La Lengua

Dura lex, sed lex

12/22/2003

Lo.Li.Ta.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.


Vladimir Nabokov
, Lolita, capítulo 1. Editorial Anagrama. 17,48 euros.

¡Por fin! ¿Os acordáis, o no? Pedí a una amiga -que trabaja en una librería local- que me encargase Lolita, de Nabokov, que había leído y perdido hacía años. Esto merece un post largo, ¿verdad? Si eres de los que está aquí más o menos por accidente, puedes continuar página abajo y buscar alguno más cortito, si no tienes muchas ganas de leer (aunque no lo recomiendo).

Leí el libro por primera vez con diecisiete años (hace ya once, Dios mío), y me dejó hechizado. Qué gran libro. Este sábado, con una gripe que no come ni deja comer, fui tempranito a comprar regalos para mi familia. Poca cosa, ya que no soy muy pudiente, pero la intención y la sorpresa son lo que cuenta. Bueno, no es el tema. Sigamos.

Ya había estado el día anterior en la librería donde trabaja mi amiga Samira. Pasé como tres cuartos de hora echando un largo vistazo, y no encontré nada que me convenciera (y no estuviese ya en mi biblioteca). El sábado iba decidido a comprar alguno para mi padre, y quizás alguno para mí, bajando un poco el listón de mis exigencias. No encontré nada para mi padre, pero compré la segunda novela de la serie Alexandros para mi madre (espero que Cristina me dé su experta opinión). Entonces apareció Samira y me dijo: "hola, Elías, espera un momento, voy a preguntar si ha llegado tu libro" sin dejarme tiempo para contestar "déjalo, y gracias, pero ya se lo encargaré a Satch", cuando oí la voz de su jefa que decía algo así como "sí, sí, llegó ayer". Casualidades de la vida, que se suele decir.

Había intentado encargar una edición en rústica, baratita y manejable, pero me habían dicho que no, que sólo tenían la edición cara (unas 3.000 calas). He de decir que el concepto de "cara" para un editor no es el mismo que para mí: para mí suele significar, entre otras cosas, "tapa dura". Pero no ha sido así. Tapa blanda, buen papel, formato cuartilla (o algo menos: 22 x 14 cm.), letras grandes, y una excelente (repito: excelente) traducción de D. Francesc Roca. Algo que aunque parezca mentira, no es tan habitual como debería: no he observado faltas de ortografía en ninguna de las páginas. No sé lo que pensaréis; a mí, por desgracia, ya me sorprende no ver faltas de ortografía en un libro (¡las tenían hasta mis libros de Lengua de la universidad!).


Nada de material extra, más que alguna relativamente inútil nota a pie de página, y un a-modo-de-epílogo de Nabokov: Acerca de un libro titulado "Lolita". Buscadlo por Google a ver si lo encontráis; merece la pena.

Nabokov era un tipo muy inteligente, y un gran artista. Me hace desanimarme en la pretensión que tengo de escribir algún día algo que valga la pena, cuando él escribe una novela de casi cuatrocientas páginas y te da la sensación de que cada una de las palabras va donde tiene que ir, que todas son necesarias y que no falta ninguna. Dios, cómo lo odio (con esa clase de odio conocida como "envidia").

Para ser justos, una cita extraída de Lolita debería abarcar unas cuatrocientas páginas, más o menos. Pero esto no sólo es poco práctico para un blog; además, seguramente me buscaría follones con los amigos de la SGAE. Así que copiaré únicamente un párrafo, casi al azar:

Ahora creo llegado el momento de introducir la siguiente idea: hay muchachas, entre los nueve y los catorce años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana, sino la de ninfas (es decir, demoníaca), a ciertos fascinados peregrinos, los cuales, muy a menudo, son mucho mayores que ellas (hasta el punto de doblar, triplicar o incluso cuadruplicar su edad). Propongo designar a esas criaturas escogidas con el nombre de nínfulas. [...]
Además, puesto que la idea de tiempo gravita con tan mágico influjo sobre ese asunto, quien lo estudie no ha de sorprenderse al saber que ha de existir una brecha de varios años -nunca menos de diez, diría yo, treinta o cuarenta, por lo general, e incluso noventa, en algunos pocos casos conocidos- entre nínfula y hombre para que éste pueda caer bajo su hechizo. Es una cuestión de ajuste focal, de cierta distancia que el ojo interior supera lleno de placentera emoción y de cierto contraste que la mente percibe con un jadeo de perverso deleite. Cuando ambos éramos niños, mi pequeña Annabel no era para mí una nínfula; yo era su igual, un faunúnculo por derecho propio, en esa misma y encantada isla del tiempo; pero hoy, en septiembre de 1952, al cabo de veintinueve años, creo distinguir en ella el inicial elfo fatal de mi vida.

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