La risa
Sé que no es frecuente en este diario, pero voy a contar una anécdota.
Corría el año 1992, si no recuerdo mal, y estaba cursando COU. COU (Curso de Orientación Universitaria) era algo parecido al Bachillerato actual, pero en un solo curso. Explico esto porque la red es muy joven, y es posible que pocos ya se acuerden del COU.
Uno de los dos profesores que dirigieron mis estudios hacia la Literatura (al que llamaré N.) nos encomendó a mi mejor amigo (P.) y a mí un trabajo sobre los primeros capítulos del Quijote, primera parte. Estábamos hablando en clase, para nuestros compañeros, y cuando llegamos a un momento concreto de la narración, en que un pobre chaval, atado a un roble, se lleva una tunda monumental por culpa de Don Quijote, rompimos a reír.
Nuestros compañeros de clase nos miraban como a dos condenados a muerte -o a septiembre- , y N. fijaba alternativamente su vista en nosotros y el resto, con una mirada que no sabíamos cómo interpretar. Nos dábamos por muertos, pero, así y todo, éramos incapaces de parar de reír.
Entonces N., dirigiéndose a la clase, preguntó:
-¿Nadie sabe por qué se ríen P. y Elías?
Y todo el mundo callaba, compadeciéndose de nosotros. A lo que N. añadió:
-Pues se ríen porque han leído el Quijote; vosotros no os reís, porque no lo habéis leído. Es así de sencillo.
Él me enseñó a tomar el libro como lo que es: una novela de risa. Siempre que comienzo a leerla y paso por esos capítulos me acuerdo de N., y supongo que así será a lo largo de mi vida. La literatura de humor es de las más difíciles de conseguir. Creo que Rabelais ha perpetrado la hazaña.
-Volvamos a lo nuestro, dijo Grandgousier.
-¿El qué?, ¿cagar? -dijo Gargantúa.
-No -dijo Grandgousier-, sino limpiarse el culo.
-Mas -dijo Gargantúa-, ¿aceptaríais pagar una barrica de vino bretón si os pongo en un apretón?
-Cierto que sí -dijo Grandgousier.
-No hay por qué limpiarse el culo -dijo Gargantúa-, si no hubiere mierda en él; mierda no la hay si no se caga; así pues, el cagar es necesario antes de limpiarse el culo.
-¡Oh! -dijo Grandgousier-, ¡qué listo eres, muchachito! ¡Por Dios, que en los próximos días te he de hacer tomar el grado de doctor en gay saber, pues tu razón supera a tus años! Sigue, por favor, con tu discurso limpiaculativo. ¡Por mis barbas, que no has de tener una barrica, sino sesenta pipas de aquel buen vino bretón! -aunque lo crían en Verrón y no en Bretaña.
-Después de aquello -dijo Gargantúa-, aún me limpié con un gorrillo, una almohada, una pantufla, un bolsón, un cesto -¡oh, inadecuado limpiaculos!- y otro gorro más. Y habéis de tener en cuenta que de entre los sombreros los hay lisos, de pelo, aterciopelados, tafetaneados y satinados. Mas el de pelo es el mejor de todos, pues produce mejor abstersión de la materia fecal que otro ninguno.
Rabelais, Gargantúa, Capítulo XIII: Cómo reconoció Grandgousier el maravilloso ingenio de Gargantúa por la invención de un limpiaculos.

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