Ars longa, vita brevis

El amanecer del Planeta de los simios (crítica)

23 de July de 2014

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Diez años después de los sucesos narrados en la película El origen del Planeta de los simios, el llamado virus simio ha acabado con el 99 % de la población mundial y, después de una guerra entre simios y humanos, los simios viven en el bosque en una situación parecida a la de nuestro Paleolítico, cazando animales con armas rudimentarias e ignorantes de la agricultura y la ganadería. Cosa curiosa es lo de la caza, dado que los grandes simios que aparecen en la película —chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes— son principalmente herbívoros; sin embargo, esto puede no ser un fallo, sino una alusión a la teoría de que nuestro cerebro empezó a desarrollarse en gran medida cuando comenzamos a consumir carne, plena de proteínas y reservas calóricas en forma de grasa.

Los simios, establecidos en un bosque cercano a la ciudad de San Francisco, son seres pensantes que se comunican mediante lengua de signos, aunque uno (César, el protagonista del filme anterior y actual líder de los monos) es capaz de articular palabras. Se preguntan si han sobrevivido humanos en la Tierra, dado que hace diez años que no se encuentran con ninguno.

Y en estas estamos cuando hace aparición un grupo de humanos, surge el conflicto porque disparan a un simio temiendo una agresión, y los simios, como es natural, se cabrean, aunque en aras de la paz deciden dejar ir con vida a las personas bajo la promesa de que nunca regresarán al bosque donde los simios moran. Pero hay un problema: los humanos necesitan ir al bosque a poner en marcha una presa que les proporcionará energía (la catástrofe no ha sido solo humana, sino también tecnológica, y los humanos viven sin electricidad), así que deciden solicitar a los simios el permiso para realizar los trabajos pertinentes y largarse luego.

Viene entonces un par de interesantes debates, uno en el bando de los humanos, otro en el de los simios, sobre la conveniencia de acceder a una coexistencia —que no convivencia— pacífica o iniciar una guerra para exterminar a los otros.

La película tiene un guion interesante, creo que está rodada con bastante agilidad, y las interpretaciones son, por lo general, buenas. Creo que no os aburriréis si decidís ir a verla con cierto interés y sin prejuicios. Las imágenes CGI ya tienen en el cine una madurez impresionante, y aunque sigue habiendo momentos en que uno se da cuenta de que está viendo muñequitos dibujados en 3D, el trabajo es casi siempre excelente, especialmente en el modelado físico de los simios y en sus expresiones faciales. A partir de aquí vienen unos párrafos que os desvelarán detalles del desarrollo de la trama y del final, así que si no has visto la película aún, te recomiendo dejar de leer ahora.
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Los hechos

31 de May de 2014

1. El pasado lunes 26 de mayo entro por internet en la cuenta que tengo con el banco BBVA. Me encuentro un cargo de 1.188,40 euros. La única información proporcionada es “Apunte por operaciones varias”. Llamo por teléfono y no son capaces de darme mucha más información. Asumo que debe de tratarse de un error —he trabajado en banca y todos cometemos errores— y me dispongo a ir a mi oficina al día siguiente para arreglarlo.

2. En la oficina el empleado me dice que es un impuesto. Yo le digo que no, que la Agencia Tributaria no cobra ningún impuesto directamente de mi cuenta si no es con mi autorización o la de un juez. Entonces me dice que es una liquidación que ha hecho el banco por un impuesto sobre mi hipoteca, impuesto que no existía cuando la hice, pero que la Administración lo está reclamando. Me informa de que han recibido un correo para mí (???). Me lo imprime y me lo da: el correo dice que el pasado 5 de noviembre de 2013 la “Agencia Tributaria Autonómica” ha practicado la liquidación del impuesto, y me piden que procure tener disponible en la cuenta para cuando lo cobren (el correo me lo dan un día después de hacer el cargo en la cuenta, y porque yo había ido expresamente). Había acudido en una hora libre que tenía y ya se acababa, así que le digo al empleado que volveré el viernes más tranquilamente.

3. Vuelvo el viernes. El empleado me dice que me va a decir otra vez lo mismo. Yo le digo que no hace falta, que con una es suficiente. Le digo que quiero el dinero inmediatamente de vuelta en mi cuenta, y entonces me expliquen con tranquilidad en concepto de qué tengo que pagarlo, para hablar de cómo y cuándo lo hago. Me dice literalmente que el dinero no me lo van a devolver. Le digo que por última vez, si alguien ha cometido un error no quiero investigar, ni denunciar, ni que el banco me indemnice, ni siquiera que me pida disculpas, sino que me devuelva mi dinero antes de salir de la oficina y la cosa se queda ahí; que jamás en mi vida me he negado a pagar al BBVA, a la Agencia Tributaria o al frutero de la esquina el dinero que les debo, pero que así no se hacen las cosas, y que además dudo de que sea legal. Me dice que él piensa que sí es legal, pero que no puede asegurarlo (???). Le pregunto qué habría pasado si yo hubiese tenido ese dinero reservado para algún asunto urgente, y —perdonad las mayúsculas— ME OFRECE UN CRÉDITO. Me siento insultado. Le informo de que acudiré a Consumo, al Banco de España y a mi abogado, y que ahora sí que voy a intentar no solo que me devuelvan lo que me han quitado de forma improcedente, sino que, si es posible, les apliquen todo lo que les tengan que aplicar y paguen, si les corresponde, su responsabilidad (cosa que no tenía pensado hacer si me solucionaban el problema). Me dice que le parece muy bien. Me levanto y me voy.

4. Llego a casa y encuentro en el buzón el correo electrónico que el empleado me había imprimido el martes. Estamos a 30 de mayo y el dinero había sido retirado el día 26.

Addendum

El impuesto que se me reclama es un impuesto, posterior a la firma de mi crédito hipotecario, a la existencia de avalistas —mis padres, en este caso— y que las administraciones autonómicas están reclamando. Según me he informado por otros medios, los bancos están realizando una liquidación complementaria por ese concepto antes de que se lo reclamen, para evitar pagar un recargo. Como he dicho antes, jamás me he negado a pagar impuestos, es más, los pago con muchísimo gusto. Pero dudo mucho que el banco pueda retirar dinero de mi cuenta sin mi autorización y sin siquiera notificarme.

El asunto de si me corresponde o no pagar un impuesto posterior a la operación crediticia no es lo que trato aquí. Si se me reclama un impuesto, primero lo pago, y luego ya miro si debía haberlo pagado o no, para protestar en su caso. De lo que se trata es de que no retiren dinero de mi cuenta sin mi permiso.

Os ruego que deis a este artículo toda la difusión que podáis. No creo que el banco rectifique si no se les obliga, pero esto puede poner alerta a gente que se encuentre en una situación parecida. Asimismo, si tenéis cuenta de Twitter, os ruego que retuiteéis si lo veis procedente los tuits que he escrito sobre el asunto. Muchas gracias a todos.

Las claves de la sorpresa

27 de May de 2014

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Pablo Iglesias Turrión, cabeza de lista de Podemos

Vistos en frío los resultados electorales del pasado veinticinco de mayo, en realidad, aparte de los números, las únicas sorpresas han sido el éxito de Podemos y el aumento —casi testimonial— de la participación, ya que casi todo lo demás era esperado. Quitando, como ya he dicho, los números: todos esperaban que PP y PSOE perdieran apoyos, aunque no tantos. También era previsible que las opciones soberanistas (el eufemismo ese, «consulta», que utilizan ellos mismos, queda un tanto ridículo a estas alturas) aumentaran sus apoyos en Cataluña, y que en esa comunidad se incrementara la participación: números. El aumento de apoyos a pequeños partidos ya conocidos (IU, UPyD, Ciutadans) también se veía venir.

La gran sorpresa, repito, ha sido el éxito de Podemos. Para algunas formaciones, como IU —inexplicablemente dolida, dado que ha triplicado su representación parlamentaria y sus votos— esto ha sido incomprensible y casi una traición, y se han apuntado al tic reaccionario, más propio de PP y PSOE, de pensar que los votos de determinados ciudadanos les pertenecen a ellos y no a los propios ciudadanos. En Twitter he leído a algunos simpatizantes y dirigentes de la coalición quejarse del arduo trabajo que ellos llevan años realizando, y de cómo una formación liderada por una cara conocida y formada hace menos de dos meses les ha quitado más de un millón de votos (la cursiva es mía, no he leído eso literalmente, pero lo he entendido y creo que es lo que se quería decir).

El error de Izquierda Unida aquí, muy típico de los políticos patrios, es haberse preguntado tras unas elecciones «¿Por qué se ha equivocado la gente?» en lugar de hacerse dos preguntas más inteligentes: «¿En qué me he equivocado yo?» y «¿En qué han acertado los otros?»

Y la clave de que la gente se haya subido al carro de Podemos es, a mi parecer, doble: por una parte, la gente ha dicho que está harta de los políticos de toda la vida. Legislatura tras legislatura hemos visto las mismas caras y, salvo el espejismo de los años de la burbuja, cada vez hemos sido más pobres y hemos tenido menos derechos. Año tras año nos han prometido todo y no nos han dado nada. Hay un porcentaje creciente de la población que, simplemente, ya no soporta ver las mismas caras de gente prometiendo, mintiendo y recortando. Y, aunque Izquierda Unida prácticamente nunca ha tenido oportunidad de demostrar su honradez (que, como al soldado primerizo el valor, hemos de suponerle), las caras de la coalición también son las mismas que forman parte del sistema que lleva años sangrando la teta del ciudadano para engordar la barriga del poderoso. Lo que me lleva a la segunda clave: los españoles, aleluya, no están hartos de la política, sino de los políticos de siempre. Es probable que la mayor parte de los nuevos votos a Izquierda Unida hayan venido de votantes del PSOE descontentos. IU y Podemos tienen programas similares; el hecho de que gran parte de los votantes se haya decantado por Podemos se debe, en mi opinión, a que el ciudadano, con razón o sin ella, relaciona las caras conocidas de la política con una forma de hacer política, la forma de siempre: la que ha llevado a su extremo Mariano Rajoy cuando declaró que cumplir las promesas le importaba un pimiento, que él iba a hacer lo que fuera necesario, aun cuando ello implicara hacer exactamente lo contrario de lo que había prometido (es decir, lo que está haciendo actualmente). Sin embargo, las caras de Podemos no son conocidas —como las de VOX o UPyD— por haber militado ya en otras formaciones. Lo que atrae es su virginidad. Parece que por fin el ciudadano ha entendido que las ideas (por lo general) no son malas: lo malo son los malos políticos. Una formación, y me refiero nuevamente a VOX y UPyD, que esté liderada por políticos que pasaron años representando a los partidos que nos han arruinado no convence, por mucho que haya que reconocerle a UPyD su aumento de escaños. Los de Podemos aún nos tienen que engañar, porque todavía no lo han hecho. Quizás nos reste algo de esperanza; si Podemos la traiciona, el golpe a la democracia podría ser fatal.

El aumento de la participación, por otro lado, no debe ser motivo de mucha euforia. La clave aquí está en Cataluña: en las anteriores elecciones (2009) se contabilizaron algo menos de dos millones de votos allí; en las de este año, los sufragios emitidos han superado los dos millones y medio. Algo más de medio millón de votos, de un total de emitidos en todo el país de unos dieciséis millones, dan para cambiar una tendencia. Sin embargo, y dadas las preferencias de los votos catalanes, esto tiene indudablemente más que ver con el ansia de la consulta —legítima—, creada de forma artificial por los políticos catalanes y alimentada por el torpe trato y nulo entendimiento de aquella comunidad mostrados por el anterior gobierno de Rodríguez Zapatero y por Mariano Rajoy, tanto en la oposición como en el gobierno actual, que por deseos de cambio del electorado catalán.

En cuanto al PSOE, esto no ha sido más que otro capítulo de la vieja historia en que la madre le dice al niño que se va a caer, y el niño sigue sin hacer caso, y la madre se lo dice mil veces y al final el niño se cae. El electorado lleva años dando muestras al PSOE de que estaba harto de su giro derechista: de que, para votar a la copia, antes votaban al original o se abstenían. La puntilla fue cuando los dos partidos grandes reformaron la Constitución a espaldas del pueblo por orden de los mercados. Pero en el fondo está el mismo asunto del que hablaba al principio: llevamos décadas viéndole la cara a Rubalcaba. No paran de hablar de renovación, y las caras que se postulan son las que también llevamos viendo años o décadas: Madina, Chacón. No ilusionan a nadie, no cambian el discurso. Su maquinaria está anquilosada, y detrás del cadáver político de Rubalcaba no hay más que buitres esperando alimentarse de él, y conocemos las caras de los buitres. Creo que una de las claves de que un incompetente como Rodríguez Zapatero llegase a ilusionar tanto fue que era prácticamente un desconocido para la gente (debido, entre otras cosas, a que pasó años en el Parlamento español sin hacer una sola pregunta ni realizar una intervención). Así pudo ilusionar. Las nuevas caras del PSOE son la vieja guardia de siempre. Ignoro hasta qué punto han de hundirse para darse cuenta; en cualquier caso, me preocupa poco.

Pero, quizás, la clave de estas elecciones está en el mensaje rotundo que los españoles han dado a la clase política, y que se resume en escasas palabras: Estamos hartos de lo de siempre.

Amar la literatura (I). Lecturas obligatorias. Gominolas

7 de May de 2014

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Una atípica pero excelente antología.

Esta mañana mi queridísima jefa, Silvia, me ha enseñado un recorte de periódico donde aparecía el obituario del poeta Demetrio Castro Villacañas, muerto el pasado 3 de abril a los noventa y muchos años. Al final del texto aparece un soneto que el conquense dedicó a su primera mujer cuando esta falleció, y que a continuación reproduzco.

Está lloviendo. El agua es como un manto
que abriga los cipreses y las losas.
Húmedas de la lluvia están las rosas
que mi dolor esparce por el canto

que dice nombre y fecha. ¡Tengo tanto
que hablarte siempre! ¡Y tengo tantas cosas
que decirte de nuevo…! Silenciosas,
se me hunden las palabras en el llanto…

Sigue lloviendo suave y mansamente.
Yo estoy aquí, de pie, junto a la nada,
pensando en ti, pensando nuevamente

que hay que seguir; que nunca está acabada
la razón de vivir; que es mi simiente
media vida que tengo aquí, enterrada.

Al igual que mi jefa, yo me he emocionado al leerlo. Minutos más tarde, me encontraba yo delante de una veintena de alumnos de 2.º de la ESO (entre trece y dieciséis años) escribiendo los primeros versos de la nana que Miguel Hernández escribió para su hijo cuando, mientras él estaba en la cárcel por haber colaborado con la causa republicana durante la Guerra Civil, ella le comunicó que, por ser la mujer de un traidor, y estando el país como estaba, famélico, no tenían casi nada para comer; nadie les ayudaba, y lo único que podía comer eran cebollas. Hernández imaginó al niño mamando de la teta y sacando únicamente el fruto de las cebollas, y comenzó a escribir algunos de los mejores versos en nuestro idioma:

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Sangre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Después de medir los versos, intenté explicárselos: primero el contexto histórico y social, y a continuación los recursos estilísticos. Las metáforas que identifican las cebollas con la escarcha, la sangre con el hielo, la hipérbole de traer la luna, etc. Para mi sorpresa, casi todos los alumnos entendían el mensaje a la perfección y lo captaban rápidamente, pero seguían mirándome con los ojos vacíos, apuntando —algunos— las cosas que yo iba diciendo. Entendían el poema plenamente, pero no estaban emocionados. La poesía había fracasado, y yo estaba ahí hablando como quien habla de cómo se cambia el fondo de pantalla de un sistema operativo, o del déficit tarifario (sea este lo que quiera ser).

Puedes obligar a una persona a que consuma literatura, e incluso puedes obligarla a que la comprenda, pero jamás podrás obligarla a que la aprecie.

Un estudio revela que los españoles de 14 a 24 años son los que más leen. A medida que uno va saliendo de la veintena, y más allá, se lee menos. No tengo datos que lo confirmen, pero tengo una fuerte sospecha: los que se encuentran en esa franja de edad leen más porque están obligados. Obligados por sus profesores de Secundaria y universitarios. Una vez acabados los estudios, y gracias a las lecturas obligatorias, lo que se consigue es que huyan de la literatura como de la peste.

Yo creo que esto es como las gominolas. A mí me pueden gustar las gominolas, y por ello me gustaría que a mis hijos también les gustaran. Podría darles gominolas todos los días. Podría dejarlas por ahí y ofrecérselas. O también podría olbigarlos a comer gominolas todos los días, les apetezcan o no. No sé, a mí me encantan las gominolas, pero creo que si, desde pequeño, obligase a un hijo mío a comer gominolas a diario durante su vida, en cuanto cumpliese dieciocho años escaparía de casa y no se acercaría ni por casualidad a una tienda de chucherías (y yo me sentiría desgraciado).

Puede que, con el tiempo, descubriese que, aunque no le gusten las gominolas, hay otro tipo de artículos dulces con los que sí disfruta, pero también es posible que se alejase para siempre de todo lo que contenga un atisbo de dulzura, por si acaso.

Y así es como veo las lecturas obligatorias. Son una vacuna contra los libros (1, 2 y 3). En todos los departamentos de Lengua y Literatura de los que he formado parte ha existido un catálogo de lecturas literarias que los alumnos no solo deben leer, sino además demostrar que han leído mediante un examen o un trabajo. Es decir, no solo se somete a los alumnos a la tortura de leer algo por la razón de que las generaciones anteriores a la suya lo consideramos imprescindible, sino que además —y esto ya parece recochineo— tienen que revivirlo en un examen donde se juegan la nota.

¿Os imagináis que quisiéramos que a nuestros alumnos les gustasen The Beatles? Puede sustituirse el grupo de Liverpool por cualquier otro, o por cualquier otro músico, como Vivaldi o B. B. King. ¿Os imagináis que les obligamos a escuchar el Abbey Road de pe a pa, y que luego les hacemos una prueba para que demuestren que lo han escuchado? ¿Creéis que, los que lo escuchasen, estarían pensando en disfrutar, o más bien angustiados por si no entienden lo que han de entender y fallan en el posterior examen? ¿Creéis que volverán a escuchar a The Beatles cuando deje de ser obligatorio? ¿Cuántos se apartarían definitivamente de la música, eso que los adultos les hemos dicho que por narices les tiene que gustar, y que les hemos obligado a tragar con la nariz tapada?

Y, con todo, la mayor tragedia no es que no nos hagan caso: la mayor tragedia es que, gracias a nosotros, nunca sentirán lo que nosotros.

I

Seis años ya que el alma de mi alma
en la triste postrera despedida
me dijo su adiós tierno.
¿Por qué, infiel corazón, lates en calma?
¿Por qué, cuando es eterna la partida,
no es el dolor eterno?

II

Y eterno es mi dolor, que aún el agudo
dardo yo siento en la cerrada llaga
cuando una voz la nombra.
No está muerto mi duelo, aunque está mudo.
Secos al llanto, por mis ojos vaga
siempre una triste sombra.

III

Cuando el invierno pálido se aleja
y primavera con las frescas galas
orna el árido suelo,
cual mariposa que la cárcel deja,
su alma entreabrió las transparentes alas
para volar al cielo.

(Vicente Wenceslao Querol, A la memoria de mi hermana Adela)

SMS

20 de March de 2014

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Esta mañana me han preguntado qué opino sobre esto: la forma que tienen los jóvenes —y no tan jóvenes; gente de mi edad me escribe mensajes así— de escribir en sus mensajes cortos, o, ahora, sobre todo en Whatsapp.

Pero, para saber lo que opino, antes tengo que pedantear un poco.

La codificación

Todo esto tiene que ver con la codificación, que intentaré explicar de forma breve y sencilla, empezando por lo simple.

Un signo es un elemento que se encuentra en lugar de otro elemento concreto, y que, al percibirlo, nosotros asociamos con lo segundo. Un ejemplo: si oímos un sonido de cristales rotos, nosotros no solamente oímos el ruido, sino que entendemos que se ha roto algún objeto de vidrio en el lugar del que procede el sonido.

Hay tres tipos de signos, dependiendo de su relación con el elemento al que representan:

  • Iconos:

    Se parecen al elemento al que sustituyen. El parecido puede ser muy fidedigno (una fotografía, o la grabación de una voz en un aparato grabador de audio) o menos (el muñequito que indica que una puerta da al servicio de señoras). En la vida moderna estamos muy familiarizados con los iconos gracias a la informática.

  • Indicios o índices:

    No se parecen al elemento sustituido, pero guardan alguna relación natural y necesaria. Por ejemplo, la fiebre es síntoma de enfermedad; el humo, indicio de fuego; la presencia de huellas dactilares en un vaso indica que el dueño de esas huellas lo ha cogido, etc.

  • Símbolos:

    La relación que tiene este signo con lo que representa es convencional: ni se parece a lo representado, ni guarda ninguna relación necesaria con ello. El signo representa lo representado únicamente por un acuerdo —convención— entre personas. Ejemplos paradigmáticos son la mayoría de las banderas, la paloma blanca como símbolo de la paz o las luces del semáforo. Los seres humanos son realmente competentes cuando se trata de comunicarse mediante símbolos: todas las palabras lo son. Por ello los idiomas son tan distintos: si la palabra «perro» guardase alguna relación con su significado, sería difícil explicar por qué en inglés es «dog», en alemán «hund» y en catalán «gos».

    (En realidad, en muchísimos idiomas, como el castellano, el origen de la palabra que designa a nuestros peludos amigos es un misterio.)

    Para que el símbolo funcione, es necesario aprenderlo. Uno puede intuir que hay fuego si ve humo, o que un monigote representa una persona, pero nadie puede adivinar qué significa una palabra en un idioma extraño sin aprenderla antes.

    Posiblemente muchos símbolos fueron en su origen índices o iconos (por ejemplo, las onomatopeyas son iconos en su origen, a pesar de ser distintas en cada idioma), pero el devenir del tiempo y de la estructura de los signos hace que frecuentemente se pierda su origen icónico.

Un código es un sistema de signos, es decir: un conjunto de signos más unas reglas que rigen su combinación. Las palabras del castellano, por ejemplo, son signos. La norma que dice que a un sustantivo femenino le corresponde un adjetivo femenino es una regla. Yo suelo explicar en clase los códigos mediante el juego del ajedrez: hay distintos tipos de piezas —igual que hay varias clases de palabras— y hay unas reglas para moverlas. Mover las piezas sin atender a las normas del ajedrez no es jugar al ajedrez, igual que aprenderse de memoria un diccionario de griego sin conocer su gramática no equivale a saber griego.

Todas las lenguas son códigos, pero, aparte de las lenguas, hay muchos códigos más: códigos de relaciones sociales, protocolos a la hora de sentarse a comer, el código de circulación, el lenguaje de las flores cuando se regalan, el famoso código de los abanicos, etc.

Cuando hablamos, estamos codificando significados. No la realidad: una palabra equivale a un significado, no a un objeto. La palabra «árbol» no se encuentra en lugar del árbol, sino de un significado convencional en nuestra mente, que en una situación de comunicación concreta puede representar un árbol que tengamos delante, uno que vimos en nuestra infancia, uno que hayamos visto en una película u otro que no haya existido nunca. Si os interesa el tema de la significación y la referencia os remito al conocidísimo triángulo de la significación de Ogden y Richards.

Escribir es simbolizar sonidos con dibujos. Eso en la escritura moderna occidental, porque no siempre ha sido así. En un principio, los jeroglíficos egipcios eran icónicos —representaban lo correspondiente a su dibujo—, aunque pronto se vio que ese sistema era pésimo en términos de economía lingüística, y los jeroglíficos empezaron a representar sílabas o modificaciones en otros signos (después de otros pasos intermedios).

El siguiente paso de la codificación escrita lo constituyeron los «alfabetos» consonánticos, y entrecomillo la palabra alfabetos porque en realidad no representan todos los sonidos, sino solamente las consonantes o a lo sumo las consonantes y algunas vocales. Ejemplos de este tipo de alfabeto son el árabe o alifato y el hebreo. La evolución última, al menos por el momento, la constituyen los alfabetos que transcriben tanto los sonidos vocálicos como los consonánticos, como en el caso del alfabeto griego o del latino, que es el que estáis leyendo ahora mismo. Con ellos es posible no solamente transcribir los fonemas, sino otros elementos de la expresión, como el acento, la entonación y las pausas. Aun así, no existe alfabeto en la actualidad capaz de captar todos los matices de la lengua oral. Es por esto que a menudo es necesario explicar, por ejemplo, las ironías cuando enviamos mensajes de teléfono, y también es por esto que leer los comentarios agresivos en determinados foros de internet es tan divertido.

No debe extrañarnos esta incapacidad de la lengua escrita para expresar matices del lenguaje: se piensa que es posible que una mutación genética en nuestros antepasados hace 100.000 años haya sido la causante de que hoy nos expresemos con símbolos orales. Los cambios fisiológicos y neurológicos necesarios para que nuestra especie haya desarrollado esta forma de comunicación dan para un artículo muy largo, y además no es el objeto de este. Baste decir que, en comparación, los restos más antiguos conservados de escritura tienen apenas 6.000 años, es decir, que si el hombre hubiese empezado a hablar hace cien años, habría inventado la escritura hace solamente seis. Para decir esto debemos asumir que los restos más antiguos de escritura conservados son realmente los más antiguos; pero, todo hay que decirlo, también supone asumir que la lengua oral no tiene más edad de la que le suponemos.

Vamos al meollo. Lo que hace la gente cuando escribe tq o xq en lugar de te quiero o por qué es simplificar el código. Casi ningún código es autosuficiente, todos cuentan con ciertas ayudas que auxilian al receptor cuando debe entender lo que se le quiere decir. El caso más sencillo es una conversación oral frente a frente. Para suplir las carencias de nuestro código —que las tiene, a pesar de que las lenguas naturales son increíblemente efectivas para comunicarse en la mayoría de las situaciones— echamos mano de gestos, movimientos, la posición del cuerpo, distintos volúmenes y entonaciones de voz, etc. En un chat de internet es frecuente que recurramos a los llamados emoticonos. Lo importante, en una situación de comunicación, es que el mensaje sea recibido y descodificado por el receptor de la manera más perfecta posible y con un gasto mínimo de energía. Esto es muy matizable, y se podría escribir sobre ello otro artículo, pero para el tema que tratamos nos vale esta explicación (hay fórmulas no muy económicas que ayudan a cuestiones distintas de la de la mera recepción-descodificación, como las formas de cortesía, «por favor», «gracias» y otras, que ayudan a conseguir no solamente el entendimiento de quien nos oye, sino su colaboración).

Si una adolescente le escribe al que cree que será el amor de su vida y padre de sus hijos «tq muxo mi xulo. q as exo oi?» y el adolescente, después de leer los mensajes de las otras tres a las que se está intentando beneficiar, lee el de la chica y lo entiende, el código habrá cumplido su cometido a la perfección. Si hay alguna palabra que no entienda, puede preguntar. Esto puede verse como una falta de eficiencia en el código, pero en realidad no lo es, si en la mayoría de los casos el ahorro de caracteres es superior. Una de las características del lenguaje, cuando se le deja libre, es que siempre va aprendiendo a decir lo mismo con menor gasto de energía. Se sabe que puede compararse la edad de dos lenguas midiendo la media silábica de sus palabras: si las palabras son más cortas, el idioma es más antiguo. Por eso el latín SARTAGINEM ha dado el castellano «sartén», sin ir más lejos. Como sistema de codificación de falsos mensajes de amor entre adolescentes y ya no tan adolescentes, el llamado lenguaje SMS es, pues, perfecto.

Pero a mucha gente preocupa que esto pueda hacer que las personas ignoren y, por tanto, respeten cada vez menos las normas ortográficas. Aquí, a falta de haber realizado —o leído— ningún estudio al respecto, solo puedo hablar de mi experiencia docente durante diez años. Y esta experiencia me dice que la codificación de los SMS no tiene nada que ver con las faltas ortográficas. Es cierto que la ortografía de los adolescentes españoles actuales deja mucho que desear, pero es muy raro, casi anecdótico, el caso en que veo que la falta se asemeje a la escritura mínima usada en Whatsapp. Los adolescentes no cometen faltas ortográficas porque escriban como escriben sus mensajes cortos. Desconocen la norma, pero no suelen intentar sustituirla por la escritura móvil. Este tipo de escritura mínima tiene su porqué en la necesidad de inmediatez en la comunicación, en el ahorro de tiempo y energía —es decir, cumple una función propia del lenguaje, e incluso propia de todos los seres vivos y casi cada una de sus actividades mientras están vivos—, y, al principio, cuando se escribían SMS, en el coste de cada mensaje, que hacía necesario incluir la mayor cantidad posible de información en el número más pequeño de caracteres. En esto, los adolescentes demostraron ser unos auténticos genios de la codificación, que podrían haber sido fichados por los creadores de WinRar.

Porque lo que hacen en sus mensajes es comprimir. Enfadarnos porque los adolescentes se coman letras en sus mensajes es como enfadarnos con un programa compresor de archivos porque el archivo que nos llega tiene un tamaño inferior al de los archivos comprimidos. Si, una vez descomprimido, el archivo está intacto, ¿cuál es el problema? Pues lo mismo pasa con el lenguaje: lo importante es que al descomprimir —esto es, al descodificar— el significado esté completo y sea entendido. Mientras esto pase, no hay motivo de preocupación.

La poca observancia de las normas ortográficas tiene, en mi opinión, otros orígenes: la escasez de lectura, el desprecio general por la educación, la desidia —ay— de muchos profesores, la falta de profesionalidad de muchos profesionales del lenguaje (da miedo abrir un periódico o leer el rótulo de una noticia en el telediario), etc. Pero, ¿los SMS y los mensajes de Whatsapp? En mi opinión son admirables.

Nota: este artículo está deliberadamente lleno de vaguedades, cientos de puntos sin matizar y puede que alguna imprecisión, pero está hecho así aposta para lograr el objeto de su argumentación. Pretendía aportar mi opinión, y para ello era innecesario pasar horas revisando manuales y teorías. Lo dicho, no obstante, ha pretendido ser riguroso, aunque no detallado, pero los lectores que encuentren algún error son libres de hacerlo saltar en los comentarios, y serán debidamente tenidos en cuenta.

Coltan

28 de February de 2014

Esta mañana he grabado, desde la ventana de mi casa, este vídeo (eran alrededor de las 6.15 de la madrugada):

Coltan

Todos queremos teléfonos móviles nuevos cada seis meses.

Casi todas las reservas de coltan (mineral imprescindible para su fabricación, que se encuentra en cantidades finitas y no es renovable) se encuentran en el África subsahariana.

Al igual que los diamantes, el oro o el gas, lo compramos a precio irrisorio, para que nuestros teléfonos sean baratos. Para ello no nos importa que varios millones de personas vivan en un régimen de pura esclavitud en pleno siglo XXI. Si cobraran un salario medio digno (o algún salario, en cualquier caso), tu teléfono costaría de cuatro mil euros para arriba, calculo yo. Para que te cueste lo que te cuesta es necesario que la mano de obra sea esclava.

Esta situación, lógicamente, exige un control férreo por parte de los regímenes de los países exportadores para que los esclavos no se quejen, y provoca interminables guerras por el control de los recursos. Se calcula que la guerra del coltan ha causado unos cinco millones y medio de muertos (la más cruenta desde la Segunda Guerra Mundial).

La República Democrática del Congo y Ruanda son los principales escenarios de esta masacre. España por cierto, vende armas a Ruanda.

Resumiendo, que les vendemos armas para que controlen a una población de esclavos que extrae mineral baratito para que nosotros tengamos iPhones.

Y para que desde esos iPhones nos quejemos en Facebook de los negros de mierda que entran aquí y digamos que no vamos a caber, que cuánto nos va a costar mantenerlos, etc.

Creedme, es mucho más barato que salten la valla doscientos y les demos de comer que propiciar una situación en la que sean trabajadores, no esclavos, y no sufran y mueran por nuestros teléfonos. El coste que pagamos por la tecnología (los inmigrantes y los gastos que acarrean) es una verdadera ganga.

A cada cual que le moleste lo que quiera, pero las cosas son así. Y he hablado principalmente del coltan, pero podríamos profundizar en temas de diamantes, oro, etc. y del expolio europeo y occidental en general en África.

Recomiendo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en el que se basa la película Apocalipsis Now de Coppola, para echar un pequeño vistazo a lo que Europa lleva siglos haciendo con esta gente.

«Lo cierto es que cada vez que se ha encontrado algo valioso en África, sus habitantes han sufrido y muerto por ello.»

(Diamante de sangre)

Ahora me cuadra

22 de January de 2014

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Imagen: Wikipedia

Llevo días —meses, en realidad— dando vueltas a una aparente contradicción. Y es la que sigue: la reforma de la Ley de interrupción del embarazo propuesta por el ministro Ruiz-Gallardón es un retroceso en muchos aspectos, no solo de los derechos de las mujeres, sino de toda la sociedad. Sigue siendo, como todas las leyes conservadoras que se hacen sobre el asunto, un contrasentido: no permite la interrupción libre del embarazo, ni siquiera en las primeras semanas de gestación. Sin embargo, sí, durante un breve plazo, si el embarazo es fruto de una agresión sexual. De ello se deduce una perversa conclusión: no se puede detener la gestación de un feto, dado que es un ser humano… pero sí si es fruto de una violación. Entonces, ¿si ha habido una violación el feto no es un ser humano, pero si es un love child sí? O, si los dos son seres humanos, ¿justifica la reforma el asesinato de un feto si el padre ha cometido un delito para el que —curiosamente— no se pide la pena de muerte?

En general esta reforma es vista como retrógrada, opinión que comparto. Pero algo me escamaba. Casi todo el mundo achaca este retroceso al catolicismo militante de la cúpula del Partido Popular. Sin embargo, algo no cuadra. ¿No es el matrimonio entre personas del mismo sexo tan contrario a la doctrina católica imperante como la interrupción libre del embarazo por parte de las mujeres?

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Natalie Portman y Mila Kunis en Cisne negro, de Darren Aronofsky

Sin embargo, prácticamente nadie del gobierno ha levantado la voz anunciando la derogación del llamado matrimonio homosexual, ni tan siquiera de su aspecto más polémico, que es la adopción por parte de parejas homosexuales. El asunto no está en la agenda, y eso que las manifestaciones, ya fueran personales —de miembros de la iglesia cristiana—, ya convocadas como protestas pretendidamente multitudinarias, en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, han sido sensiblemente más numerosas que las que se han opuesto a la reforma de las leyes de interrupción del embarazo llevadas a cabo por los gobiernos de Rodríguez Zapatero.

Creo que he dado con la clave. Si se reducen a la mínima expresión los supuestos en que una mujer puede interrumpir el embarazo, no se limita este derecho a las mujeres; solamente a las mujeres pobres. Las pudientes van a seguir abortando igual, aunque les cueste, ahora, un viaje a algún país con leyes más permisivas. Sin embargo, una derogación del matrimonio entre personas homosexuales afectaría por igual a los homosexuales pobres y ricos, de derechas o de izquierdas, puesto que aunque fuesen a otro país a casarse —dado que, después de España, muchos países imitaron nuestra ley, una de las pocas ocasiones en que he sentido algo parecido a orgullo de ser español—, al volver a nuestro país ese matrimonio no tendría efecto, y la pareja carecería de los derechos que nuestra legislación otorga a los matrimonios. Esta reforma no es fruto de una conspiración ultracatólica. Tampoco es un atentado contra las mujeres ni contra su libertad. Es, simplemente, seguir eliminando los derechos de los que menos tienen, dejando intactos o ampliando los de los millonarios. Nuestra Constitución no permite hacer leyes que solo dejen casarse a los homosexuales ricos. Pero sí leyes que, de facto, impiden abortar a las mujeres pobres, mientras que las acaudaladas sigan conservando ese derecho.

Ahora me cuadra.

Violencia de género y violencia en general

25 de November de 2013

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—Mamá, ¿qué es una ninfómana?
—Una mujer adicta al sexo.
—Vale, ¿y cómo se llama a los hombres que son adictos al sexo?
—Hombres.

Sospecho que la intención de este cómic no era esa, pero me sirve para ilustrar la idea de este artículo. Nuestro idioma tiene muchas palabras para insultar a las mujeres que se sienten y actúan libres sexualmente (puta, zorra, fresca, etc.); esto no tiene parangón para mi sexo, y cuando lo tiene, abandona gran parte de sus connotaciones negativas (no es lo mismo un fresco que una fresca, para entendernos, o al menos casi nadie repudia al segundo). Esto es un hecho¹.

Hoy se celebra el Día internacional contra la violencia machista (lo de violencia de género, sí, es una estupidez). En la calle y en las redes sociales encuentro el mismo discurso de siempre: «Yo estoy en contra de la violencia en general; no estoy específicamente en contra de la violencia hacia mujeres por parte de hombres más que en contra del resto de tipos de violencia.» Yo era de esos.

Hoy no. Pienso que decir eso es como decir «estoy en contra de la extinción de cualquier animal» si alguien te habla del peligro de extinción de los rinocerontes blancos. Entendedme, no comparo a las mujeres con animales, aunque pienso que lo son, igual que nosotros. Bueno, sé que me habéis entendido.

La existencia de palabras machistas refleja que vivimos en una sociedad machista. Mucho menos machista que hace veinte años, desde luego, pero mucho más que lo que debería ser —que es nada—. He conocido de cerca casos de machismo, incluso en personas que no se consideraban machistas. Negar la existencia de una violencia machista es negar que existe el machismo en una sociedad que, por lo demás, ya es bastante violenta.

Estoy en contra de toda violencia. ¿Podría ser de otra forma? Pero ¿existe algo llamado «violencia machista»? A mí, que soy un hombre adulto, me pueden atracar por la calle. Eso es violencia, y estoy en contra (incluso si le pasara a otro que no fuera yo). Sin embargo, hay un miedo que yo no tengo: el miedo a que mi pareja, si la tuviera, me cruce la cara o me amenace con hacerlo si tiene un mal día o si le molesta algo de lo que digo o hago. El miedo a que la sociedad, en general, e incluso parte de mi familia, acepte las amenazas y las agresiones como algo normal, o al menos como algo privado. No hay ninguna iglesia —y en eso tanto la católica como la islámica han dado vergonzosas muestras en los últimos años en este país— que me diga que tengo que aguantar algún que otro bofetón por ser un hombre. Ese tipo de violencia no se ejerce contra los hombres, pero contra las mujeres sí.

Decir que se está en contra de la violencia en general, pero no contra la violencia contra las mujeres es algo así como negar que existen los ataques racistas de los neonazis contra las minorías étnicas porque estoy en contra de la violencia en general. Sí, también estoy en contra de la violencia contra los «españoles europeos», o como queramos llamarnos. Pero no decir que se está específicamente contra la violencia racial es, de facto, negar que exista un problema racista. Y pienso que, del mismo modo, decir que no se está en contra de la violencia machista, sino en contra de toda violencia, es negar no solo que existe un problema de machismo en nuestro país y en nuestro mundo, sino también insultar a los millones de mujeres que lo padecen a lo largo y ancho del planeta.

Ojalá dentro de veinte años pueda leer esto y pensar: «Ya no hace falta.»

(1) No estoy de acuerdo, sin embargo, con muchos hombres y mujeres, algunos colegas míos, en que hay que cambiar el lenguaje para cambiar la sociedad; pienso que eso no puede pasar. No creo que ahora seamos menos machistas por decir compañeros y compañeras.

Qué hacen los profesores

20 de November de 2013

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Taylor Mali (web oficial) es un poeta estadounidense de un nuevo movimiento, o algo así, llamado «poesía slam», que desarrolla su actividad en una especie de concurso del estilo de las batallas de gallos del rap. También se dedicó durante años a la docencia, y escribió un poema dedicado a la gente que critica al profesorado en general, a los fundamentos de ser profesor, a la vocación y a todo lo que esta profesión pueda tener. Aquí tenéis el poema original (What Teachers Make) en inglés. Los chicos de Zen Pencils dibujaron para este poema un bonito cómic, y yo os presento mi chapucera y más o menos libre traducción como homenaje a todos los que sufrimos y disfrutamos de este negocio.

(Nota: El original make se puede traducir más literalmente como «fabricar», «crear» o incluso como «construir» que como «hacer», pero creo que en este contexto el último verbo era el más apropiado)

Lo que hacen los profesores

Dice que el problema de los profesores es este:
¿Qué puede aprender un niño
de alguien que decidió que su mejor opción en la vida
era hacerse profesor?

Recuerda al resto de los invitados de la cena que es cierto
lo que dicen de los profesores:
El que sabe, sabe; el que no, enseña.
Decido morderme la lengua en lugar de morderle la suya
y resistir la tentación de recordar a los invitados de la cena
que puede decirse lo mismo de los abogados.
Porque después de todo estamos comiendo, y esta es una conversación civilizada.

Por ejemplo, Taylor, tú eres profesor.
Sé honesto. ¿Tú qué es lo que haces?

Y desearía que no hubiese hecho eso —pedirme que fuera honesto—
porque, sabes, yo tengo esta norma sobre la honestidad y patear culos:
si tú lo pides, te lo voy a dar.
¿Quieres saber lo que hago?
Hago que los chicos trabajen más duro de lo que pensaban que podían.
Hago que un aprobado parezca una Medalla al Honor
y que un sobresaliente bajo siente como una bofetada.
¿Cómo te atreves a desperdiciar mi tiempo
dándome algo menos que lo mejor que puedes dar?

Hago que los chicos se sienten durante cuarenta minutos de estudio
en absoluto silencio. No, no podéis trabajar en grupo.
No, no puedes hacerme una pregunta.
¿Que por qué no te permito ir al baño?
Porque estás aburrida.
Y en realidad no quieres ir al baño, ¿verdad?

Hago que los padres tiemblen de terror cuando los llamo a casa:
Hola. Soy el señor Mali. Espero no llamar en mal momento,
quería hablarle de algo que su hijo ha dicho hoy.
Al matón más grande del instituto, su hijo le ha dicho:
«Deja a ese niño en paz. Yo también lloro a veces, ¿tú no?
No es nada importante.»
Y ese es el acto de coraje más noble que he visto en mi vida.

Hago que los padres vean qué son realmente sus hijos
y qué pueden llegar a ser.

¿Quieres saber lo que hago? Hago que los críos se pregunten a sí mismos,
que hagan preguntas a los demás.
Que sean críticos.
Les hago que pidan disculpas y que lo sientan de verdad.
Les hago escribir.
Les hago leer, leer, leer.
Les hago deletrar definitivamente hermoso, definitivamente hermoso, definitivamente hermoso
una y otra vez y otra más hasta que ya nunca vuelven a escribir mal
ninguna de esas palabras en sus vidas.
Hago que enseñen todos sus cálculos en Matemáticas
y que oculten sus borradores en los trabajos finales de Lengua.
Les hago entender que si tienes inteligencia
vas a seguir al corazón
y que si alguien intenta alguna vez juzgarte por lo que haces,
le enseñes el dedo corazón.

Mira, déjame que te lo explique más claramente, para que sepas que lo que digo es verdad:
lo que hacen los profesores es cambiar las cosas. ¿Qué es lo que haces tú?

Groupies

14 de August de 2013

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Imagen: Wikipedia.

La Wikipedia en inglés define groupie como (traduzco improvisadamente) «un tipo particular de admiradora que se supone más interesada en relaciones personales con las estrellas del rock que en su música. Una groupie es considerada una fan devota de una banda o un intérprete musical».

Las groupies suelen abundar más en músicos —y no voy a nombrar ninguno— prefabricados, de estos que los productores musicales reúnen entre los púberes más guapetes de un gimnasio de barrio y les enseñan a cantar y bailar, o los salidos de los estúpidos concursos televisivos, que de músicos más respetados. Dada la motivación y, por lo que puede inferirse, escaso gusto musical y edad de las groupies, es lógico que muestren su amor irracional al guapete de turno cuyos estribillos los ha compuesto un ordenador siguiendo la moda que del músico vocacional con arriesgadas y originales notas que, además, no suele ser demasiado guapo.

A la groupie le da igual que le demuestres que el estribillo que le está vendiendo su ídolo ya se lo vendieron hace cinco años a su hermana mayor, o que le volverán a vender el mismo, con la imagen adaptada a la estética imperante, dentro de cinco años a su hermana pequeña. La música le importa más bien poco (aunque no dudo que le guste). Lo que siente es idolatría, más que melomanía. Nada tengo en contra de ello.

Que las grandes productoras musicales decidan hacer de un niño mono un millonario ídolo de masas ha pasado al menos desde los inicios del rock, aunque es cierto que cada vez la balanza se inclina más a la monería y menos a la música. Pero bueno; dudo que haya muerto mucha gente que no lo mereciera por el fenómeno groupie.

Claro, el problema viene cuando el amor irracional e incondicional se dirige no a quien después de todo solo te hace gastar veinte euros en un disco o cincuenta en unas entradas para un concierto, sino a quien está en la cúpula de los que están dirigiendo un país.

Aquí vemos a unos jóvenes de Nuevas Generaciones (los «cachorros» del Partido Popular) que han acudido esta mañana a la puerta de la Audiencia Nacional a jalear a María Dolores de Cospedal, que iba a declarar como testigo en el archiconocido caso de la corrupción dentro del seno del partido que gobierna los destinos de esta nación. En ese momento había también un grupo de afectados por la estafa de las participaciones preferentes, que habían ido a afear a la política que el poder no haya hecho nada en el pasado, ni lo esté haciendo ahora, por deshacer la estafa, compensar e indemnizar a los afectados y ya de paso (iluso que he sido siempre) meter en chirona por unos cuantos años a los responsables.

Según se ve en el vídeo, después, probablemente, del cruce de palabras gruesas entre ambos grupos, un anciano estafado amaga con una especie de bastón con agredir al grupo de fans de Cospedal, mientras un policía lo impide y los cachorros populares se burlan de él. A estas alturas ya casi todo el mundo habrá visto el vídeo, así que no es eso lo que quiero comentar aquí.

Lo que más me preocupa es que dentro de la política, en este país, haya habido y siga habiendo groupies, especialmente en los dos partidos que conforman el siniestro bipartidismo que está arrojando a España al desastre. Les dan igual los EREs, el caso Gürtel, los recortes, los GAL, cualquier cosa que haya pasado. Como cuando a una chica de catorce años le demuestras que el gran hit de su ídolo es un refrito de cuatro acordes que llevan setenta años funcionando en la música popular y una letra más tonta que caerse de lado, y ella solo se tapa los oídos y grita «¡Justin! ¡Justin!» (vaya, al final he dicho un nombre), esta gentecilla se tapa la nariz y grita, como en el caso del vídeo que nos ocupa, «¡Cospedal! ¡Cospedal!».

Están jaleando a una persona sobre la que recaen fundadas sospechas de haber recibido cobros ilegales, olvidando, por supuesto, de tributar por ellos el dinero que hace falta para construir escuelas y hospitales y comprar medicinas. A una señora que es una de las cabezas de un gobierno cuyas políticas mantienen el desempleo estatal por encima del 25% (y sin previsiones de que baje). Estas juventudes del partido con más afiliados de España van a vitorear a la secretaria general del partido cuyas políticas han llevado a que el 65% de los jóvenes estén en una situación tan salvaje como para emigrar por un trozo de pan. A que Aragón se jacte de tener solamente un 39,8% de desempleo juvenil.

La secretaria general de un partido que ha mantenido hasta hace dos días a un señor que cogía todo el dinero que se están ahorrando en sus estudios, en sus medicinas, en sus subsidios y en sus políticas activas de empleo, y se lo llevaba a bancos suizos.

Cuando una groupie se vuelve loca por un joven imberbe, el mayor perjuicio que puede haber es que compre una canción de mierda a precio de The Long and Winding Road. Pero cuando un grupo de atolondrados fans van a las mismas puertas del juzgado a llamar «guapa» a eso, es que nuestro país tiene un problema mucho más serio de lo que podemos llegar a concebir.

Hay que comer

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