Ars longa, vita brevis

Muerto el perro

8 de October de 2014

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Soy un amante de los animales. Pero es obvio que la afirmación anterior, al menos en este país, debe ser explicada.

1. No, no creo que los animales sean iguales que las personas. Y no es cuestión de gradación sino de cualidad. Creo que la vida del ser humano más despreciable debe ser conservada con mayor ahínco que la del chimpancé más inteligente. Algunos humanos merecen la muerte, eso es cierto, pero todos merecen la vida. Ningún animal merece morir, como tampoco merecen vivir.

2. No soy vegetariano. Nuestra especie es omnívora. Es una de las cualidades adaptativas que nos han permitido alcanzar el nivel de desarrollo que disfrutamos ahora. Y no veo ningún dilema moral en comer animales. Casi todos los animales son susceptibles de ser devorados por otros, y no podemos prohibir a los animales (o a las plantas) comer animales. Sería absurdo que nos abstuviésemos de comer animales mientras mueren diariamente a millones víctimas de otros animales, carnívoros u omnívoros como nosotros.

3. En el asunto de la experimentación con animales me resulta difícil adoptar una postura definida. Estoy en contra de la investigación para productos estéticos. Pero en el caso de la investigación médica, es muy difícil oponerse a unos experimentos que pueden ayudarnos a encontrar la cura contra enfermedades humanas, por muy doloroso que nos resulte hacerlo.

4. Aun siendo un amante de los animales, tengo muy claro que a veces es necesario que acabemos con algunos de ellos. En los países africanos donde viven los majestuosos elefantes, a menudo se abren períodos de veda para su caza. Los programas de protección tienen a menudo el efecto colateral no deseado de la superpoblación, lo que conduce a que muchos de ellos mueran de inanición (una muerte mucho más lenta y desagradable que un disparo o dos de escopeta) o que ataquen los cultivos de las personas, ocasionando muertes en algún caso. Así que los cazamos.

Incluso el hombre está a punto de causar la extinción intencionada y controlada de una especie animal, el gusano de Guinea, un horrible parásito que parece haber sido creado explícitamente para causar sufrimiento a las personas, sin ningún otro fin natural.

Qué le vamos a hacer. Los que estamos por que se respeten ciertos derechos de los animales no somos unos sucios perroflautas que viven en un mundo lleno de unicornios. Sabemos que en el mundo hay cosas desagradables, y que a veces nosotros mismos tenemos que hacer esas cosas desagradables. En una ocasión los miembros de mi familia llevamos una gata a sacrificar porque tenía una enfermedad incurable que le causaba insoportables sufrimientos y para la que no había tratamientos paliativos. A veces tienes que elegir entre una patada en la entrepierna y que te corten un brazo, y con todo el dolor del mundo eliges la patada.

Esto me lleva a unos cuantos peros que son los que me enfrentan con parte del paisanaje español. Por ejemplo, al punto 1 de este artículo debo ponerle un pero. Los animales no son como las personas, pero eso no significa que no sean nada, o que sean seres no sensibles como una piedra. Sienten dolor, y muchos científicos están convencidos de que muchos de ellos tienen sentimientos semejantes a los nuestros (a quien tenga o haya tenido perro no será necesario demostrarle esto, pues lo sabe de sobras). Incluso existe algo llamado Proyecto Gran Simio que aboga por reconocer ciertos derechos humanos básicos a los grandes simios, dado el alto porcentaje de genoma compartido con nosotros y su inteligencia relativamente superior.

Lo que me lleva al pero del punto 2. Como animales y pienso seguir haciéndolo. Pero eso no significa que no se les pueda dar un trato digno. ¿Qué significa esto? Que comemos animales, pero debemos tratar de darles una vida y una muerte lo menos traumáticas posibles.

Cuando uno se queja de las corridas de toros, del toro de La Vega, de las cabras arrojadas de los campanarios, del sacrificio ritual del borrego en el islam, siempre sale alguna lumbrera a decirte que te comes los pollos criados en granjas donde viven hacinados. Curioso argumento, pues al que te dice tal cosa le importa el mismo bledo el pollo que el toro, pero eso es otro cantar. Lo curioso aquí es que se use el argumento del sufrimiento animal para despreciar a otro animal que sufre. Es como si te encuentran un cáncer y te piden que no sufras porque hay a quien le han encontrado dos a la vez. En fin, con esos argumentos no suele merecer la pena continuar la discusión.

Pero vamos a Excálibur. Ya sabéis todo el revuelo que se ha organizado en el país, y más concretamente en las redes sociales como Twitter, por el previsible y ya confirmado sacrificio del perro propiedad de la enfermera contagiada de ébola. Gran parte del país se ha puesto en contra, y otra gran parte a favor de la eliminación de este animal. En 140 caracteres es imposible exponer una idea en profundidad, y prácticamente solo hay espacio para aforismos, ocurrencias más o menos ingeniosas y salidas de tono. Por eso quiero explicar aquí una de las posibles posturas —la mía— desde las que se defendía salvar la vida del perro, para que quien tenga el infortunio de leer este artículo sepa que los defensores de los animales no somos unos simples descerebrados empeñados en conservar una vida animal a costa de un posible y grave contagio de una enfermedad para la que hoy por hoy no existe cura.

Como amante de los animales, pero antes de las personas, si pensase que la muerte de Excálibur es inevitable y necesaria para evitar un contagio, sería el primero en defenderla, por mucho que me doliera. No creo que deba explicar más este punto.

Pero el caso es que no solo no está claro que matar al perro fuera mejor (uno de los mayores expertos mundiales en la enfermedad, especializado en el contagio entre perros y personas, aconsejaba no hacerlo, pues podía ser clave para la investigación sobre la forma de contagio inter especies). Otros expertos dicen que era necesario sacrificarlo para evitar el contagio (no imagino por qué, pues el perro se encontraba solo encerrado en una casa, al parecer con alimento y comida suficiente para días), y otros decían que daba igual.

Pero lo peor en todo esto es la terrorífica gestión que ha hecho el gobierno de todo el asunto, agravado por su ya bastante avanzado plan para desmantelar la Sanidad pública (como comentaban en Twitter hace un par de meses, con la repatriación del religioso traído de África a España, curiosamente, en una situación de emergencia nacional, llevan a los enfermos a hospitales públicos, demostrando que ni ellos mismos se creen la mentira de que la sanidad privada es mejor). Absolutamente todo se ha hecho de manera improvisada, torpe y zafia, con una ministra de Sanidad que parece una diabólica broma de mal gusto diciendo sandeces cuando se atreve a abrir la boca. Y es que cada paso que da este gobierno en el asunto del ébola me llena de terror. La muerte a sangre fría de Excálibur me apena, pero sobre todo me llena de incertidumbre, porque parece que cada paso que ha dado este gobierno en el tratamiento de la crisis ha sido para empeorarla, y nada me hace pensar que aquí nada vaya a ser distinto. Si alguien demuestra que matar al perro era lo mejor para todos, me acordaré de él durante dos instantes, y luego pensaré que era necesario. Pero de momento, el perro está muerto por una orden judicial, no por unas razones claras y objetivas. Y puede que eso haya sido peor para todos: el tiempo lo dirá.

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De entre los miles de sandeces que he leído en las últimas veinticuatro horas para ofender a quienes pedíamos una gestión más inteligente y humana del asunto del perro, hay unos argumentos que han sido recurrentes, y que lo son cada vez que alguien tiene la osadía de mostrarse preocupado por alguna situación que considera injusta. Son del tipo «te preocupas por el perro, pero no por el religioso que murió de ébola» (antes de ese, era «te preocupas por el religioso, pero no por los africanos que mueren por la misma causa»).

Estos pensantes tienen el privilegio de decidir de qué debes preocuparte, y dado que hay cosas más importantes que un perro, te lo hacen saber.

Lo malo es que esto nos lleva por la ladera nevada que desemboca en el absurdo, pues siempre hay asuntos más importantes:

¿Cómo preocuparnos del perro, si hay al menos dos vidas españolas en peligro (las de la enfermera y su marido)?

¿Cómo preocuparnos de la enfermera, con los cientos que están muriendo en África?

¿Cómo preocuparnos por los cientos de muertos por ébola en África, si en ese mismo continente llevamos décadas de guerras y hambrunas?

Es más, ¿qué son las guerras y hambrunas, si el cambio climático puede producir cientos de millones de muertes en unos pocos años y no estamos haciendo casi nada para evitarlo?

¿Sabéis que cada año cruzan la órbita de la Tierra unas cuantas decenas de meteoritos con un tamaño suficiente como para causar una extinción masiva mayor que la del Cretácico, hace 65 millones de años, que acabó con la mayoría de los dinosaurios? ¿Sabéis que nuestros telescopios tienen la capacidad de rastrear menos del 10% del espacio cercano que rodea nuestro planeta, y que en caso de que lleguemos a darnos cuenta de que viene uno, el impacto será inevitable?

(Recomiendo leer, sobre este asunto, Una breve historia de casi todo, enorme y divertido libro de divulgación científica escrito por Bill Bryson)

¿Cómo os podéis preocupar por los millones de personas que mueren de hambre cuando estamos todos condenados?

Pues eso.

No hables de Plutón, nunca has estado allí

6 de October de 2014

Me ha pasado tres o cuatro veces en el último par de meses. Discutiendo con alguien sobre política, llegamos al tema del país que sea, y te insinúan que no tienes derecho a opinar, o que al menos tu opinión vale menos, por no haber visitado el sitio concreto del que hablas (me ha pasado dos veces con Cuba, que no tengo la suerte de conocer, y una con Cataluña, que sí he visitado bastante y por períodos de tiempo relativamente largos).

En concreto, con Cuba la discrepancia saltó en ambas ocasiones por el mismo asunto: un informe de Unicef que desvela que Cuba es el único país de Latinoamérica donde no existe desnutrición infantil. A Cuba —como a cualquier país, por otra parte— es muy fácil encontrarle defectos, que por supuesto los tiene; pero ese, precisamente, no, si atendemos al criterio de Unicef, que no creo que sea demasiado sospechosa de ser procastrista. Mis interlocutores negaban el informe de Unicef, hablando de la miseria que habían encontrado en las calles de la isla.

«¿Tú has estado en Cuba?» Mi respuesta en ambos casos ha sido «No», monosílabo que espero cambiar en un par de años a lo sumo. «Pues entonces…» Pues entonces, ¿qué? ¿Haber estado una semana en un hotel, en un par de tabernas y una playa, te hace conocer la realidad de un país con más exactitud que haber leído, pongamos, diez informes internacionales?

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Beach days

Este soy yo en Ocean Beach, una extensa y tranquila playa de San Francisco, en California (EEUU). La foto no está ahí para daros envidia (bueno, no solo). Este verano pasé catorce días en el estado dorado. Y no estuve metido en hoteles ni fui transportado en autobuses de ninguna agencia de viajes a los sitios de interés: junto con una amiga, alquilamos un coche en San Francisco y recorrimos el estado de (casi) Norte a Sur, desde San Francisco hasta Los Angeles, pasando por Sausalito, Oakland, San Luis Obispo, Santa Ynez, Santa Monica, etc. Estuve durmiendo en casas de estadounidenses que había conocido por la página CouchSurfing (no pisé un solo hotel; sí un par de moteles de carretera bastante pobres), hablando con ciudadanos estadounidenses e inmigrantes sin mediación (no necesitaba intérprete), yendo a dar paseos por ahí solo cuando no podía dormir por el jet lag; en fin, podéis haceros una idea. Intenté no pasar por zonas no recomendables, aunque, dado que iba con pocas indicaciones previas, ignoro si finalmente lo hice.

Solamente vi tres coches de policía en dos semanas y cientos o miles de kilómetros (dos de ellos eran de policías de tráfico). No presencié un tirón de bolso, una pelea ni un asesinato. Mi conclusión es que Estados Unidos es un país mucho más seguro que España, donde sí he presenciado delitos. Es más: mi conclusión es que en Estados Unidos no hay delitos. Y si alguien que no ha estado allí me dice que en ese país la criminalidad es más alta que en la península ibérica, le diré que se equivoca, y que no tiene ni idea por no haber pisado el continente norteamericano.

Y sin embargo, si hiciera eso, me equivocaría. Según la Wikipedia (que extrae los datos de la United Nations Office for Drugs and Crime, UNODC), en Estados Unidos tienen una tasa de 4,7 homicidios intencionados anuales por cada 100.000 habitantes, y en España tenemos 0,8 (redondeando, ellos padecen seis asesinatos por cada uno que padecemos nosotros, si la población de ambos países fuese equiparable).

¡Pero cómo! ¿Es posible que alguien que eche un simple vistazo a una página de internet me pueda dar lecciones sin salir de su habitación sobre un lugar en el que yo he pasado dos semanas?

Pues sí, por supuesto.

Alguna de las conversaciones derivó al interesante asunto de si los informes de las Naciones Unidas y las noticias que recibimos de los medios de comunicación pueden estar manipulados. Mi opinión es que sí, claro que sí. Sin embargo, si aceptamos las reglas de juego, las tenemos que aceptar hasta las últimas consecuencias. En el caso de Cuba, algún interlocutor aceptaba los informes de Unicef para Cuba, pero no para España (o viceversa). En el caso de Cataluña, mi contrincante aseguraba que los medios de comunicación nacionales —o estatales, para el caso es lo mismo— manipulaban la opinión de la gente en el resto de España, pero los medios de comunicación catalanes gozaban de una integridad purísima mediante la cual toda la información servida por ellos era de una imparcialidad diáfana (id est, no estaba modificada por intereses empresariales ni subvenciones autonómicas).

¿Es entonces posible conocer la verdad? Yo creo que con reservas. El inmenso número de fuentes hace complicado hacerse una idea no ya exacta, lo que es imposible, sino tan siquiera aproximada de la realidad de ninguna situación. Pero cometemos el error de darle demasiada importancia a la observación directa, que adolece de varios defectos graves. Por un lado, al ser nosotros los observadores, estamos irremediablemente mediatizados por nuestra subjetividad (ideas preconcebidas, nuestra historia personal, por poner solo dos ejemplos). Por otra parte, es prácticamente imposible conocer de primera mano la realidad de un país, por pequeño que sea, sin haber vivido meses o años allí, y aun así puede que nos equivoquemos (¿Quién se atreve a decir que conoce perfectamente la realidad española?).

Somos una especie evolucionada de tal forma que la vista constituye nuestro sentido más importante, y eso alberga una trampa: le damos algo más de credibilidad de la que merece (el consabido refrán: «Una imagen vale más que mil palabras»). Cuando mis padres eran jóvenes, una forma clásica de confirmar la veracidad indiscutible de algo era decir: «Lo ha dicho la tele». Hoy somos perfectamente conscientes de que las mentiras por televisión son aún más mentirosas, por convincentes. Pero debemos hacernos a la idea de que nuestros sentidos —y no quiero ponerme demasiado cartesiano— también nos pueden engañar, y mucho. No digo que la experiencia directa sea totalmente desechable, porque no lo es, y además enriquece mucho personalmente (solo por eso merece la pena). Pero cualquiera entiende que alguien que pase una semana en un resort de la Riviera Maya bebiendo ron y alternando con prostitutas de lujo probablemente no se hace una idea exacta ni aproximada de un país inmenso como México.

¿En cuál de todas las falacias conocidas estaría esta de desacreditar la visión del oponente dialéctico y dar la propia por buena porque uno tiene una experiencia directa mínima? Tal vez sea un nuevo tipo de falacia, pues esto de que la gente normal pueda permitirse —o a menudo, ay, se vea obligada a— visitar otros países es un fenómeno relativamente nuevo. Por eso, entre otras cosas, viajeros de la antigüedad como Marco Polo han sido célebres. Yo creo que es parecida a la falacia de generalización apresurada: paso una semana en un sitio, hablo con cinco personas y ya soy una autoridad en la materia.

En cualquier caso, no estoy despreciando la experiencia directa que pueda tener cualquiera sobre un lugar o una situación dados. Como he dicho antes, enriquece. Pero no debemos olvidar que para una hormiga que esté pisando nuestro planeta, este tiene una forma de rama de árbol, planicie más o menos accidentada o túnel, y para un alienígena que jamás haya puesto sus tentáculos aquí y que esté observando la Tierra desde millones de kilómetros de distancia tiene una forma de esfera achatada. Que es, precisamente, la realidad. Cuestión de perspectiva.

El amanecer del Planeta de los simios (crítica)

23 de July de 2014

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Diez años después de los sucesos narrados en la película El origen del Planeta de los simios, el llamado virus simio ha acabado con el 99 % de la población mundial y, después de una guerra entre simios y humanos, los simios viven en el bosque en una situación parecida a la de nuestro Paleolítico, cazando animales con armas rudimentarias e ignorantes de la agricultura y la ganadería. Cosa curiosa es lo de la caza, dado que los grandes simios que aparecen en la película —chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes— son principalmente herbívoros; sin embargo, esto puede no ser un fallo, sino una alusión a la teoría de que nuestro cerebro empezó a desarrollarse en gran medida cuando comenzamos a consumir carne, plena de proteínas y reservas calóricas en forma de grasa.

Los simios, establecidos en un bosque cercano a la ciudad de San Francisco, son seres pensantes que se comunican mediante lengua de signos, aunque uno (César, el protagonista del filme anterior y actual líder de los monos) es capaz de articular palabras. Se preguntan si han sobrevivido humanos en la Tierra, dado que hace diez años que no se encuentran con ninguno.

Y en estas estamos cuando hace aparición un grupo de humanos, surge el conflicto porque disparan a un simio temiendo una agresión, y los simios, como es natural, se cabrean, aunque en aras de la paz deciden dejar ir con vida a las personas bajo la promesa de que nunca regresarán al bosque donde los simios moran. Pero hay un problema: los humanos necesitan ir al bosque a poner en marcha una presa que les proporcionará energía (la catástrofe no ha sido solo humana, sino también tecnológica, y los humanos viven sin electricidad), así que deciden solicitar a los simios el permiso para realizar los trabajos pertinentes y largarse luego.

Viene entonces un par de interesantes debates, uno en el bando de los humanos, otro en el de los simios, sobre la conveniencia de acceder a una coexistencia —que no convivencia— pacífica o iniciar una guerra para exterminar a los otros.

La película tiene un guion interesante, creo que está rodada con bastante agilidad, y las interpretaciones son, por lo general, buenas. Creo que no os aburriréis si decidís ir a verla con cierto interés y sin prejuicios. Las imágenes CGI ya tienen en el cine una madurez impresionante, y aunque sigue habiendo momentos en que uno se da cuenta de que está viendo muñequitos dibujados en 3D, el trabajo es casi siempre excelente, especialmente en el modelado físico de los simios y en sus expresiones faciales. A partir de aquí vienen unos párrafos que os desvelarán detalles del desarrollo de la trama y del final, así que si no has visto la película aún, te recomiendo dejar de leer ahora.
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Los hechos

31 de May de 2014

1. El pasado lunes 26 de mayo entro por internet en la cuenta que tengo con el banco BBVA. Me encuentro un cargo de 1.188,40 euros. La única información proporcionada es “Apunte por operaciones varias”. Llamo por teléfono y no son capaces de darme mucha más información. Asumo que debe de tratarse de un error —he trabajado en banca y todos cometemos errores— y me dispongo a ir a mi oficina al día siguiente para arreglarlo.

2. En la oficina el empleado me dice que es un impuesto. Yo le digo que no, que la Agencia Tributaria no cobra ningún impuesto directamente de mi cuenta si no es con mi autorización o la de un juez. Entonces me dice que es una liquidación que ha hecho el banco por un impuesto sobre mi hipoteca, impuesto que no existía cuando la hice, pero que la Administración lo está reclamando. Me informa de que han recibido un correo para mí (???). Me lo imprime y me lo da: el correo dice que el pasado 5 de noviembre de 2013 la “Agencia Tributaria Autonómica” ha practicado la liquidación del impuesto, y me piden que procure tener disponible en la cuenta para cuando lo cobren (el correo me lo dan un día después de hacer el cargo en la cuenta, y porque yo había ido expresamente). Había acudido en una hora libre que tenía y ya se acababa, así que le digo al empleado que volveré el viernes más tranquilamente.

3. Vuelvo el viernes. El empleado me dice que me va a decir otra vez lo mismo. Yo le digo que no hace falta, que con una es suficiente. Le digo que quiero el dinero inmediatamente de vuelta en mi cuenta, y entonces me expliquen con tranquilidad en concepto de qué tengo que pagarlo, para hablar de cómo y cuándo lo hago. Me dice literalmente que el dinero no me lo van a devolver. Le digo que por última vez, si alguien ha cometido un error no quiero investigar, ni denunciar, ni que el banco me indemnice, ni siquiera que me pida disculpas, sino que me devuelva mi dinero antes de salir de la oficina y la cosa se queda ahí; que jamás en mi vida me he negado a pagar al BBVA, a la Agencia Tributaria o al frutero de la esquina el dinero que les debo, pero que así no se hacen las cosas, y que además dudo de que sea legal. Me dice que él piensa que sí es legal, pero que no puede asegurarlo (???). Le pregunto qué habría pasado si yo hubiese tenido ese dinero reservado para algún asunto urgente, y —perdonad las mayúsculas— ME OFRECE UN CRÉDITO. Me siento insultado. Le informo de que acudiré a Consumo, al Banco de España y a mi abogado, y que ahora sí que voy a intentar no solo que me devuelvan lo que me han quitado de forma improcedente, sino que, si es posible, les apliquen todo lo que les tengan que aplicar y paguen, si les corresponde, su responsabilidad (cosa que no tenía pensado hacer si me solucionaban el problema). Me dice que le parece muy bien. Me levanto y me voy.

4. Llego a casa y encuentro en el buzón el correo electrónico que el empleado me había imprimido el martes. Estamos a 30 de mayo y el dinero había sido retirado el día 26.

Addendum

El impuesto que se me reclama es un impuesto, posterior a la firma de mi crédito hipotecario, a la existencia de avalistas —mis padres, en este caso— y que las administraciones autonómicas están reclamando. Según me he informado por otros medios, los bancos están realizando una liquidación complementaria por ese concepto antes de que se lo reclamen, para evitar pagar un recargo. Como he dicho antes, jamás me he negado a pagar impuestos, es más, los pago con muchísimo gusto. Pero dudo mucho que el banco pueda retirar dinero de mi cuenta sin mi autorización y sin siquiera notificarme.

El asunto de si me corresponde o no pagar un impuesto posterior a la operación crediticia no es lo que trato aquí. Si se me reclama un impuesto, primero lo pago, y luego ya miro si debía haberlo pagado o no, para protestar en su caso. De lo que se trata es de que no retiren dinero de mi cuenta sin mi permiso.

Os ruego que deis a este artículo toda la difusión que podáis. No creo que el banco rectifique si no se les obliga, pero esto puede poner alerta a gente que se encuentre en una situación parecida. Asimismo, si tenéis cuenta de Twitter, os ruego que retuiteéis si lo veis procedente los tuits que he escrito sobre el asunto. Muchas gracias a todos.

Las claves de la sorpresa

27 de May de 2014

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Pablo Iglesias Turrión, cabeza de lista de Podemos

Vistos en frío los resultados electorales del pasado veinticinco de mayo, en realidad, aparte de los números, las únicas sorpresas han sido el éxito de Podemos y el aumento —casi testimonial— de la participación, ya que casi todo lo demás era esperado. Quitando, como ya he dicho, los números: todos esperaban que PP y PSOE perdieran apoyos, aunque no tantos. También era previsible que las opciones soberanistas (el eufemismo ese, «consulta», que utilizan ellos mismos, queda un tanto ridículo a estas alturas) aumentaran sus apoyos en Cataluña, y que en esa comunidad se incrementara la participación: números. El aumento de apoyos a pequeños partidos ya conocidos (IU, UPyD, Ciutadans) también se veía venir.

La gran sorpresa, repito, ha sido el éxito de Podemos. Para algunas formaciones, como IU —inexplicablemente dolida, dado que ha triplicado su representación parlamentaria y sus votos— esto ha sido incomprensible y casi una traición, y se han apuntado al tic reaccionario, más propio de PP y PSOE, de pensar que los votos de determinados ciudadanos les pertenecen a ellos y no a los propios ciudadanos. En Twitter he leído a algunos simpatizantes y dirigentes de la coalición quejarse del arduo trabajo que ellos llevan años realizando, y de cómo una formación liderada por una cara conocida y formada hace menos de dos meses les ha quitado más de un millón de votos (la cursiva es mía, no he leído eso literalmente, pero lo he entendido y creo que es lo que se quería decir).

El error de Izquierda Unida aquí, muy típico de los políticos patrios, es haberse preguntado tras unas elecciones «¿Por qué se ha equivocado la gente?» en lugar de hacerse dos preguntas más inteligentes: «¿En qué me he equivocado yo?» y «¿En qué han acertado los otros?»

Y la clave de que la gente se haya subido al carro de Podemos es, a mi parecer, doble: por una parte, la gente ha dicho que está harta de los políticos de toda la vida. Legislatura tras legislatura hemos visto las mismas caras y, salvo el espejismo de los años de la burbuja, cada vez hemos sido más pobres y hemos tenido menos derechos. Año tras año nos han prometido todo y no nos han dado nada. Hay un porcentaje creciente de la población que, simplemente, ya no soporta ver las mismas caras de gente prometiendo, mintiendo y recortando. Y, aunque Izquierda Unida prácticamente nunca ha tenido oportunidad de demostrar su honradez (que, como al soldado primerizo el valor, hemos de suponerle), las caras de la coalición también son las mismas que forman parte del sistema que lleva años sangrando la teta del ciudadano para engordar la barriga del poderoso. Lo que me lleva a la segunda clave: los españoles, aleluya, no están hartos de la política, sino de los políticos de siempre. Es probable que la mayor parte de los nuevos votos a Izquierda Unida hayan venido de votantes del PSOE descontentos. IU y Podemos tienen programas similares; el hecho de que gran parte de los votantes se haya decantado por Podemos se debe, en mi opinión, a que el ciudadano, con razón o sin ella, relaciona las caras conocidas de la política con una forma de hacer política, la forma de siempre: la que ha llevado a su extremo Mariano Rajoy cuando declaró que cumplir las promesas le importaba un pimiento, que él iba a hacer lo que fuera necesario, aun cuando ello implicara hacer exactamente lo contrario de lo que había prometido (es decir, lo que está haciendo actualmente). Sin embargo, las caras de Podemos no son conocidas —como las de VOX o UPyD— por haber militado ya en otras formaciones. Lo que atrae es su virginidad. Parece que por fin el ciudadano ha entendido que las ideas (por lo general) no son malas: lo malo son los malos políticos. Una formación, y me refiero nuevamente a VOX y UPyD, que esté liderada por políticos que pasaron años representando a los partidos que nos han arruinado no convence, por mucho que haya que reconocerle a UPyD su aumento de escaños. Los de Podemos aún nos tienen que engañar, porque todavía no lo han hecho. Quizás nos reste algo de esperanza; si Podemos la traiciona, el golpe a la democracia podría ser fatal.

El aumento de la participación, por otro lado, no debe ser motivo de mucha euforia. La clave aquí está en Cataluña: en las anteriores elecciones (2009) se contabilizaron algo menos de dos millones de votos allí; en las de este año, los sufragios emitidos han superado los dos millones y medio. Algo más de medio millón de votos, de un total de emitidos en todo el país de unos dieciséis millones, dan para cambiar una tendencia. Sin embargo, y dadas las preferencias de los votos catalanes, esto tiene indudablemente más que ver con el ansia de la consulta —legítima—, creada de forma artificial por los políticos catalanes y alimentada por el torpe trato y nulo entendimiento de aquella comunidad mostrados por el anterior gobierno de Rodríguez Zapatero y por Mariano Rajoy, tanto en la oposición como en el gobierno actual, que por deseos de cambio del electorado catalán.

En cuanto al PSOE, esto no ha sido más que otro capítulo de la vieja historia en que la madre le dice al niño que se va a caer, y el niño sigue sin hacer caso, y la madre se lo dice mil veces y al final el niño se cae. El electorado lleva años dando muestras al PSOE de que estaba harto de su giro derechista: de que, para votar a la copia, antes votaban al original o se abstenían. La puntilla fue cuando los dos partidos grandes reformaron la Constitución a espaldas del pueblo por orden de los mercados. Pero en el fondo está el mismo asunto del que hablaba al principio: llevamos décadas viéndole la cara a Rubalcaba. No paran de hablar de renovación, y las caras que se postulan son las que también llevamos viendo años o décadas: Madina, Chacón. No ilusionan a nadie, no cambian el discurso. Su maquinaria está anquilosada, y detrás del cadáver político de Rubalcaba no hay más que buitres esperando alimentarse de él, y conocemos las caras de los buitres. Creo que una de las claves de que un incompetente como Rodríguez Zapatero llegase a ilusionar tanto fue que era prácticamente un desconocido para la gente (debido, entre otras cosas, a que pasó años en el Parlamento español sin hacer una sola pregunta ni realizar una intervención). Así pudo ilusionar. Las nuevas caras del PSOE son la vieja guardia de siempre. Ignoro hasta qué punto han de hundirse para darse cuenta; en cualquier caso, me preocupa poco.

Pero, quizás, la clave de estas elecciones está en el mensaje rotundo que los españoles han dado a la clase política, y que se resume en escasas palabras: Estamos hartos de lo de siempre.

Amar la literatura (I). Lecturas obligatorias. Gominolas

7 de May de 2014

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Una atípica pero excelente antología.

Esta mañana mi queridísima jefa, Silvia, me ha enseñado un recorte de periódico donde aparecía el obituario del poeta Demetrio Castro Villacañas, muerto el pasado 3 de abril a los noventa y muchos años. Al final del texto aparece un soneto que el conquense dedicó a su primera mujer cuando esta falleció, y que a continuación reproduzco.

Está lloviendo. El agua es como un manto
que abriga los cipreses y las losas.
Húmedas de la lluvia están las rosas
que mi dolor esparce por el canto

que dice nombre y fecha. ¡Tengo tanto
que hablarte siempre! ¡Y tengo tantas cosas
que decirte de nuevo…! Silenciosas,
se me hunden las palabras en el llanto…

Sigue lloviendo suave y mansamente.
Yo estoy aquí, de pie, junto a la nada,
pensando en ti, pensando nuevamente

que hay que seguir; que nunca está acabada
la razón de vivir; que es mi simiente
media vida que tengo aquí, enterrada.

Al igual que mi jefa, yo me he emocionado al leerlo. Minutos más tarde, me encontraba yo delante de una veintena de alumnos de 2.º de la ESO (entre trece y dieciséis años) escribiendo los primeros versos de la nana que Miguel Hernández escribió para su hijo cuando, mientras él estaba en la cárcel por haber colaborado con la causa republicana durante la Guerra Civil, ella le comunicó que, por ser la mujer de un traidor, y estando el país como estaba, famélico, no tenían casi nada para comer; nadie les ayudaba, y lo único que podía comer eran cebollas. Hernández imaginó al niño mamando de la teta y sacando únicamente el fruto de las cebollas, y comenzó a escribir algunos de los mejores versos en nuestro idioma:

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Sangre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Después de medir los versos, intenté explicárselos: primero el contexto histórico y social, y a continuación los recursos estilísticos. Las metáforas que identifican las cebollas con la escarcha, la sangre con el hielo, la hipérbole de traer la luna, etc. Para mi sorpresa, casi todos los alumnos entendían el mensaje a la perfección y lo captaban rápidamente, pero seguían mirándome con los ojos vacíos, apuntando —algunos— las cosas que yo iba diciendo. Entendían el poema plenamente, pero no estaban emocionados. La poesía había fracasado, y yo estaba ahí hablando como quien habla de cómo se cambia el fondo de pantalla de un sistema operativo, o del déficit tarifario (sea este lo que quiera ser).

Puedes obligar a una persona a que consuma literatura, e incluso puedes obligarla a que la comprenda, pero jamás podrás obligarla a que la aprecie.

Un estudio revela que los españoles de 14 a 24 años son los que más leen. A medida que uno va saliendo de la veintena, y más allá, se lee menos. No tengo datos que lo confirmen, pero tengo una fuerte sospecha: los que se encuentran en esa franja de edad leen más porque están obligados. Obligados por sus profesores de Secundaria y universitarios. Una vez acabados los estudios, y gracias a las lecturas obligatorias, lo que se consigue es que huyan de la literatura como de la peste.

Yo creo que esto es como las gominolas. A mí me pueden gustar las gominolas, y por ello me gustaría que a mis hijos también les gustaran. Podría darles gominolas todos los días. Podría dejarlas por ahí y ofrecérselas. O también podría olbigarlos a comer gominolas todos los días, les apetezcan o no. No sé, a mí me encantan las gominolas, pero creo que si, desde pequeño, obligase a un hijo mío a comer gominolas a diario durante su vida, en cuanto cumpliese dieciocho años escaparía de casa y no se acercaría ni por casualidad a una tienda de chucherías (y yo me sentiría desgraciado).

Puede que, con el tiempo, descubriese que, aunque no le gusten las gominolas, hay otro tipo de artículos dulces con los que sí disfruta, pero también es posible que se alejase para siempre de todo lo que contenga un atisbo de dulzura, por si acaso.

Y así es como veo las lecturas obligatorias. Son una vacuna contra los libros (1, 2 y 3). En todos los departamentos de Lengua y Literatura de los que he formado parte ha existido un catálogo de lecturas literarias que los alumnos no solo deben leer, sino además demostrar que han leído mediante un examen o un trabajo. Es decir, no solo se somete a los alumnos a la tortura de leer algo por la razón de que las generaciones anteriores a la suya lo consideramos imprescindible, sino que además —y esto ya parece recochineo— tienen que revivirlo en un examen donde se juegan la nota.

¿Os imagináis que quisiéramos que a nuestros alumnos les gustasen The Beatles? Puede sustituirse el grupo de Liverpool por cualquier otro, o por cualquier otro músico, como Vivaldi o B. B. King. ¿Os imagináis que les obligamos a escuchar el Abbey Road de pe a pa, y que luego les hacemos una prueba para que demuestren que lo han escuchado? ¿Creéis que, los que lo escuchasen, estarían pensando en disfrutar, o más bien angustiados por si no entienden lo que han de entender y fallan en el posterior examen? ¿Creéis que volverán a escuchar a The Beatles cuando deje de ser obligatorio? ¿Cuántos se apartarían definitivamente de la música, eso que los adultos les hemos dicho que por narices les tiene que gustar, y que les hemos obligado a tragar con la nariz tapada?

Y, con todo, la mayor tragedia no es que no nos hagan caso: la mayor tragedia es que, gracias a nosotros, nunca sentirán lo que nosotros.

I

Seis años ya que el alma de mi alma
en la triste postrera despedida
me dijo su adiós tierno.
¿Por qué, infiel corazón, lates en calma?
¿Por qué, cuando es eterna la partida,
no es el dolor eterno?

II

Y eterno es mi dolor, que aún el agudo
dardo yo siento en la cerrada llaga
cuando una voz la nombra.
No está muerto mi duelo, aunque está mudo.
Secos al llanto, por mis ojos vaga
siempre una triste sombra.

III

Cuando el invierno pálido se aleja
y primavera con las frescas galas
orna el árido suelo,
cual mariposa que la cárcel deja,
su alma entreabrió las transparentes alas
para volar al cielo.

(Vicente Wenceslao Querol, A la memoria de mi hermana Adela)

SMS

20 de March de 2014

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Fuente de la imagen

Esta mañana me han preguntado qué opino sobre esto: la forma que tienen los jóvenes —y no tan jóvenes; gente de mi edad me escribe mensajes así— de escribir en sus mensajes cortos, o, ahora, sobre todo en Whatsapp.

Pero, para saber lo que opino, antes tengo que pedantear un poco.

La codificación

Todo esto tiene que ver con la codificación, que intentaré explicar de forma breve y sencilla, empezando por lo simple.

Un signo es un elemento que se encuentra en lugar de otro elemento concreto, y que, al percibirlo, nosotros asociamos con lo segundo. Un ejemplo: si oímos un sonido de cristales rotos, nosotros no solamente oímos el ruido, sino que entendemos que se ha roto algún objeto de vidrio en el lugar del que procede el sonido.

Hay tres tipos de signos, dependiendo de su relación con el elemento al que representan:

  • Iconos:

    Se parecen al elemento al que sustituyen. El parecido puede ser muy fidedigno (una fotografía, o la grabación de una voz en un aparato grabador de audio) o menos (el muñequito que indica que una puerta da al servicio de señoras). En la vida moderna estamos muy familiarizados con los iconos gracias a la informática.

  • Indicios o índices:

    No se parecen al elemento sustituido, pero guardan alguna relación natural y necesaria. Por ejemplo, la fiebre es síntoma de enfermedad; el humo, indicio de fuego; la presencia de huellas dactilares en un vaso indica que el dueño de esas huellas lo ha cogido, etc.

  • Símbolos:

    La relación que tiene este signo con lo que representa es convencional: ni se parece a lo representado, ni guarda ninguna relación necesaria con ello. El signo representa lo representado únicamente por un acuerdo —convención— entre personas. Ejemplos paradigmáticos son la mayoría de las banderas, la paloma blanca como símbolo de la paz o las luces del semáforo. Los seres humanos son realmente competentes cuando se trata de comunicarse mediante símbolos: todas las palabras lo son. Por ello los idiomas son tan distintos: si la palabra «perro» guardase alguna relación con su significado, sería difícil explicar por qué en inglés es «dog», en alemán «hund» y en catalán «gos».

    (En realidad, en muchísimos idiomas, como el castellano, el origen de la palabra que designa a nuestros peludos amigos es un misterio.)

    Para que el símbolo funcione, es necesario aprenderlo. Uno puede intuir que hay fuego si ve humo, o que un monigote representa una persona, pero nadie puede adivinar qué significa una palabra en un idioma extraño sin aprenderla antes.

    Posiblemente muchos símbolos fueron en su origen índices o iconos (por ejemplo, las onomatopeyas son iconos en su origen, a pesar de ser distintas en cada idioma), pero el devenir del tiempo y de la estructura de los signos hace que frecuentemente se pierda su origen icónico.

Un código es un sistema de signos, es decir: un conjunto de signos más unas reglas que rigen su combinación. Las palabras del castellano, por ejemplo, son signos. La norma que dice que a un sustantivo femenino le corresponde un adjetivo femenino es una regla. Yo suelo explicar en clase los códigos mediante el juego del ajedrez: hay distintos tipos de piezas —igual que hay varias clases de palabras— y hay unas reglas para moverlas. Mover las piezas sin atender a las normas del ajedrez no es jugar al ajedrez, igual que aprenderse de memoria un diccionario de griego sin conocer su gramática no equivale a saber griego.

Todas las lenguas son códigos, pero, aparte de las lenguas, hay muchos códigos más: códigos de relaciones sociales, protocolos a la hora de sentarse a comer, el código de circulación, el lenguaje de las flores cuando se regalan, el famoso código de los abanicos, etc.

Cuando hablamos, estamos codificando significados. No la realidad: una palabra equivale a un significado, no a un objeto. La palabra «árbol» no se encuentra en lugar del árbol, sino de un significado convencional en nuestra mente, que en una situación de comunicación concreta puede representar un árbol que tengamos delante, uno que vimos en nuestra infancia, uno que hayamos visto en una película u otro que no haya existido nunca. Si os interesa el tema de la significación y la referencia os remito al conocidísimo triángulo de la significación de Ogden y Richards.

Escribir es simbolizar sonidos con dibujos. Eso en la escritura moderna occidental, porque no siempre ha sido así. En un principio, los jeroglíficos egipcios eran icónicos —representaban lo correspondiente a su dibujo—, aunque pronto se vio que ese sistema era pésimo en términos de economía lingüística, y los jeroglíficos empezaron a representar sílabas o modificaciones en otros signos (después de otros pasos intermedios).

El siguiente paso de la codificación escrita lo constituyeron los «alfabetos» consonánticos, y entrecomillo la palabra alfabetos porque en realidad no representan todos los sonidos, sino solamente las consonantes o a lo sumo las consonantes y algunas vocales. Ejemplos de este tipo de alfabeto son el árabe o alifato y el hebreo. La evolución última, al menos por el momento, la constituyen los alfabetos que transcriben tanto los sonidos vocálicos como los consonánticos, como en el caso del alfabeto griego o del latino, que es el que estáis leyendo ahora mismo. Con ellos es posible no solamente transcribir los fonemas, sino otros elementos de la expresión, como el acento, la entonación y las pausas. Aun así, no existe alfabeto en la actualidad capaz de captar todos los matices de la lengua oral. Es por esto que a menudo es necesario explicar, por ejemplo, las ironías cuando enviamos mensajes de teléfono, y también es por esto que leer los comentarios agresivos en determinados foros de internet es tan divertido.

No debe extrañarnos esta incapacidad de la lengua escrita para expresar matices del lenguaje: se piensa que es posible que una mutación genética en nuestros antepasados hace 100.000 años haya sido la causante de que hoy nos expresemos con símbolos orales. Los cambios fisiológicos y neurológicos necesarios para que nuestra especie haya desarrollado esta forma de comunicación dan para un artículo muy largo, y además no es el objeto de este. Baste decir que, en comparación, los restos más antiguos conservados de escritura tienen apenas 6.000 años, es decir, que si el hombre hubiese empezado a hablar hace cien años, habría inventado la escritura hace solamente seis. Para decir esto debemos asumir que los restos más antiguos de escritura conservados son realmente los más antiguos; pero, todo hay que decirlo, también supone asumir que la lengua oral no tiene más edad de la que le suponemos.

Vamos al meollo. Lo que hace la gente cuando escribe tq o xq en lugar de te quiero o por qué es simplificar el código. Casi ningún código es autosuficiente, todos cuentan con ciertas ayudas que auxilian al receptor cuando debe entender lo que se le quiere decir. El caso más sencillo es una conversación oral frente a frente. Para suplir las carencias de nuestro código —que las tiene, a pesar de que las lenguas naturales son increíblemente efectivas para comunicarse en la mayoría de las situaciones— echamos mano de gestos, movimientos, la posición del cuerpo, distintos volúmenes y entonaciones de voz, etc. En un chat de internet es frecuente que recurramos a los llamados emoticonos. Lo importante, en una situación de comunicación, es que el mensaje sea recibido y descodificado por el receptor de la manera más perfecta posible y con un gasto mínimo de energía. Esto es muy matizable, y se podría escribir sobre ello otro artículo, pero para el tema que tratamos nos vale esta explicación (hay fórmulas no muy económicas que ayudan a cuestiones distintas de la de la mera recepción-descodificación, como las formas de cortesía, «por favor», «gracias» y otras, que ayudan a conseguir no solamente el entendimiento de quien nos oye, sino su colaboración).

Si una adolescente le escribe al que cree que será el amor de su vida y padre de sus hijos «tq muxo mi xulo. q as exo oi?» y el adolescente, después de leer los mensajes de las otras tres a las que se está intentando beneficiar, lee el de la chica y lo entiende, el código habrá cumplido su cometido a la perfección. Si hay alguna palabra que no entienda, puede preguntar. Esto puede verse como una falta de eficiencia en el código, pero en realidad no lo es, si en la mayoría de los casos el ahorro de caracteres es superior. Una de las características del lenguaje, cuando se le deja libre, es que siempre va aprendiendo a decir lo mismo con menor gasto de energía. Se sabe que puede compararse la edad de dos lenguas midiendo la media silábica de sus palabras: si las palabras son más cortas, el idioma es más antiguo. Por eso el latín SARTAGINEM ha dado el castellano «sartén», sin ir más lejos. Como sistema de codificación de falsos mensajes de amor entre adolescentes y ya no tan adolescentes, el llamado lenguaje SMS es, pues, perfecto.

Pero a mucha gente preocupa que esto pueda hacer que las personas ignoren y, por tanto, respeten cada vez menos las normas ortográficas. Aquí, a falta de haber realizado —o leído— ningún estudio al respecto, solo puedo hablar de mi experiencia docente durante diez años. Y esta experiencia me dice que la codificación de los SMS no tiene nada que ver con las faltas ortográficas. Es cierto que la ortografía de los adolescentes españoles actuales deja mucho que desear, pero es muy raro, casi anecdótico, el caso en que veo que la falta se asemeje a la escritura mínima usada en Whatsapp. Los adolescentes no cometen faltas ortográficas porque escriban como escriben sus mensajes cortos. Desconocen la norma, pero no suelen intentar sustituirla por la escritura móvil. Este tipo de escritura mínima tiene su porqué en la necesidad de inmediatez en la comunicación, en el ahorro de tiempo y energía —es decir, cumple una función propia del lenguaje, e incluso propia de todos los seres vivos y casi cada una de sus actividades mientras están vivos—, y, al principio, cuando se escribían SMS, en el coste de cada mensaje, que hacía necesario incluir la mayor cantidad posible de información en el número más pequeño de caracteres. En esto, los adolescentes demostraron ser unos auténticos genios de la codificación, que podrían haber sido fichados por los creadores de WinRar.

Porque lo que hacen en sus mensajes es comprimir. Enfadarnos porque los adolescentes se coman letras en sus mensajes es como enfadarnos con un programa compresor de archivos porque el archivo que nos llega tiene un tamaño inferior al de los archivos comprimidos. Si, una vez descomprimido, el archivo está intacto, ¿cuál es el problema? Pues lo mismo pasa con el lenguaje: lo importante es que al descomprimir —esto es, al descodificar— el significado esté completo y sea entendido. Mientras esto pase, no hay motivo de preocupación.

La poca observancia de las normas ortográficas tiene, en mi opinión, otros orígenes: la escasez de lectura, el desprecio general por la educación, la desidia —ay— de muchos profesores, la falta de profesionalidad de muchos profesionales del lenguaje (da miedo abrir un periódico o leer el rótulo de una noticia en el telediario), etc. Pero, ¿los SMS y los mensajes de Whatsapp? En mi opinión son admirables.

Nota: este artículo está deliberadamente lleno de vaguedades, cientos de puntos sin matizar y puede que alguna imprecisión, pero está hecho así aposta para lograr el objeto de su argumentación. Pretendía aportar mi opinión, y para ello era innecesario pasar horas revisando manuales y teorías. Lo dicho, no obstante, ha pretendido ser riguroso, aunque no detallado, pero los lectores que encuentren algún error son libres de hacerlo saltar en los comentarios, y serán debidamente tenidos en cuenta.

Coltan

28 de February de 2014

Esta mañana he grabado, desde la ventana de mi casa, este vídeo (eran alrededor de las 6.15 de la madrugada):

Coltan

Todos queremos teléfonos móviles nuevos cada seis meses.

Casi todas las reservas de coltan (mineral imprescindible para su fabricación, que se encuentra en cantidades finitas y no es renovable) se encuentran en el África subsahariana.

Al igual que los diamantes, el oro o el gas, lo compramos a precio irrisorio, para que nuestros teléfonos sean baratos. Para ello no nos importa que varios millones de personas vivan en un régimen de pura esclavitud en pleno siglo XXI. Si cobraran un salario medio digno (o algún salario, en cualquier caso), tu teléfono costaría de cuatro mil euros para arriba, calculo yo. Para que te cueste lo que te cuesta es necesario que la mano de obra sea esclava.

Esta situación, lógicamente, exige un control férreo por parte de los regímenes de los países exportadores para que los esclavos no se quejen, y provoca interminables guerras por el control de los recursos. Se calcula que la guerra del coltan ha causado unos cinco millones y medio de muertos (la más cruenta desde la Segunda Guerra Mundial).

La República Democrática del Congo y Ruanda son los principales escenarios de esta masacre. España por cierto, vende armas a Ruanda.

Resumiendo, que les vendemos armas para que controlen a una población de esclavos que extrae mineral baratito para que nosotros tengamos iPhones.

Y para que desde esos iPhones nos quejemos en Facebook de los negros de mierda que entran aquí y digamos que no vamos a caber, que cuánto nos va a costar mantenerlos, etc.

Creedme, es mucho más barato que salten la valla doscientos y les demos de comer que propiciar una situación en la que sean trabajadores, no esclavos, y no sufran y mueran por nuestros teléfonos. El coste que pagamos por la tecnología (los inmigrantes y los gastos que acarrean) es una verdadera ganga.

A cada cual que le moleste lo que quiera, pero las cosas son así. Y he hablado principalmente del coltan, pero podríamos profundizar en temas de diamantes, oro, etc. y del expolio europeo y occidental en general en África.

Recomiendo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en el que se basa la película Apocalipsis Now de Coppola, para echar un pequeño vistazo a lo que Europa lleva siglos haciendo con esta gente.

«Lo cierto es que cada vez que se ha encontrado algo valioso en África, sus habitantes han sufrido y muerto por ello.»

(Diamante de sangre)

Ahora me cuadra

22 de January de 2014

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Imagen: Wikipedia

Llevo días —meses, en realidad— dando vueltas a una aparente contradicción. Y es la que sigue: la reforma de la Ley de interrupción del embarazo propuesta por el ministro Ruiz-Gallardón es un retroceso en muchos aspectos, no solo de los derechos de las mujeres, sino de toda la sociedad. Sigue siendo, como todas las leyes conservadoras que se hacen sobre el asunto, un contrasentido: no permite la interrupción libre del embarazo, ni siquiera en las primeras semanas de gestación. Sin embargo, sí, durante un breve plazo, si el embarazo es fruto de una agresión sexual. De ello se deduce una perversa conclusión: no se puede detener la gestación de un feto, dado que es un ser humano… pero sí si es fruto de una violación. Entonces, ¿si ha habido una violación el feto no es un ser humano, pero si es un love child sí? O, si los dos son seres humanos, ¿justifica la reforma el asesinato de un feto si el padre ha cometido un delito para el que —curiosamente— no se pide la pena de muerte?

En general esta reforma es vista como retrógrada, opinión que comparto. Pero algo me escamaba. Casi todo el mundo achaca este retroceso al catolicismo militante de la cúpula del Partido Popular. Sin embargo, algo no cuadra. ¿No es el matrimonio entre personas del mismo sexo tan contrario a la doctrina católica imperante como la interrupción libre del embarazo por parte de las mujeres?

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Natalie Portman y Mila Kunis en Cisne negro, de Darren Aronofsky

Sin embargo, prácticamente nadie del gobierno ha levantado la voz anunciando la derogación del llamado matrimonio homosexual, ni tan siquiera de su aspecto más polémico, que es la adopción por parte de parejas homosexuales. El asunto no está en la agenda, y eso que las manifestaciones, ya fueran personales —de miembros de la iglesia cristiana—, ya convocadas como protestas pretendidamente multitudinarias, en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, han sido sensiblemente más numerosas que las que se han opuesto a la reforma de las leyes de interrupción del embarazo llevadas a cabo por los gobiernos de Rodríguez Zapatero.

Creo que he dado con la clave. Si se reducen a la mínima expresión los supuestos en que una mujer puede interrumpir el embarazo, no se limita este derecho a las mujeres; solamente a las mujeres pobres. Las pudientes van a seguir abortando igual, aunque les cueste, ahora, un viaje a algún país con leyes más permisivas. Sin embargo, una derogación del matrimonio entre personas homosexuales afectaría por igual a los homosexuales pobres y ricos, de derechas o de izquierdas, puesto que aunque fuesen a otro país a casarse —dado que, después de España, muchos países imitaron nuestra ley, una de las pocas ocasiones en que he sentido algo parecido a orgullo de ser español—, al volver a nuestro país ese matrimonio no tendría efecto, y la pareja carecería de los derechos que nuestra legislación otorga a los matrimonios. Esta reforma no es fruto de una conspiración ultracatólica. Tampoco es un atentado contra las mujeres ni contra su libertad. Es, simplemente, seguir eliminando los derechos de los que menos tienen, dejando intactos o ampliando los de los millonarios. Nuestra Constitución no permite hacer leyes que solo dejen casarse a los homosexuales ricos. Pero sí leyes que, de facto, impiden abortar a las mujeres pobres, mientras que las acaudaladas sigan conservando ese derecho.

Ahora me cuadra.

Violencia de género y violencia en general

25 de November de 2013

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—Mamá, ¿qué es una ninfómana?
—Una mujer adicta al sexo.
—Vale, ¿y cómo se llama a los hombres que son adictos al sexo?
—Hombres.

Sospecho que la intención de este cómic no era esa, pero me sirve para ilustrar la idea de este artículo. Nuestro idioma tiene muchas palabras para insultar a las mujeres que se sienten y actúan libres sexualmente (puta, zorra, fresca, etc.); esto no tiene parangón para mi sexo, y cuando lo tiene, abandona gran parte de sus connotaciones negativas (no es lo mismo un fresco que una fresca, para entendernos, o al menos casi nadie repudia al segundo). Esto es un hecho¹.

Hoy se celebra el Día internacional contra la violencia machista (lo de violencia de género, sí, es una estupidez). En la calle y en las redes sociales encuentro el mismo discurso de siempre: «Yo estoy en contra de la violencia en general; no estoy específicamente en contra de la violencia hacia mujeres por parte de hombres más que en contra del resto de tipos de violencia.» Yo era de esos.

Hoy no. Pienso que decir eso es como decir «estoy en contra de la extinción de cualquier animal» si alguien te habla del peligro de extinción de los rinocerontes blancos. Entendedme, no comparo a las mujeres con animales, aunque pienso que lo son, igual que nosotros. Bueno, sé que me habéis entendido.

La existencia de palabras machistas refleja que vivimos en una sociedad machista. Mucho menos machista que hace veinte años, desde luego, pero mucho más que lo que debería ser —que es nada—. He conocido de cerca casos de machismo, incluso en personas que no se consideraban machistas. Negar la existencia de una violencia machista es negar que existe el machismo en una sociedad que, por lo demás, ya es bastante violenta.

Estoy en contra de toda violencia. ¿Podría ser de otra forma? Pero ¿existe algo llamado «violencia machista»? A mí, que soy un hombre adulto, me pueden atracar por la calle. Eso es violencia, y estoy en contra (incluso si le pasara a otro que no fuera yo). Sin embargo, hay un miedo que yo no tengo: el miedo a que mi pareja, si la tuviera, me cruce la cara o me amenace con hacerlo si tiene un mal día o si le molesta algo de lo que digo o hago. El miedo a que la sociedad, en general, e incluso parte de mi familia, acepte las amenazas y las agresiones como algo normal, o al menos como algo privado. No hay ninguna iglesia —y en eso tanto la católica como la islámica han dado vergonzosas muestras en los últimos años en este país— que me diga que tengo que aguantar algún que otro bofetón por ser un hombre. Ese tipo de violencia no se ejerce contra los hombres, pero contra las mujeres sí.

Decir que se está en contra de la violencia en general, pero no contra la violencia contra las mujeres es algo así como negar que existen los ataques racistas de los neonazis contra las minorías étnicas porque estoy en contra de la violencia en general. Sí, también estoy en contra de la violencia contra los «españoles europeos», o como queramos llamarnos. Pero no decir que se está específicamente contra la violencia racial es, de facto, negar que exista un problema racista. Y pienso que, del mismo modo, decir que no se está en contra de la violencia machista, sino en contra de toda violencia, es negar no solo que existe un problema de machismo en nuestro país y en nuestro mundo, sino también insultar a los millones de mujeres que lo padecen a lo largo y ancho del planeta.

Ojalá dentro de veinte años pueda leer esto y pensar: «Ya no hace falta.»

(1) No estoy de acuerdo, sin embargo, con muchos hombres y mujeres, algunos colegas míos, en que hay que cambiar el lenguaje para cambiar la sociedad; pienso que eso no puede pasar. No creo que ahora seamos menos machistas por decir compañeros y compañeras.

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