Naufraguemos
El otro día emitieron en
Telecinco la película de Robert Zemeckis
Náufrago. A
Zemeckis la gente de mi generación -eso creo- le suele tener bastante cariño, sobre todo por haber dirigido
Regreso al futuro.
Regreso al futuro: estoy convencido de que es uno de los iconos de mi generación (los nacidos mediando los años setenta). Creo que los acontecimientos que te marcan generacionalmente, como las películas, la música (a mí me encantaba
Duncan Dhu, grupo que por cierto tomó el nombre de un personaje de R. L. Stevenson), los acontecimientos políticos (la caída del muro de Berlín, en nuestro caso) suceden en la etapa pre-adolescente.
Se suele considerar que la adolescencia, el instituto, la universidad, es lo que hacen una generación. En democracia creo que no ha sido así en España. Al menos para mis conocidos, la adolescencia es, a fin de cuentas y a toro pasado, una sucesión de borracheras, unidas por el hilo conductor de los exámenes, y aderezadas con algunas anécdotas que en el momento -en el momento de estar borracho- te parecen únicas e irrepetibles. La primera vez que te bajas los pantalones en mitad de la calle, estás convencido de que
tú y sólo
tú eres el autor de esa genialidad. Años más tarde, vuelves a las dos de la madrugada de casa de algún amigo y ves a un joven con los pantalones bajados, y muerto de risa:
él también se cree
superúnico. Pero nos estamos desviando mucho del tema.
Náufrago. He ido explicando a mis alumnos de 1º de Bachillerato que el lenguaje es una capacidad que tienen los seres humanos, pero también una
necesidad. ¿Puede una persona vivir sin hablar? Tom Hanks, en la película, coge un balón, le pone de nombre Wilson, le pinta una cara y habla con él. Su necesidad no es tanto estar acompañado, como hablar: no se limita a dejar a Wilson clavado en una estaca y saludarlo, sino que le comenta el tiempo que hace, le consulta sus ideas, lo convierte en una persona al hablar con él.
Wilson acompaña al náufrago en su intento de escapar de la isla: el náufrago
necesita hablar. Cuando Wilson cae por la borda, el náufrago grita desolado:
¡Lo siento Wilson! ¡Lo siento!
* * *
Cuando, de niños, la crueldad nos hace atormentar a las hormigas, solemos elegir una víctima y alejarla de sus compañeras: la hormiga no cesa de buscar más hormigas. Una hormiga aislada no es una hormiga, es una tragedia, una singularidad, yo qué sé. Nadie imagina una abeja emancipada, viviendo sola en un campo de flores, atiborrándose de polen. Tampoco puedo imaginarme a una persona.
Es imposible desligarse de la colmena.