¿Que por qué este título? Pues porque ayer mismo dije que hoy comentaría algo sobre La isla del tesoro, de Stevenson, y no iba a hacerlo. Venía a casa muerto de frío y de cansancio, y me dolía la cabeza. Pero me estaba esperando una tortilla de patatas que me he metido entre pecho y espalda, y ha sido mano de santo, y aquí estoy, como un soldado. Bueno, bueno, nosotros a lo nuestro.
Yo empecé a leer muy joven, pero no creo merecer elogios por ello. He visto en televisión mocos de cinco años haciendo cosas que me han dejado patidifuso; eso sí que es admirable. Sin embargo, una vez aprendes a leer, no te cuesta nada, solamente ha de gustarte. Y a mí me gustaba. Creo que ha influido la circunstancia de que mis padres son grandes lectores y odian la televisión y los deportes, y mi casa siempre ha estado inundada de libros. El caso es que ya me ha sucedido varias veces lo siguiente: comienzo a leer un libro, y cuando llevo unas páginas me suena todo. Y recuerdo que ya lo he leído. Me está pasando con el libro de R. L. Stevenson del que os voy a escribir hoy.
Lo regalaban este domingo con el diario EL PAÍS, y es el primero de una colección de cincuenta, creo, títulos clásicos de aventuras. Aquí podéis consultar la lista de los mismos, así como la fecha en que aparecerán.
La edición es... Vayamos por partes. El papel es malo. Bueno, no es malo, es pérfido: he intentado escribir mi nombre y la fecha de adquisición con mi pluma -cosa que siempre hago, por si algún día ocurre que me independizo- y la tinta se ha corrido, dando a cada una de las letras el triple del grosor original. La traducción me gusta a ratos; a veces se agradece que se actualicen los vocablos traducidos, otras resulta extraño leer perra gorda en un libro inglés, y expresiones por el estilo. Pero de deja leer.
Mi consejo es que compréis los que no tengáis. Yo ya tenía La isla del tesoro, pero me ha pasado como con Cien años de soledad, que quería uno para mí solo. Y los podéis adquirir pagando un euro más que el valor del periódico. Total, periódico y libro, dos euros de nada. Para Cristina, dos eypos.
Ah, por cierto, la frase que me hizo recordar con total certeza que el libro ya lo había leído en algún rincón remoto de mi infancia: la irrepetible genialidad que le suelta el doctor Livesey al capitán Billy Bones, ante una de sus impertinencias:
Os voy a decir una cosa, caballero: si seguís bebiendo ron, el mundo se verá pronto libre de un indeseable bellaco.

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