Ayer fui a la Biblioteca Pública de Melilla, después de unos dos años sin acercarme por allí. He tomado prestados dos libros: la Historia de la literatura hispanoamericana, de la profesora Jean Franco, y Los esenios y los rollos del mar Muerto, del historiador César Vidal Manzanares (ese señor tan bien hablado que aparece de vez en cuando en la tertulia de María Teresa Campos, y que chatea con los visitantes de la página Libertad Digital).
El libro de Jean Franco es de relectura: lo tuve que estudiar en la asignatura Literatura Hispanoamericana durante mis estudios, y guardo un grato recuerdo de él. Es cortito (para la materia que trata) y bastante ameno, pero muy útil. Lo guardo para el segundo lugar.
El de César Vidal trata sobre la secta de los esenios, a la que tal vez perteneció Jesús de Nazaret, y los datos sobre ella aportados por el descubrimiento relativamente reciente de unos papiros en unas cuevas cercanas al mar Muerto. De momento (llevo unas cien páginas) está muy interesante. Alguien ha subrayado algunos párrafos y hecho unas anotaciones con un rotulador de punta fina.
Con este post quiero solicitar a quien competa que promueva una ley que sentencie a pena de muerte a quien sea encontrado culpable de tales actos. No imagino qué les debe de pasar por la cabeza. No imagino que alguien tome un libro prestado de la biblioteca, compruebe que está intacto, sin pintar, para que él pueda disfrutarlo, y acto seguido decida que los que lean el libro después de él no disfruten del mismo derecho. No me imagino a mí mismo escupiendo en las sillas de un restaurante, después de cenar, para que los que vengan luego no cenen tan a gusto como yo. Imagino, eso sí, que quien ha iluminado el libro de Vidal seguramente tiene sus propios libros (si es que los tiene) inmaculados. De verdad que no lo entiendo.
Para los que subrayen a lápiz he pensado cadena perpetua, con posibilidad de acogerse a la libertad condicional, previa muestra de arrepentimiento. El que (y la que) quiera votar puede hacerlo en los comentarios.
(Más visitantes ilustres: han estado por aquí satch, el autor de El poder del absurdo; Rodolfo, de Hasta las pelotas; y Juan Carlos, de Octaedro)

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