Ars longa, vita brevis

Milagros

26 de September de 2016

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El otro día, en Twitter, a raíz de unos tuits que publiqué sobre la conveniencia o no de mandar tareas para casa, hubo diversas respuestas, casi todas interesantes, algunas a favor y otras en contra de la medida. En uno de los reproches se me argumentaba que los deberes aumentan las diferencias de clase de los alumnos, pues los padres de los niños pobres no pueden ayudar a sus hijos con estas tareas tanto como los de los niños ricos (en general, el padre medio español aún no entiende que las tareas no las deben hacer ellos, sino sus hijos; que un alumno que realiza sus tareas mal podrá ser corregido por el profesor, pero uno que las trae realizadas perfectamente por sus padres nunca tendrá la posibilidad de saber qué hace bien y qué mal). Se me argumentaba que la educación pública debería ser capaz de paliar las diferencias entre uno y otro alumno; no solamente las que un docente encuentra en la escuela, sino también en su vida extraescolar.

El objetivo de este artículo no es hablar de las tareas para casa, que son tema lo suficientemente extenso como para ocupar varias entradas de un blog personal. Ya se ha escrito tanto como para aburrir a cualquiera, y seguro que mucho mejor que como lo haría yo; os animo a buscar estas opiniones en la red.

El objetivo de esta entrada es, por el contrario, criticar la opinión cada vez más firmemente instalada en nuestra sociedad de que la escuela, por sí sola, es capaz de responder triunfalmente a todos los problemas que una sociedad como la nuestra, o como cualquier otra, presenta.

La escuela ideal debería ser garante de la movilidad social, es decir: debería proporcionar al hijo de un campesino las mismas posibilidades de ser cirujano que al hijo de un cirujano. Si leemos en diagonal este artículo en El País de 2010, sin embargo, vemos que la movilidad social no se ha conseguido en nuestro país —de hecho, la crisis seguramente ha agravado esta cuestión—. A nadie se le escapa que los hijos de la gente con posibles tienen no solo más éxito escolar, sino por lo general más cultura que los que somos hijos de gente modesta. ¿Debe la escuela paliar estas diferencias? ¿Puede?

Debería, por supuesto, al menos ayudar a conseguir ese objetivo. ¿Pero es posible en estas condiciones? El aumento de las tasas universitarias y la reducción de becas, al menos proporcional (no quiero discutir aquí con nadie), desde luego, no ayudan. Recordemos, además, que una beca que únicamente te pague la matrícula, los libros y el colegio mayor, en su caso, no suele ser suficiente. A menudo una familia humilde necesitaría los ingresos de una joven que quiere estudiar y que, si lo hace, no puede aportar al monto económico necesario para el mantenimiento de la familia. Muchos acusan a los jóvenes de acomodados, y de no querer esforzarse; sin embargo, por mi propia experiencia puedo decir que estas críticas muchas veces proceden de personas que exhiben en sus muñecas un reloj de dos mil euros desde que tenían dieciocho años, regalo de sus padres.

Desde la —a mi parecer, injustamente— denostada LOGSE la educación española realiza, al menos sobre el papel, enormes esfuerzos para la integración de alumnos en unas condiciones que garanticen, o al menos lo intenten, una educación de la misma calidad para todos y todas. Tenemos programas de integración y refuerzo, profesores de apoyo, maestros y maestras de Audición y Lenguaje en los institutos de educación secundaria para alumnos con dificultades especiales de aprendizaje, intérpretes de la lengua de signos para alumnos sordos, y un montón más de recursos… en cantidad insuficiente, si preguntáis a cualquier persona que trabaje en la educación pública (aun así, la OCDE ha reconocido en diversas ocasiones los esfuerzos realizados por nuestro país para mejorar la calidad de su enseñanza pública).

En un país donde la importancia y visibilidad de los periodistas sensacionalistas (no quiero generalizar; estaría haciendo lo mismo que hacen muchos con nosotros, los docentes) crece año tras año, es fácil pensar que la educación pública española está en uno de los círculos del infierno de Dante, donde deberían estar aquellos a quienes se nos culpa de ello por ser el eslabón más débil del sistema: los profesores y maestros.

Sin embargo, estoy repasando estos días el Libro blanco de la profesión docente y su entorno escolar (PDF), impulsado por José Antonio Marina, y ahí se recuerda que, de los cinco niveles que el informe PISA destina a los resultados de sus pruebas educativas (que van desde “pobre” hasta “excelente”), España se sitúa en el nivel medio: “bueno”. No se puede calificar, creo, este resultado como de desastre, pues la palabra “bueno” difícilmente puede adquirir connotaciones negativas. Y esto en un país, como el mismo Libro blanco recuerda, en el que hace solo 40 años un 82 % de la población solamente tenía los estudios primarios.

Basta comprobar cualquier estadística para concluir que la escuela no elimina las diferencias sociales en la futura vida de los alumnos, y que, por lo tanto, la escuela está fallando. Pero, si partimos del principio de que una sociedad con grandes diferencias económicas entre individuos es una sociedad hasta cierto punto fallida, vuelvo a preguntar: ¿es capaz la escuela de eliminar estas diferencias?

A los docentes españoles se nos repite el nombre de Finlandia más veces al día, incluso, que el de Venezuela a los espectadores de telediarios. Los programas de televisión emiten documentales monográficos sobre el país, donde unos felices docentes que, en comparación, cobran (incluso) menos que los españoles, dan clase a unos felices alumnos en sus pequeños abrigos acolchados. Se nos dice “en Finlandia se hace esto o lo otro”, como si hubiese una fórmula mágica, un interruptor que, al ser pulsado, catapultara nuestros resultados educativos a los niveles finlandeses, y el sistema educativo español, por algún tozudo motivo, no quisiese pulsarlo. Cualquiera con una mínima inteligencia y una mínima capacidad crítica (es decir: cualquiera) debería saber que sería un milagro que el mismo sistema educativo triunfara en dos países separados por miles de kilómetros de distancia y miles de años de historia. Aun así, acepto el guante.

Pero ¿y si invertimos la carga de la prueba? En este artículo de la Wikipedia se establece una clasificación de países por desigualdad económica, según el coeficiente de Gini. No necesitamos bajar muchos puestos en la tabla para encontrar al país cuyo modelo educativo viene a salvar a España de todos sus males: Finlandia es el octavo de los países menos desiguales del mundo. Debemos hacer trabajar algo más la rueda central de nuestro ratón para encontrar a España en el puesto número 58, justo por detrás de Portugal, Albania, Grecia, Uruguay Níger, Nicaragua, la India, Azerbaiyán y Etiopía. Sí: por detrás.

¿Esta desigualdad es el resultado de las carencias —que no niego— de nuestro sistema educativo? ¿O es más bien al contrario? ¿No será que, en una sociedad más desigual, es mucho más difícil que la escuela garantice la movilidad social? ¿Es capaz un sistema educativo público, por sí solo, de eliminar estas enormes diferencias? ¿Cuánto dinero haría falta? ¿O quizás sería más sencillo y tendría más éxito fijarnos más en los sistemas impositivos de los países nórdicos, donde una elevadísima parte de los unos impuestos directos más justos se destina a programas sociales?

La escuela no puede arreglar todos los males del mundo, y además nuestra sociedad ha olvidado una cosa: que la educación de los jóvenes no es asunto exclusivo de sus profesores. Todo el mundo educa, o todo el mundo debe. Pero sobre todo: si seguimos creando problemas de desigualdad social, de desamparo económico de los más desfavorecidos, de mercado libre salvaje que rapiña todos los recursos de un país sin preocuparse de si mañana va a amanecer, no podemos esperar que la escuela haga milagros. Los docentes no somos santos, ni en un sentido ni en otro.

¿Deben los menores tener un teléfono móvil inteligente?

15 de June de 2016

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Imagen: metronews.fr

Hace unas semanas, unos alumnos de alrededor de quince años me preguntaron si quería ver un vídeo del estado islámico en el que se veía como trituraban a un prisionero vivo atropellándolo con un carro blindado. Tenían el vídeo en sus teléfonos móviles, y se lo habían pasado por el grupo de Whatsapp en el que se encontraban todos los alumnos de ese grupo.

Todos los alumnos tienen un teléfono multimedia, con una gran pantalla y capacidades de conexión a internet. Por tanto, los chicos tienen un acceso permanente a material textual y audiovisual de todo tipo: la Wikipedia, las obras de Cervantes y de Shakespeare, multitud de películas y documentales de dominio público, y también vídeos pornográficos, de torturas, violaciones y decapitaciones, cuarentones haciéndose pasar por chicos o chicas de quince años y páginas web que los incitan a dejar de comer y vomitar hasta lograr una delgadez patológica que pone en riesgo su salud.

No soy un profesor carca. Mantengo una envidia sana ante las posibilidades que las nuevas tecnologías ponen al alcance de los adolescentes de esta época, y que a nosotros nos parecían ciencia ficción. Recuerdo enviar un cupón por correo para comprar unas partituras de guitarra, y recogerlas de veinte a treinta días después en la sede de Correos, abonando su importe. Hoy un adolescente con inquietudes musicales no tiene más que conectarse a Youtube y buscar un vídeo didáctico que le enseñe, paso por paso, a tocar su canción preferida. De hecho, trato de mantenerme al día en estos asuntos —también, no voy a negarlo, porque me atraen—, y no es infrecuente que, en los pocos ratos libres de que disponemos, mis alumnos me pregunten si por fin me he pasado aquella pantalla de Gears of War, y me ofrecen ayuda y trucos si aún no lo he hecho.

En mi centro están prohibidos para los alumnos el uso y la exhibición de teléfonos móviles y otros aparatos electrónicos. La principal razón, aunque en un principio pudiera pensarse, no es la necesidad de que atiendan a las clases y actividades y no a sus conversaciones. Estamos trabajando con menores que tienen derechos, entre ellos el derecho a la dignidad y a la propia imagen, y no es infrecuente que se suban a las redes sociales fotografías hechas a traición, en que algún alumno no sale muy agraciado, y que se aproveche esta circunstancia para denigrar al sujeto, a menudo de forma anónima. Además, los teléfonos son una herramienta milagrosa para el copieteo en los exámenes. No les prohibimos que los traigan, pues a sus padres les deja más tranquilos saber que pueden contactar con ellos en el trayecto entre el centro y sus casas; pero, dentro del instituto, no pueden usarlos (sus padres pueden llamar al teléfono del centro si necesitan hablar con sus hijos, y viceversa).

No voy a comentar casos que conozco de primera mano, pues lo primero de todo es el interés de los menores. Tampoco voy a enlazar noticias, pero todos hemos conocido por los informativos casos de fotografías y vídeos filtrados de menores desnudos, a veces manteniendo encuentros sexuales. Las leyes son muy estrictas y actúan para castigar al que ha filtrado las imágenes y para proteger al menor, pero todos sabemos que, una vez que el vídeo en cuestión ha alcanzado la red, su supervivencia ad aeternum se puede dar por segura.

He comentado a menudo con preocupación estos asuntos con compañeros y compañeras míos que tienen hijos adolescentes, y prácticamente siempre defienden la tenencia y el uso prácticamente ilimitado de este tipo de teléfonos para los adolescentes. A veces sus argumentos son sólidos (la permanente comunicación con ellos en caso de necesidad). Otras, no tanto (todos sus amigos tienen uno y no quieren que su hijo sea el «raro»). Cuando les pregunto si saben que sus hijos pueden estar, en ese preciso momento, consumiendo pornografía o vídeos de decapitaciones suelen encogerse de hombros y decir que es muy difícil controlarlo todo.

A veces me dicen que la palabra clave es «educación». Hay que educar para que los alumnos hagan un uso razonable del teléfono móvil. Curiosamente, los padres —incluso cuando esos padres son docentes— de los adolescentes suelen olvidar que sus padres les prohibieron beber, fumar, tener relaciones sexuales sin la debida protección (o matrimonio por la iglesia) y subirse en coches de desconocidos, y que todos lo hicieron. El adolescente es una máquina hermosa y terrible: sabe que su potencial está aumentando, no sabe cuáles son sus límites y quiere comprobarlo. Si a un adolescente lo han concienciado sus padres de que no es adecuado que a sus catorce años consuma pornografía, igualmente, al recibir un vídeo en un grupo de Whatsapp lo abrirá por curiosidad (ni siquiera meto aquí la rebeldía, algo también característico y hermoso de la adolescencia). El adolescente normal y sano verá y probará todo lo que esté al alcance de su mano. Por eso tenemos leyes que les prohíben consumir alcohol, además de educación para la salud, y, aun así, lo hacen.

¿Dejarías a tu hijo que, sin supervisión, tuviese a su alcance una parrilla de cien canales de televisión, sabiendo que incluye contenidos pornográficos que a veces juegan con la legalidad, confiando en que no los va a ver porque lo has educado para ello? Hablando sinceramente contigo mismo, ¿crees que no lo haría, si supiera que nunca lo vas a saber? Probablemente esta noche tu hijo cierra la puerta de su habitación y pone debajo de su almohada un dispositivo electrónico que le permite acceder a, virtualmente, toda la producción audiovisual de la humanidad hasta la fecha. Y, créeme, no lo está usando para buscar información para el examen de mañana ni para ver dibujos animados. ¿Lo habrías hecho tú a su edad?

Creo que es urgente que la sociedad se dé cuenta de una vez por todas de que podemos estar causando traumas personales severos a unos adolescentes que necesitan nuestra protección y que no la tienen. Estamos soltando sus ojos, sus oídos y sus cerebros en medio de la selva. Con que sus cuerpos crezcan sanos y grandes nos basta, y descuidamos la parte más delicada e importante de su físico: su cerebro.

Esta sociedad es ciegamente hipócrita cuando prohíbe la publicidad del tabaco y el acceso a salas de cine para ver determinadas películas por edades y luego deja en sus manos el mayor archivo sádico y pornográfico creado por el ser humano.

¿Se debe prohibir que los menores tengan un teléfono? La respuesta tiene una sola sílaba: no. Igual que no hay que prohibirles ver la tele o jugar a los videojuegos. Pero, si eres de esos padres que miran la clasificación por edades antes de comprar un videojuego para tu hijo, ¿luego le dejas solo con un dispositivo mediante el cual va a acceder a todo el contenido del videojuego y a contenidos mucho peores?

No soy legislador y no tengo la solución a este problema. Solo sé que dedicamos más energías a impedir que los críos se atiborren de grasas saturadas y refrescos cargados de azúcar que a impedir su acceso a contenidos multimedia que me hacen horrorizarme a mí, que tengo todos los años del mundo. Quizás se podría legislar para que se vendiesen teléfonos para menores de edad (igual que pueden conducir una bicicleta pero no un automóvil). No lo sé. Me han hablado de programas que bloquean el acceso de los teléfonos a determinados contenidos. ¿Cuántos de vosotros los habéis instalado en los teléfonos de vuestros hijos? Aun así, no se les puede dejar sin Whatsapp. Eso sí: os aseguro que si vuestro hijo o hija tiene un teléfono móvil con mensajería instantánea, tiene en este mismo momento en la memoria de su teléfono imágenes no aptas para sus edades. ¿De verdad no vamos a hacer nada?

Esclavos

24 de February de 2016

Artículo dedicado a mis alumnos, de este año y de todos los anteriores.

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Estamos viendo El árbol de la ciencia, del enorme Pío Baroja, en 2.º de bachillerato, y he propuesto a mis alumnos este texto para que lo comenten:

—Hace unos años —siguió diciendo Iturrioz— me encontraba yo en la isla de Cuba en un ingenio donde estaban haciendo la zafra. Varios chinos y negros llevaban la caña en manojos a una máquina con grandes cilindros que la trituraba. Contemplábamos el funcionamiento del aparato, cuando de pronto vemos a uno de los chinos que lucha arrastrado. El capataz blanco grita para que paren la máquina. El maquinista no atiende a la orden y el chino desaparece e inmediatamente sale convertido en una sábana de sangre y de huesos machacados. Los blancos que presenciábamos la escena nos quedamos consternados; en cambio los chinos y los negros se reían. Tenían espíritu de esclavos.

Para que comprendieran a qué se refiere Iturrioz cuando habla del «espíritu de esclavos» he iniciado un pequeño debate sobre si nuestro país debería financiar la sanidad a todos los inmigrantes que se encuentren en él, en situación legal o no, paguen impuestos o no. Los que estaban a favor de dar sanidad a los inmigrantes eran —al menos al principio— minoría en los dos grupos en los que imparto clase. Les he pedido, como siempre, que argumentaran a favor o en contra de una u otra postura. Los alumnos que tengo este curso son gente muy inteligente (aunque, a decir verdad, nunca he tenido un alumno que fuera tonto), y en seguida se han ido definiendo las posturas.

A favor:

  • Son seres humanos.
  • Se les podría dar, al menos, la atención mínima.
  • La mayoría no viene por gusto, sino huyendo del hambre o la guerra.
  • Etc.

En contra:

  • Puede producir cierto «efecto llamada».
  • No han cotizado ni un euro.
  • Puede que sea económicamente insostenible
  • Etc.

Entonces he trazado en la pizarra una línea horizontal y he escrito un par de cosas en ella.

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Dramatización.

Les he preguntado si, en este momento, económicamente, se sienten más cerca de la izquierda de la línea o de la derecha. Han contestado todos que de la derecha, a pesar de que casi ninguno es inmigrante ni hijo de inmigrantes; la práctica totalidad es de nacionalidad española, como Ortega.

Luego les he pedido que imaginaran que tienen todos 50 € y que tienen que apostar. La apuesta es obligatoria. Yo sé ver el futuro, y sé que van a terminar bien como un magnate o bien como un refugiado o un exiliado económico que abandona su país en busca de mejores expectativas. No hay términos medios. Y tienen que apostar a doble o nada. Según su situación actual y como ven las expectativas de evolución de su futuro económico de acuerdo con las posibilidades que les ofrece nuestra sociedad, si tuvieran que apostar obligatoriamente esos cincuenta euros, ¿apostarían a que es más posible terminar como Amancio Ortega o como un exiliado? Y todos –excepto uno que puso la nota de humor— arriesgaron sus ahorros al inmigrante sin nombre ni apellido.

Y esa es la mentalidad de esclavo: preferir que alguien que —aunque tenga otro color de piel— comparte más de su situación con nosotros se quede sin sanidad para que el magnate pueda pagar menos impuestos.

Ya no somos niños

2 de January de 2016

Advertencia: Quien no haya visto aún la película y no quiera conocer detalles importantes de toda la trama —detalles que incluyen todo el metraje—, que deje de leer ahora y espere hasta verla. Escribo este artículo asumiendo que todo el que lo lea ha visto ya esta entrega de la saga.

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Salí de ver El despertar de la fuerza con un enfado evidente. Mi acompañante, que ya la había visto, y yo mantuvimos el silencio hasta minutos después de salir del cine. Tenemos gustos parecidos y él sabía cuál iba a ser mi opinión. Lo que pasa es que gran parte de los fallos de la película tienen su explicación en mí: ya no soy un niño.

Vamos con lo bueno. Creo que esta entrega de la famosa saga marca un hito de excelencia en los efectos visuales cinematográficos. Yo vi la saga original cuando niño (tan viejo soy), y en aquella época los efectos especiales de la primera trilogía también marcaron un máximo. Después el desquiciado George Lucas añadió sus muñequitos digitales con el desastroso resultado que todos conocemos. Desde la aparición de las imágenes generadas o modificadas por ordenador en el cine de animación real, siempre ha sabido uno qué personaje o criatura estaba formada por unos miles o millones de líneas de código. La integración de estas imágenes digitales en una película que muestra el mundo, que es analógico, no es cosa fácil. Hay que tener en cuenta las texturas, los movimientos, la atmósfera que nuestros ojos han aprendido a discriminar como ruido blanco pero nuestros ojos, de hecho, saben cuándo no está. Es como la coherencia en un texto: es bastante más sencillo detectar su ausencia que explicar su presencia.

Solamente si atendemos a la luz, podemos imaginar que en cualquier situación los cálculos que debe realizar un programa de ordenador para mostrar una situación realista son ingentes. Ahora mismo estoy sentado delante de dos monitores de ordenador. Sobre mi cabeza cuelga una lámpara con dos bombillas incandescentes. Por la ventana abierta entra la luz de las farolas de la calle, rebotada en mil superficies. Un led parpadea en un disco duro externo que tengo conectado al ordenador. Cada una de esas luces rebota millones de veces y configura una iluminación mucho más compleja de lo que puede imaginar cualquiera que no se haya sentado a pensarlo.

Pues bien, en El despertar de la fuerza no ha habido un solo momento en que haya notado que tal o cual personaje estuviese creado digitalmente. Había algunos que, lógicamente, estaban hechos de unos y ceros, como un ave carroñera que aparece hacia el principio, o las bestias que transporta Han Solo (y que parecen sacadas del videojuego Doom). Sin embargo, están perfectamente integradas.

La integración del resto de elementos también es sublime. Se pueden ver los efectos que produce el calor de los motores de las naves en el ambiente y cómo afectan las ondas a todo lo que rodea el movimiento de las máquinas.

El sonido está a la altura, y no me extrañaría que esta película se alzase con el Oscar a los mejores efectos de sonido (a los efectos visuales, lo doy por descontado).

La segunda cosa buena es que los roles de género se están actualizando. La princesa Leia era un personaje fuerte e independiente, y daba órdenes a sus inferiores en rango, que eran todos hombres. Esta película va un paso más allá. No solamente aparecen varios personajes femeninos importantes (la protagonista, de hecho, es mujer), sino que interactúan entre sí sin necesidad de hombres. La fortaleza de Rey resulta evidente cuando incluso no llega a comprender por qué el soldado renegado (al que, creo recordar, llaman Finn) intenta tomarla de la mano cuando huyen: no necesita su ayuda.

Y aquí acabaron las cosas buenas. Todo lo demás es malo.

Podría pararme a enumerar las múltiples razones por las que este episodio es casi un calco de La Guerra de las Galaxias (bautizada años después como Una nueva esperanza), pero ya hay innumerables artículos en internet que lo han hecho antes. Me gustaría centrarme en errores concretos.

Incoherencia y falta de carisma. El único personaje del que puede decirse que tiene algo de carisma es la protagonista, Rey, aunque no puedo decir que entre en la categoría de personajes inolvidables, como casi todos los de la trilogía original (no hablo aquí de la segunda trilogía, pues pretendo hacer como si no hubiese existido nunca). Quizás los de Disney quisieron pagar parte de la cuota a las minorías poniendo un personaje importante afroamericano (de hecho, creo que es el personaje que más minutos de pantalla se lleva). Sin embargo, no sale muy bien parado: es un traidor cobarde y patoso que solo mira por sus propios intereses. De hecho, cuando ya es evidente que se ha enamorado de la guapa protagonista, la abandona para poner pies en polvorosa y asegurarse una jubilación tranquila, aunque bien es verdad que al final regresa. Regresa mintiendo, por cierto, y poniendo en peligro las vidas de planetas enteros, dado que su pericia con cualquier cosa está a años luz de lo que presume. Al final, aparentemente, muere, aunque apostaría algo a que lo resucitan para la próxima entrega. Mi teoría es que intentaban hacer una réplica de Jar Jar Binks, el personaje más odiado hasta el momento de las siete entregas. Dato curioso: El personaje de Jar Jar Binks fue rodado con un actor real, también afroamericano, al que, en el último momento, Lucas le dijo que no iba a aparecer y que la imagen del personaje iba a estar creada completamente en una computadora. Lucas tuvo, además, la enorme crueldad de incluir en el making of del DVD el momento en que se lo decía. En el DVD puedes parar el momento exacto en que al actor se le hace trizas el corazón. Todo lo que rodea a Jar Jar Binks es maldad.

¿Kylo Ren? A ese pobre muchacho le ha tocado en la lotería representar lo que representó Darth Vader, uno de los personajes más reconocibles y poderosos de la historia del cine. No era una tarea fácil. La mera presencia física de Vader, con esa máscara —¿qué niño de cinco años ha diseñado la máscara de Ren, por cierto?— llenaba la pantalla y su respiración te dejaba sin la tuya. Ahora tenemos a un chaval obsesionado con su abuelo, con la espada láser peor diseñada de toda la saga, al que el patoso e incompetente Finn ¡le aguanta una lucha de sables! No se nos explica nada de su motivación, aparte de haber sido entrenado por su tío Luke, aun sabiendo que los jedis son los peores docentes de toda la Galaxia. ¿No han aprendido nada? Anakin Skywalker se convierte en un asesino sociópata por la falta de pericia pedagógica de Obi Wan (que, a su vez, había sido entrenado también de forma incompetente por Qui-Gon Jinn, alias Liam Neeson). Después de haber sido entrenado inicialmente por Yoda, Luke pierde una mano. ¿Cuál es el sistema de acceso a la docencia en una galaxia muy, muy lejana? Deberían revisarlo.

Han Solo, después de haber sido uno de los mayores héroes en el proceso de liberación de toda la galaxia y de ser el exmarido de una princesa, resulta que se gana la vida realizando contrabando de poca monta. Sabemos que ha pasado mucho tiempo, pero es poco creíble. ¿Por qué no nos explican nada?

Hay también un personaje llamado Poe que es el encargado de levantar suspiros entre las féminas asistentes, pero se pasa media película desaparecido. Al final te lo resucitan con un Deus ex machina como un piano de cola y hace dos o tres cosas.

Y hay otras dos cosas evidentemente malas. Un de ellas tiene que ver con la nostalgia. Esta película está dirigida principalmente a nosotros: adultos de treinta y muchos que disfrutamos con la trilogía original y compramos los muñequitos. A nuestras edades los hombres y mujeres de la generación de nuestros abuelos estaban a punto de ser abuelos, si no lo eran ya. Nosotros, en gran número, no tenemos hijos aún y seguimos coleccionando muñecos y hacemos fotografías de las cosas que nos comemos para mostrarlas al mundo. La película tiene muchos guiños a nosotros; repeticiones evidentes de guion, personajes y robots que se repiten. Parece intentar ser un revival para que pillemos las referencias y nos sintamos un poco como en la infancia. Todo está lleno de referencias. Pero al poner estas referencias se diría que se han olvidado de rodar una película.

La segunda cosa tiene que ver con la épica. La primera entrega de la trilogía (y aun la segunda, aunque, como ya he dicho, para mí no existe) es épica pura. Todos los personajes saben que están entregados a una causa mayor que ellos mismos que les trasciende. Hasta Solo acaba por comprenderlo. Aquí no. En su afán por hacer una película realmente para todos los públicos, tenemos pretendidas escenas de humor cada cinco minutos aproximadamente que dificultan un espíritu épico en una cinta que, supuestamente, te explica la lucha por la supervivencia de la libertad en una galaxia entera. Estos gags continuos convierten la película en una de esas que se olvidan fácilmente diez minutos después de salir del cine. Sí, te has reído y has amortizado el precio de la entrada. Y qué.

Oh, BB8. El famoso robot que todo el mundo adora. Reconozco que no lo odio tanto como antes, supongo que por todas las cosas que he odiado durante las dos horas largas de emisión. Aunque eso no es un mérito. No está mal como personaje. Pero por favor. No hay nada comparable a R2D2 y C3PO. ¿Y sabéis por qué? Porque los creó Lucas. La trilogía original fue una creación. Esta película es, simplemente, La Guerra de las Galaxias con esteroides.

Aunque supongo que el fallo principal de El despertar de la fuerza es que ya no soy un niño.

Carta a mi sobrino

9 de November de 2015

¡Hola, Elías!

Son las 15:47 del 9 de noviembre de 2015, y existes desde hace aproximadamente 24 horas. He decidido escribir esto ahora porque, una vez pasada la locura que ha envuelto todo el asunto de tu nacimiento (hoy es lunes, y nos tuviste en el hospital desde las 5 de la madrugada del domingo; tu madre y tú seguís allí) quiero contarte unas cuantas cosas antes de que empieces a darnos trabajo y los sentimientos se mezclen y diluyan.

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Mi idea es que leas esto cuando tengas, no sé, entre quince y veinte años. Quizás podamos comentar esto juntos, yo espero que sí; calculo que a esa edad ya serás tan maduro como para comprenderlo. Me paro un momento a pensarlo y será el año 2030 o el 2035, y sé que a ti no, pero a mí ahora mismo me parece increíble, como de ciencia ficción.

No sé cómo serás en este momento, aunque, como conozco a tus padres, estoy bastante seguro de que serás alto y guapo. No obstante, sabes que tu tío no suele juzgar a la gente por sus apariencias (sobre todo porque yo no soy ninguna de las dos cosas). Espero que aún conserves y toques la guitarra que te regalaré dentro de tres o cuatro años. O quizás no, pero no me importa, con tal de que toques algún instrumento, o estés disfrutando de la música de alguna u otra manera. A tu padre le vuelve loco Queen, y es una opción que apruebo (el entendido en música de la familia soy yo, no importa lo que te hayan dicho). Cuando subía hacia el hospital para conocerte, en mi coche tenía puesta música en modo aleatorio, y comenzó a sonar Move, del gran Miles Davis, aunque a la gente en Facebook (pregúntame lo que era, y te lo contaré) le dije que estaba sonando Dedicated Follower of Fashion, de The Kinks, que fue la segunda, porque sé que tendrás estilo.

También te compré un alce de peluche minutos antes de encontrarme contigo en una tienda de cosas de bebés que había enfrente del hospital, y también espero que lo conserves, aunque creo que ya no dormirás con él.

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¿Te acuerdas de Nicky? La tengo sentada ahora mismo sobre el regazo. Ayer no se tomó muy bien eso de no ser ya la más pequeña de la familia, pero hablé con ella y ha comenzado a entenderlo.

Espero que ahora mismo seas al menos la mitad de feliz de lo que nos estás haciendo a todos desde que nos enteramos de que habías comprado un billete de ida para venirte a vivir con nosotros. Pero hoy no quería hablarte de eso. Hoy quería hablarte del mundo.

Para mí sería alucinante que estuvieses leyendo esto desde Marte o desde cualquier otro planeta, pero a los de la NASA y los de la ESA les andan recortando los fondos, y no lo veo demasiado probable. Así que ahora mismo estarás sentado en algún lugar de la Tierra.

Mientras escribo esto tengo abierta una página web de noticias y estoy leyendo las que me aparecen. Hablan de guerras, calentamiento global, gente que huye de sus países arriesgando sus vidas y mujeres asesinadas por sus parejas. La gente está perdiendo sus trabajos, y a los que los conservamos nos están robando nuestros derechos a una velocidad alarmante.

Me gustaría que ahora mismo tuvieras que llamarme por teléfono para preguntarme qué son esos conceptos, aunque es probable que, por desgracia, los conozcas. A esta edad ya sabes que los grandes problemas requieren de mucho tiempo y esfuerzo por parte de las personas que los quieren arreglar. Acabo de leer, por ejemplo, que en lo que llevamos de 2015, ha habido cerca de 90 asesinatos machistas, solamente en nuestro país (nuestro país, al menos hoy, incluye a Cataluña. Recuérdamelo y lo comentamos). Me gustaría que mirásemos los números de este año y que la cifra de este nos parezca una barbaridad inconcebible. También me gustaría que hablásemos de como todos los países han tomado medidas conjuntas para parar las guerras, el cambio climático, las muertes de personas que intentan mejorar sus vidas. Y de que la gente sigue teniendo derechos.

Porque, desde ayer, entiendo mucho mejor la tremenda importancia y la responsabilidad de seguir intentando hacer de este mundo, cada día, algo un poco mejor. Porque ya no me pertenece. Ahora simplemente lo estoy cuidando para ti. Y quiero que, cuando acabes de leer esto, me preguntes qué es lo que he hecho en estos quince o veinte años para que lo recibas en un estado mejor que el que tiene ahora.

Tu tío.

P. S.: También me gustaría que os pusieseis a trabajar en lo de vivir en Marte. Pero eso ya es responsabilidad tuya. A partir de ahora tú estás cuidando el mundo para otras personas: tus hijos (o tus sobrinos). Ah, y si aún no he dejado de fumar, enfádate conmigo. Son las 16:27. Cuídate.

Charlie-Charlie y los antivacunas

3 de June de 2015

Mandatory Credit: Photo by Jon Santa Cruz / Rex Features (582062k) Ouija board with pointer VARIOUS - 2006


Mandatory Credit: Photo by Jon Santa Cruz / Rex Features (582062k)
Ouija board with pointer
VARIOUS – 2006

Los alumnos de mi instituto han comenzado a jugar, durante los recreos y ausencias de algún profesor, a algo que llaman Charlie-Charlie: es algo relacionado con la conocida tabla de ouija, lejanamente mezclado aquí, en Melilla, como suele suceder, con algún demonio o súcubo propio de la zona del Rif. Aprovechan para armar alboroto, aunque en algunos casos creo que he apreciado terror genuino, e incluso tuve que calmar a una joven que sollozaba en la Jefatura de Estudios. Hemos prohibido el juego, dado que no está permitido permanecer en las aulas durante el período de recreo, y mi actuación ha consistido, fundamentalmente, en ir por las clases donde he detectado el juego diciendo en voz alta: «Charlie, si estás ahí, ven a mi habitación esta noche y mátame». Al día siguiente los alumnos comprobaban, con un gesto que era mezcla de alivio y contrariedad, que el jefe de estudios adjunto seguía con vida. También intenté explicarles que seguramente un fantasma tenía cosas mejores que hacer que esperar una eternidad en un aula por si a unos adolescentes les daba por invocarle, pero con escaso éxito, porque a esas edades aprecian el empirismo más que la teoría.

Por las mismas fechas me entero del primer caso en nuestro país de una moda importada de la nación más avanzada de la tierra (?): la de los antivacunas. Son gente que, basándose en un estudio demostradamente falso, dicen que las vacunas pueden ocasionar retraso mental y autismo en los niños, y se niegan a permitir que se las inyecten a sus hijos. Esto se complica, porque los niños no vacunados no suelen padecer esas enfermedades para las que no los vacunan, así que su irracional postura se ve reforzada por los datos.

(Los niños, por cierto, no enferman puesto que, dado que sus compañeros sí han recibido las vacunas, no son portadores de las enfermedades objetivo, y por ello no las pueden transmitir; sin embargo, los no vacunados sí constituyen un riesgo para los otros)

Esto de los antivacunas guarda relación con los típicos adoradores de lo natural, que reniegan de los alimentos transgénicos y que suelen soltar alegremente sentencias como que «como un tomate de huerta no sabe igual uno del supermercado». Es decir: reniegan de siglos de investigación científica —y precientífica, en la selección de los especímenes— destinados a producir alimentos más eficientes, menos vulnerables a las plagas, más sanos, en definitiva. Compruebo con amargura como, especialmente en los programas electorales de mi querida izquierda (lo he comprobado en los papeles de Podemos e Izquierda Unida), pretenden proclamar los territorios que gobiernen zona libre de transgénicos, como si la libertad estuviese determinada por la prohibición de consumir alimentos que la ciencia ha contribuido a crear y mejorar. Por desgracia, parte de la izquierda siempre ha tenido defectos para mí inexplicables, como defender religiones criminalmente machistas (porque al menos no son el cristianismo) o creer en bobadas como el reiki o la acupuntura.

Mis correligionarios parecen obviar que la selección de especímenes para la cría es lo que ha permitido, por ejemplo, que hoy existan los perros, animales genéticamente distintos a los lobos que proceden, probablemente, de la selección de los individuos más dóciles para su cría. O de las vacas que dan más leche aunque no estén amamantando a un ternero. O que el maíz, uno de los alimentos más importantes para la población mundial, antes de la selección genética de los humanos daba bastante pena y no parecía un alimento muy apetecible.

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¿Qué decir de los que reniegan de los productos químicos, ignorando, al parecer, que el agua es una molécula unida químicamente? Pero la magia de las palabras funciona en nuestra sociedad como el latín en el mundo de Harry Potter: el adjetivo «químico» no nos gusta, nos hace pensar que estamos bebiendo detergente o algún pesticida. Del mismo modo, aplicar un adjetivo a la Medicina (medicina «oriental», «tradicional», etc.) parece revestirla de algo más grande de lo que es, a pesar de que, como le oí una vez decir acertadamente a un médico, «la medicina es la medicina. Si tiene un adjetivo, es una estafa». Cosas como esta han llevado a una de las mentes más poderosas de nuestra época a suicidarse; hablo del caso de Steve Jobs, el genio tras los iPads y iPhones, que pensó que podía curar su cáncer de páncreas bebiendo zumo, desoyó a los médicos, y acabó como era previsible: muerto. Incluso en la televisión de nuestro país se habla de «polémica» sobre las vacunas, como si estuviésemos hablando de si tal o cual penalti ha sido o no y no de verdades científicas experimentadas y demostradas hasta la saciedad en millones de ocasiones.

Ignoro a qué se debe este gusto posmoderno por lo mágico: por el exagerado respeto a las religiones, que incluso cuentan, en los países más desarrollados, con leyes que las protegen; la proliferación de magos y videntes de medio pelo (¿los hay de otro tipo?) en las madrugadas de nuestras cadenas de televisión; incluso en las dudas renovadas de si el ser humano puso los pies en la Luna alguna vez, duda que me han expresado ya varios de mis alumnos, al igual que me han expresado sus dudas acerca de la evolución de las especies. Tiendo a relacionarlo siempre con el deterioro de los sistemas educativos, que están sufriendo un cruento ataque por parte de los políticos neoliberales, que quieren la destrucción de lo público y a quienes les importan más los números —aunque no de las Matemáticas, precisamente— que el futuro. En cualquier caso, como siempre he defendido, creo que la escasa formación científica de nuestros jóvenes es en gran parte responsable de esto, y por eso hemos debatido en el instituto donde trabajo sobre la conveniencia (necesidad, diría yo) de implantar una asignatura de cultura científica general en todas las modalidades de Bachillerato, incluidas las de Humanidades.

De cualquier modo, hay algo que me llama poderosa y tristemente la atención. Las dos profesiones probablemente más importantes para el presente (la medicina) y el futuro (la docencia) de cualquier sociedad se ven permanentemente cuestionadas por el pueblo. Unos padres deciden no vacunar a sus hijos, poniendo en duda la sabiduría de unos profesionales formados durante años en la ciencia médica; cualquier padre de cualquier alumno considera que el profesor de su hijo lo está haciendo mal y se permite el lujo de darle consejos sobre su trabajo. Si un mecánico (profesión ante la que guardo un enorme y ancestral respeto) te dice que conducir un vehículo en tales o cuales condiciones es un suicidio, tú no te atreves a rechistar, sacas un cheque en blanco de tu cartera y esperas a que ponga el precio que considere. Pero si un médico te dice que no vacunarte es una locura y que puedes acabar muerto, o si un profesor te dice que si no sigues sus consejos en lo que respecta a la educación de tus hijos es posible que acabe pidiendo dinero a la puerta de alguna mezquita, le enmiendas la plana y tomas la dirección opuesta.

El menosprecio por profesiones tan respetables —y permítanme el autobombo— como la medicina o la docencia llega a tales extremos que son las únicas que padecen hordas de troglodíticos protestantes dispuestos a insultar y, llegado el caso, agredir a sus miembros, si piensan que tal tratamiento clínico no ha sido suficiente, o que tal castigo a su hijo ha sido exagerado. ¡Esto no pasa ni con los políticos, responsables de tantas desgracias sociales, a quienes lo máximo que les puede caer es un tímido escrache!

¿No creéis que es para que nos paremos un rato a pensar?

¿Se puede?

28 de May de 2015

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Ada Colau, alcaldable de Barcelona. Fotografía de Mané Espinosa

Bueno, pues ha pasado el tiempo suficiente, y ya se han retratado bastante los protagonistas de las elecciones del pasado domingo como para que se puedan soltar una serie de reflexiones con cierto conocimiento de causa.

1. La delgada línea roja

A estas alturas no creo que quepa demasiada duda de que se ha producido durante años, pero especialmente quizás en el último lustro, una orquestación a gran escala para que los ciudadanos pensemos que la crisis, el paro, los desahucios, en ocasiones el hambre, etc. son cosas que se producen a la manera de las estaciones, o que son decididas por unos semidioses al estilo griego ante los que únicamente podemos agachar la cabeza y aceptar nuestro destino. Se echa a familias con bebés a dormir en la calle porque cada obrero con la ESO —o sin ella— es responsable de cada cosa que firme, y por el mismo motivo se deja a ancianos ciegos o analfabetos sin los ahorros de toda su vida, que invirtieron en preferentes porque el hijo de su vecino, que es director de una sucursal bancaria en su pueblo, y al que habían acunado cuando era un bebé, les aseguró que eran inversiones sin riesgo y recuperables al instante en cualquier momento. Al mismo tiempo, las malas decisiones —a veces malas; a veces, malintencionadas, rozando o sobrepasando el delito— de los directivos financieros no solo eran perdonadas, sino que con los impuestos pagados por los desahuciados y estafados se realizaban varios rescates a gran escala con miles de millones de euros para la banca. Parte de esos rescates se destinaba a que los directivos que habían tomado esas malas decisiones se jubilasen a los cincuenta años con cientos de miles de euros de indemnización y pensiones.

Nadie se atreve a cuestionar la necesidad de evitar a toda costa que los bancos se hundan. Día sí y al día siguiente dos veces, aparece alguno de esos extraños nuevos personajes televisivos: el economista (ese que no vio venir la burbuja, ni vio venir nada) que nos explica por qué necesitamos a los bancos. El último, el macho alfa de la izquierda europea Varoufakis. Pero puede ser cualquiera, y de cualquier orientación política. Que la banca (la de los desahucios, las cuentas ocultas de narcotraficantes, negreros y magnates armamentísticos, etc.) es imprescindible no se cuestiona, y punto. De hecho, nadie se explica cómo la humanidad ha sobrevivido miles de años sin ella. ¡Milagro!

También nos han convencido de que productividad significa cobrar menos, y de que hay que ser más productivos; de que los desorbitados beneficios empresariales, que no redundan en el bienestar de los trabajadores, sino todo lo contrario, son buenos para todos; de que pagamos demasiados impuestos (pero, sin embargo, es necesario subirlos, a los de abajo, claro); de que en Venezuela se pasa hambre (pero aquí no); de que no podemos salir del euro; y de cualquier otra cosa que repitan en televisión sin cesar en todos los programas.

Hay gente que no lo tragaba, y por eso se han ido modificando las leyes para silenciar las protestas (ahora te pueden meter en la cárcel por promover una manifestación desde Twitter) y desamparar a los ciudadanos ante la policía violenta. Al final, como uno siempre tiene algo que perder, acaba tragando, quedándose en casa y dando golpes en la mesa de su comedor cuando come con la familia, porque si sales a la calle te pueden romper la cabeza y hacerte pagar una multa, y si protestas desde casa te pueden detener.

Pero parece que se ha cruzado una delgada línea invisible. Va habiendo más gente que queda prácticamente sin nada que perder: enfermos terminales, por ejemplo, a los que se les niegan los medicamentos, porque después del rescate a la banca no queda dinero para curar su hepatitis. Gente sin trabajo y con bebés a los que echas a dormir debajo de un puente. ¿Cómo asustas a esa gente? Es prácticamente imposible. No se puede.

Y la gente ya empieza a votar a otros partidos que ponen en riesgo la democracia, porque si no tienes comida, ni trabajo, ni casa, ni medicinas, ni control sobre tu vida, ¿qué puede ser peor? ¿Una dictadura? Ya ha dicho Rajoy que piensa hacer lo que crea necesario, por mucho que contravenga lo que prometió. ¿Un país sin papel higiénico en los estantes de los supermercados? Aquí hay papel higiénico pero no dinero para comprarlo. Al igual que les pasó a los obreros que compraron conejeras a precio de oro, pensando que el precio de los pisos no podía bajar jamás (y por supuesto que podía: en el momento en que la gente no pudiera pagarlos ni hipotecando sus vidas enteras), a los políticos liberales les ha fallado el cálculo. Con el miedo, les puedes seguir robando mientras tengan algo. Cuando se lo has quitado todo, solo les queda una cosa que perder: el miedo. Y el miedo se pierde rápidamente.

2. Mujeres

Todos dicen que estas elecciones han sido las de los partidos emergentes, pero yo pienso que han sido las elecciones de las mujeres. Tanto en un sentido como en otro, ya que representan tanto el éxito como el fracaso, la vieja política y la nueva, la elegancia y el patetismo. El éxito arrollador de Ada Colau en Barcelona, los éxitos más modestos de Manuela Carmena y Mónica Oltra en Madrid y la Comunidad Valenciana, por un lado; los fracasos disfrazados de éxitos —o viceversa— de Rita Barberá, Esperanza Aguirre, María Dolores de Cospedal. Casi se puede explicar todo lo que han significado estos comicios sin decir nombres masculinos. Y son protagonistas activas, fuertes y decididas (tanto en las que pierden como en las que ganan). Me parece un éxito de la democracia, no porque la forma de hacer política de las mujeres sea distinta de la de los hombres (no creo que haya una forma masculina y otra femenina), sino porque es la primera vez que siento que ellas son las impulsoras de los procesos políticos, sin apadrinamientos; creo que ha empezado el cambio feminista de verdad.

3. Los partidos nuevos

Unos triunfan más de lo que esperaban, y otros menos, y lo mismo puede hablarse de los fracasos. Lo que pongo en duda es la etiqueta nuevos; los orígenes de UPyD se pueden rastrear al menos hasta 2007; Ciudadanos (en su origen, la plataforma Ciutadans de Catalunya) hasta 2005. Hay otros que afirman ellos mismos que no son partidos, como Barcelona en comú o Ganemos Madrid. Pero cuando se habla de partidos nuevos, hay un nombre que lo sobrevuela todo: el del secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, cuyo protagonismo ha sido innegable. De hecho, en su delirante rueda de prensa del otro día, Esperanza Aguirre alertaba del peligro que suponía el éxito de Ganemos Madrid, pues lo veía como una plataforma para que Pablo Iglesias escalara a la presidencia del Gobierno y destruyera el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos (las palabras son textuales; si no la visteis, buscad la rueda de prensa y podréis comprobarlo). Iglesias se está volviendo más inteligente, o más maquiavélico (dicho sea sin pretender connotaciones negativas, ni tampoco positivas), con el tiempo, y ya sabe cuándo arrimarse y cuándo no; deja claro que la candidatura madrileña de Carmena no es de Podemos, pero se sube con ella a celebrar la victoria.

Hay una escena de la película Cadena Perpetua, de Frank Darabont, que me parece una de las cumbres de la cinta: cuando se cierran las puertas de las celdas y se apagan las luces, en ese momento, es cuando el preso Andy Dufresne (Tim Robbins) se da cuenta de que realmente lo han metido en la cárcel y de que de ahí no va a salir. Algo así les ha pasado a los partidos tradicionales, que, para abreviar, llamaremos de la casta; en las elecciones europeas, aunque Podemos obtuvo unos nada despreciables cinco escaños, aún no se les tomaba en serio. Tampoco en las andaluzas, donde vieron rebajadas sus expectativas. Ahora no pueden ser soslayados. Son imprescindibles para gobernar en muchos sitios. De hecho, van a hacerlo en algunos. No son ya unos perroflautas de los que reírse y a los que pedirles que se duchen. Están aquí: la puerta de la celda se ha cerrado y ya no hay marcha atrás. ¿Cuántos cabezazos se habrán dado contra la pared aquellos que nos decían a los sucios hippies del 15M que si queríamos hacer política debíamos presentarnos a las elecciones? Más de uno se habrá roto los cuernos ya. Y no importa que los acusen de idealistas, de comunistas o de antidemocráticos; los han votado millones de españoles, y no se les puede ignorar.

4. El miedo

Estamos asistiendo en estos días al triste espectáculo de algunos dirigentes de la casta —especialmente del Partido Popular— haciendo piruetas y saltos mortales con tirabuzón para que los partidos nuevos no entren en los ayuntamientos o las comunidades autónomas. En Melilla, ciudad desde la que escribo, el Partido Popular, que acaba de perder la mayoría absoluta después de quince años, dice que está dispuesto a hablar con quien sea para formar gobierno. Los últimos balbuceos de Esperanza Aguirre incluyen una oferta para que Ganemos Madrid se integre en un posible ayuntamiento de concentración. Al mismo tiempo, en Valladolid y otros sitios las trituradoras de papel están echando humo, convirtiendo las posibles pruebas de un expolio masivo en confetti para animar la fiesta de la democracia. Sienten pánico. Y cuentan con que los ciudadanos ya sabemos (y, ay, hemos aceptado y sancionado en las urnas) que nos roban a manos llenas. ¿Qué nos queda por descubrir? ¿Se ven en la cárcel? No tengo las respuestas a estas cuestiones, pero no puedo negar que todo está resultando muy emocionante.

5. Los pactos

Iglesias y Pedro Sánchez (PSOE) llevan meses diciendo que jamás pactarían el uno con el otro. Eso está muy bien decirlo hasta el momento justo antes de conocer los resultados electorales; ahora hay que pactar. Un sistema electoral como el nuestro obliga a ello, siempre que ninguna lista obtenga una mayoría absoluta (mayoría que se ha comprobado, prácticamente en todos los casos, que es nefasta para los ciudadanos). Sánchez debe aceptar que nadie lo ve como el faro de la izquierda, en parte por su evidente falta de carisma y su imagen tan claramente impostada, y en parte por la larga historia de latrocinio protagonizada por su partido, de la cual, visto donde están Chaves y Griñán, no parecen especialmente arrepentidos ni avergonzados. Ahora deberá agachar la cabeza y pactar, en sus palabras, con los populistas, si no quiere que los populistas pacten con otros. Iglesias tampoco tiene mucho más remedio que aceptar que la política no es algo platónico, sino sucio y mundano. Sí, después de la enorme fiesta de las europeas probablemente la resaca le decía que podría obtener la mayoría absoluta en algunos comicios, pero después de la resaca está viendo las cosas con mayor frialdad. No puedes exigir a un partido que renuncie a todos sus principios y acepte los tuyos para pactar. Esto vale para uno como para el otro. Lo bueno es que sí puede marcar ciertas líneas de negociación irrenunciables, como las que probablemente tendrá que aceptar la imprudente Susana Díaz si quiere sentarse en el sillón de la presidencia de la Junta andaluza. Podemos no puede dictar las políticas a un gobierno andaluz de mayoría socialista, pero sí le puede exigir que expulse a los corruptos. El tiempo dirá lo que pasa.

6. ¿Qué nos espera?

Creo que nos esperan unos meses muy divertidos, especialmente en los medios de comunicación. A La Razón ya nadie se la toma en serio (dudo que la tome en serio el mismo director, Francisco Marhuenda). Se ha convertido en una especie de Leticia Sabater: dice y hace burradas para que se siga hablando de ella; la gente la critica, pero ella sigue ganando dinero. Mañana La Razón saca una portada con un Pablo Iglesias con cuernos y rabo comiéndose a un bebé enfundado en un chándal de la bandera venezolana. Todo el mundo sabe que es absurdo, pero ese día se habla de La Razón y no del ABC. El día después de las elecciones hubo un monobate (si se me permite el neologismo para un debate donde hay una sola idea que suena al unísono y donde hasta el moderador se empeña en mantenella y no enmendalla) en TVE 1 en el cual casi podías ver el holocausto de los supermercados sin papel higiénico en tu propio barrio. Lo malo es que les funciona: con todo el poder político, económico y mediático detrás de ellos y los becarios haciendo horas extras, a Podemos solamente les han encontrado una beca mileurista de Errejón y una regularización fiscal absolutamente legal de Juan Carlos Monedero. Eso ha sido suficiente para que las masas borregas sentencien que son iguales que los que han recortado pensiones y hurtado medicamentos a los enfermos de cáncer para regalar millones a los banqueros. Ahora se dan dos circunstancias: la casta ha comprobado en sus propias carnes que el peligro de que les roben la liga es real; y saben que, aunque les cueste el prestigio, las campañas goebbelsianas de desinformación funcionan. Conoceremos a la chica a la que Pablo Iglesias le robó un beso cuando tenía quince años, que declarará que se las ingenió para no invitarla a una hamburguesa; sabremos que Colau tuvo cuatro novios en solo un año, y a Carmena ya la pintan con la capucha de los etarras y un AK 47 Kalashnikov en cada mano. Pero saben que se está perdiendo el miedo, y por eso se está preparando, a mi parecer, una maniobra simultánea: de aquí a las elecciones veremos bajadas de impuestos, subidas de salarios funcionariales, aumento de prestaciones. En cualquier caso, nos esperan unos meses tremendamente emocionantes. Lo que hay que ver es cuántos de nosotros —los políticos, los periodistas, los votantes— estaremos a la altura.

La evolución es tu amiga

9 de May de 2015

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Ayer, en una clase de 2.º de Bachillerato (alumnos de 17 años en adelante), mientras comentábamos temas varios, unos alumnos declararon que no creían en la evolución. Que no creían eso de que venimos del mono, y además, preguntaban por qué sigue habiendo monos. Les intenté explicar que esto de la evolución no consiste en creer o no creer: existe, creas en ella o no.

La evolución es tan real que se ha observado en laboratorio. Pero dado que ni mis alumnos ni yo tenemos formación científica, mi objetivo aquí es hacerles ver de la manera más simple posible, tirando más de didáctica que de rigurosos datos, que la evolución es un hecho incontestable. Y quienes no sean mis alumnos y lo lean, espero que disfruten también.

1. ¿Venimos del mono?

Sí. Pero ¿de qué mono? No de los chimpancés, ni de los orangutanes. Venimos de unos monos anteriores, ya extintos, de los que los simios actuales también proceden. Nuestras líneas familiares se separaron hace millones de años, pero tenemos un tatarataratarataratarabuelo en común.

2. ¿Por qué sigue habiendo monos?

Pues por la misma razón por la que siguen existiendo tus primos lejanos. El que las líneas evolutivas se separen no implica que solamente una de ellas pueda sobrevivir. Algunas líneas se extinguen (como lo hicieron los dinosaurios), pero otras siguen viviendo, pues están bien adaptadas al entorno.

3. ¿Pero cómo es posible que de algo como un mono pueda surgir algo como el ser humano?

Pues aquí hay dos claves principales: genética y tiempo. Y una tercera no desdeñable: el ambiente. Pero dejadme explicar algo más sobre esto.

En los seres de reproducción sexual, como nosotros, los hijos nunca son una copia exacta de ninguno de los progenitores, dado que cada uno de ellos aporta el 50 % del material genético. Puedes ser muchísimo más parecido externamente a uno de ellos, casi idéntico, pero sigues teniendo la mitad de genes del otro. Estos genes pueden manifestarse de otra forma (como una enfermedad hereditaria) o no hacerlo (tengo entendido que hay genes que no sirven para nada, son código basura, o al menos aún no conocemos su utilidad).

Así que un hijo es distinto en un porcentaje muy alto a cualquiera de sus padres. Cuando este hijo se reproduzca con otro ser humano, este nieto será más distinto aún, lógicamente, pues el material genético del otro donante será, previsiblemente, también distinto al de sus abuelos.

Que los descendientes son distintos en cierto grado de sus progenitores no es algo que sea necesario demostrar científicamente, pues está a la vista de todos.

Claro, ningún hijo es tan distinto a sus padres como un mono a un hombre. Y es aquí donde entra el tiempo. En poco tiempo, las diferencias serán mínimas. Después de miles de generaciones, serán más notables. Pongamos un ejemplo. Yo dibujo un atardecer. Le doy este atardecer a un dibujante para que, a su vez, haga una copia de mi dibujo. Será, seguramente, muy parecido. Pero él hace lo mismo: entrega su dibujo a un tercer dibujante para que haga una copia. Ahora repitamos el proceso un millón de veces. Las únicas personas que hemos visto el dibujo original somos el autor —yo— y el que hizo la primera copia. Cada uno de los dibujantes únicamente ve el dibujo que le pasan, no el original. Pues después de un millón de veces, es bastante probable que el dibujo resultante ni siquiera parezca un atardecer.

Y así es como se convierte un mono en una persona.

Ah, el ambiente. La mayoría de las diferencias entre progenitores e hijos son muy pequeñas y tienen escasa diferencia en el rendimiento. Tener los ojos de un color u otro, en principio, no nos hace más proclives a sobrevivir y, lo que es más importante, a tener una descendencia a la que transmitir nuestros genes. Pero un par de centímetros más de estatura pueden otorgar una fuerza y una velocidad que nos permitan escapar de depredadores y tener más éxito en la competición por la comida. En una población de cien monos, un leopardo intentará cazar al más lento, pues la conservación de la energía es uno de los objetivos más importantes de todo ser vivo. Así, los monos más rápidos, en determinado contexto, tendrán más posibilidades de sobrevivir y reproducirse. Y su descendencia, como es lógico, será, salvo fallos genéticos, una población de monos rápidos. En el apartado ambiental entran en juego varios factores: la comida, la climatología, los depredadores, lo atractivos que parezcamos a individuos del sexo opuesto, etc.

4. ¿Qué objetivo tiene todo esto?

Absolutamente ninguno. A no ser que creas en Dios o en algún otro tipo de ser superior que tiene un plan universal. Lo que, por supuesto, no está demostrado.

La evolución no quiere crear nada. No tiene un objeto. El ser humano no es un mono más perfecto, igual que tampoco somos humanos menos perfectos que los que habrá dentro de un millón de años (si los hay). Sencillamente, algunos individuos perecen antes de reproducirse y otros no. Eso es todo. Y los que se reproducen transmiten su información genética a su prole. El hombre es el ser vivo más inteligente, pero probablemente no podríamos haber sobrevivido, con toda nuestra inteligencia, durante el Cretácico. Y no solo por tener que competir con los terribles tiranosaurios, sino por otras cuestiones, como una atmósfera excesivamente cargada de oxígeno para nuestro organismo. Quizás tampoco fuesen comestibles para nosotros muchos de los alimentos disponibles. El ser humano está bien adaptado para las circunstancias actuales de nuestro planeta. Pero dejemos al ser humano, cuya supervivencia ahora tiene menos que ver con la adaptación al ambiente (dado que, cuando hay problemas, tenemos la capacidad de adaptar el ambiente a nuestras necesidades). Un diplodocus probablemente no podría sobrevivir en nuestra era, porque moriría asfixiado. Pero durante su existencia fue uno de los reyes.

No somos, a la vista de las pruebas, una maravilla de la creación. Existimos porque la casualidad y el tiempo lo han permitido.

5. Qué putada, ¿no?

Pues sí, queridos, sí.

¿Quieres aprender un poco más?

¿Y por qué hablamos?
¿Por qué no pueden hablar los monos?
Diferencias entre el lenguaje humano y las formas de comunicación animal (y un par de cosas más sobre los monos)

Enfermedades mentales: la asignatura pendiente

30 de March de 2015

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El matemático John Forbes Nash, premio Nobel de Economía y esquizofrénico (imagen: Wikipedia)

Un copiloto ha causado, según todos los indicios voluntariamente, la colisión de la aeronave que controlaba contra una montaña de los Alpes, causando la terrible cifra de 150 víctimas mortales, incluyéndolo a él. Nada sabemos de su motivación, ya que no informó a nadie de sus intenciones, ni dejó, o no se ha encontrado al menos, nota alguna, en formato analógico o en redes sociales. Hace unos meses le dijo a su novia que algún día haría algo que cambiaría el sistema y por lo que sería recordado, igual que yo, hace una semana, dije a uno de mis alumnos que lo iba a tirar por la ventana, y hace veinte años les dije a mis padres que en poco tiempo sería una estrella del rock. Aunque esa bravuconada no indica peligro alguno de causar una catástrofe, como no lo hace hablar en sueños, algunos medios de comunicación, en busca del morbo, se han apresurado a destacar estos detalles irrelevantes, haciendo que la gente se pregunte si no habría que detener de inmediato a quienes en un momento puntual tengan delirios de grandeza o sufran pesadillas.

¿Qué decir de todos los periódicos que destacan que el piloto había sufrido episodios de depresión, como si estar deprimido empujase a la gente a cometer tropelías? Según datos de la Organización Mundial de la salud, 350 millones de personas, el 5 % de la población mundial, sufre esta dolencia. Una de cada veinte. ¿Conoces a veinte personas? Una cometería una masacre que costaría la vida a 150 personas, sin aviso previo y sin razón aparente, si hemos de hacer caso a estos periodistas. Nada importa que varios psicólogos y psiquiatras ya hayan negado categóricamente la relación entre una depresión y un incidente de este tipo.

Si descartamos el móvil terrorista, lo que parece lógico, pues una de las principales características del terrorismo es la propagación de sus motivos, y el copiloto no ha dejado mensaje; y descartando también, como parece ser que podemos hacer por la respiración calmada del copiloto que puede oírse en los registros de la caja negra, un desvanecimiento, un infarto, u otra dolencia física, nos queda (si descartamos también la narcolepsia, de la que no parece haber quedado rastro en los exhaustivos controles médicos a los que se someten los pilotos) la explicación de una dolencia mental, ya sea crónica o pasajera.

He leído con bastante angustia cientos de mensajes de odio vertidos hacia el comandante, mensajes que partían de personas que asumían que el kamikaze era un enfermo mental, es decir, que una patología no buscada y, lógicamente, no controlada —dado que uno es incapaz de controlar sus enfermedades mentales—, había sido la causante de la actuación funesta de Andreas Lubitz. Es decir, que hay gente que culpa al supuesto enfermo de alguna de las repercusiones de su enfermedad, que es como si reprochásemos a un enfermo terminal de cáncer que se esté muriendo, cuando ni él ha pedido padecer esa enfermedad, ni controla los efectos que produce en su organismo. No se me escapa que los efectos adversos de un cáncer solo afectan a la persona que lo padece, y no a sus familiares ni cualesquiera otras personas, por supuesto, y sin embargo, la supuesta —reitero, supuesta— enfermedad de Lubitz habría tenido la dolorosa consecuencia de costar la vida a un centenar y medio de personas inocentes; aun así, si estamos hablando de responsabilidad, es indudable que igual de responsable es un enfermo de cáncer de su metástasis que un psicótico de los actos realizados a partir de una deformación de la realidad.

Porque ciertas dolencias psíquicas, y, ojo, escribo este artículo asumiendo que hayan sido las causantes de esta desgracia, extremo no confirmado aún, son capaces de provocar que el enfermo perciba de manera totalmente nítida una realidad distinta a la que percibimos los demás; son capaces de hacerles oír voces que no existen, ver cosas que no existen, sentir tactos inexistentes. Cuando digo que son capaces de hacerlo, no hablo de una capacidad controlada o consciente: para ellos la realidad es esa, y ellos ven las creaciones de su mente con la misma claridad con la que tú estás leyendo las palabras de este artículo. Piensa que estas líneas podrían ser una creación de tu cerebro (lo que, desde el punto de vista neurológico, no es del todo falso). Si en lugar del monitor de un ordenador (o un teléfono, o el medio sobre el que estés leyendo esto) estuvieras viendo una enorme araña venenosa con cara de pocos amigos, tu reacción lógica sería matarla a golpes. Pero si resulta que no había ninguna araña, y que delante lo que tienes es una persona a la que estás agrediendo, ¿quién podría hacerte responsable de los puñetazos?

La gran asignatura pendiente de las sociedades modernas en materia de salud es la normalización de las enfermedades mentales. Se ha avanzado mucho: en menos de doscientos años, hemos dejado de asesinar a los enfermos mentales por considerarlos poseídos por espíritus demoníacos; de encerrarlos en lúgubres sanatorios en los que los inmovilizamos de por vida atándolos a camillas o poniéndoles camisas de fuerza; de aplicarles tratamientos consistentes en descargas eléctricas o duchas de agua helada a las cuatro de la madrugada. Pero el estigma sigue ahí. La culpabilidad. Como profesor de Secundaria, no pocas veces al año contemplo las caras de vergüenza de padres y alumnos cuando confiesan que el alumno ha acudido a una consulta psiquiátrica, o incluso psicológica. No faltan los compañeros que tildan de loco a quienes acuden al departamento de Orientación. Fuera del ámbito escolar, muchas familias ocultan la enfermedad mental de alguno de sus miembros, pero no por respeto a la intimidad del enfermo, sino por vergüenza.

El cine ha contribuido en gran medida al estigma de las enfermedades del alma, dado que no es infrecuente que los villanos de las películas sean enfermos mentales, aun cuando mayoritariamente estos enfermos suelen ser víctimas de los ataques de la sociedad, y no atacantes. Ahí está el siempre saludaba que buscan incesantemente los reporteros cada vez que un hombre mata a su pareja, porque una persona como nosotros no es capaz de hacer daño a nadie, y necesitamos excluirlo de nuestra categoría y asimilarlo a la categoría de quienes tienen un mundo interior mucho más trágico que el de nosotros, los que se aíslan de la sociedad debido a sus dolencias, los que no ven la chispa de la vida y les importan tres cominos las cosas que nos hacen felices a los demás, ya sean fútbol, sexo, libros o atardeceres en la playa.

Nuestro sistema de salud pública, antaño probablemente el mejor del mundo y envidia de las naciones desarrolladas —aunque el presidente Rajoy está realizando meritorios esfuerzos por destruirlo—, tampoco se libra de su responsabilidad ante el estigma. Cualquiera que haya estado en la sala de espera de una unidad de salud mental sabe bien de qué hablo: decenas de enfermos, con muy distintas dolencias (que pueden incluir depresiones, agorafobias, fobias sociales y demás) esperando juntos durante interminables horas, cuando para muchos de ellos esperar rodeado de personas puede resultar un sufrimiento equivalente al que padecería alguien con la pierna rota al que se le obliga a esperar de pie. Cosa que no nos cabe en la cabeza. Pero lo otro sí.

Pero, igual que sucede con el problema de la violencia machista, la gran causa es que la sociedad entera está impregnada del miedo y el odio al enfermo mental, sentimientos que parten del desconocimiento y del desprecio a lo que no se ve. De manera similar a quienes niegan el aterrizaje en la Luna porque no estuvieron allí, o quienes desprecian la teoría de la Relatividad porque no la comprenden, multitud de personas aún no aceptan que las enfermedades mentales existen. Sé que puede parecer una afirmación hiperbólica, pero no lo es. ¿Cuántas veces le hemos dicho a un enfermo de depresión que lo que tiene que hacer es salir más y hacer amigos? Y este consejo suele ir acompañado de una risita condescendiente. ¿Seríamos capaces de aconsejar a un enfermo de diabetes que abandonase la insulina? ¿De decir a un tetrapléjico que su enfermedad en realidad no existe, y que debería tener una actitud más positiva, y que así se dejaría de tonterías? ¿Cambiaríamos la prescripción que hace un médico a un enfermo oncológico y le recomendaríamos otra terapia?

¿Con qué motivo, de entre todas las especialidades médicas, no solamente restamos autoridad a los duros años de preparación de los especialistas en Psiquiatría sino que además nos permitimos el lujo de proponer soluciones mejores que las que les dicta su sabiduría? Somos un pueblo fatalmente acientífico, y por eso no confiamos en lo que no vemos. Para nosotros, las enfermedades mentales, dado que no afectan a la estructura de nuestra anatomía, no hacen salir llagas ni granos, no sangran, simplemente no existen. Poco importa que el cerebro humano sea la estructura más compleja conocida de todo el universo observable. Si no vemos una pierna rota, no creemos que haya nada malo. Y el suspenso en esa asignatura causa tremendos sufrimientos a toda la sociedad, pero especialmente a los enfermos mentales y a sus familiares. Ya va siendo hora de que la aprobemos, aunque nos cueste el sacrificio de pasar el verano entre libros.

El bailón más entrañable del mundo

7 de March de 2015

Sucedió en Londres: un señor estaba pasando la tarde (o noche) de su vida en un local y comenzó a bailar. De esto se percataron unos energúmenos, que comenzaron a reírse de él y hacerle fotos. Cuando Sean, que así se llama el bailarín, se dio cuenta, dejó de ejecutar las danzarinas maniobras y adoptó una pose de evidente tristeza, esa tristeza que te embarga cuando ves que hay imbéciles que no soportan que cada cual sea como quiera. No contentos con eso, los payasos subieron estas fotografías a la web imgur en un post en el que lo llaman espécimen.

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Y entonces internet comenzó a funcionar. Aparte de los miles de comentarios en que se afeaba la conducta de los fotógrafos, una chica (Cassandra) impulsó una iniciativa en Twitter para organizar una fiesta privada, donde el hombre podría bailar de forma desinhibida con todas las mujeres que quisiesen acudir. La iniciativa cuajó y el hashtag #FindDancingMan arroja en el momento de escribir este artículo miles de resultados.

Hasta el momento 1727 chicas han confirmado su presencia en la fiesta. No solo eso, sino que parece que el músico Pharrell Williams (sí, el del éxito Happy) está interesado en acudir a animar la velada.

Hasta la hora de escribir esto se han recaudado ya más de 23000 dólares para la fiesta.

Dancing Man fue encontrado, y, lleno de júbilo, declara que estará encantado de volar a California para ser agasajado por este par de miles de chicas de gran corazón.

Y es que, digan lo que digan en televisión, la gente es buena. La mayoría, al menos. Dance like nobody’s watching, Dancing Man.

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