La Lengua

Dura lex, sed lex

12/30/2004

Yin y yang





Os voy a confesar una cosa: a los dieciocho años, más o menos (hace unos diez) dejé de creer en lo sobrenatural. Por lo sobrenatural se debe entender Dios y todo lo que le rodea, es decir, la religión.

Como casi todos los que dejan de creer, pasé primero por la fase atea extremista: estaba completamente convencido de que Dios no existía. Es más: estaba dispuesto a probarlo donde fuese. Este convencimiento de la no-existencia de algo es un dogma como cualquier otro; es otra religión, fanática como las demás, aunque seguramente más realista que las demás.

Después entré en la fase racionalista: el agnosticismo. No creía en Dios porque no tenía pruebas de su existencia, aunque no la negaba. Sí que había algunos atributos que, de existir el ser supremo, no estaba dispuesto a permitirle, como la omnipotencia, la bondad infinita, etc. ya que dichos atributos violentaban la lógica más elemental.

(Para esta fase era muy útil la típica pregunta que es casi zen: ¿Puede Dios crear un objeto tan pesado que él mismo sea incapaz de levantar? Cualquiera que sea la respuesta, se contradice a sí misma)

Superadas ambas fases, y alcanzada -ay- mi plenitud física e intelectual, me mantengo, como todo hijo de vecino, en un permanente estupor: sea cual sea la respuesta a las preguntas que siempre han maltratado la mente humana, seguramente somos incapaces de comprender, o de alcanzar siquiera, las respuestas que buscamos.

A lo que vamos.

Con las Navidades pasa como con los Estados Unidos: sólo hay enemigos acérrimos o amigos incondicionales. Hay paisanos que piensan que hay que estar felices porque es Navidad: no importa lo que suceda alrededor, son las fiestas y hay que sonreír, estar a bien con todo el mundo y hacerse regalos.

Otros piensan que hay que estar amargados porque es Navidad: no importa lo que suceda alrededor, son las fiestas y hay que sacar a todo el mundo de su ignorancia y aclarar que es un invento de El Corte Inglés, hay que recordar a todos que no nos creemos nada, hay que estar con la cara hasta el suelo hasta que -¡por fin!- llegue el siete de enero y comprobemos que hemos sobrevivido a tanta falsedad e hipocresía. Curiosamente, cuando acaban las fiestas ya no es necesaria tanta crítica al capitalismo.

De las dos especies referidas arriba, me cae mejor la primera. En primer lugar porque el optimismo siempre me ha parecido una actitud mucho más esforzada que el pesimismo.

En segundo lugar, porque los pesimistas no suelen ser consecuentes: como leí en un cómic del gran Mauro Entrialgo, el pesimista critica el consumismo y la hipocresía navideños, pero no por ello deja de atacar los langostinos y el jamón ibérico para hacerse un bocata de chorizo. El pesimista no apechuga con su pesimismo: sólo quiere aguarle la fiesta a los demás. Que se jorobe.

Después de los dieciocho las Navidades nunca han vuelto a ser lo que eran.

Qué diablos. Feliz Navidad. Y feliz año nuevo.

Elías.

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