El proceso
Si tenéis buena memoria y me sois fieles, recordaréis mi proceso contra la Ciudad Autónoma de Melilla (sí, sí, entera ella contra mí) y otras altísimas y despreciables instituciones.
Bien, ayer continuaba el juicio. Esta vez tomé varias precauciones. Por ejemplo, la noche anterior me puse muy nervioso y no me dormí hasta las tres de la madrugada (me acosté, José C., pero estuve dando vueltas en la cama).
También me había comprado unos nuevos zapatos de piel muy bonitos, y los lucí orgulloso en los pasillos del Juzgado de lo Social de Melilla. Además, esta vez conjunté bien -por lo visto- la corbata, la chaqueta y alguna que otra prenda. En fin, que mi abogado se comió a los abogados de la otra parte.
Para que luego digan que ser previsor no sirve de nada...
El fin está cerca (o eso creo). Va a hacer un año que llevo liado en el maldito asunto este del proceso. Cuando acabe, no me lo voy a creer. Bueno, teniendo mala suerte, puede que nos quede otro año, y Dios no lo quiera, pero al menos ahora estamos más cerca del final que hace un año.
No, no: no quiero dejaros en ascuas. Pero es que he dictado de forma unilateral el secreto de sumario. Pero en cuanto todo se resuelva, tendréis cumplidas cuentas de todo.
¡Como un perro!
Acabo de leerme el libro Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo, de Allen Carr.
Ya terminó (o mejor dicho, terminé) El proceso. Sigo reafirmándome en mis ideas: es una novela humorística. ¿Que hay tragedia? Por supuesto, pero en fin, en las películas de Quentin Tarantino también hay humor a raudales mezclado con litros de sangre y kilos de vísceras. Es un humor bastante macabro, qué duda cabe, pero así es la cosa.
