéis ayudar en algo. No está de más pensar durante unos minutos en esos millares de personas que lo han perdido todo, antes de salir de fiesta.
Y a los que vayáis a conducir, no bebáis. No quiero que mi marcador de visitas descienda.
Yin y yang
Os voy a confesar una cosa: a los dieciocho años, más o menos (hace unos diez) dejé de creer en lo sobrenatural. Por
lo sobrenatural se debe entender Dios y todo lo que le rodea, es decir, la religión.
Como casi todos los que dejan de creer, pasé primero por la fase atea extremista: estaba completamente convencido de que Dios no existía. Es más: estaba dispuesto a probarlo donde fuese. Este convencimiento de la no-existencia de algo es un dogma como cualquier otro; es otra religión, fanática como las demás, aunque seguramente más realista que las demás.
Después entré en la fase racionalista: el agnosticismo. No creía en Dios porque no tenía pruebas de su existencia, aunque no la negaba. Sí que había algunos atributos que, de existir el ser supremo, no estaba dispuesto a permitirle, como la omnipotencia, la bondad infinita, etc. ya que dichos atributos violentaban la lógica más elemental.
(Para esta fase era muy útil la típica pregunta que es casi
zen: ¿Puede Dios crear un objeto tan pesado que él mismo sea incapaz de levantar? Cualquiera que sea la respuesta, se contradice a sí misma)
Superadas ambas fases, y alcanzada -ay- mi plenitud física e intelectual, me mantengo, como todo hijo de vecino, en un permanente estupor: sea cual sea la respuesta a las preguntas que siempre han maltratado la mente humana, seguramente somos incapaces de comprender, o de alcanzar siquiera, las respuestas que buscamos.
A lo que vamos.
Con las Navidades pasa como con los Estados Unidos: sólo hay enemigos acérrimos o amigos incondicionales. Hay paisanos que piensan que hay que estar felices porque es Navidad: no importa lo que suceda alrededor, son las fiestas y hay que sonreír, estar a bien con todo el mundo y hacerse regalos.
Otros piensan que hay que estar amargados porque es Navidad: no importa lo que suceda alrededor, son las fiestas y hay que sacar a todo el mundo de su ignorancia y aclarar que es un invento de
El Corte Inglés, hay que recordar a todos que no nos creemos nada, hay que estar con la cara hasta el suelo hasta que -¡por fin!- llegue el siete de enero y comprobemos que hemos sobrevivido a tanta
falsedad e hipocresía. Curiosamente, cuando acaban las fiestas ya no es necesaria tanta crítica al capitalismo.
De las dos especies referidas arriba, me cae mejor la primera. En primer lugar porque el optimismo siempre me ha parecido una actitud mucho más esforzada que el pesimismo.
En segundo lugar, porque los pesimistas no suelen ser consecuentes: como leí en un cómic del gran
Mauro Entrialgo, el pesimista critica el consumismo y la hipocresía navideños, pero no por ello deja de atacar los langostinos y el jamón ibérico para hacerse un bocata de chorizo. El pesimista no apechuga con su pesimismo: sólo quiere aguarle la fiesta a los demás. Que se jorobe.
Después de los dieciocho las Navidades nunca han vuelto a ser lo que eran.
Qué diablos. Feliz Navidad. Y
feliz año nuevo.
Elías.
Fun, fun, fun
Feliz Navidad.
No tengo regalo que daros, pero sí algo para compartir:
mis favoritos de del.icio.us. Seguro que encontráis algo que os guste. Por lo demás, os recomiendo vivamente este servicio de favoritos
online.
Por cierto, aquí en África las
dulces criaturas de Dios ya han comenzado a alegrar el ambiente con los petardos. ¿Y en vuestros lugares? Espero que no. Por vuestro bien.
Ah, y hace un viento horroroso. Es el único fenómeno meteorológico que aborrezco.
Hasta siempre, JR
JR
cierra su chiringuito (por usar la misma expresión feliz que él ha utilizado). Es una
decisión que por supuesto respeto -y que además algún día habré de tomar también yo-, pero que -también por supuesto- lamento.
Cosas mejores tendrá que hacer, lo que hace que me alegre por él. Pero una cosa no quita la otra: echaremos de menos esos
pensamientos radicalmente eclécticos con que nos alegraba los monitores, con los que nos hacía reflexionar, y con los que nos hacía cabrearnos: a veces con él, a veces con nosotros mismos. Que le vaya bien en lo suyo.
Ahora, una cosa os voy a decir: espero que no sigan cerrando buenas bitácoras... o al menos que dejen de abrir malas. Hasta siempre, JR.
La tele
Al parecer
las algunas televisiones españolas
han firmado con el Gobierno un acuerdo de contenidos y horarios, para proteger a los niños del contenido no adecuado a sus edades.
Me parece estupendo, porque ya que la
tele es quien educa a nuestros futuros abogados, políticos, panaderos, ídolos de masas y mediopensionistas, bueno es que se tenga un poco de cuidado con la educación que ofrece.
(Se hizo un esfuerzo mayúsculo para parir una ley -la LOGSE-, cuando los maestros y profesores tenemos menos influencia sobre los niños que la caja tonta. Cosas de la vida, digo yo)
Bien, bien. Si el acuerdo se cumple (aunque estoy casi seguro de que eso no pasará) será bueno para las mentecitas y para que estas no se conviertan en
mentecatas.
Solo tengo una pregunta: ¿para cuándo un acuerdo entre las televisiones y el Gobierno para protegernos
a los adultos de los contenidos de la televisión?
Ya sé que deberíamos saber defendernos nosotros mismos, pero caray...
¿Educación?
Dicen que España está por detrás de todos los países desarrollados en materia de educación; que nuestros adolescentes son los menos instruidos. Bla, bla.
A quién se le ocurre compararnos con los países desarrollados.
Verso
Un gran amigo mío, L., dice que mucha gente piensa que escribir en verso es pasar a la línea de abajo antes de concluir la presente.
Medio por casualidad he descubierto a
Ángel González. Creo que su obra más conocida es
Tratado de urbanidad, de los años sesenta. He leído tres o cuatro poemas y no necesito más: este hombre es un poeta. Hubo épocas en que el calificativo bastaba para que a uno lo coronasen de laureles; hoy no. Ángel González. Con vosotros, un poeta. Disfrutadlo.
Siempre lo que quieras
Cuando tengas dinero regálame un anillo,
cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,
cuando no sepas qué hacer vente conmigo
-pero luego no digas que no sabes lo que haces.
Haces haces de leña en las mañanas
y se te vuelven flores en los brazos.
Yo te sostengo asida por los pétalos,
como te muevas te arrancaré el aroma.
Pero ya te lo dije:
cuando quieras marcharte ésta es la puerta:
se llama Ángel y conduce al llanto.