¡Demasiadas cosas se pueden decir de Edgar Allan Poe! Y, ciertamente, casi todas buenas (excepto en lo que concierne a su propia felicidad vital, probablemente).
El Cuervo (The Raven) pasa por ser su obra imprescindible, y tal vez lo sea. Sin embargo, a mí siempre me fascinó como prosista (como a todo el mundo, para qué engañarnos...).
Desde que lo descubrí, con unos once o doce años, no he dejado de admirarle. Llegué a aprenderme casi de memoria muchos de sus cuentos. Algunos me hacían dormir con un ojo abierto (Los crímenes de la calle Morgue); otros me dejaban intelectualmente más asombrado que las mismísimas aventuras de Sherlock Holmes (El escarabajo de oro); unos me estremecían describiéndome lo terrible del alma humana (El barril de Amontillado); algunos me parecían simple y devastadoramente hermosos (La máscara de la muerte roja). Mi afición a la literatura le debe mucho a este norteamericano triste.

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