Italia
Siempre me he sentido fascinado por Italia, y creo que cualquier occidental consciente de serlo sentirá lo mismo: en esa península con forma de bota estalló un big bang que dispersó sus restos por toda Europa, el norte de África y parte de Asia (pensad en esto: si el ser humano no tuviera piernas ni pies, qué península más amorfa, ¿verdad?).
En 1992 viajé a este país y no me decepcionó: esas selvas oscuras, umbrías, la gente que me pareció de carácter perfectamente español, llevado al límite (más gritones, más gesticulantes, más sentimentales), y unas cuantas ciudades muy interesantes, entre ellas Venecia, la ciudad más hermosa del mundo. Si queréis tener la sensación de estar viviendo en pleno Renacimiento, estáis a tiempo. Además, en la plaza de San Marcos se rodó una escena de Indiana Jones y la última cruzada, y si tu héroe cinematográfico es Harrison Ford, la cosa no es moco de pavo.
Andan por casa, desde que tengo uso de razón, algunos libros de Indro Montanelli, y mi padre siempre me lo había recomendado. En cuestiones
(El libro que comento hoy, al parecer, está escrito en colaboración con Roberto Gervaso, al que no conozco; ignoro si es muy conocido en Italia. En cualquier caso, supongo que la mayor parte del trabajo es de Indro Montanelli)
Ya lo comenté: compré la Historia de la Edad Media pensando que trataría sobre el medievo europeo. En lugar de esto, de lo que se habla es de la Italia desde la desintegración del Imperio hasta el año 1001, en que muere el rey alemán Otón III. Pero esto es lo de menos. El estilo es lo de más.
Me ha recordado el autor (mejor dicho, los autores) a Isaac Asimov: en literatura divulgativa, te puedes tragar doscientas páginas sin darte cuenta de que ya has acabado el prólogo y has comenzado el libro. Los libros así no se devoran, yo creo que se beben.
Por desgracia, calculo que entre ciudades, ríos, reyes, papas, príncipes, putas, godos, ostrogodos, longobardos, hunos y mahometanos se incluyen en el libro tal vez entre quinientos y mil nombres relevantes, acaso más. Cuando estás leyendo un capítulo no recuerdas de quién trataba el anterior. No es, claro, defecto de los autores. No debe de ser sencillo seleccionar los nombres más importantes de ochocientos años de historia. Además, qué caray, es estupendo leer un libro de historia de 400 páginas sabiendo que no es tu obligación memorizar ningún dato.
Bueno, pues creo que la principal característica del estilo de Montanelli es su gran sentido del humor, cuente lo que cuente. Como cuando cuenta algún detalle curioso de la liturgia católica primitiva:
Como sello de la ceremonia, se intercambiaba el beso de la paz. Esta costumbre se convirtió pronto en causa de ingratos desviacionismos, a fuerza de ser demasiado grata. Para salir al paso del peligro, se recomendó a los fieles que al besarse tuvieran la boca cerrada, pero como la recomendación se eludía la mayor parte de las veces, el beso de la paz fue suprimido.Y es que en esos tiempos la Iglesia romana se las traía:
[La confesión...] Pública durante todo el siglo IV y en épocas anteriores, se decidió que fuese secreta en tiempos de Teodosio, cuando una mujer se acusó ante millares de fieles de haberse acostado el día anterior con el diácono que en ese momento estaba confesándola.
Todo ello bordado con unos destellos de lucidez incontestables, y que creo que vienen como anillo al dedo en la Europa del siglo XXI:
Tal es, en parte, el destino de todas las religiones. Piden para sí la libertad de organizarse, en nombre de unos principios laicos, y después, una vez organizadas, niegan esta misma libertad a los demás, en nombre de los propios dogmas.
Sin perder nunca, claro, el sentido del humor.
Los abogados eran legión. En cada familia había por lo menos uno, poco más o menos como ahora.
Aunque no desprecia ocasiones, sin embargo, de recordarnos parte del lado más oscuro del hombre, para que nunca perdamos de vista que la barbarie no empezó, ni acabó, con el violento siglo XX que hemos dejado hace bien poco atrás:
Los rebeldes fueron detenidos y mutilados. Su jefe, un noble llamado Juan, fue cegado y colgado por la cabellera de la estatua ecuestre de Marco Aurelio, en el Capitolio. Pasó así un día entero, durante el cual fue objeto del escarnio de los romanos, que lo cubrieron de insultos y de salivazos. Al bajarlo de allí, le cortaron la nariz y las orejas y lo montaron en un asno, con la cara vuelta hacia la cola que, adornada con una campanilla, le fue puesta entre las manos a manera de bridas. En la cabeza le colocaron un odre cubierto de plumas y en los pies dos ánforas llenas de estiércol. De ese modo fue paseado por las calles de Roma, entre las burlas obscenas de sus habitantes.

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