Ars longa, vita brevis

SMS

20 de March de 2014

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Esta mañana me han preguntado qué opino sobre esto: la forma que tienen los jóvenes —y no tan jóvenes; gente de mi edad me escribe mensajes así— de escribir en sus mensajes cortos, o, ahora, sobre todo en Whatsapp.

Pero, para saber lo que opino, antes tengo que pedantear un poco.

La codificación

Todo esto tiene que ver con la codificación, que intentaré explicar de forma breve y sencilla, empezando por lo simple.

Un signo es un elemento que se encuentra en lugar de otro elemento concreto, y que, al percibirlo, nosotros asociamos con lo segundo. Un ejemplo: si oímos un sonido de cristales rotos, nosotros no solamente oímos el ruido, sino que entendemos que se ha roto algún objeto de vidrio en el lugar del que procede el sonido.

Hay tres tipos de signos, dependiendo de su relación con el elemento al que representan:

  • Iconos:

    Se parecen al elemento al que sustituyen. El parecido puede ser muy fidedigno (una fotografía, o la grabación de una voz en un aparato grabador de audio) o menos (el muñequito que indica que una puerta da al servicio de señoras). En la vida moderna estamos muy familiarizados con los iconos gracias a la informática.

  • Indicios o índices:

    No se parecen al elemento sustituido, pero guardan alguna relación natural y necesaria. Por ejemplo, la fiebre es síntoma de enfermedad; el humo, indicio de fuego; la presencia de huellas dactilares en un vaso indica que el dueño de esas huellas lo ha cogido, etc.

  • Símbolos:

    La relación que tiene este signo con lo que representa es convencional: ni se parece a lo representado, ni guarda ninguna relación necesaria con ello. El signo representa lo representado únicamente por un acuerdo —convención— entre personas. Ejemplos paradigmáticos son la mayoría de las banderas, la paloma blanca como símbolo de la paz o las luces del semáforo. Los seres humanos son realmente competentes cuando se trata de comunicarse mediante símbolos: todas las palabras lo son. Por ello los idiomas son tan distintos: si la palabra «perro» guardase alguna relación con su significado, sería difícil explicar por qué en inglés es «dog», en alemán «hund» y en catalán «gos».

    (En realidad, en muchísimos idiomas, como el castellano, el origen de la palabra que designa a nuestros peludos amigos es un misterio.)

    Para que el símbolo funcione, es necesario aprenderlo. Uno puede intuir que hay fuego si ve humo, o que un monigote representa una persona, pero nadie puede adivinar qué significa una palabra en un idioma extraño sin aprenderla antes.

    Posiblemente muchos símbolos fueron en su origen índices o iconos (por ejemplo, las onomatopeyas son iconos en su origen, a pesar de ser distintas en cada idioma), pero el devenir del tiempo y de la estructura de los signos hace que frecuentemente se pierda su origen icónico.

Un código es un sistema de signos, es decir: un conjunto de signos más unas reglas que rigen su combinación. Las palabras del castellano, por ejemplo, son signos. La norma que dice que a un sustantivo femenino le corresponde un adjetivo femenino es una regla. Yo suelo explicar en clase los códigos mediante el juego del ajedrez: hay distintos tipos de piezas —igual que hay varias clases de palabras— y hay unas reglas para moverlas. Mover las piezas sin atender a las normas del ajedrez no es jugar al ajedrez, igual que aprenderse de memoria un diccionario de griego sin conocer su gramática no equivale a saber griego.

Todas las lenguas son códigos, pero, aparte de las lenguas, hay muchos códigos más: códigos de relaciones sociales, protocolos a la hora de sentarse a comer, el código de circulación, el lenguaje de las flores cuando se regalan, el famoso código de los abanicos, etc.

Cuando hablamos, estamos codificando significados. No la realidad: una palabra equivale a un significado, no a un objeto. La palabra «árbol» no se encuentra en lugar del árbol, sino de un significado convencional en nuestra mente, que en una situación de comunicación concreta puede representar un árbol que tengamos delante, uno que vimos en nuestra infancia, uno que hayamos visto en una película u otro que no haya existido nunca. Si os interesa el tema de la significación y la referencia os remito al conocidísimo triángulo de la significación de Ogden y Richards.

Escribir es simbolizar sonidos con dibujos. Eso en la escritura moderna occidental, porque no siempre ha sido así. En un principio, los jeroglíficos egipcios eran icónicos —representaban lo correspondiente a su dibujo—, aunque pronto se vio que ese sistema era pésimo en términos de economía lingüística, y los jeroglíficos empezaron a representar sílabas o modificaciones en otros signos (después de otros pasos intermedios).

El siguiente paso de la codificación escrita lo constituyeron los «alfabetos» consonánticos, y entrecomillo la palabra alfabetos porque en realidad no representan todos los sonidos, sino solamente las consonantes o a lo sumo las consonantes y algunas vocales. Ejemplos de este tipo de alfabeto son el árabe o alifato y el hebreo. La evolución última, al menos por el momento, la constituyen los alfabetos que transcriben tanto los sonidos vocálicos como los consonánticos, como en el caso del alfabeto griego o del latino, que es el que estáis leyendo ahora mismo. Con ellos es posible no solamente transcribir los fonemas, sino otros elementos de la expresión, como el acento, la entonación y las pausas. Aun así, no existe alfabeto en la actualidad capaz de captar todos los matices de la lengua oral. Es por esto que a menudo es necesario explicar, por ejemplo, las ironías cuando enviamos mensajes de teléfono, y también es por esto que leer los comentarios agresivos en determinados foros de internet es tan divertido.

No debe extrañarnos esta incapacidad de la lengua escrita para expresar matices del lenguaje: se piensa que es posible que una mutación genética en nuestros antepasados hace 100.000 años haya sido la causante de que hoy nos expresemos con símbolos orales. Los cambios fisiológicos y neurológicos necesarios para que nuestra especie haya desarrollado esta forma de comunicación dan para un artículo muy largo, y además no es el objeto de este. Baste decir que, en comparación, los restos más antiguos conservados de escritura tienen apenas 6.000 años, es decir, que si el hombre hubiese empezado a hablar hace cien años, habría inventado la escritura hace solamente seis. Para decir esto debemos asumir que los restos más antiguos de escritura conservados son realmente los más antiguos; pero, todo hay que decirlo, también supone asumir que la lengua oral no tiene más edad de la que le suponemos.

Vamos al meollo. Lo que hace la gente cuando escribe tq o xq en lugar de te quiero o por qué es simplificar el código. Casi ningún código es autosuficiente, todos cuentan con ciertas ayudas que auxilian al receptor cuando debe entender lo que se le quiere decir. El caso más sencillo es una conversación oral frente a frente. Para suplir las carencias de nuestro código —que las tiene, a pesar de que las lenguas naturales son increíblemente efectivas para comunicarse en la mayoría de las situaciones— echamos mano de gestos, movimientos, la posición del cuerpo, distintos volúmenes y entonaciones de voz, etc. En un chat de internet es frecuente que recurramos a los llamados emoticonos. Lo importante, en una situación de comunicación, es que el mensaje sea recibido y descodificado por el receptor de la manera más perfecta posible y con un gasto mínimo de energía. Esto es muy matizable, y se podría escribir sobre ello otro artículo, pero para el tema que tratamos nos vale esta explicación (hay fórmulas no muy económicas que ayudan a cuestiones distintas de la de la mera recepción-descodificación, como las formas de cortesía, «por favor», «gracias» y otras, que ayudan a conseguir no solamente el entendimiento de quien nos oye, sino su colaboración).

Si una adolescente le escribe al que cree que será el amor de su vida y padre de sus hijos «tq muxo mi xulo. q as exo oi?» y el adolescente, después de leer los mensajes de las otras tres a las que se está intentando beneficiar, lee el de la chica y lo entiende, el código habrá cumplido su cometido a la perfección. Si hay alguna palabra que no entienda, puede preguntar. Esto puede verse como una falta de eficiencia en el código, pero en realidad no lo es, si en la mayoría de los casos el ahorro de caracteres es superior. Una de las características del lenguaje, cuando se le deja libre, es que siempre va aprendiendo a decir lo mismo con menor gasto de energía. Se sabe que puede compararse la edad de dos lenguas midiendo la media silábica de sus palabras: si las palabras son más cortas, el idioma es más antiguo. Por eso el latín SARTAGINEM ha dado el castellano «sartén», sin ir más lejos. Como sistema de codificación de falsos mensajes de amor entre adolescentes y ya no tan adolescentes, el llamado lenguaje SMS es, pues, perfecto.

Pero a mucha gente preocupa que esto pueda hacer que las personas ignoren y, por tanto, respeten cada vez menos las normas ortográficas. Aquí, a falta de haber realizado —o leído— ningún estudio al respecto, solo puedo hablar de mi experiencia docente durante diez años. Y esta experiencia me dice que la codificación de los SMS no tiene nada que ver con las faltas ortográficas. Es cierto que la ortografía de los adolescentes españoles actuales deja mucho que desear, pero es muy raro, casi anecdótico, el caso en que veo que la falta se asemeje a la escritura mínima usada en Whatsapp. Los adolescentes no cometen faltas ortográficas porque escriban como escriben sus mensajes cortos. Desconocen la norma, pero no suelen intentar sustituirla por la escritura móvil. Este tipo de escritura mínima tiene su porqué en la necesidad de inmediatez en la comunicación, en el ahorro de tiempo y energía —es decir, cumple una función propia del lenguaje, e incluso propia de todos los seres vivos y casi cada una de sus actividades mientras están vivos—, y, al principio, cuando se escribían SMS, en el coste de cada mensaje, que hacía necesario incluir la mayor cantidad posible de información en el número más pequeño de caracteres. En esto, los adolescentes demostraron ser unos auténticos genios de la codificación, que podrían haber sido fichados por los creadores de WinRar.

Porque lo que hacen en sus mensajes es comprimir. Enfadarnos porque los adolescentes se coman letras en sus mensajes es como enfadarnos con un programa compresor de archivos porque el archivo que nos llega tiene un tamaño inferior al de los archivos comprimidos. Si, una vez descomprimido, el archivo está intacto, ¿cuál es el problema? Pues lo mismo pasa con el lenguaje: lo importante es que al descomprimir —esto es, al descodificar— el significado esté completo y sea entendido. Mientras esto pase, no hay motivo de preocupación.

La poca observancia de las normas ortográficas tiene, en mi opinión, otros orígenes: la escasez de lectura, el desprecio general por la educación, la desidia —ay— de muchos profesores, la falta de profesionalidad de muchos profesionales del lenguaje (da miedo abrir un periódico o leer el rótulo de una noticia en el telediario), etc. Pero, ¿los SMS y los mensajes de Whatsapp? En mi opinión son admirables.

Nota: este artículo está deliberadamente lleno de vaguedades, cientos de puntos sin matizar y puede que alguna imprecisión, pero está hecho así aposta para lograr el objeto de su argumentación. Pretendía aportar mi opinión, y para ello era innecesario pasar horas revisando manuales y teorías. Lo dicho, no obstante, ha pretendido ser riguroso, aunque no detallado, pero los lectores que encuentren algún error son libres de hacerlo saltar en los comentarios, y serán debidamente tenidos en cuenta.

Coltan

28 de February de 2014

Esta mañana he grabado, desde la ventana de mi casa, este vídeo (eran alrededor de las 6.15 de la madrugada):

Coltan

Todos queremos teléfonos móviles nuevos cada seis meses.

Casi todas las reservas de coltan (mineral imprescindible para su fabricación, que se encuentra en cantidades finitas y no es renovable) se encuentran en el África subsahariana.

Al igual que los diamantes, el oro o el gas, lo compramos a precio irrisorio, para que nuestros teléfonos sean baratos. Para ello no nos importa que varios millones de personas vivan en un régimen de pura esclavitud en pleno siglo XXI. Si cobraran un salario medio digno (o algún salario, en cualquier caso), tu teléfono costaría de cuatro mil euros para arriba, calculo yo. Para que te cueste lo que te cuesta es necesario que la mano de obra sea esclava.

Esta situación, lógicamente, exige un control férreo por parte de los regímenes de los países exportadores para que los esclavos no se quejen, y provoca interminables guerras por el control de los recursos. Se calcula que la guerra del coltan ha causado unos cinco millones y medio de muertos (la más cruenta desde la Segunda Guerra Mundial).

La República Democrática del Congo y Ruanda son los principales escenarios de esta masacre. España por cierto, vende armas a Ruanda.

Resumiendo, que les vendemos armas para que controlen a una población de esclavos que extrae mineral baratito para que nosotros tengamos iPhones.

Y para que desde esos iPhones nos quejemos en Facebook de los negros de mierda que entran aquí y digamos que no vamos a caber, que cuánto nos va a costar mantenerlos, etc.

Creedme, es mucho más barato que salten la valla doscientos y les demos de comer que propiciar una situación en la que sean trabajadores, no esclavos, y no sufran y mueran por nuestros teléfonos. El coste que pagamos por la tecnología (los inmigrantes y los gastos que acarrean) es una verdadera ganga.

A cada cual que le moleste lo que quiera, pero las cosas son así. Y he hablado principalmente del coltan, pero podríamos profundizar en temas de diamantes, oro, etc. y del expolio europeo y occidental en general en África.

Recomiendo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en el que se basa la película Apocalipsis Now de Coppola, para echar un pequeño vistazo a lo que Europa lleva siglos haciendo con esta gente.

«Lo cierto es que cada vez que se ha encontrado algo valioso en África, sus habitantes han sufrido y muerto por ello.»

(Diamante de sangre)

Ahora me cuadra

22 de January de 2014

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Imagen: Wikipedia

Llevo días —meses, en realidad— dando vueltas a una aparente contradicción. Y es la que sigue: la reforma de la Ley de interrupción del embarazo propuesta por el ministro Ruiz-Gallardón es un retroceso en muchos aspectos, no solo de los derechos de las mujeres, sino de toda la sociedad. Sigue siendo, como todas las leyes conservadoras que se hacen sobre el asunto, un contrasentido: no permite la interrupción libre del embarazo, ni siquiera en las primeras semanas de gestación. Sin embargo, sí, durante un breve plazo, si el embarazo es fruto de una agresión sexual. De ello se deduce una perversa conclusión: no se puede detener la gestación de un feto, dado que es un ser humano… pero sí si es fruto de una violación. Entonces, ¿si ha habido una violación el feto no es un ser humano, pero si es un love child sí? O, si los dos son seres humanos, ¿justifica la reforma el asesinato de un feto si el padre ha cometido un delito para el que —curiosamente— no se pide la pena de muerte?

En general esta reforma es vista como retrógrada, opinión que comparto. Pero algo me escamaba. Casi todo el mundo achaca este retroceso al catolicismo militante de la cúpula del Partido Popular. Sin embargo, algo no cuadra. ¿No es el matrimonio entre personas del mismo sexo tan contrario a la doctrina católica imperante como la interrupción libre del embarazo por parte de las mujeres?

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Natalie Portman y Mila Kunis en Cisne negro, de Darren Aronofsky

Sin embargo, prácticamente nadie del gobierno ha levantado la voz anunciando la derogación del llamado matrimonio homosexual, ni tan siquiera de su aspecto más polémico, que es la adopción por parte de parejas homosexuales. El asunto no está en la agenda, y eso que las manifestaciones, ya fueran personales —de miembros de la iglesia cristiana—, ya convocadas como protestas pretendidamente multitudinarias, en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, han sido sensiblemente más numerosas que las que se han opuesto a la reforma de las leyes de interrupción del embarazo llevadas a cabo por los gobiernos de Rodríguez Zapatero.

Creo que he dado con la clave. Si se reducen a la mínima expresión los supuestos en que una mujer puede interrumpir el embarazo, no se limita este derecho a las mujeres; solamente a las mujeres pobres. Las pudientes van a seguir abortando igual, aunque les cueste, ahora, un viaje a algún país con leyes más permisivas. Sin embargo, una derogación del matrimonio entre personas homosexuales afectaría por igual a los homosexuales pobres y ricos, de derechas o de izquierdas, puesto que aunque fuesen a otro país a casarse —dado que, después de España, muchos países imitaron nuestra ley, una de las pocas ocasiones en que he sentido algo parecido a orgullo de ser español—, al volver a nuestro país ese matrimonio no tendría efecto, y la pareja carecería de los derechos que nuestra legislación otorga a los matrimonios. Esta reforma no es fruto de una conspiración ultracatólica. Tampoco es un atentado contra las mujeres ni contra su libertad. Es, simplemente, seguir eliminando los derechos de los que menos tienen, dejando intactos o ampliando los de los millonarios. Nuestra Constitución no permite hacer leyes que solo dejen casarse a los homosexuales ricos. Pero sí leyes que, de facto, impiden abortar a las mujeres pobres, mientras que las acaudaladas sigan conservando ese derecho.

Ahora me cuadra.

Violencia de género y violencia en general

25 de November de 2013

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—Mamá, ¿qué es una ninfómana?
—Una mujer adicta al sexo.
—Vale, ¿y cómo se llama a los hombres que son adictos al sexo?
—Hombres.

Sospecho que la intención de este cómic no era esa, pero me sirve para ilustrar la idea de este artículo. Nuestro idioma tiene muchas palabras para insultar a las mujeres que se sienten y actúan libres sexualmente (puta, zorra, fresca, etc.); esto no tiene parangón para mi sexo, y cuando lo tiene, abandona gran parte de sus connotaciones negativas (no es lo mismo un fresco que una fresca, para entendernos, o al menos casi nadie repudia al segundo). Esto es un hecho¹.

Hoy se celebra el Día internacional contra la violencia machista (lo de violencia de género, sí, es una estupidez). En la calle y en las redes sociales encuentro el mismo discurso de siempre: «Yo estoy en contra de la violencia en general; no estoy específicamente en contra de la violencia hacia mujeres por parte de hombres más que en contra del resto de tipos de violencia.» Yo era de esos.

Hoy no. Pienso que decir eso es como decir «estoy en contra de la extinción de cualquier animal» si alguien te habla del peligro de extinción de los rinocerontes blancos. Entendedme, no comparo a las mujeres con animales, aunque pienso que lo son, igual que nosotros. Bueno, sé que me habéis entendido.

La existencia de palabras machistas refleja que vivimos en una sociedad machista. Mucho menos machista que hace veinte años, desde luego, pero mucho más que lo que debería ser —que es nada—. He conocido de cerca casos de machismo, incluso en personas que no se consideraban machistas. Negar la existencia de una violencia machista es negar que existe el machismo en una sociedad que, por lo demás, ya es bastante violenta.

Estoy en contra de toda violencia. ¿Podría ser de otra forma? Pero ¿existe algo llamado «violencia machista»? A mí, que soy un hombre adulto, me pueden atracar por la calle. Eso es violencia, y estoy en contra (incluso si le pasara a otro que no fuera yo). Sin embargo, hay un miedo que yo no tengo: el miedo a que mi pareja, si la tuviera, me cruce la cara o me amenace con hacerlo si tiene un mal día o si le molesta algo de lo que digo o hago. El miedo a que la sociedad, en general, e incluso parte de mi familia, acepte las amenazas y las agresiones como algo normal, o al menos como algo privado. No hay ninguna iglesia —y en eso tanto la católica como la islámica han dado vergonzosas muestras en los últimos años en este país— que me diga que tengo que aguantar algún que otro bofetón por ser un hombre. Ese tipo de violencia no se ejerce contra los hombres, pero contra las mujeres sí.

Decir que se está en contra de la violencia en general, pero no contra la violencia contra las mujeres es algo así como negar que existen los ataques racistas de los neonazis contra las minorías étnicas porque estoy en contra de la violencia en general. Sí, también estoy en contra de la violencia contra los «españoles europeos», o como queramos llamarnos. Pero no decir que se está específicamente contra la violencia racial es, de facto, negar que exista un problema racista. Y pienso que, del mismo modo, decir que no se está en contra de la violencia machista, sino en contra de toda violencia, es negar no solo que existe un problema de machismo en nuestro país y en nuestro mundo, sino también insultar a los millones de mujeres que lo padecen a lo largo y ancho del planeta.

Ojalá dentro de veinte años pueda leer esto y pensar: «Ya no hace falta.»

(1) No estoy de acuerdo, sin embargo, con muchos hombres y mujeres, algunos colegas míos, en que hay que cambiar el lenguaje para cambiar la sociedad; pienso que eso no puede pasar. No creo que ahora seamos menos machistas por decir compañeros y compañeras.

Qué hacen los profesores

20 de November de 2013

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Taylor Mali (web oficial) es un poeta estadounidense de un nuevo movimiento, o algo así, llamado «poesía slam», que desarrolla su actividad en una especie de concurso del estilo de las batallas de gallos del rap. También se dedicó durante años a la docencia, y escribió un poema dedicado a la gente que critica al profesorado en general, a los fundamentos de ser profesor, a la vocación y a todo lo que esta profesión pueda tener. Aquí tenéis el poema original (What Teachers Make) en inglés. Los chicos de Zen Pencils dibujaron para este poema un bonito cómic, y yo os presento mi chapucera y más o menos libre traducción como homenaje a todos los que sufrimos y disfrutamos de este negocio.

(Nota: El original make se puede traducir más literalmente como «fabricar», «crear» o incluso como «construir» que como «hacer», pero creo que en este contexto el último verbo era el más apropiado)

Lo que hacen los profesores

Dice que el problema de los profesores es este:
¿Qué puede aprender un niño
de alguien que decidió que su mejor opción en la vida
era hacerse profesor?

Recuerda al resto de los invitados de la cena que es cierto
lo que dicen de los profesores:
El que sabe, sabe; el que no, enseña.
Decido morderme la lengua en lugar de morderle la suya
y resistir la tentación de recordar a los invitados de la cena
que puede decirse lo mismo de los abogados.
Porque después de todo estamos comiendo, y esta es una conversación civilizada.

Por ejemplo, Taylor, tú eres profesor.
Sé honesto. ¿Tú qué es lo que haces?

Y desearía que no hubiese hecho eso —pedirme que fuera honesto—
porque, sabes, yo tengo esta norma sobre la honestidad y patear culos:
si tú lo pides, te lo voy a dar.
¿Quieres saber lo que hago?
Hago que los chicos trabajen más duro de lo que pensaban que podían.
Hago que un aprobado parezca una Medalla al Honor
y que un sobresaliente bajo siente como una bofetada.
¿Cómo te atreves a desperdiciar mi tiempo
dándome algo menos que lo mejor que puedes dar?

Hago que los chicos se sienten durante cuarenta minutos de estudio
en absoluto silencio. No, no podéis trabajar en grupo.
No, no puedes hacerme una pregunta.
¿Que por qué no te permito ir al baño?
Porque estás aburrida.
Y en realidad no quieres ir al baño, ¿verdad?

Hago que los padres tiemblen de terror cuando los llamo a casa:
Hola. Soy el señor Mali. Espero no llamar en mal momento,
quería hablarle de algo que su hijo ha dicho hoy.
Al matón más grande del instituto, su hijo le ha dicho:
«Deja a ese niño en paz. Yo también lloro a veces, ¿tú no?
No es nada importante.»
Y ese es el acto de coraje más noble que he visto en mi vida.

Hago que los padres vean qué son realmente sus hijos
y qué pueden llegar a ser.

¿Quieres saber lo que hago? Hago que los críos se pregunten a sí mismos,
que hagan preguntas a los demás.
Que sean críticos.
Les hago que pidan disculpas y que lo sientan de verdad.
Les hago escribir.
Les hago leer, leer, leer.
Les hago deletrar definitivamente hermoso, definitivamente hermoso, definitivamente hermoso
una y otra vez y otra más hasta que ya nunca vuelven a escribir mal
ninguna de esas palabras en sus vidas.
Hago que enseñen todos sus cálculos en Matemáticas
y que oculten sus borradores en los trabajos finales de Lengua.
Les hago entender que si tienes inteligencia
vas a seguir al corazón
y que si alguien intenta alguna vez juzgarte por lo que haces,
le enseñes el dedo corazón.

Mira, déjame que te lo explique más claramente, para que sepas que lo que digo es verdad:
lo que hacen los profesores es cambiar las cosas. ¿Qué es lo que haces tú?

Groupies

14 de August de 2013

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Imagen: Wikipedia.

La Wikipedia en inglés define groupie como (traduzco improvisadamente) «un tipo particular de admiradora que se supone más interesada en relaciones personales con las estrellas del rock que en su música. Una groupie es considerada una fan devota de una banda o un intérprete musical».

Las groupies suelen abundar más en músicos —y no voy a nombrar ninguno— prefabricados, de estos que los productores musicales reúnen entre los púberes más guapetes de un gimnasio de barrio y les enseñan a cantar y bailar, o los salidos de los estúpidos concursos televisivos, que de músicos más respetados. Dada la motivación y, por lo que puede inferirse, escaso gusto musical y edad de las groupies, es lógico que muestren su amor irracional al guapete de turno cuyos estribillos los ha compuesto un ordenador siguiendo la moda que del músico vocacional con arriesgadas y originales notas que, además, no suele ser demasiado guapo.

A la groupie le da igual que le demuestres que el estribillo que le está vendiendo su ídolo ya se lo vendieron hace cinco años a su hermana mayor, o que le volverán a vender el mismo, con la imagen adaptada a la estética imperante, dentro de cinco años a su hermana pequeña. La música le importa más bien poco (aunque no dudo que le guste). Lo que siente es idolatría, más que melomanía. Nada tengo en contra de ello.

Que las grandes productoras musicales decidan hacer de un niño mono un millonario ídolo de masas ha pasado al menos desde los inicios del rock, aunque es cierto que cada vez la balanza se inclina más a la monería y menos a la música. Pero bueno; dudo que haya muerto mucha gente que no lo mereciera por el fenómeno groupie.

Claro, el problema viene cuando el amor irracional e incondicional se dirige no a quien después de todo solo te hace gastar veinte euros en un disco o cincuenta en unas entradas para un concierto, sino a quien está en la cúpula de los que están dirigiendo un país.

Aquí vemos a unos jóvenes de Nuevas Generaciones (los «cachorros» del Partido Popular) que han acudido esta mañana a la puerta de la Audiencia Nacional a jalear a María Dolores de Cospedal, que iba a declarar como testigo en el archiconocido caso de la corrupción dentro del seno del partido que gobierna los destinos de esta nación. En ese momento había también un grupo de afectados por la estafa de las participaciones preferentes, que habían ido a afear a la política que el poder no haya hecho nada en el pasado, ni lo esté haciendo ahora, por deshacer la estafa, compensar e indemnizar a los afectados y ya de paso (iluso que he sido siempre) meter en chirona por unos cuantos años a los responsables.

Según se ve en el vídeo, después, probablemente, del cruce de palabras gruesas entre ambos grupos, un anciano estafado amaga con una especie de bastón con agredir al grupo de fans de Cospedal, mientras un policía lo impide y los cachorros populares se burlan de él. A estas alturas ya casi todo el mundo habrá visto el vídeo, así que no es eso lo que quiero comentar aquí.

Lo que más me preocupa es que dentro de la política, en este país, haya habido y siga habiendo groupies, especialmente en los dos partidos que conforman el siniestro bipartidismo que está arrojando a España al desastre. Les dan igual los EREs, el caso Gürtel, los recortes, los GAL, cualquier cosa que haya pasado. Como cuando a una chica de catorce años le demuestras que el gran hit de su ídolo es un refrito de cuatro acordes que llevan setenta años funcionando en la música popular y una letra más tonta que caerse de lado, y ella solo se tapa los oídos y grita «¡Justin! ¡Justin!» (vaya, al final he dicho un nombre), esta gentecilla se tapa la nariz y grita, como en el caso del vídeo que nos ocupa, «¡Cospedal! ¡Cospedal!».

Están jaleando a una persona sobre la que recaen fundadas sospechas de haber recibido cobros ilegales, olvidando, por supuesto, de tributar por ellos el dinero que hace falta para construir escuelas y hospitales y comprar medicinas. A una señora que es una de las cabezas de un gobierno cuyas políticas mantienen el desempleo estatal por encima del 25% (y sin previsiones de que baje). Estas juventudes del partido con más afiliados de España van a vitorear a la secretaria general del partido cuyas políticas han llevado a que el 65% de los jóvenes estén en una situación tan salvaje como para emigrar por un trozo de pan. A que Aragón se jacte de tener solamente un 39,8% de desempleo juvenil.

La secretaria general de un partido que ha mantenido hasta hace dos días a un señor que cogía todo el dinero que se están ahorrando en sus estudios, en sus medicinas, en sus subsidios y en sus políticas activas de empleo, y se lo llevaba a bancos suizos.

Cuando una groupie se vuelve loca por un joven imberbe, el mayor perjuicio que puede haber es que compre una canción de mierda a precio de The Long and Winding Road. Pero cuando un grupo de atolondrados fans van a las mismas puertas del juzgado a llamar «guapa» a eso, es que nuestro país tiene un problema mucho más serio de lo que podemos llegar a concebir.

Algo va mal

18 de July de 2013

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En este librito de solo 220 páginas el lúcido profesor Tony Judt (1948-2010) le pega un repaso a toda la historia socioeconómica de Occidente en los tres últimos siglos, dejando claro que nada es como nos lo cuentan. Su propósito —y lo consigue con creces— es que el lector deje de tragarse la consabida mentira mil veces repetida: que la socialdemocracia es un fracaso, que el socialismo es esclavitud, y que solo una libertad de mercado sin límites es capaz de llevar a nuestros países a la prosperidad.

Lo que más me ha enganchado del libro es la sencillez con que nos relata los vaivenes de la economía y la sociedad de un período tan amplio, desde la Europa prerrevolucionaria a a esta globalización, que aunque aún nos sigue sonando a nuevo, ya nos ha pasado por encima, dejando a su paso los cadáveres de derechos sociales conseguidos a lo largo de siglos, de un espejismo de sociedad algo más justa que vivimos entre los años 70 y los 80 y de los tímidos pasos que nuestro mundo dio para alejarse de las desigualdades desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por no hablar, por supuesto, de los millones de cadáveres físicos que las nuevas guerras económicas han producido.

El profesor Judt contrasta sus afirmaciones y las apoya en datos y estadísticas, a menudo sorprendentes (como, por ejemplo, que en los países de baja protección social las enfermedades mentales y la situación de pobreza van de la mano, mientras que en las socialdemocracias europeas esta relación es inexistente). Demuestra también, por ejemplo, que una sociedad con menos desigualdades es una sociedad más feliz y más productiva a todos los niveles. Y no lo hace como un político huero, no son buenas intenciones: son convicciones apoyadas en firmes datos. Y, donde tiene que criticar los defectos de las políticas de izquierda, lo hace.

Por lo demás, es un libro que engancha, y mucho, aunque solo sea por ver que todas las desgracias económicas que está sufriendo el mundo tienen no solo una intención, sino una explicación; que son un plan maestro ejecutado desde los altos estrados de la desigualdad del planeta, que no solo tienen la intención de mantener esa desigualdad, sino también de aumentarla. Ah, y para los que aún no se enteren, explica muy claramente por qué la privatización —o externalización, o como quieran llamarla— de los servicios públicos como la sanidad, la educación y los transportes no solamente es mala filosóficamente hablando: allí donde se ha privatizado, el servicio en general no solamente ha sido peor que cuando dependía del estado —no hay más que ver el ejemplo de Telefónica en nuestro país—; sino que, además, ha terminado resultando más caro a los contribuyentes, que no solo tienen que costear el servicio, sino además los dividendos de los inversores y accionistas (una vez más, el ejemplo de Telefónica nos viene que ni pintado).
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La sociedad, el mercado y la LOMCE

13 de May de 2013

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En uno de los capítulos del libro Las trampas del deseo, del psicólogo Dan Ariely, se habla de las «normas sociales» como un opuesto a las «normas mercantiles». Esto es más o menos así: en nuestra esfera psicológica, diferenciamos claramente, aunque a menudo sin darnos cuenta, lo que hacemos profesionalmente de lo que hacemos por el placer de ayudar al prójimo. Es por eso, por ejemplo, que ayudaríamos a un amigo —o incluso a un vecino más o menos desconocido— a subir un piano a su casa a cambio de la invitación a un café, pero no a cambio de dos euros. Además, según parece haber demostrado el autor, si cometemos la imprudencia de romper el engrase social, la buena relación se pierde. Un caso práctico: un amigo nos invita a comer como muestra de amistad. Él aceptaría que no le diésemos nada a cambio —de hecho, lo hace por el aprecio que nos tiene—, o que lo invitemos a un par de copas. Pero si nos ofrecemos a pagarle la comida, se produciría una desagradable reacción que podría estropear para siempre nuestra amistad.

A este respecto me han llamado especialmente la atención algunos párrafos que cuentan cómo las empresas han ido añadiendo elementos afectivos o sociales a las condiciones de trabajo de sus empleados, para crear en ellos un vínculo de fidelidad y que les sea más difícil abandonar su puesto. Cuando se trabajaba en cadenas de montaje, por horas, y había un silbato que marcaba el final del turno, el trabajador simplemente dejaba su puesto y se iba —como es lógico, puesto que era esa hora la que se le pagaba, ni un minuto más—. Uno de los trucos de la empresa consiste ahora en pagar mensualidades, con lo que el tiempo que se supone que dedicamos a trabajar por un dinero estipulado tiene unos límites más difuminados. Pero hay otros trucos:

Hoy, cada vez más, las empresas consideran ventajoso crear un intercambio social, sobre todo en la medida en que en el mercado actual los países avanzados son, de manera creciente, productores de bienes intangibles. [...] Y paralelamente la frontera entre el trabajo y el ocio se ha hecho más difusa. Los que dirigen las empresas quieren que pensemos en el trabajo mientras vamos conduciendo a casa o mientras estamos en la ducha. Nos dan ordenadores portátiles, teléfonos móviles y Blackberries para salvar la distancia que va del trabajo a casa

Cuidado, pues, con los regalos envenenados. Tu jefe no te regala un móvil de empresa porque sea un buen tipo, sino porque así es tu dueño las veinticuatro horas.

El autor continúa argumentando que la transformación de toda relación empresarial en una relación puramente mercantil, sin nada de social, puede, a medio plazo, convertir al trabajador en alguien menos productivo.

Hay algo, también, sobre la educación; concretamente, sobre los peligros de convertir la educación en una mera fábrica de productores, de trabajadores empresariales, de emprendedores, por usar la terminología liberal:

En lugar de centrar la atención de los profesores, los padres y los alumnos en las notas, los salarios y la competencia, quizá fuera mejor infundir en todos nosotros el sentimiento de tener un objetivo, una misión, y el orgullo por la enseñanza. Para hacer eso está claro que no podemos tomar la senda de las normas mercantiles. Los Beatles proclamaron hace ya tiempo que «No puedes comprarme amor», y eso se aplica también al amor por la enseñanza: no se puede comprar, y si uno lo intenta, puede que acabe por ahuyentarlo.

Si este investigador sabe de lo que habla —y yo diría que sí, pues imparte clases en una de las universidades más prestigiosas del planeta—, nos la vamos a pegar estrepitosamente con la futura Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE, PDF), que el Gobierno está a punto de aprobar con la oposición de una mayoría de la comunidad educativa, y cuyo quinto párrafo, sin retocar, es este:

La educación es el motor que promueve el bienestar de un país; el nivel educativo de los ciudadanos determina su capacidad de competir con éxito en el ámbito el panorama internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por un futuro mejor.

Puede que esto sea bueno, a corto plazo, para los beneficios empresariales. ¿Pero es bueno para la sociedad? Yo tengo mis serias dudas.

Ampliación del campo de batalla

10 de May de 2013

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No me gusta este mundo. Definitivamente, no me gusta. La sociedad en la que vivo me disgusta; la publicidad me asquea; la información me hace vomitar. Todo mi trabajo informático consiste en multiplicar las referencias, los recortes, los criterios de decisión racional. No tiene ningún sentido. Hablando claro: es más bien negativo; un estorbo inútil para las neuronas. A este mundo le falta de todo, salvo información suplementaria.

No había leído nada de Michel Houellebecq; lo único que tenía más o menos claro es que es un autor que gusta a los modernitos, y por lo tanto a mí, que soy postmodernito, me tenía que repeler. Además, hace tiempo tomé la decisión —que no me he tomado demasiado en serio— de no leer literatura de autores vivos, al menos hasta que aumente mi bagaje de clásicos hasta niveles respetables. En fin, estaba comprando libros para regalar y vi esta novelita, y viendo que era bastante corta decidí darle una oportunidad. Por otra parte, ya uno no sabe cómo escapar de lo que está de moda, dada la actual tendencia (¡y ya ni tan siquiera es actual!) de huir de lo que está de moda; lo cual ya constituye una moda en sí misma.

¿Mi consejo? Lee y haz lo que te venga en gana: como en el chiste aquel del matrimonio que viajaba asnalmente, siempre habrá alguien a quien parezca mal.

El protagonista-narrador es un ingeniero informático que ronda la treintena y está un poco harto de todo. Le encargan un curso de formación para los funcionarios franceses, lo que le obliga a pasar unas semanas con un compañero de trabajo. Esto le sirve para criticarlo todo y para examinar de forma más o menos superficial o más o menos profunda las relaciones humanas.

Me da a mí que está narrada con gran agilidad, sin pretensiones verborreicas pero con gran acierto en la expresión. Tenemos, incluso, un par de ejercicios literarios que se me antojan elegantes: una especie de protagonista femenina, de gran importancia en las decisiones y pensamientos del protagonista, pero que no llega a aparecer; y algo de metaliteratura, cuando se nos presentan las curiosas fábulas que el personaje principal gustaba de escribir.

Lo encuentro especialmente afilado en sus descripciones de las relaciones personales y sexuales; lo noto muy amargo en una visión nihilista de la sociedad —no a gran escala, sino a la de las pequeñas sociedades interpersonales— y de la sexualidad.

Al final me parece demasiado descorazonador, muy deprimente. Yo no comparto esa visión tan desesperanzada de la vida. No obstante, para que una novela sea buena, por supuesto, no tiene por qué coincidir con mi visión del mundo; por otra parte, ni siquiera tiene que compartir la visión del mundo de su propio autor. Por último, la novela me ha gustado mucho, y os la recomiendo sin reservas. No si estáis un poco depres.

El PP, ETA (Guillotin, Robespierre)

8 de May de 2013

Este post es, en parte, irónico

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1. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, afirma que «el aborto tiene algo que ver» con ETA, aunque «no demasiado».

2. Beatriz Escudero, diputada del Partido Popular, nos pregunta: «¿Saben que en España las mujeres que se ven abocadas al aborto son las que menos formación tienen?»

3. Desde que tomó posesión el actual Gobierno, no solo se han aumentado las tasas universitarias, sino que además se han endurecido los requisitos para acceder a las becas. Estas medidas, con la excusa de reducir el gasto, tienen, lógicamente, el efecto de que conseguir una buena formación sea más caro y, por ende, más difícil.

4. ¿El PP es ETA?

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Aunque existía desde tiempo atrás, fue el doctor Joseph Ignace Guillotin el que, durante la Revolución Francesa, recomendó el uso de la guillotina en las ejecuciones. Sus razones estaban bien motivadas. El ideal de fraternidad de la Revolución recomendaba que las ejecuciones —a las que, históricamente, puede que Europa fuese demasiado joven para renunciar aún— se realizasen de la forma más humana posible. La separación de la cabeza del tronco del ejecutado en una maniobra casi instantánea constituía, en aquellos tiempos, la forma más rápida de morir. Por otra parte, la égalité —«igualdad»—, otro de los pilares de la revuelta, exigía un método de asesinato (basta de eufemismos) igual para todos; hasta el momento, en casi todos los países únicamente los nobles gozaban del derecho de ver reducido el suplicio en sus últimos momentos. Tardaron unos pocos años, pero al final la Asamblea escuchó al doctor Guillotin y la cuchilla homicida se generalizó en la Francia revolucionaria.

Maximiliem Robespierre es tristemente conocido por el «terror»; aunque había sido, en sus primeros tiempos como abogado, un firme opositor a la pena capital, cuando se convirtió en uno de los líderes de la revuelta fue el principal impulsor de las ejecuciones por guillotina durante el bienio 1793-1974. Todo sospechoso de ser un enemigo del pueblo o de la Revolución era detenido, interrogado y ejecutado. Los números son inciertos, pero las estimaciones más conservadoras sospechan que el número de ajusticiados entre septiembre de 1793 y la primavera de 1974 no bajó de 11.000 (otros cifran en un máximo de 40.000 las personas asesinadas en ese periodo).

El 28 de julio —10 de Termidor, según el calendario republicano— de 1794 Robespierre fue arrestado y decapitado en la guillotina.

Hay historiadores que afirman que toda revolución es seguida por un periodo particular de terror: la francesa, la cubana, la china, la rusa, la misma dictadura fascista del general Franco. Si no se asesina de forma más o menos indiscriminada a un número elevado de personas sospechosas, el régimen corre el peligro de estar mostrando debilidad, y es susceptible de fracasar. Pero, para los revolucionarios, el terror añade un riesgo sobrevenido: sus impulsores pueden acabar siendo víctimas, como le sucedió a Robespierre, o a tantos hombres de confianza de Stalin que acabaron frente al pelotón de fusilamiento o internados en un gulag.

El PP comenzó diciendo que cualquier partido que apoyara la independencia del País Vasco —que me parece una memez, pero eso no es el asunto— era ETA; más tarde, los que apoyasen la independencia de cualquier impulso de un proceso soberanista en cualquier parte del estado; después, simplemente los simpatizantes de esos procesos; después, los que nos manifestábamos con las plataformas del 15 de marzo; luego, Ada Colau y los militantes o simpatizantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca; finalmente —de momento—, también las mujeres que abortan. Es como el terror revolucionario: todo el que no acate cualquier ocurrencia de este Gobierno hasta sus últimas consecuencias, es sospechoso de ser un enemigo del pueblo. Pero, una vez más, se produce lo que en todos los periodos de terror: de tanto ser enemigo del pueblo —o ETA— todo el mundo, resulta que la rueda finaliza su giro completo y, al final, acaban siendo ETA los que acusaban de ser ETA a todo el mundo.

(Habría venido muy bien aquí, de haber sido cierto, el bulo de que el mismo Guillotin fue víctima de la hoja asesina; no obstante, esto es falso: fue otro doctor Guillotin el que murió decapitado en el cadalso, y la coincidencia de nombres dio base al erróneo dato. No sé si decir: lástima; no creo, sin embargo, que invalide lo defendido aquí.)

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