La Lengua

Dura lex, sed lex

12/02/2003

Más ollas podridas


Olla podrida, ya sabéis, popurrí. Llevo casi dos semanas sin leer casi nada. Y eso que tengo mucho tiempo (de repente me asalta una pregunta: ¿a quién diablos le importa esto? En fin, me lo tomo como un acto de disciplina espartana). Tengo un trabajo de veinte horas semanales que dedico casi exclusivamente a jugar al buscaminas. Soy todo un experto, eso sí. Quería dedicar todo el tiempo a leer y escribir, pero he perdido fuelle. He de recuperarlo. Quizás desinstale el jueguecito. Cuando mi jefe vuelva a pasarse por África, espero que no me pregunte (creo que él prefiere el solitario).

Tengo un libro intitulado Gran diccionario múltiple de citas. No recuerdo el autor, pero sí que es de la editorial Círculo. Supongo que está muy bien. Hay citas muy inteligentes, dignas del libro, en realidad, casi todas. Me gustan las citas: lo que no me gusta es su uso abusivo y fuera de contexto. Eso es pedantería. Y las personas pedantes que he oído y leído, generalmente no tienen motivos para mostrar esa actitud, salvo excepciones que puedo contar con los dedos de una mano de alguno de Los Simpsons.

Leer a Isaac Asimov en sus obras de divulgación científica es un placer difícilmente descriptible. Pocos autores pueden hacer que mi trasero quede pegado al sillón, y él es uno de ellos. Mi novia me regaló su autobiografía, publicada poco después de su muerte. Altamente recomendable. Hace unas semanas descubrí que había muerto de SIDA. Su viuda, Janet, confesó que había ocultado su enfermedad por recomendaciones de sus médicos. No lo entiendo. Solamente he leído una obra suya de ficción, Los océanos de Venus, y debo confesar que me dejó algo frío.

Con Ernest Hemingway, hasta ahora, me ocurre que no puedo avanzar en ninguno de sus libros más que unas pocas páginas. He probado con París era una fiesta, Por quién doblan las campanas y con el best-seller El viejo y el mar. No sé si será que aún no es el momento de leerlo, si es difícilmente traducible o si simplemente es mediocre. Me quiero inclinar por la primera opción.

(Esta va para Cristina) Hay que ver lo que son las cosas: Julio César es, sin embargo, un escritor que me parece muy fluido y ameno. Y eso que no leo nada de él desde que lo traducía en el Bachillerato. Pero es que hasta leerlo en latín es un gozo (Gallia omnis est divisa in partes tres, etc.).

(Y esta para José C.) La Historia universal de la infamia, de nuestro querido Jorge Luis Borges, me recuerda a trazos a Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, sobre todo en algunos diálogos. Por cierto, adquirí un ejemplar de poesía del autor argentino, pero me pareció un poeta menor, comparado con su inmensa dimensión de prosista. Diréis: nos ha jodido. Pues eso mismo digo yo.

Si no recuerdo mal, Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus Logico-philosophicus, afirma algo así como: "todo lo que puede expresarse, puede expresarse de manera simple". Y, si no recuerdo mal, a lo largo de su Tratado vemos cómo se contradice en más de una ocasión.

Daría lo que fuera por saber la sensación que obtuvo un antiguo hombre - o mujer - al hacer por primera vez en la Historia de la Humanidad una muesca cuneiforme en un cilindro de arcilla.

Y bueno, por hoy basta.

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