Vivimos en un país con cuatro lenguas oficiales: el castellano - o español -, el catalán, el gallego y el vascuence. Lo considero una gran suerte, y creo que otras naciones seguramente nos tendrán envidia.
Sin embargo, la envidia no se extenderá a nuestra política educativa: se enseña inglés obligatoriamente (y bastante mal, por cierto) en todo el país, pero de las lenguas autonómicas nadie sabe nada fuera de las comunidades respectivas. No creo que sea necesario crear asignaturas obligatorias que afecten al expediente académico, pero me avergüenza que en todo el tramo de enseñanza obligatoria no enseñen a nadie a decir bona nit, boas noites o agur. El inglés es importantísimo fuera de nuestras fronteras, pero otras lenguas son bastante útiles dentro de ellas.
A lo que vamos. En castellano, Orense es el nombre de la provincia que en gallego se dice Ourense (aplíquese lo mismo a los nombres en cada idioma autonómico para Lérida, La Coruña, Gerona, Bilbao, etc.). Ahora en los mapas escritos en la lengua común se llama Ourense. Supongo que así somos muy multiculturales, muy respetuosos con las nacionalidades históricas, qué sé yo. Pero cada vez que oigo a un gallego hablar en castellano, dice siempre Orense y La Coruña, nunca Ourense ni A Coruña, por el mismo motivo por el que nunca diría, hablando gallego, Orense. Cada vez que oigo al susodicho gallego, pienso en el ridículo que hacen algunos: quieren obligar a los niños no gallegos a decir Ourense, y los mismos gallegos dicen Orense. Soy algo redundante, pero creo que me explico.
Los nombres oficiales, hoy, son Lleida, Girona, A Coruña, Ourense. Yo me mantengo en mis trece: sigo pronunciando los nombres como me los enseñaron a mí. Pero soy consciente de que en unos años, merced a la política higiénico-cerebral de nuestros ministros de educación, nadie sabrá a qué me refiero.
Casi con seguridad, en los últimos lugares donde se oirán los nombres castellanos será en Cataluña y Galicia, en las ocasiones en que sus ciudadanos se expresen en español. Estúpida ironía. Palabras perdidas. Quizás lo más triste de todo es que el diptongo ou es ajeno a la lengua castellana, y a fuerza de su pronunciación el desgaste lo reconvertirá de nuevo en o. Mientras tanto, alguien habrá hecho una fortuna fabricando y vendiendo mapas actualizados. Bah, no quiero ponerme espeso. Hasta pronto.
(Diversos dialectos peninsulares han querido en los últimos años elevarse al rango de lenguas; p. ej., el bable o el aragonés. Incluso he visto folletos escritos en ellos. Me parecen un intento inútil de construir sobre la nada nuevas nacionalidades históricas, pero no soy una voz demasiado autorizada, ya que no domino dichos dialectos ni vivo en las tierras que los hablan. Una curiosidad: quizás el dialecto más distinto, más evolucionado hablando en términos fonéticos, proviene de la región que tópicamente se identifica con España en el extranjero: Andalucía. Y creo que precisamente en Andalucía los intentos diferenciadores son menores. El mundo está loco)

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